Así como la mara es síntoma de la exclusión y pobreza estructurales de vastos sectores, es también expresión sintomática de la cultura de violencia y de impunidad que ya se ha entronizado como totalmente normal en las sociedades centroamericanas.
Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
“Es mejor invertir en aulas de clase que en cárceles”.
Lula da Silva, presidente de Brasil
Una persona (hombre o mujer, habitualmente muy joven) termina en una pandilla (una mara) no simplemente porque sea “mala”, como una interpretación superficial podría indicarnos, por una presunta “enfermedad” que anida en su “alma” o en su “corazón”, para decirlo de un modo bastante ingenuo. Hay allí profundas, terribles causas sociales, a lo que se anudan motivaciones personales. Que quede claro: no toda o todo joven de los llamados -despectivamente- “barrios marginales”, las “zonas rojas”, se incorpora a una mara. Según estudios consistentes realizados en Guatemala, no más de un 10% de esa juventud busca esa salida; la abrumadora mayoría intenta integrarse a una vida productiva: estudiar y trabajar, sin drogodependencia y constituyendo un hogar.

