sábado, 10 de enero de 2026

Escenario electoral 2026 en el Perú: una década de pugnas por el control político

 La inestabilidad política que ocurre en el Perú desde el 2016 responde en gran medida al intento del fujimorismo y los grupos de poder de recuperar, mantener y afianzar el control perdido en el Perú después del 2000 y sucesivos fracasos electorales.

Rosell Laberiano Agüero / Para Con Nuestra América
Desde Lima, Perú


Las pugnas se manifiestan de diversas maneras: a) en los constantes cambios de gobierno que ocurren en el Perú ante los contubernios políticos; como también presiones sociales, políticas y electorales en la última década. Desde el 2016 el Perú tuvo siete presidentes de la República[1]. Todas fueron gestiones desde el Ejecutivo que se orientaron y reorientaron hacia la derecha por convicción o por condicionamiento, aun cuando los mensajes electorales fuesen distintos terminaron siendo capturados por la corrupción y los grupos de poder. A lo largo de los últimos años se fueron configurando “mafias patrimonialistas”[2], b) las decisivas estrategias por el control de las instituciones y otros poderes del Estado como el Judicial y el Legislativo, c) la represión, criminalización de la protesta y las tensiones por estigmatizar la crítica y la acción colectiva. En pocas palabras la recaptura del Estado, la estigmatización política y la represión social.

 

Estas tensiones expresan el decidido interés del fujimorismo y los grupos de poder por recuperar a toda costa lo que perdieron el año 2000, en tanto que democráticamente no hay tenido éxito en las sucesivas elecciones generales en el Perú, generando una alta inestabilidad política en el país. Paradójicamente su campaña electoral 2026 gira en torno al retorno del orden.

 

Los elementos que subyacen estos procesos son la crisis de los partidos políticos; la corrupción con cuatro expresidentes en la cárcel[3], cuatro candidatos 2026 con el mayor número de carpetas fiscales[4], la crisis de representación[5], la crisis y descomposición del régimen político[6] neoliberal fujimorista.  Los partidos políticos no han logrado representar las demandas y propuestas de la sociedad civil o simplemente representan intereses mezquinos. La dispersión es alta, son 36 candidatos presidenciales en estas elecciones generales 2026[7]. Se trata en su mayoría de candidatos conocidos y con participación en otros procesos electorales (83%), en gran parte poco críticos con el régimen político actual[8]. Solo se conformaron tres agrupaciones políticas.

 

Varios de los nuevos candidatos tampoco están lejos de dicha orientación, tratando de opacar a los pocos que plantean algo diferente. Los votantes no logran conectar con los candidatos electorales con profundidad, generando incertidumbre en la decisión electoral. El voto del sur, que representa el 16.5% del padrón nacional, será crítico como ocurre hace buen tiempo en las elecciones del 2026[9]

 

Además, los factores históricos que la trascienden son las relaciones clientelares, patrimoniales y prebendarias entre Estado y sociedad[10]. El 72% de los candidatos en estas elecciones son los fundadores del partido político en el que postulan[11]. Como también la hegemonía de la racionalidad capitalista que mantiene y acrecienta la desigualdad social. La variable económica permanece inalterable en los discursos políticos desde hace varias décadas, tiene su hegemonía. Por lo tanto, las pugnas se centran en el campo político y social, mas no en el económico.

 

Por lo tanto, el escenario electoral 2026 tiene como telones, a) el más cercano: las tensiones con el fujimorismo y los grupos de poder por recuperar el control total del gobierno vía elecciones, b) el intermedio: las tensiones del régimen político actual de mantenerse a pesar de su crisis global, c) de fondo: las tensiones en las relaciones profundas entre Estado y sociedad expresadas en un patrimonialismo de larga data. Se añade a ello, la incursión de las actividades económicas ilegales en este escenario.

 

Esos patrimonialismos en el actual contexto político electoral, conjuntamente con la crisis de los partidos políticos, propician la fragmentación de las opciones políticas hasta la primera vuelta de abril de 2026 y posiblemente la polarización en una segunda vuelta electoral.

 

Hace falta, además de tener resultados esperanzadores en los procesos electorales 2026, el cambio de régimen político que arrastramos al menos desde 1990 y además de la democratización del poder político que poco ha cambiado hace más de 200 años.



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