sábado, 9 de mayo de 2020

De la cólera, y la reflexión

En lo más elemental, toda situación de crisis tiende a polarizar la sociedad, en la medida en que va poniendo en evidencia las contradicciones entre el interés de los explotados, y el de sus explotadores. Esta polarización social tiende naturalmente a convertirse en una polarización política, que va agrupando en dos campos opuestos a todas las organizaciones de la sociedad -partidos como iglesias, sindicatos como ONGs.

Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Panamá

“Esta no es sólo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión. Es la conversión prudente a un objeto útil y honroso, de elementos inextinguibles, inquietos y activos que, de ser desatendidos, nos llevarían de seguro a grave desasosiego permanente, y a soluciones cuajadas de amenazas.”
José Martí, 1880[1]

¿Discutirá alguien lo oportuno de esta advertencia de Martí, a 140 años de haber sido formulada, ante la crisis que se incubaba entonces en el movimiento independentista cubano, y en el liberalismo hispanoamericano, en vías de escindirse en sus vertientes oligárquica y democrática? No tendría sentido hacerlo, cuando están de nuevo activos los elementos inextinguibles de nuestra vida social y política en el momento en que, a los problemas de la bancarrota cultural y moral del neoliberalismo en nuestra América se agregan los de no tener una opción clara para sustituirlo.

De años acá venía ganando en evidencia la combinación de incertidumbre económica, inequidad persistente, degradación ambiental constante y deterioro institucional creciente que aquejaba a nuestra América como resultado de la hegemonía neoliberal a que se veía sometida desde fines del siglo XX. Nadie, sin embargo, parece haber estado preparado para encarar el cambio de cantidad y calidad en ese proceso de deterioro provocado por la convergencia de la crisis económica y la social provocada por la pandemia del COVID 19. 

Lo que vaya a resultar de esa convergencia en el plano político aún está en gestación. Las opciones, sin embargo, van ganando en claridad. Todas las partes admiten que no ocurrirá un mero restablecimiento del estado de cosas anterior a la crisis, como cada una de ellas actúa mejor o peor en consecuencia.

En lo más elemental, toda situación de crisis tiende a polarizar la sociedad, en la medida en que va poniendo en evidencia las contradicciones entre el interés de los explotados, y el de sus explotadores. Esta polarización social tiende naturalmente a convertirse en una polarización política, que va agrupando en dos campos opuestos a todas las organizaciones de la sociedad -partidos como iglesias, sindicatos como ONGs. Y esto ocurre tanto de manera pronta y directa, como fracturando por dentro a las que se resisten a adoptar una clara definición en el proceso.

En lo más esencial, las opciones que surgen de este proceso son dos. Una consiste en una revolución democrática, que amplíe la base social del Estado y la participación de todos los sectores de la sociedad en el debate de sus problemas, la definición de sus soluciones, y el control de la gestión pública. De una transformación así hay amplias referencias en nuestra gran tradición política de orientación nacional y popular, que nos advierte que esta revolución democrática 

no es más, en la ciencia política verdadera, que una forma de la evolución, indispensable a veces, por la desemejanza u oposición de los factores que se desenvuelven en común, para que el desenvolvimiento se consuma[2]

Ante esa revolución democrática, la otra opción consiste en una contra revolución preventiva, con un doble propósito. Por un lado, garantizar el control del Estado por las minorías sociales privilegiadas que en nuestros países operan como mayorías políticas. Por el otro, reducir a las mayorías sociales en minorías políticas, mediante el control autoritario de la ciudadanía, y la desestructuración de sus formas de presencia en la vida nacional. Busca evitar así que las causas del malestar social puestas en evidencia por la crisis desborden la circunstancia que genera esas causas, y tiene a su favor el hecho de que, en ausencia de una alternativa hecha viable por la organización y la movilización de ese descontento, conservar el mundo como es siempre es mucho más sencillo que transformarlo en lo que podría, debería, llegar a ser.

Estas opciones, naturalmente, se expresan de manera diferente en sociedades distintas. Así, según los casos, pueden dar lugar a la consolidación de un proceso ya avanzado; a la intensificación de conflictos hasta ahora más o menos larvados, o incluso a uno de aquellos procesos de “putrefacción de la historia” que alguna vez mencionara Engels, en los que el equilibrio de debilidades no permita a ninguna de las fuerzas imponerse a las demás. 

Lo realmente fundamental, en todo caso, es que no hay nada de fatal en ninguno de estos desenlaces posibles. Aquí, todo depende de dos elementos principales. Uno es, por supuesto el grado de organización y la claridad de propósitos de las partes enfrentadas. El otro, de creciente importancia, depende de factores que inciden en esas partes, pero escapan a su control, como es el caso del lugar y las funciones que cada sociedad ocupa en un sistema mundial en proceso de transición hacia formas más complejas de desarrollo.

Ante esta situación, la experiencia de nuestros pueblos no puede ser más clara. Ella se nutre de cada revés convertido en victoria en el proceso de crearnos a nosotros mismos contra fuerzas y capacidades que pudieron parecer insuperables en el pasado, como lo parecen a veces en el presente. Y la lección aprendida de todo ello es, en realidad, tan sencilla como todas las verdades que caben en el ala de un colibrí:

Debe hacerse en cada momento, lo que en cada momento es necesario. No debe perderse el tiempo en intentar lo que hay fundamento harto para creer que no ha de ser logrado. Aplazar no es nunca decidir, - sobre todo cuando ya, ni palpitantes memorias, ni laboriosos rencores, ni materiales y cercanas catástrofes, permiten nuevo plazo. Adivinar es un deber de los que pretenden dirigir. Para ir delante de los demás, se necesita ver más que ellos.[3]

Panamá, 8 de mayo de 2020


[1] “Lectura en la reunión de emigrados cubanos, en Steck Hall, Nueva York. 24 de enero de 1880.” Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV: 192.
[2] Martí, José: “Discurso en conmemoración del 10 de octubre de 1868, en Masonic Temple, Nueva York. 10 de octubre de 1887.” Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV: 242.
[3] “Lectura en la reunión de emigrados cubanos, en Steck Hall, Nueva York. 24 de enero de 1880.” Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. IV: 193.

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