sábado, 29 de agosto de 2020

Estados Unidos: prevalecer a porrazos

La administración de Donald Trump ha decidido que lo que no le gusta, o no le conviene, a los intereses que ella considera que son los de Estados Unidos, debe ser sacado del juego o, de ser posible, aplastado.


Rafael Cuevas Molina/Presidente Auna-Costa Rica


En esta frase inicial hay varias cosas que deben ser ampliadas. Primero, ¿qué son, en esta concepción, los "intereses de los Estados Unidos"? Es todo lo que posibilite que los Estados Unidos prevalezcan en la coyuntura histórica en la que vivimos, es decir, la del declive del poderío imperialista estadounidense en el marco del ascenso  económico de China.

Esa es la contradicción principal que mueve la dinámica del accionar político norteamericano en la actualidad. Luego del derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista europeo, el camino hacia la prevalencia del los Estados Unidos en el mundo parecía despejado. Todo lo que había que hacer de ahí en adelante era perfeccionar la mecanismos que le despejaran el camino. Ese era "el fin de la historia", el sentido de la frase de Francis Fukuyama que sintetizó esa caracterización sumaria de la nueva época que se abría ante los ojos de la humanidad según la visión norteamericana.

 

Esa visión no contaba con que a la vuelta de la esquina estaba el gato chino al que, sin importar el color del pelaje, le interesaba cazar los mismos ratones que a los Estados Unidos. Sin embargo, en un mundo globalizado cada vez más pequeño, resultó que a los ratones no se podía acceder por la libre sino que estaban en disputa, y los Estados Unidos entró a la disputa con las armas que siempre ha utilizado para prevalecer desde los tiempos en los que conquistó el "salvaje Oeste".

 

En su patio trasero, que para los posibles despistados aclaro que se trata de América Latina, sus procónsules y enviados han usado la amanenaza y el chantaje para alejar de sus fronteras al gato chino. Primero, advirtieron que establecer relaciones con el gigante asiático no era de su agrado, eso lo podían hacer ellos desde los lejanos tiempos de Richard Nixon, pero nosotros no porque, tontos como somos, los pícaros chinos nos podían embaucar.

 

En la pequeña Centroamérica, esa región a la que el historiador Tulio Halperin Donghi considera solo "formalmente independiente" de los Estados Unidos, amenazaron a los paisitos por abandonar a Taiwán y establecer relaciones diplomáticas con "el gigante asiático".

 

Panamá ha sido un punto especialmente sensible para ellos por su canal interoceánico. Sobre ellos las presiones han sido, por lo tanto, mayores, pero todos las han sentido de una u otra forma. Costa Rica, por ejemplo, a pesar de ser un país bien portado, bien peinadito siempre, que nunca habla en clase y escribe en su cuaderno de notas hasta el último suspiro del maestro, siente en estos días los embates de las olas de las que usualmente solo recibe la espuma (según dijo el poeta nacional Isaac Felipe Azofeifa): la constructora china, que a golpes y trompicones amplía la carretera que une al centro neurálgico del país con su principal puerto en el Atlántico, ha sido sancionada por el Gran Hermano del Norte por ser una especie de tentáculo siniestro del imperialismo económico chino. 

 

La administración de Donald Trump reparte sanciones a diestra y siniestra. No hay empresa, político o país que pueda crearle sombra que no sea sancionado, o sobre cuya cabeza no penda la espada de Damocles de la sanción. 


Vivimos en el mundo de las sanciones norteamericanas y, a cómo están las cosas, es decir, ante el incontenible ascenso de su principal rival actual, parece que nos encaminamos a un mundo marcado cada vez más por ellas. Si antes de 1989 estaban reservadas solo para los más díscolos, como Cuba por ejemplo, hoy las veremos multiplicarse por doquier. Antes que de su fortaleza, son un signo del debilitamiento de los Estados Unidos que, en su declive, pretende alinear al mundo con sus intereses. Son rabietas y porrazos que deberemos sufrir durante quién sabe cuántos años, y que dejarán más dañado a este mundo en transición que nos ha tocado vivir. 

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