sábado, 10 de enero de 2026

Venezuela en el centro de la tormenta

En 1991, el presidente de Estados Unidos George W. Bush ordenó la operación Tormenta del desierto, que implicó el bombardeo de Irak y el comienzo del fin del gobierno de Sadam Hussein. Treinta y cuatro años después, otro presidente estadounidense ordena una acción bélica fulminante, típica de ese estado terrorista, pero esta vez contra Venezuela.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica 

Ambas operaciones de corte netamente imperialista han tenido como objetivo países petroleros, lo que quiere decir que en su subsuelo yace el combustible necesario para hacer funcionar la maquinaria que garantice la hegemonía mundial del imperio.
No hay casualidades. 
 
En ambos casos, la justificación para las agresiones se ha basado en narrativas que al poco tiempo han caído por su propio peso y han mostrado ser crasas mentiras. En el caso de Irak, el que ese país poseía armas de destrucción masiva, y en el caso de Venezuela, que era un país gobernado por un cartel de la droga denominado Cartel de los soles.
 
Un ejército de borregos en puestos de decisión mundial, regional o nacional han respaldado esos cuentos difundidos por los voceros oficiosos del imperio y la prensa corporativa internacional sin ningún escrúpulo. Presidentes, cámaras legislativas, organizaciones regionales han servido de eco a tales infundios y han contribuido a formar un sentido común que justifica al final las cruentas intervenciones militares estadounidenses.
 
Después, cuando las historias inventadas caen casi inmediatamente después de ocurridos los hechos, nadie se disculpa ni asume las responsabilidades que le corresponden. Hay que tener claro que nadie ha actuado ingenuamente, ha sido engañado ni lo ha hecho de buena fe. Todos forman parte de un tinglado de mentirosos conscientes de su impostura, pero que inescrupulosamente actúan como lo que son, bandidos abocados al saqueo de las riquezas del mundo para su propio beneficio.
 
Si la guerra de Irak mostró un modus operandi que ha marcado el conjunto de intervenciones que Estados Unidos y sus ad lateres han emprendido en los últimos treinta años, el caso de Venezuela marca un nuevo hito nefasto: muestra que Estados Unidos ha dado un profundo viraje en la estrategia que busca mantener su dominio mundial. Su objetivo es la del atrincheramiento en lo que considera su espacio vital, y para ello no escatimará nada. 
 
Los Estados Unidos ha usado ya, solo en este año, las viejas estrategias antes utilizadas, la política del garrote y la zanahoria y la del Dollar Diplomacy, que ya había utilizado en la primera mitad del siglo XX. Como entonces, su implementación ha derivado de la formulación de “corolarios”, es decir, de actualizaciones de la formulación original que les da sentido y constituye el meollo de la doctrina que justifica su intervencionismo en el continente americano, la Doctrina Monroe.
 
La política del Dollar Diplomacy fue aplicada sin rubor en Argentina (para solo mencionar el caso más evidente), y la del garrote y la zanahoria en Honduras, en donde amenazaron con el garrote del corte de las remesas de miles migrantes si no se elegía como presidente a quien, al final, eligieron los hondureños.
 
El nuevo corolario a la Doctrina Monroe lleva el sello del megalómano que encabeza el gobierno estadounidense que lo formula y se le denominó Donroe, es decir, un acrónimo que combina el nombre de Trump y el de Monroe. Su esencia es la siguiente: son los Estados Unidos, y no las naciones extracontinentales o las instituciones globalistas los que controlarán lo que ellos conocen como el hemisferio occidental. Según las palabras del mismo Trump, se trata de una política agresiva que da prioridad a Estados Unidos y aboga por la paz mediante la fuerza.
 
Es decir, Estados Unidos como dueño y señor del continente americano. En base a este supuesto, el preciado petróleo que yace en el subsuelo venezolano es de ellos, y son ellos quienes pueden y deben explotarlo y administrarlo. De ahí que la mentira que inicialmente enmascaró la ofensiva mediática y militar contra Venezuela, que Nicolás Maduro debía ser derrocado porque comandaba un cártel de drogas, se esfumó apenas unas horas después de consumada la invasión y el secuestro del presidente constitucional de Venezuela.
 
Los Estados Unidos han efectuado una de las más graves violaciones a la soberanía de un país independiente pasando por sobre todo el orden internacional, y no han escatimado declaraciones amenazantes contra todos los que consideran que son obstáculo para sus intenciones de revitalizar su potencial imperialista en el mundo. Amenazados están Colombia, México, Cuba, Nicaragua, Canadá y Groenlandia. 
 
En su largo camino hacia el ocaso, el imperialismo norteamericano se desliza por el tobogán de la violencia. Ya pasaron los tiempos del consenso y la hegemonía, cuando los Estados Unidos no tenían que hacer uso de ese garrote poderoso que blande ahora como Neanderthal agresivo y muchos lo veían como alternativa al “peligro rojo”.
 
Que pongan sus barbas en remojo quienes hoy lo justifican y aplauden. Los Estados Unidos han podido construir una maquinaria bélica poderosísima de la cual, por cierto, se ufana la banda de forajidos que hoy está al frente de su gobierno, y la usan según criterio de ese señor veleidoso y agresivo que está sentado en el sillón presidencial.
 
A Venezuela le ha tocado ser el aldabonazo que debería despabilar a todos los latinoamericanos. Se encuentra en el centro de la tormenta que ha desatado el imperialismo tratando de reafianzarse en un mundo en el que surgen otras potencias que tienden a desplazarlo. Su margen de maniobra en este contexto es estrecho, sobre todo en un continente en el que el sueño de la unidad -que reverdeció como nunca en nuestra vida independiente hace 15 años- está de capa caída.
 
Aun así, nada está dicho definitivamente todavía en relación con Venezuela; estamos inmersos en un proceso en evolución con final abierto. La conciencia crítica debe estar alerta en medio del mar de información falsa que inunda las redes y no sacar conclusiones precipitadas sobre lo que ahí ha sucedido, lo que sucede y lo que sucederá.
 
Nuestra ferviente solidaridad con el pueblo venezolano.

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