La “geopolítica de los accesos” constituye un componente de esta etapa de transición, donde se superponen viejas prácticas imperiales con nuevas. La política de las cañoneras en el Caribe y la doctrina Monroe, son espectros del pasado que acuden a apuntalar una geopolítica imperial donde la violencia es un rasgo dominante.
Enoch Adames M. / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá
El 9 de enero 2026 en su despacho de la Oficina Oval, Trump hizo un conjunto de extravagantes declaraciones frente a periodistas del TNYT. Destacaremos dos: “Dijo que no estaría contento con nada que no sea obtener la ‘propiedad’ de Groenlandia”. “Y dijo que no se sentía limitado por ninguna ley, norma, control o equilibrio internacionales”. No obstante, “cuando (…) le preguntaron si había algún límite a su capacidad de utilizar el poderío militar estadounidense, dijo”: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. (Boletín “The Word” del “The New York Times” TNYT).
Un análisis de estas declaraciones salidas de una visión mesiánica de la geopolítica, cuya concepción del mundo es absolutamente premoderna—de manera paradójica—, parecen compatibles con esta época de fuertes transiciones sistémicas; y del inevitable resquebrajamiento del sistema unipolar. Sin embargo, importa preguntarse: ¿puede la geopolítica ser problematizada éticamente?; ¿tiene la geopolítica consideraciones éticas con relación a procesos orientados por la “voluntad de poder”.
Lo cierto en cuestiones de poder, es que el verdadero centro de la geopolítica ha sido siempre, la “fuerza”. Sólo que el ordenamiento jurídico internacional—post Segunda Guerra Mundial—, constituía el obstáculo, un freno al desbocamiento de los “jinetes del apocalipsis” de la cruda y ruda geopolítica.
El método
Decía Simone Weil en “Hacer la Guerra” que: “Aclarar las nociones, desacreditar las palabras congénitamente vacías, definir el uso de las demás con análisis precisos, tal es, por extraño que parezca, un trabajo que podría salvar vidas humanas”. Aislar lo anecdótico, lo conspirativo de la trama del 3 de enero, pero resignificando la agresión a Venezuela en esta violenta transición sistémica, es clave. Igualmente, repensar las categorías o conceptos con que trabajamos los análisis políticos a escala nacional e internacional.
En este sentido pareciera oportuna la consideración analítica de Harvey, al considerar este movimiento como parte de “un proceso dentro del modo de producción capitalista, de la producción del espacio y de la espacialidad y de lo que implica”. A su vez sostiene que es mucho más importante analizarlo desde esa perspectiva, y no decir simplemente que la explicación es el imperialismo. Al final lo que está ocurriendo es una reconfiguración del orden mundial. (Harvey, David)
Este reordenamiento a nivel mundial conlleva una nueva escalada de la lucha de clases a nivel global y local, con nuevos sujetos y actores políticos, si es que se quiere codificar la actual etapa, de esta manera. En definitiva, este nuevo orden mundial en proceso como su desenlace, no puede ser solo global, tendrá que ser también local. Aquí es donde entra la “Estrategia Nacional de Seguridad” del gobierno de Trump.
El monstruo en el medio. El corolario
Sobre la Estrategia Nacional de Seguridad (ENS) en el punto A de la sección, “Hemisferio Occidental: El Corolario de Trump a la Doctrina Monroe”, se desarrollan entre otros objetivos de carácter instrumental, los siguientes: “Nuestros objetivos para el hemisferio occidental pueden resumirse así: Reclutar y expandirnos, con el fin de restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio y nuestro acceso a zona geográficas clave en toda la región”.
Pero es en el “Expandirse” donde está la esencia de unos de los componentes del proceso de “reconfiguración del orden mundial” al estilo Trump.
Destacan en el texto de la ENS:
- “El hemisferio occidental alberga numerosos recursos estratégicos que Estados Unidos debería explotar en colaboración con sus aliados regionales, con el fin de aumentar la prosperidad de los países vecinos y de su propio país”. (pág. 17)
- “El Consejo de Seguridad Nacional pondrá en marcha de inmediato un sólido proceso interinstitucional para encargar a las agencias, con el apoyo de la rama analítica de la Comunidad de Inteligencia, que identifiquen los puntos estratégicos y los recursos del hemisferio occidental con vistas a su protección y desarrollo conjunto con los socios regionales” (pág. 17)
- “Los términos de nuestras alianzas y las condiciones en las que proporcionamos cualquier tipo de ayuda deben depender de la reducción de la influencia hostil exterior, ya sea el control de instalaciones militares, puertos e infraestructuras clave o la compra de activos estratégicos en sentido amplio”. (pág. 17)
La clave de la coyuntura
De esta modalidad de “transición en el sistema geopolítico capitalista”, de la cual a ENS es piedra angular de la gestión imperial de la administración Trump, es posible interpretar tres orientaciones clave:
1) La transición por su naturaleza competitiva está fundamentada de manera predominante en relaciones de fuerza—; y por tanto conlleva de manera inevitable, el resquebrajamiento del sistema jurídico institucional internacional de posguerra. Expresa el signo de la depredación: dominio, sometimiento, aniquilación.
2) Los recursos naturales y geográficos: petróleo, litio, tierras raras y pasos estratégicos—Canal de Panamá, Groenlandia, por ejemplo—, no son un bien soberano. Constituyen infraestructuras estratégicas en una disputa de poder a nivel global.
3) Información, inteligencia artificial, logística militar y energía son instrumentos clave en esa disputa, y trascienden lo meramente económico.
Desde este enfoque, según Paul Kennedy en "Auge y Caída de las Grandes Potencias", no era seguro que el surgimiento y declive de potencias en un orden mundial anárquico conduzca siempre a la guerra, aunque históricamente se ha asumido una estrecha relación entre guerra y el sistema de grandes potencias.
Sin embargo, en esta época de neofascismos, se ha hecho popular aquella concepción de Gramsci sobre las experiencias políticas de los “monstruos” que emergen en los procesos de “transiciones de épocas”. Bueno, pareciera que estamos en esta ruta; y el “monstruo en el medio” de esta transición, la está orientado por la amenaza, la agresión y la violencia. Si hubiese alguna duda hacia donde vamos, Trump anunció su plan de aumentar el presupuesto militar en un 60% para 2027, pasando de 901.000 millones a 1,5 billones (elDiario.es.)
Todo esto recuerda a Hannah Arendt en su libro “Sobre la Violencia”, cuando postulaba: “El desarrollo técnico de los medios de la violencia ha alcanzado el grado en que ningún objetivo político puede corresponder concebiblemente a su potencial destructivo o justificar su empleo en un conflicto armado”. Este postulado de Arendt debe constituirse en un pilar ético para una reflexión crítica de la geopolítica hoy.
¿Hay un Nuevo Imperialismo? ¿Cuál es?
En un trabajo muy importante, el economista argentino Oscar Braun Seeber (1940-1982), plantea en su libro “Comercio Internacional e Imperialismo”, una directiva metodológica poco atendida.
El trabajo de Braun se centra en la etapa imperialista actual y el “intercambio desigual”. Destaca de manera analítica, la existencia de distintas etapas del imperialismo que se superponen y comparten características. En esta perspectiva, Braun considera que es útil distinguir diferentes “modelos” de imperialismo para fines analíticos; ya que la caracterización de diferentes “modelos” permite fundamentar transiciones entre etapas. Este vacío a juicio de Braun no permite reconocer definiciones sobre la forma de pasaje de una etapa a otra, o cómo una etapa genera la siguiente.
Sin duda estamos frente a una coyuntura en la cual se superponen –como dice Braun—, etapas del devenir imperialista en el mundo; no obstante, la labor analítica de hoy, en esta turbulenta transición, es la definir “las variables” de la actual etapa. Pero lo más importante: identificar y fundamentar los dispositivos que explican la transición; o mejor, “cómo una etapa genera la siguiente” .
Con respecto a lo anterior, David Harvey plantea la “acumulación por desposesión” como categoría clave para explicar el actual etapa y en ella el momento Trump. Aun cuando reconoce que es todavía incierta el desenlace de esta transición del “modelo” imperialista actual, se plantean un conjunto de ideas fuerzas importantes: El balance entre “desposesión por acumulación” y “reproducción ampliada” a nivel de capitalismo estadounidense se ha volcado a favor de la primera, con tendencia a profundizarse. Esto significa una ampliación de políticas financieras, mercantilización de lo público y despojo territorial versus procesos productivos.
En este contexto, según Harvey, la hegemonía estadounidense basada en la producción, las finanzas y el poder militar ha perdido su superioridad después de la década de 1970. Actualmente, Estados Unidos estaría perdiendo liderazgo productivo y financiero, manteniendo únicamente su capacidad de poder militar. Desde esta visión, los acontecimientos internos en Estados Unidos constituirán un factor clave para determinar la posible configuración del nuevo imperialismo.
Consideraciones finales
La “geopolítica de los accesos”—Canal de Panama, Groenlandia, como ejemplos— constituye un componente de esta etapa, donde se superponen viejas prácticas imperiales con nuevas. La política de las cañoneras en el Caribe y la doctrina Monroe, son espectros del pasado que acuden a apuntalar una geopolítica imperial donde la violencia es un rasgo dominante. Es vital impulsar alianzas sociales y políticas; también a nivel de naciones. Analizar e impulsar nuevas formas de globalización de naturaleza no-imperialista es la tarea.
El autor es sociólogo. Docente e investigador de la Universidad de Panamá
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