sábado, 17 de enero de 2026

Nuestra América entre tiempos

En esta hora de peligro, ha de venir del fondo de los pueblos la voz que oriente la recuperación de lo mejor de nuestro pasado para la construcción de un futuro que nos libre del peligro de la caída, como lo advertía Martí.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América

Desde Alto Boquete, Panamá


“¿Quién está en el fondo de los pueblos, como en el fondo de los hombres, que, a despecho de ellos mismos, y con voz determinada e imponente, aconseja al oído lo que en las horas de peligro deben hacer, y los hecha por el camino de la salvación, en temporáneo arrebato de virtud, que los sostiene y levanta cuando están al borde ya de la caída?”

José Martí, 1885[1]

 

¿Cómo situar la agresión de que viene siendo objeto el pueblo de Venezuela en las circunstancias de nuestro tiempo? ¿Cómo incorporar esta experiencia a las tareas de previsión que demandan los tiempos por venir? Son múltiples los factores que convergen en este problema. Se sintetizan en la crisis general por la que atraviesa la organización internacional del sistema mundial establecida tras la Segunda Guerra Mundial, pero además – y quizás sobre todo – en el hecho de que esa crisis ha ingresado en una fase de transición en la que aquel sistema se ve desgarrado sin que tome cuerpo aún el que ha de sustituirlo.

 

A esto se refiere, por ejemplo, el economista boliviano Álvaro García Linera en un artículo titulado El tiempo oscuro de los leviatanes, que publica el periódico argentino Página 12.[2] Sus primeras líneas nos llevan directamente a la transición de que se trata.Es catastrófico pero real”, dice el autor: “El ‘orden internacional basado en reglas’ ha muerto. El conjunto de normas e instituciones que reglamentaban gran parte de la convivencia entre estados nacionales ha sido enterrado por quien fue su creador: EEUU.”

 

Aquel orden buscaba regularse “por tres principios básicos: a) el respeto mutuo de la soberanía territorial de los estados; b) la aceptación compartida de que cada país debe resolver internamente sus asuntos políticos sin interferencia extranjera; c) la resolución pacífica de controversias entre estados”. Las grandes potencias, añade, “podían violar puntualmente esas reglas, pero era un destino-fuerza en torno a la cual se regulaban los vínculos y legitimidades de las acciones estatales.”

 

Para la década de 1990, con el auge de la globalización, aquel orden mundial dio lugar a un auge sin precedentes del libre comercio para mercancías y capitales, acompañado de la protección de la inversión extranjera; cadenas de valor mundializadas, y unos “valores expansivos” de corte liberal democrático. Ese auge ha devenido en una crisis que supone

 

una reorganización de los actores protagónicos de la economía mundial. Si antes eran los mercados anónimos los que redefinían los flujos de inversión, comercio y rentabilidad, subordinando a los estados a esa empresa; ahora serán los estados los que planificarán y utilizarán sus poderes monopólicos para que los capitales actúen y se enriquezcan.

 

Estamos, así, en una “borrascosa transición, hacia un nuevo orden que aún tardará en llegar.” Ella constituye un síntoma “del crepúsculo de un régimen de dominación”, del que participan el ciclo globalista de los últimos 40 años y el “ciclo hegemónico norteamericano de los últimos 100 años.” Y en lo que hace a nuestra circunstancia, destaca que 

 

Todo declive de una autoridad exacerba la desesperación de quienes lo usufructuaron, llevándolos a intentar detener lo inevitable de manera violenta. Pero también, la brutalidad es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo. La coacción estatal desnuda es una característica propia de los tiempos liminales.

 

Para García Linera, ese orden nuevo operaría a partir de unos “principios de regularidad” que llevarían a los Estados a formar parte del comando y la reorganización territorial de la acumulación de capitales, diferenciándolos entre estados patrones y estados vasallos, según su capacidad infraestructural, su poderío económico, su cohesión política y logística militar. La soberanía ya no sería un reconocimiento pactado por tratados internacionales, sino “fuerza económica, sólida legitimidad interna, capacidad de defenderse y posibilidad de infringir daños a otros estados”, y la elasticidad de las fronteras regionales “no dependerá de acuerdos comerciales, sino de oleadas de guerras arancelarias, chantajes geopolíticos e intromisiones en la vida interna de los estados.”

 

En esa perspectiva, lo peor de la transición se convertiría en la norma del nuevo orden que resulte de ella. Sin embargo, el declive de una forma de autoridad expresa también el desarrollo de formas nuevas en la configuración del sistema mundial. A eso se refiere por ejemplo Ana Palacio – exministra de relaciones exteriores de España, y profesora invitada de la Universidad de Georgetown - en un artículo para El País, donde aborda el papel que desempeñan en la transición otros actores relevantes. 

 

Países como Brasil y la India” dice, no se han doblegado ante las tendencias emergentes del Norte, “sino que buscaron preservar su autonomía e identificar las oportunidades creadas por este nuevo orden posguerra.” China, por su parte

 

dio un paso más allá. Tras haber intentado durante mucho tiempo descentrar a Occidente en la política internacional, los líderes chinos vieron en la perturbación provocada por Trump en 2025 una oportunidad: un mundo desestabilizado por la retirada de Estados Unidos del liderazgo mundial se inclinaría por acoger a un nuevo defensor de la estabilidad y la continuidad. Al posicionarse en consecuencia, China se ha convertido en la principal beneficiaria de la agitación.[3]

 

Lo que finalmente resulte de esa búsqueda de caminos nuevos será un todo superior a la suma de sus partes, o no será. Para todas las sociedades de nuestra América esto demanda reflexionar de manera proactiva sobre un entorno volátil y amenazante en ocasiones, para trascender sus apariencias inmediatas y atender a sus tendencias fundamentales. Así, por ejemplo, la decisión del gobierno de los Estados Unidos de disociarse de una serie de organismos y organizaciones internacionales que no se corresponden con sus intereses - como el Panel Intergubernamental de Cambio Climático, el Instituto de Análisis del Cambio Global, y los Consejos Económicos y Sociales regionales de la ONU – expresa una tendencia que limita la capacidad de nuestros Estados para incidir en el desarrollo inmediato de la transición y requiere formas más ricas y amplias de participación de nuestras sociedades en la construcción de formas nuevas de incidencia desde nuestros pueblos.

           

Aquí no solo se trata de que en lo general gobernar es prever. En lo particular se trata de que contribuir a vincular nuestras sociedades con este proceso de transición, sobre todo en lo que hace a la construcción de relaciones y capacidades para la sostenibilidad del desarrollo humano en nuestro ámbito glocal. 

 

Para todo ello habrá necesidades que atender y espacios que crear para hacerlo en lo que resulte de esta crisis de transición. Para nuestra América, el punto de partida en esa tarea radica en la descomposición del auge progresista de comienzos del siglo XXI, en lo que va de Néstor Kirchner a Javier Milei, o de Rafael Correa a Daniel Noboa por un lado, y la conformación de un grupo de Estados con gobiernos de centro izquierda, por así llamarlos, integrado por México, Brasil y Colombia.

 

Aquí está en juego la disputa por la hegemonía en sociedades inmersas en procesos de descomposición de proyectos progresistas agotados. Para los sectores dominantes, el recurso mayor en esa disputa radica ya en su capacidad de intervención político-militar e ideológico interna en el plano de lo cotidiano, externa cuando eso no basta para atender a las necesidades de su propia dominación en sociedades en curso de transformación. 

 

Aquí, el verdadero desafío político no radica en preservar el sistema que se fragmenta, sino en construir el que lo sustituya. A esto concurren experiencias del pasado y expectativas de futuro que convergen en lo planteado por Antonio Gramsci con referencia a otros procesos de transición. “En realidad”, dijo,

 

cada fase histórica deja huellas de sí en las fases sucesivas, huellas que son, en cierto sentido, el mejor documento. El proceso de desarrollo histórico es una unidad en el tiempo, por la cual el presente contiene a todo el pasado y del pasado se realiza en el presente todo lo que es “esencial”, sin residuo de un “incognoscible” que sería la verdadera “esencia”. Lo que se ha “perdido”, lo que no ha sido transmitido dialécticamente en el proceso histórico, era por sí mismo irrelevante, era “escoria” casual y contingente, crónica y no historia, episodio superficial, digno de ser olvidado, en último análisis.[4]

 

En esta hora de peligro, ha de venir del fondo de los pueblos la voz que oriente la recuperación de lo mejor de nuestro pasado para la construcción de un futuro que nos libre del peligro de la caída, como lo advertía Martí. Como nunca, para injertar en nuestras repúblicas el mundo es necesario que el tronco sea el de nuestras repúblicas. En comprender y ejercer esta verdad elemental está la clave para contribuir desde el Nuevo Mundo de ayer a la construcción del Mundo Nuevo de mañana.

 

 Alto Boquete, Panamá, 17 de enero de 2026

 

NOTAS

[1] “Cartas de Martí”. La Nación, Buenos Aires, 9 de mayo de 1885. X, 187-188.

[2] https://www.pagina12.com.ar/2026/01/11/el-tiempo-oscuro-de-los-leviatanes-2/  

[3] “El orden mundial posterior a 2025” https://www.project-syndicate.org/commentary/china-seeks-to-reshape-world-order-trump-has-abandoned-by-ana-palacio-2026-01

[4] Gramsci, Antonio (2003:106): El Materialismo Histórico y la Filosofía de Benedetto Croce. Nueva Visión, Buenos Aires.

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