sábado, 11 de abril de 2026

Estados Unidos: ¿quién le pone el cascabel al gato?

Lo menos que se puede pensar del presidente de Estados Unidos es que no está capacitado para estar en el cargo que ostenta. Sus muestras de inestabilidad son constantes. Da miedo pensar que un país con el potencial militar y económico como ese esté en manos de alguien que se deja llevar “por su instinto” y por opiniones de gente tan desequilibrada como él. 

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

El New York Times publicó recientemente una reconstrucción de la forma como, en la Casa Blanca, Trump y su equipo tomaron la decisión de atacar Irán. Incitado por Benjamín Netanyahu y su aparato de inteligencia y seguridad conformado por el Mosad (servicio secreto israelí) y otros altos funcionarios de su régimen, se dejó llevar por el espejismo de una fácil victoria que, después de los intentos fallidos que han hecho a través de tantos años, derribaría al régimen de los ayatolas.
 
Nada más lejos de la realidad. Después de más de un mes en la contienda, ha tenido que dar marcha atrás de todas las amenazas, algunas incluso apocalípticas, que ha lanzado como una retahíla un día sí y otro también.
 
No ha logrado sino quedar como un hazmerreír frente al mundo. Es lo mismo que pasó con Groenlandia. Levantó una polvareda que puso a correr a tirios y troyanos para que, al final, pasara a ocuparse de otra cosa. Pareciera que tiene problemas de concentración mental, no logra mantener el foco de la atención por mucho tiempo.
 
Si Donald Trump fuera un ser común y silvestre como usted o yo, cuyas opiniones y sus consecuencias no tienen mayor importancia, vaya y pase, que lo aguanten sus familiares, sus amigos o sus conocidos. Pero se trata de alguien que se encuentra en uno de los más importantes puestos gubernamentales del mundo, si no el más, cuyas decisiones tienen repercusiones que alteran la vida de cientos o miles de millones personas. Y ojalá que solo modificara el rumbo de esas vidas, que ya es decir bastante, pero el problema es que también varias decenas de miles la pierden a raíz de sus barrabasadas.
 
Donald Trump no es peligroso solo porque es inestable encabezando el gobierno de la mayor potencia mundial. Lo es también porque empodera tendencias ultraconservadoras en todo el mundo que, hace ya muchos años, entendieron la importancia de la guerra cultural en el que hay que “conquistar mentes y corazones” de la gente. 
 
Trump se ha convertido en un modelo que imita no solo un conjunto de gobernantes de países periféricos que giran en torno al centro del imperio como satélites (muchos de ellos latinoamericanos), sino que ha contribuido a entronizar un sentido común que no solo es neoliberal y que, por lo tanto, naturaliza valores como el individualismo, el consumismo y la ley de la selva en la vida social, sino que también rompe límites mínimos de convivencia y humanidad.
 
El genocidio en Gaza, los atropellos del ICE, las políticas del gobernador Roy DeSantis en Florida (laboratorio de punta del conservadurismo estadounidense), la censura de libros en escuelas y bibliotecas y, en general, la prepotencia de las fuerzas represivas al interior de los mismos Estados Unidos, fortalecen las tendencias más conservadoras que cada vez ganan más terreno cultural, ideológico y político, transformando al mundo en un lugar de represión e intolerancia.
 
El equipo de ultraconservadores norteamericanos no ocultan sus intenciones de expandir su proyecto por el mundo. La visita esta semana del vicepresidente Vance a Hungría muestra el desparpajo al que llegan, aunque en América Latina ya hemos vivido casos parecidos en elecciones presidenciales recientes. 
 
Lo que aquí llamamos el proyecto conservador estadounidense es, en realidad, un conjunto de proyectos ideológicos y políticos, cada uno con su propia agenda, aunque también con elementos transversales que les dan unidad y coherencia como movimiento. Un elemento vertebrador son las iglesias cristianas neopentecostales. Ya hemos visto a la pastora Paula White-Cain, líder de la Oficina de Fe de la Casa Blanca, organizando rondas de oración y bendición en la Oficina Oval. Su presencia evidencia la importancia política de estas iglesias. Es un influjo que va más allá de la Teología de la Prosperidad y comprende una visión mesiánica del papel de Estados Unidos en el mundo.
 
Cuánto de esto es solamente un montaje para la galería y cuánto responde realmente a la espiritualidad de todos los involucrados, es algo que no trataremos aquí, pero sí debe quedarnos claro su papel protagónico y nada inocente en la penetración y consolidación de la agenda conservadora contemporánea.
 
Donald Trump es la cabeza más visible de todo este aparato. Es el líder que deben sostener para que su proyecto avance. Sus incongruencias son vistas con indulgencia, aunque tanto va el agua al cántaro que en algún momento se rompe.
 
Que el cántaro se rompa depende de los estadounidenses. Hay que poner atención a las elecciones legislativas que se aproximan, para ver si sus idioteces han hecho suficiente mella como para que le quiten el control de las dos cámaras legislativas. Ojalá, y lo decimos como latinoamericanos que no tenemos vela en ese entierro: que alguien como Trump esté en la Casa Blanca no es solo un problema doméstico de ese país, porque lo que haga o deje de hacer nos afecta a todos.

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