sábado, 17 de octubre de 2026

La guerra cultural, la batalla de ideas

 El avance de la derecha en América Latina -aunque no solo aquí- pone sobre la mesa un tema que debe ser asumido en toda su complejidad: el del papel que tienen las ideas en el comportamiento político de la gente.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

En la Italia de principios del siglo XX, Antonio Gramsci ya había comprendido que la clase dominante ejerce su poder sobre la sociedad no solo mediante la fuerza o la coacción, sino a través del consenso y la persuasión ideológica. Según Gramsci, la clase dominante logra que sus propios valores, creencias, costumbres y visión del mundo sean percibidos por el resto de la sociedad como algo "natural", inevitable o de "sentido común".
 
Para construir este consenso, se utilizan diversas instituciones que educan y moldean a las personas desde temprana edad: el sistema educativo, los medios de comunicación y la cultura de masas, la religión, las iglesias, las empresas y las redes sociales.
 
En el mismo sentido en Francia, unos años más tarde, el filósofo francés Louis Althusser en su ensayo Ideología y aparatos ideológicos del Estado explica cómo una sociedad capitalista reproduce sus condiciones de producción y mantiene el poder de la clase dominante sin recurrir únicamente a la violencia. Althusser divide los mecanismos del Estado en dos grandes conjuntos: 
 
1) el aparato represivo del Estado, que consta del conjunto unificado e institucionalizado de organismos públicos que incluye al gobierno, la administración, el ejército, la policía, los tribunales y las prisiones, que funciona principalmente mediante la violencia física o la represión directa, siendo centralizado y perteneciente al ámbito público.
 
2) Los aparatos ideológicos del Estado, por su parte, que es el conjunto de instituciones diferenciadas y especializadas que operan en el ámbito público y privado, y que incluye a la escuela, la familia, la religión, la política, el derecho, los sindicatos, los medios de comunicación y la cultura. Este “aparato ideológico” -dice Althusser- funciona principalmente a través de la ideología, el consenso y prácticas rituales, moldeando a los individuos desde adentro para que acepten su rol social de forma "voluntaria".
 
Una idea central de la propuestas althusseriana es la que sostiene que la ideología interpela a los individuos como sujetos: es decir, los constituye como personas con una identidad, un lugar y una conciencia dentro del sistema (por ejemplo, hacernos sentir "libres" y "autónomos" mientras cumplimos un papel productivo funcional al capitalismo).
 
La idea gramsciana de la hegemonía cultural ha sido retomada y reformulada por la derecha contemporánea en función de sus intereses de clase. Primero la atacaron etiquetándola como originadora del “marxismo cultural”, pero también la utilizaron como herramienta ideológico política resignificándola en función de sus propios intereses de clase, incorporándola a una verdadera guerra cultural que lo que pretende -y en nuestra opinión en buena medida ha logrado- es ganar “mentes y corazones” de la gente construyendo lo que Atilio Borón ha llamado un “sentido común neoliberal”. 
 
El sociólogo y teórico político argentino Ernesto Laclau llevó este término a un punto más alto para explicar cómo se construye la hegemonía y el populismo: en la sociedad coexisten múltiples demandas insatisfechas. Para unirlas en un movimiento político, se necesita una palabra que sea lo suficientemente abierta (un significante flotante) para que todos proyecten en ella sus propios deseos. Los partidos o movimientos competirían por "atrapar" ese significante flotante y rellenarlo con su propia ideología. Por ejemplo, “democracia”, “libertad” o “justicia” no significan lo mismo para un partido de izquierda que para uno de derecha. Su definición está suspendida y en constante disputa política. O “el pueblo”, que sería el significante flotante por excelencia. O “raza”, o “género”, que sociólogos como Stuart Hall o Judith Butler argumentan que son conceptos que funcionan como significantes flotantes porque no están anclados a realidades biológicas inmutables, sino que se deslizan y adquieren sentido según las matrices de poder de cada época. Hoy en día “corrupción” es el significante flotante al uso.
 
Ya a finales del siglo XX, el 5 de diciembre de 1999, en el marco de la controversia entre Estados Unidos y Cuba por el caso del niño Elián González, Fidel Castro formuló el concepto de batalla de Ideas, poniéndola en el centro de la lucha contra las tendencias “degenerativas” que orientaban en dirección a la restitución de valores asociados a la primacía del mercado en la economía, que propiciaban la degradación de los valores socialistas y que estaba surgiendo en el seno del pueblo cubano a raíz de las reformas que el gobierno revolucionario se había visto obligado a hacer tras la caída del campo socialista en Europa. 
 
Quiere decir todo esto que la llamada guerra cultural o batalla de ideas ha estado siempre en el centro de un pensamiento que considera que los cambios en el orden de lo material y lo político son importantes y necesarios, pero no suficientes. Ante el avance de la derecha en los procesos políticos latinoamericanos de estos últimos años, el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera plantea un necesario cambio de conciencia que implicaría una transformación cultural, educativa y política indispensable para superar las estructuras coloniales y capitalistas y que, de alguna forma, “blindaría” la conciencia de la gente frente a la manipulación regresiva de la derecha. 
 
Considera García Linera que los gobiernos progresistas y de izquierda de los últimos veinticinco años no han estado a la altura en la tarea que en este sentido tenían por delante, y a eso se debe en buena medida el avance de la derecha. Es decir, no hubo un cambio suficiente en la conciencia, aunque hubiera habido cambios en el orden de lo material y, cuando se ha intentado, ha habido férrea oposición, como sucedió durante la reforma educativa del 2009 en Venezuela que buscaba, precisamente, alinear la educación con los preceptos del socialismo del siglo XXI. La misma Revolución Bolivariana habría sido consciente del poder modelador de los medios de comunicación, y para ello intentó conseguir el antídoto fundando la televisora TeleSur, y produciendo documentales como La revolución no será transmitida, que desenmascara la manipulación mediática de la derecha. 
 
Asimismo, en Costa Rica, en donde padres de familia llegaron a tomar escuelas en 2018 para oponerse a la “ideología de género” que implicaba educación sexual para sus hijos e hijas en un país con altas tasas de embarazo adolescente e incluso infantil, adscribiendo de esta forma al movimiento, que originalmente nació en Perú, A mis hijos los educo yo. Hoy, la región donde se dio con más fuerza ese movimiento es uno de los bastiones de la derecha.   
 
Lo sucedido en Brasil en la primera ronda de las elecciones recién pasadas posiblemente requiera de este tipo de análisis. Durante los gobiernos de Lula y Dilma los indicadores socio-económicos favorables a los trabajadores y las capas medias brasileñas son incuestionables, pero aun así Bolsonaro está a punto de ganar la segunda ronda de las elecciones.
 
Como se puede ver, la derecha lleva la ventaja en la batalla de ideas. Hoy, su principal instrumento o arma (ya que hablamos de “batalla” de ideas y de “guerra” cultural) son las redes sociales, las cuales han aprendido a utilizar con maestría. Su manipulación alcanza a los más variados grupos sociales y sus contenidos son cada vez más sofisticados: los bots (los chatbots, las granjas de bots, los bots de monitoreo), los influencers y los algoritmos constituyen un verdadero arsenal que permiten manipular la mente de la gente. El reciente caso Cerimedo es un ejemplo claro en este sentido.
 
Hace unos años, como parte de un ejercicio académico, pregunté a mis estudiantes de la maestría en Estudios Latinoamericanos en dónde se informaban, y prácticamente el 100% respondió que en las redes sociales. Se trataba de estudiantes de un posgrado en ciencias sociales con un nivel de conciencia crítica superior a la media. 
 
El control individualizado a través de los algoritmos por parte de las grandes corporaciones propiedad de una tecno oligarquía que se ha constituido en el motor de la economía mundial es un hecho. No tiene empacho en moldear la realidad usando la desinformación y la mentira, y cada vez tiene más instrumentos. La inteligencia artificial es un ejemplo.
 
Quiere decir todo lo anterior que hay que tener conciencia de esta realidad y tomar medidas. No es una batalla menor y debe ser abordada inmediatamente. Ningún partido u organización progresista o de izquierda debería dejar de tener una comisión, un comité, un grupo de trabajo encargado de estrategias y elaboración de material para las redes sociales. Es tarea de expertos y con ellos se debe participar en la disputa del sentido.   

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