sábado, 17 de enero de 2026

Elecciones en Costa Rica

El 1 de febrero los costarricenses están convocados a las urnas. Deben elegir al presidente y a los 57 diputados de la Asamblea Legislativa. Son estas unas elecciones a tono con los tiempos que corren en América Latina, tanto en su forma como en su contenido: protagonismo de las redes sociales, mayoría de candidaturas de derecha y apatía de la población.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica 

Costa Rica ha sido un país con un régimen político atípico para la región. Su consolidada democracia liberal ha estado basada en la segunda mitad del siglo XX en una sociedad con desigualdades suavizadas por un Estado Benefactor que se construyó a partir de la década de 1940.
 
En la década de 1980, acorde con el mainstream mundial, modificó paulatinamente ese modelo de desarrollo por el del Consenso de Washington, que fue reconfigurando su perfil social hacia uno con grandes brechas sociales. Al igual que lo sucedido en Europa, los principales impulsores de ese nuevo modelo de desarrollo fueron las mismas fuerzas políticas que antes habían impulsado el Estado de Bienestar, las de los socialdemócratas u otras corrientes reformistas como las socialcristianas que, además, sufrieron una transformación profunda de sus aparatos políticos, los partidos, que se transformaron de ideológicos y de cuadros en maquinarias electorales apoyadas en el clientelismo y la corrupción.

Los cambios producidos acarrearon, con los años, disconformidad, enojo y frustración en los mayoritarios grupos sociales que quedaron fuera de los beneficios del modelo. En Costa Rica, estas son las regiones urbanas y rurales periféricas, en donde se vive una realidad de deterioro de los restos de la institucionalidad del Estado de Bienestar.

Dos países -por lo menos- en un mismo país. La de los que acceden a los beneficios de salarios competitivos, vivienda con todos los servicios, educación de calidad y salud privada de buen nivel, y los que apenas logran tener un trabajo con el salario mínimo, pero están bajo la amenaza permanente del desempleo; deben hacer filas interminables en la Caja del Seguro Social y obtienen citas a dos, tres o cuatro años plazo y tienen suerte si logran construir una casa prefabricada de 30 metros cuadrados.

La situación de precarización permanente a contribuido a la penetración del narcotráfico y sus consecuencias, en primer lugar, de la violencia, que se ha elevado a niveles antes desconocidos para el país. Según encuestas de institutos de investigación de las universidades públicas, las más prestigiosas del país y de la región, el problema de la inseguridad es el más acuciante para los costarricenses.

Como se puede ver, en Costa Rica se reproducen muchos de los patrones del resto de América Latina, y al igual que en otras partes de nuestro continente, las propuestas de mano dura ganan terreno entre la población. Las del presidente salvadoreño Nayib Bukele son especialmente apreciadas, y el gobierno se ha abocado a la construcción de una cárcel que tiene como modelo el CECOT de El Salvador. 

Nayib Bukele en persona llegó a Costa Rica en estos días como parte de una campaña para apoyar las candidaturas a presidente y diputados del partido de gobierno, que se perfila como muy probable ganador de la contienda.

Se trata de un partido taxi, como los que abundan en el espectro político actual, en el que entre codazos y zancadillas se ubica una pléyade oportunistas mediocres dispuestos a vender el alma al diablo con tal de acceder a una curul en la Asamblea Legislativa o algún puesto en el aparato estatal.

Se caracterizan por su agresividad y un discurso orientado a una masa votante que resiente años de abandono educativo y frustración. Tienden, preocupantemente, hacia el autoritarismo y las relaciones oscuras con grupos delincuenciales asociadas al tráfico de estupefacientes u otras actividades criminales que, por demás, han logrado de penetrar el entramado del aparato estatal.

El modelo mayor para todo este nuevo modo de actuar político es Donald Trump, malcriado y arbitrario, pero en el país lo es el presidente de la república, quien utiliza cualquier oportunidad para denigrar a sus oponentes con lenguaje y gestos soeces, y se solaza criticando la institucionalidad vigente que con tanto esfuerzo construyeron los costarricenses desde los albores de su independencia en 1821.

Tiene gran popularidad, al igual que los partidos políticos que dicen ser de su filiación política, porque la gente se siente reivindicada por alguien que insulta y denigra a quienes han sido identificados como los causantes de los males que sufren, especialmente los partidos y los políticos que, originalmente, ayudaron a erigir el Estado de Bienestar, pero después borraron con el codo lo que habían hecho con la mano. 

Así el panorama, el futuro inmediato parece oscuro. La continuidad de la actual administración en la siguiente ahondará los males descritos, y seguramente acentuará los rasgos de un gobierno autoritario.

Hay mucho en juego, aunque no es la primera vez que sucede. Ya hubo alertas en el pasado, cuando un candidato religioso fundamentalista estuvo a punto de ganar la elección presidencial hace ocho años. En esa oportunidad, se terminó dándole la oportunidad a un político joven de un partido socialdemócrata emergente que se supuso que revertiría el proceso que se había iniciado en la década de los ochenta, pero fue un fiasco, y más bien radicalizó el descontento que hoy amenaza con llevar por cuatro años más al gobierno a políticos que pueden cambiar el perfil socio político tradicional de Costa Rica.

Se está a la expectativa.

 

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