sábado, 22 de agosto de 2020

La "utopía comunista"

 Las izquierdas “comunistas” y marxistas de todo orden, también son realidades sociales y políticas, que merecen ser estudiadas a fondo, evaluadas en su trayectoria y juzgadas ante la misma historia, como ocurre con cualquier otra fuerza política o partido.

Juan J. Paz-y-Miño Cepeda / www.historiaypresente.com


El reconocido historiador Héctor Pérez Brignole, en su Historia Global de América Latina (2018), se refiere a las “utopías latinoamericanas” y destaca las siguientes: 1. la utopía del progreso; 2. la utopía reformista; 3. la utopía nacional populista; 4. la utopía comunista; 5. la utopía autoritaria conservadora; 6. la utopía neoliberal; 7. la utopía indígena; y 8. ideología y utopía. El último tema es de tipo conceptual, pues se propone aclarar el uso de esos dos términos.

 

Para trazar la utopía del progreso, utiliza el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y la oposición entre “civilización” y “barbarie”. Toma también a Juan Bautista Alberdi. En definitiva, el progreso está cifrado en seguir a Norteamérica o a Europa, respectivamente. El contraste vino con José Martí, quien pone las raíces del progreso en nuestra propia América Latina.
 
La utopía reformista tiene que ver con la reforma liberal y la reforma social, aunque particularmente se destaca la reforma universitaria de Córdoba, Argentina, en 1918, que inicialmente inspiró los planteamientos de Víctor Raúl Haya de la Torre y el APRA en Perú. El reformismo igualmente se halla en el gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala, tanto como en otros gobernantes de la época y en distintos países. La utopía nacional populista enfoca a la Revolución Mexicana (1911) y toma a Juan Domingo Perón como ejemplo en Argentina. En tanto la utopía conservadora se refiere a las dictaduras militares anticomunistas que se instalaron en Brasil (1964), Argentina (1966 y luego 1976), Chile (1973) y otros Estados, que refinaron el cultivo a la violación de los derechos humanos, con desprecio a la vida de quienes fueron perseguidos. La utopía neoliberal resultó muy simple: las fuerzas del mercado y los empresarios son el fundamento natural de la economía y, sobre esa falsa premisa (enfatizo en lo de falsa, porque la historia latinoamericana la desmiente en todo momento), el neoliberalismo se instaló en la región a través de casi todos los gobiernos latinoamericanos desde la década de 1980, para resultar un régimen que arrasó con las condiciones de vida y trabajo.


Cuando trata la utopía indígena, Pérez Brignole la ubica en la década de 1990, al calor de las conmemoraciones por el “quinto centenario”, que alentaron la movilización indígena por su reconocimiento en Estados multiculturales y multilingüísticos; impulsaron la “etnogénesis”, esto es “la renovación de los grupos étnicos a través de la transformación de su identidad cultural”; plantearon la armonía del ser humano con la naturaleza; postularon el “panindigenismo”. Se resalta ampliamente el papel histórico del gobierno del indígena Evo Morales, para constituir un Estado plurinacional. Pero el autor no topa el caso ecuatoriano, que también debe sumarse, porque a partir de la misma década, el movimiento indígena alcanzó indudable presencia, influencia y acción política en la vida nacional, e incluso una serie de sus valores y principios de vida (el Sumak Kawsay o Buen Vivir) fueron introducidos en la Constitución de 2008.


Me interesa resaltar el tema de la “utopía comunista”. Pero voy a hacer una consideración previa: en América Latina las izquierdas “comunistas” (marxistas, socialistas o como quiera que deseen llamarse), suelen ser muy sensibles cuando se analiza su historia y, sobre todo, su comportamiento político. Acostumbradas a creer que tienen la “verdad revolucionaria” y única para superar el capitalismo, reaccionan contra quienes les critican y tampoco son abiertas a la autocrítica. Creen que se les ataca y, por tanto, imaginan que las críticas solo hacen el juego a las “derechas”. Sin embargo, las izquierdas “comunistas” y marxistas de todo orden, también son realidades sociales y políticas, que merecen ser estudiadas a fondo, evaluadas en su trayectoria y juzgadas ante la misma historia, como ocurre con cualquier otra fuerza política o partido. Al seguirlas, se encuentra que hay facciones que encajan perfectamente en lo que V.I. Lenin denominaba como “enfermedad infantil del izquierdismo”. A veces hay que repetir, con Engels: “Y la concepción materialista de la historia también tiene hoy día un montón de amigos a quienes les sirve de excusa para no estudiar historia” (carta a Conrad Schmidt, 5/8/1890).


Volvamos a Pérez Brignoli. Reconoce los antecedentes en el anarquismo y en los socialismos utópicos; pero la Revolución Rusa (1917) marcó el proceso de superación del capitalismo con una sociedad socialista, que se convirtió en modelo para los partidos comunistas. La insurrección en América Latina igualmente tiene como antecedentes a El Salvador (1932) y Brasil (1935), con Luis Carlos Prestes, antes de la guerra fría; en Guatemala la CIA y la United Fruit Co. derrocaron al gobierno de Arbenz; pero el triunfo de la Revolución Cubana (1959) alteró toda la vida política en la región. Su camino radical pasó a ser ejemplar, así como el protagonismo del Che Guevara para crear muchos Vietnam, según su famosa frase. Las guerrillas se generalizaron en América Latina. La ruptura de esas estrategias llegó con el triunfo de Salvador Allende (1970-1973) en Chile y su “vía pacífica” al socialismo. Las radicalizaciones al interior de la Unidad Popular, protagonizadas por socialistas, MIR y MAPU, más las acciones de las derechas especialmente a través del grupo terrorista Patria y Libertad (en Ecuador apareció como “Tradición, Familia y Propiedad” -TFP), junto con las estrategias del anticomunismo norteamericano y sus acciones desestabilizadoras, la crisis institucional y finalmente la brutal intervención militar con Augusto Pinochet, tumbaron a Allende y arrasaron con su proyecto. Además, casi todas las guerrillas latinoamericanas fueron liquidadas o no alcanzaron la soñada toma del poder. La “guerra popular” prolongada, instituida por Sendero Luminoso en el Perú, tuvo sus propios caminos, pero finalmente fue derrotada. La guerrilla salvadoreña llegó al acuerdo con el Estado. El triunfo sandinista en 1979, muy esperanzador en aquellos momentos, también quedó trunco al perder las elecciones en 1990. Así se cerró, dice Pérez Brignoli, un “ciclo de utopías comunistas”. Pero el autor deja abierto un nuevo análisis en otro capítulo del libro, que titula “Neopopulismo y giro a la izquierda”, que toma como punto de partida el triunfo de Hugo Chávez en Venezuela, en 1999.


El examen de la utopía comunista que esboza Pérez Brignoli deja en claro que, a diferencia de Cuba, la vía armada y específicamente la guerrillera, no logró convertirse en el mecanismo idóneo para derrotar al capitalismo y empezar a construir el comunismo. Tampoco el intento pacífico de Allende, en una época en que existían tanto la Unión Soviética, como los países” comunistas” de Europa oriental, así como China, Vietnam o Corea del Norte. 


 Si bien el autor del libro al que hago referencia concluye este capítulo destinado a un proceso histórico que llega hasta la década de 1970, es necesario agregar algo más sobre el tema. El hecho es que las condiciones históricas cambiaron dramáticamente con el derrumbe del socialismo “realmente existente” al comenzar la década de 1990 y con ello la “utopía comunista” bien puede considerarse que perdió toda fuerza. No solo que en el horizonte inmediato quedaron sin piso las previsiones para el inminente triunfo sobre el capitalismo, sino que todas las estrategias y tácticas que utilizaron los diversos sectores marxistas para trazar su proyecto político quedaron obsoletas. El propio marxismo fue golpeado, al perder su anterior prestigio e indiscutible influencia teórica y académica. Y, sin duda, merece otro tipo de análisis el proceso general que han seguido las izquierdas latinoamericanas que todavía se aferran a la “utopía comunista” desde el derrumbe del socialismo de tipo soviético hasta la actualidad. 


Porque junto a ellas han surgido nuevos sectores, igualmente de izquierda y no necesariamente marxistas, como ha sido el “progresismo” latinoamericano, que incluso aceptan la democracia representativa y electoral, confían en la captación del gobierno para orientar el Estado al servicio social y no exclusivamente de las elites capitalistas, y anhelan liquidar al capitalismo, sobre la base de crear bases sociales sólidas y amplias, con clara conciencia de sus desafíos históricos.  

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