sábado, 23 de mayo de 2020

La revolución de Martí

Esto somos nosotros, los hijos de nuestra América: constructores de una idea que, puesta en marcha por aquellos mayores nuestros, seguirá andando hasta que deje de serlo.

Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

Se peca; se confunde; se toma un pueblo desconocido, y de más, por el pueblo de menos hilos que se conoce; se padece, con la autoridad de quien sabe morir, por la inercia y duda de los que pretenden guiar las guerras que no tienen el valor de hacer: corre por las bridas la tentación de saltar, como por sobre la cerca que cierra el camino, sobre la verba y pedantería, o el miedo forense, que disputan el paso a la batalla: a la ley no se le niega el corazón, sino a la forma inoportuna de la ley: se quiere el principio seguro, y la mano libre. 
José Martí, “El General Gómez” [1]

"Martí", de José Luis Fariñas.
En la crisis detonada por la pandemia del COVID 19, cuando nuestras opciones de futuro están cada vez más presentes en la vida de todos, tiene importancia creciente entender de raíz nuestra cultura política, para ejercerla a favor de nuestra gente, y con ella. En esa raíz desempeña un papel de gran importancia la tradición liberal democrática que desde fines del siglo XIX adversó al liberalismo oligárquico que había venido a controlar los Estados surgidos de nuestras revoluciones de independencia. José Martí tuvo un destacado papel en la formación de esa tradición, como primero entre sus iguales de toda una generación de intelectuales y políticos hispanoamericanos de orientación democrática, nacionalista y popular, de vasta influencia en nuestra América en las primeras décadas del siglo XX.

Martí forjó ese aporte al calor de la lucha por la independencia de Cuba que, dijo, debía garantizar que su patria llegara a ser libre “de España y de los Estados Unidos”.[2] Esta postura se contradecía entonces con la aspiración de quienes buscaban sustituir el dominio colonial por el suyo propio, para buscar en los Estados Unidos el patrocinio político y económico que la monarquía española les negaba. Martí, por contrate, hacía parte de quienes buscaban abrir paso en Cuba a un Estado democrático, de amplia base social, liderizado en lo político por sectores emergentes de la pequeña burguesía patriótica. 

Ese sujeto social es representado con hermosa claridad en el retrato que hace José Martí del General Máximo Gómez, héroe militar de la primera guerra cubana de independencia entre 1868 y 1878, en su exilio rural en Montecristi, Santo Domingo. Escrito en 1893, cuando el Partido Revoucionario Cubano se preparaba a convertir la lucha por la independencia de Cuba en la primera guerra de liberación nacional de nuestra América – que haría del Estado nacional una herramienta de transformación social y desarrollo político-, este artículo tiene varios niveles de lectura.

Está en primer término el retrato de Máximo Gómez, dominicano de origen y principal dirigente militar de la guerra de los cubanos. En ese retrato se sintetizan el individuo y su clase, consciente tanto de sus intereses como de las necesidades del país, y del hecho de que esas necesidades no podrían ser atendidas ni en la colonia, ni en la neocolonia. Aquí, Martí destaca Martí en primer término la calidad social y moral del General Gómez:

A caballo por el camino, con el maizal a un lado y las cañas a otro, apeándose en un recodo para componer con sus manos la cerca, entrándose por un casucho a dar de su pobreza a un infeliz, montando de un salto; arrancando velos, como quien lleva clavado al alma un par de espuelas, como quien no ve en el mundo vacío más que el combate y la redención, como quien no le conoce a la vida pasajera gusto mayor que el de echar los hombres del envilecimiento a la dignidad, va por la tierra de Santo Domingo, del lado de Montecristi, un jinete pensativo, caído en su bruto como en su silla natural, obedientes los músculos bajo la ropa holgada, el pañuelo al cuello, de corbata campesina, y de sombra del rostro trigueño el fieltro veterano. 

Y esta imagen se ve enriquecida con la descripción que hace del hogar de Gómez, que acoge por primera vez al visitante:

Los bohíos se encendieron: entró a la casa la carga ligera: pronto cubrió la mesa el plátano y el lomo, y un café de hospedaje, y un fondo de ron bueno de Beltrán: dos niñas, que vinieron a la luz, llevaban y traían: fue un grato reposo de almas la conversación primera, con esa rara claridad que al hombre pone el gusto de obrar bien, y unos cuantos contornos en el aire, de patria y libertad, que en el caserón de puntal alto, a la sombra de la pálida vela, parecían como tajos de luz. 

A esto sigue el análisis de las causas que impidiron el triunfo en la guerra del 68, desde el regionalismo hasta la distancia cultural y política entre dirigentes y dirigidos, y entre jefes políticos y militares. Aquí, desde el empeño en convertir en conocimiento para el mañana la experiencia del ayer, advierte Martí: 

La política de libro, y de dril blanco, había de entender que no son de orden real los pueblos nacientes, sino de carne y hueso, y que no hay salud ni belleza mayores, como un niño al sol, que las de una república que vive de su agua y de su maíz, y asegura en formas moldeadas sobre su cuerpo, y nuevas y peculiares como él, los derechos que perecen, o estallan en sangre venidera, si se los merma con reparos injustos y meticulosos, o se le pone un calzado que no le viene al pie. 

En esa perspectiva, también, señala la necesidad de entender a la propia guerra como un procedimiento político, que en sus medios lleva implícitos sus fines. “Guerra”, dice, “es pujar, sorprender, arremeter, revolver un caballo que no duerme sobre el enemigo en fuga, y echar pie a tierra con la última victoria. Con causa justa, y guerra así, de un salto se va de la mensura a palacio. Y luego, descansará el sable glorioso junto el libro de la libertad.”

De la guerra así entendida por la experiencia así ganada trató el diálogo entre el General de 57 años y el intelectual y político de 40. “En su rincón de escribir”, cuenta Martí, “dio el General cita, con su pañuelo al cuello y una mirada que se ve en hombre pocas veces, a un cubano que por primera vez sintió entonces orgullo, para ver el mejor modo de servir a Cuba oprimida, sin intrusión ni ceguera ni soberbia”. Y en ese diálogo, dice, 

Un pueblo entero pasó por aquel desván desmantelado; y sus derechos, para no hollar ninguno, y sus equivocaciones, para no recaer en ellas, y sus recursos, para emplearlos con seguridad, y sus servidores, para abrazarse a todos, y los infieles mismos, para no conocerles más que la grandeza pasada y la posibilidad de arrepentirse. 

De ese modo, “en voz baja, andando leguas en una pregunta, mirándose como si se quisieran cambiar el corazón, y no sin cierta sagrada tristeza, aquellos dos hombres, depositarios de la fe de sus compatriotas, acababan de abrir el camino de la libertad de un pueblo: y se le ponían de abono.” 

Y cierra el artículo con una anécdota que sintetiza el para quién se hacía todo aquello, a dónde se encaminaban aquel esfuerzo y aquel acuerdo. Viendo al gentío desclazo que se asomaba a las ventanas de un baile al que había sido invitado Martí, “volvió el General los ojos, a una voz de cariño de su amigo, y dijo, con voz que no olvidarán los pobres de este mundo: "Para éstos trabajo yo".” 

Sí: para ellos: para los que llevan en su corazón desamparado el agua del desierto y la sal de la vida: para los que le sacan con sus manos a la tierra el sustento del país, y le estancan el paso con su sangre al invasor que se lo viola: para los desvalidos que cargan, en su espalda de americanos, el señorío y pernada de las sociedades europeas: para los creadores fuertes y sencillos que levantarán en el continente nuevo los pueblos de la abundancia común y de la libertad real: para desatar a América, y desuncir el hombre. Para que el pobre, en la plenitud da su derecho, no llame, con el machete enojado, a las puertas de los desdeñosos que se lo nieguen: para que la tierra, renovada desde la raíz, dé al mundo el cuadro de una patria sana, alegre en la equidad verdadera, regida conforme a su naturaleza y composición, y en la justicia y el trabajo fáciles desahogada y dichosa: para llamar a todos los cráneos, y hacer brotar de ellos la corona de luz. 

Esto somos nosotros, los hijos de nuestra América: constructores de una idea que, puesta en marcha por aquellos mayores nuestros, seguirá andando hasta que deje de serlo.

Panamá, marzo de 2017 a mayo 2020


[1] Martí, José: “El general Gómez”. Patria, 26 de agosto de 1893. http://www.josemarti.cu/publicacion/el-general-gomez/
[2] Cuadernos de Apuntes, 18 (1894). Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XXI: 380.

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