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sábado, 27 de febrero de 2021

Curas y militares: ¿continuismo o transformación?

¿Pueden militares o religiosos ser revolucionarios? ¡Absolutamente imposible! ¿Por qué? Porque en su ADN ideológico no hay revolución posible alguna. Ambos estamentos sociales están preparados para otra cosa: obedecer y no cuestionar.


Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América

Desde Ciudad de Guatemala


¿Qué significa la revolución socialista? Es un gran cambio en la historia, un parteaguas que marca un antes y un después. No es cualquier cambio: es la transformación político-social, económica y cultural más grande que pueda concebirse. Es, para ser congruentes con lo pensado por los clásicos decimonónicos, Marx y Engels, el inicio de un camino hacia el comunismo, hacia la sociedad sin clases sociales, aquella pretendida "unión de productores libres asociados", aquel lugar donde rige la máxima "de cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad".

sábado, 11 de mayo de 2019

Militares, policías y democracia

¿Es  posible modificar la cultura política y la actitud concreta hacia la población de las fuerzas armadas y policiales? A la luz de la experiencia reciente en Uruguay y Brasil, la respuesta es negativa. Luego de tres décadas y media de democracia y más de una década de gobiernos de izquierda, los aparatos represivos reafirman su papel tradicional y no están dispuestos a modificarlo.

Raúl Zibechi / LA JORNADA

Me referiré en particular a las fuerzas armadas, ya que tienen alguna especificidad respecto a las policiales. En Uruguay acaba de registrarse una crisis entre el gobierno de Tabaré Vázquez y el alto mando militar (por el encubrimiento por los mandos de torturadores y asesinos), que se saldó con el relevo en el Ministerio de Defensa y en la cúpula militar. Sin embargo, los problemas a los que me refiero no se relacionan con una u otro persona. Son estructurales.

sábado, 7 de abril de 2018

Militares latinoamericanos: instrumentos del gran capital

En Latinoamérica, durante la mayor parte del siglo XX, los militares gobernaron con golpes de Estado en prácticamente todos los países con dictaduras sangrientas.

Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala

Ello respondió a las dinámicas políticas de cada una de las sociedades nacionales, siempre faltas de canales democráticos y regidas, en última instancia, por oligarquías sumamente conservadoras. Pero, más allá de esas polarizaciones (América Latina es la región del mundo con mayores diferencias económico-sociales entre quienes poseen todo y quienes no poseen nada), un factor determinante para el papel jugado por las fuerzas armadas nacionales estuvo dado por la geoestrategia de Estados Unidos, que hace de la región su natural área de intervención (su patio trasero, como suele decirse). En otros términos, los Ejércitos latinoamericanos jugaron un papel decisivo para la política exterior de Washington.

sábado, 13 de febrero de 2016

Militares latinoamericanos

Si pedimos juicio y castigo a los responsables de los cientos de miles de muertos, desaparecidos, torturados y exiliados de los países latinoamericanos de nuestra historia reciente, si pedimos justicia para no olvidar la historia negra que se vivió, no debemos olvidar nunca que el enemigo no es el guardaespaldas del amo: sigue siendo el amo.

Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala

“En Estados Unidos no hay golpes de Estado porque no hay embajada americana”.

Los militares latinoamericanos, como todo militar, se han dedicado a la guerra; pero en muy buena medida a un tipo de guerra peculiar: las guerras civiles. En el transcurso del pasado siglo casi no hubo guerras interestatales en la región; la función de las fuerzas armadas se concentró en la represión interna.

Como parte de la Guerra Fría, prácticamente todos los países latinoamericanos vivieron guerras internas insurgentes y contrainsurgentes. Con distintas modalidades, en toda el área entre los 60 y los 90, tuvieron lugar feroces procesos de militarización. A la proclama revolucionaria siguieron invariablemente atroces acciones represivas.

sábado, 16 de febrero de 2013

La profesión militar: un absurdo

Una de las instituciones humanas más extendidas, desarrolladas y poderosas está asentada sobre la más absoluta irracionalidad. ¿Quién podría morir gozoso por "su bandera" si no fuera militar? ¿Quién podría sentirse orgulloso de ser una "máquina de matar" –como sucede con los comandos elites– si no se es militar?

Marcelo Colussi / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala

"Tomamos las armas para abrir paso a un mundo en el que
ya no sean necesarios los ejércitos". Subcomandante Marcos

Está claro: un zapatero arregla zapatos, una enfermera cuida de los enfermos, una azafata atiende a los pasajeros en vuelo y un músico alegra el espíritu con la música. ¿Cuál es la función específica de un militar? Matar. Un militar se prepara para la guerra, para eliminar enemigos: su oficio, lisa y llanamente es matar gente, matar otros seres humanos. Más aún: se llega al absurdo patético que cuantos más seres humanos mata, mejor profesional es. Se le premia por eso, se le condecora, se le nombra "héroe de la patria". ¿Cómo se ha llegado a tamaña irracionalidad?

Todos los oficios aportan un beneficio social: producen bienes y/o servicios que facilitan la vida, la mejoran, elevan su calidad. ¿Qué aporta un militar? ¿Quién se beneficia con el matar? Seguramente alguien, por eso existe la profesión. Las mayorías populares, no. Se podrá decir que están para "defender a la patria". ¿Podemos hoy día siquiera decirlo con un mínimo de seriedad eso? ¿Qué patria? Incluso el capitalismo globalizado actual ya está prescindiendo de la vieja idea de Estado-nación, simplemente porque no la necesita. ¿Quién se beneficia entonces de las guerras, del acto de aniquilar a otros?

sábado, 25 de febrero de 2012

EE.UU en América Latina: con licencia para matar

La unidad militar de elite que acabó con la vida de Osama Bin Laden pide carta blanca para operar en América latina sin control político de los gobiernos.

Walter Goobar / Miradas al Sur (Argentina)

El jefe del Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos (Ussocom, por sus siglas en inglés), cuyas fuerzas de elite fueron las que rastrearon y mataron a Osama bin Laden en Pakistán, pidió carta blanca para tener mayor libertad de desplazamiento de las fuerzas especiales (SOF, por sus siglas en inglés) y realizar operativos en todo el mundo. Ese permiso dotaría a las SOF de mayor flexibilidad para expandir sus operativos a regiones como África, Asia y América Latina, donde –hasta ahora–, sus actividades han sido limitadas. La gran diferencia es que se podrían desplegar tropas sin tener que pasar por las vías normales de aprobación que exige el Pentágono.


El periodista William Márquez de la BBC señala que “algunos analistas sospechan que una mayor amplitud del alcance de estas fuerzas en América Latina podría degenerar en actividades cuestionables y dañar las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos en el hemisferio”.

sábado, 30 de abril de 2011

América Latina: Los gastos militares

Brasil, Colombia, Chile, México y Venezuela son, en ese orden, los países con mayores gastos militares en la región. Pero, como afirma el autor de este artículo, “ustedes no han visto nunca a un jefe del Comando Sur de las Fuerzas Militares de EE.UU advirtiendo sobre tan desproporcionado gasto militar chileno”.

Eleazar Díaz Rangel / Patria Grande (Venezuela)

El Instituto Internacional de Estudios para la Paz (Sipri), con sede en Estocolmo, es seguramente el organismo más acreditado de investigación sobre el gasto militar en el mundo y cuestiones vinculadas.

Anualmente publica un libro con el resultado de sus estudios y las más completas y confiables estadísticas. Lo está haciendo desde 1969, tres años después de su fundación el 1º de julio de 1966, con motivo de los 150 años de paz de Suecia. Acaba de aparecer el correspondiente al 2010, con algunos vacíos de países como Cuba y Corea del Norte.

En el anuario del año pasado, los gastos militares en el mundo crecieron 1,3% respecto a 2009, “la menor subida en una década, desde la oleada de crecimiento mundial en gasto militar que comenzó en 2001. Aparece América del Sur como la región de mayor alza en el gasto militar en 2010, pues subió 5,8%, por encima de África (5,2%), Medio Oriente (2,5%) y Asia y Oceanía (1,4% cada uno). Según el Sipri, esos 63 mil 300 millones en 2010 se deben “al crecimiento económico registrado en la región, que resultó menos afectada por la crisis mundial de 2008. Lea el artículo completo…

sábado, 4 de septiembre de 2010

Compañero Evo: sin ejército es mejor

Una de las razones fundamentales del éxito costarricense en el combate a la desigualdad está, no cabe duda, en que no tiene un ejército al cual deba apertrechar y mantener.
Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica
rafaelcuevasmolina@hotmail.com
El compañero Evo Morales, dirigente de uno de los más interesantes procesos de transformación social que se llevan a cabo hoy en América Latina, declaró en estos días, en el marco de un discurso dirigido a las Fuerzas Armadas de Bolivia: "Antes de venir a este acto preguntaba a algunos ministros: una nación sin Fuerzas Armadas no existiría”, y sus ministros le corrigieron que no, que ese país sí existe, y que es Costa Rica.
Efectivamente, compañero Evo, en Costa Rica no hay ejército desde 1949. Sabia decisión la de los costarricenses, inédita en el belicoso mundo contemporáneo. Idea, por demás, que ha empezado a ser reeditada por otros países, uno de ellos Panamá, su vecino.
A estas alturas, quisiera hacer una breve digresión personal. Provengo de un país, Guatemala, en el que las Fuerzas Armadas han jugado un papel ominoso. Tal vez lo que más distingue el accionar del ejército de mi país del de otros de América Latina sea la barbarie con la que llevaron a cabo el papel que, mal que bien, otros también cumplieron. ¿Hay que ponerse a hacer una relación del papel que han jugado los ejércitos en América Latina? ¿Hay que recordar a Chile, Uruguay, Argentina, Haití o la misma Bolivia?
En abril del 2009, cuando José Mujica había recién asumido la presidencia del Uruguay, el entonces presidente de Costa Rica, Oscar Arias Sánchez, le envió una carta en la que lo convocaba a disolver las Fuerzas de su país porque son y han sido siempre “enemigos del desarrollo, enemigos de la paz, enemigos de la libertad y enemigos de la alegría”. Independientemente de las posibles segundas intenciones del señor Arias al enviar esa carta, no cabe duda que pone sobre el tapete un tema pendiente que debe ser discutido en América Latina.
Mariana Contreras, desde el Semanario Brecha, del Uruguay, luego de hacer un recuento de las múltiples reacciones adversas que tal excitativa levantara en ese país, reflexiona y dice: “Arias introdujo un tema de debate que dejaría a las Fuerzas Armadas sin su principal misión en tiempos de paz: no son necesarias para la defensa de la soberanía en la custodia de las fronteras, el espacio aéreo y el mar territorial, porque esas tareas pueden ser cumplidas por una guardia civil debidamente equipada.” Y agrega: “Pero ¿cuál es la diferencia conceptual y fundamental entre las Fuerzas Armadas y una guardia civil, si en definitiva cumplen las mismas funciones? Es una diferencia profunda. Las Fuerzas Armadas están entrenadas siempre para, en última instancia, matar. Y la Policía tiene por misión sostener el orden público[1].
Según el Instituto de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), América del Sur destinó, en el año 2008, 34.100 millones de dólares al gasto militar, que se elevan a 51.110 millones de dólares en cálculos del Centro de Estudios Nueva Mayoría de Buenos Aires, que publica el Balance Militar de América del Sur. Esta última cifra es similar a los recursos que han destinado los gobiernos de la región a combatir los efectos sociales de la crisis económica global.
En el último informe del PNUD sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe 2010, titulado Actuar sobre le futuro: romper la transmisión intergeneracional de la desigualdad, se dice: “La desigualdad es una de las principales características que de­finen la historia de América Latina y el Caribe. Una muy alta y persistente desigualdad que, acompañada de una baja movi­lidad social, han llevado a la región a caer en una 'trampa de desigualdad'. En un círculo vicioso difícil de romper. ¿Cómo podemos acabar con esta situación?"[2]
Los últimos resultados de la CEPAL, ofrecidos en el mes de julio recién pasado, muestran que Costa Rica, un país chico, sin petróleo ni gas, ni ningún mineral o recurso natural estratégico de alta demanda en el mercado, se encuentra entre los tres países de América Latina que logran mostrar menores índices de desigualdad. Una de las razones fundamentales del éxito costarricense en este sentido está, no cabe duda, en que no tiene un ejército al cual deba apertrechar y mantener.
Compañero Evo: sin ejército es mejor.
NOTAS
[1] Mariana Contreras; "Las Fuerzas Armadas. ¿Para qué"; En Semanario Brecha, 8 de abril de 2010.
[2] . Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); “Prólogo”; Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe 2010; Actuar sobre el futuro: romper la transmisión intergeneracional de la desigualdad; San José, Costa Rica; 2010; p.6.

Evo Morales no entiende…

Al escuchar las críticas del presidente boliviano, no han faltado a la cita las voces que lanzan la carta -usada a conveniencia- de la excepcionalidad costarricense: ese manido recurso que sirve para fraguar, frente a la opinión pública, las grietas inocultables que las equivocadas decisiones de política exterior de nuestros gobiernos han abierto, en los últimos años, en el consenso social y el imaginario de la paz.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
(Ilustración: "Laura y René jugando con los aviones", tomada de
www.elpais.cr )
Las alarmas se han encendido. El atrevido, el irrespetuoso presidente de Bolivia, Evo Morales, osó cuestionar uno de los pilares que sostienen el imaginario nacional hegemónico costarricense, desde la abolición del ejército en 1948. “Yo digo que Costa Rica no tiene Fuerzas Armadas, pero sus Fuerzas Armadas son las de Estados Unidos”, afirmó el mandatario en un acto oficial en La Paz.
Agraviado, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Costa Rica deploró mediante un comunicado las declaraciones de Morales. Hay desafíos mayores para la región, rezaba el documento: “el narcotráfico, el crimen organizado o las catástrofes naturales, entre muchos otros”. En ese orden. El canciller René Castro zanjó el asunto por la vía de la excepcionalidad costarricense: "cuesta entender la idiosincrasia que este pueblo desarrolló”.
¡Corto de miras o mal informado, este presidente Evo Morales!
Que no entiende que el gobierno de un país sin ejército debió enlistarse en la coalición que, comandada por el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, invadió Irak en el año 2003, al costo de cientos de miles de vidas humanas perdidas, y en flagrante violación del derecho internacional y las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas, porque había que complacer al Comandante en Jefe en las negociaciones de un Tratado de Libre Comercio.
Que no entiende que, en un país sin ejército, el gobierno de un Premio Nobel de la Paz termine plegándose a los sectores más reaccionarios de las élites políticas, militares y empresariales de Honduras y los Estados Unidos, para “blanquear” un golpe de Estado; y tampoco da con las razones que explican por qué un Premio Nobel de la Paz establece relaciones con lo peor del aparato de seguridad colombiano, para que asesore a la policía política costarricense (la DIS, hermana menor del DAS uribista), ni comprende los beneficios de atraer capitales extranjeros -especialmente si están vinculados con el paramilitarismo- para que fortalezcan las inversiones en nuestra economía.
Que no entiende que para perseguir las pequeñas embarcaciones de los narcotraficantes, en las rutas que suplen la demanda del mercado norteamericano, era necesario que el gobierno de la presidenta Laura Chinchilla y los partidos aliados al oficialismo en la Asamblea Legislativa aprobaran el ingreso a discreción en territorio nacional de hasta 46 buques de la armada y más de 10 mil marinos estadounidenses. Estamos en guerra contra un enemigo maligno y toda medida extrema debe aceptarse con resignación.
Que no entiende que es mejor ver soldados extranjeros recorriendo las calles de nuestras ciudades, antes que narcotraficantes, como lo ha dicho el Comisionado Antidrogas del gobierno costarricense (¡qué importa que los verdaderos capos enriquezcan sus cuentas al amparo de los paraísos fiscales, el secreto bancario y la complicidad del sistema financiero internacional!).
¡Pobre presidente Morales, que simplemente no entiende lo que viene sucediendo en Costa Rica en los últimos años! Lego en las altas artes del pragmatismo neoliberal, Evo ignora cómo se administra la neocolonialidad en la Centroamérica del siglo XXI.
Por eso, al escuchar sus críticas, no han faltado a la cita las voces que lanzan la carta -usada a conveniencia- de la excepcionalidad costarricense: ese manido recurso con el que se intenta fraguar, frente a la opinión pública, las grietas inocultables que las equivocadas decisiones de política exterior de nuestros gobiernos abrieron, en los últimos años, en el consenso social y el imaginario de la paz. Especialmente por el curso que, en distintos ámbitos, han tomado las relaciones con los Estados Unidos.
Pero somos diferentes y el presidente boliviano no lo entiende. Y eso ha molestado a muchos en la Suiza centroamericana. No la presencia del buque de guerra estadounidense USS Iwo Jima en Puerto Limón, en la costa del Caribe, ni el ruido de las hélices y motores de los helicópteros militares que la semana anterior sobrevolaron, en reiteradas ocasiones, nuestro territorio, sino las palabras de Evo Morales: esas que tanto incomodan a los guardianes de la guardarropía histórica de la identidad nacional y los artefactos con los que el poder, en tiempos de crisis, pretende evadir las fracturas y los reflejos deformes en el espejo de la realidad presente.

sábado, 10 de julio de 2010

Costa Rica: el narcotráfico y la “invención” de un Estado fallido

La imagen del Estado fallido, desbordado por la criminalidad y los cárteles de la droga, y que por lo tanto requiere “intervención urgente”, se posiciona cada vez con más fuerza en el imaginario social construido por la prensa.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
(Fotografía: a la derecha, el Ministro de Seguridad de Costa Rica, José María Tijerino. Tomada del diario La Nación)
“En América Latina, el periodismo ha sido (y sigue siéndolo en gran medida) intermediario entre el poder y sus aliados y súbditos más cercanos, entre los dirigentes y sus posibles sucesores”. Carlos Monsiváis.
Con el fervoroso apoyo de los editorialistas del Grupo Nación, el principal consorcio económico-mediático del país, las autoridades del gobierno costarricense se han empeñado en justificar, por todas las vías posibles, el permiso otorgado por la Asamblea Legislativa a la fuerza naval de los Estados Unidos para el eventual ingreso a territorio nacional de naves de guerra, aviones, helicópteros y un enorme contingente de marines y civiles (más de 13 mil), en lo que constituye una cuasi ocupación militar –sin precedentes en ningún otro país latinoamericano- para combatir el narcotráfico.
Estamos en guerra y hay que resignarse ante lo inevitable: tal parece ser la consigna con la que gobierno y medios pretenden aplacar el malestar de buena parte de los ciudadanos ante esa decisión, y las críticas que señalan una traición a la tradición pacífica de Costa Rica. En este escenario, la imagen del Estado fallido, desbordado por la criminalidad y los cárteles de la droga, y que por lo tanto requiere “intervención urgente”, se posiciona cada vez con más fuerza en el imaginario social construido por la prensa.
Un editorial de La Nación (06-07-2010) calificó el permiso otorgado a la armada estadounidense como una “alianza necesaria” ante la invasión del narcotráfico que, como el fantasma del comunismo en tiempos de la Guerra Fría, “amenaza a las instituciones y forma de vida de los costarricenses”. Elevado el narcotráfico a la categoría de problema de seguridad nacional, y condenados los críticos de la presencia militar al infierno de la estridencia y las elucubraciones conspirativas, La Nación sentencia: “Se nos pide permiso para utilizar nuestros cielos y mares. Negar esa ayuda es una decisión grave, que no debemos tomar sobre la base de sospechas atávicas o infundadas teorías de la conspiración”.
Un reportaje del mismo diario, señaló la “desidia estatal” y la insuficiente inversión en embarcaciones como factores que favorecen la “acción del hampa en mares ticos”. El fatalismo de las declaraciones del director del Servicio Nacional de Guardacostas intenta ahorrar todo ejercicio crítico sobre la política pública en esta materia: “No tenemos la capacidad de resguardar todo nuestro territorio marino” (La Nación, 06-07-2010).
El Ministro de Seguridad, José María Tijerino, aportó lo suyo en una comparecencia ante los diputados: según el funcionario, el país necesitaría hasta 13 mil policías más (cantidad similar a la del contingente militar estadounidense autorizado por la Asamblea Legislativa) para hacerle frente a la delincuencia, el crimen organizado y las redes del narcotráfico. “No sé si estamos perdiendo la batalla –dijo el Ministro-, pero sí sé que estamos contendiendo con un enemigo formidable” (La Nación, 08-07-2010).
Por supuesto, de lo que no se habla ni en las esferas de gobierno ni en los medios de comunicación (que sí lo habían hecho en el pasado), es que si bien el narcotráfico es un problema de alcance regional, también es cierto que fue la clase política costarricense, en particular las élites de los partidos políticos tradicionales, uno de los cuales hoy detenta el poder: el Partido Liberación Nacional, quienes abrieron las puertas a la “narcotización” de la política y su penetración en los poderes del Estado, por la vía de la recepción de dineros para el financiamiento de campañas electorales (como ocurrió en la primera campaña del expresidente Oscar Arias, en 1986) y la atracción de inversiones extranjeras de dudoso origen.
En un artículo titulado: Narcotráfico, democracia y soberanía nacional en Costa Rica, publicado en 1999, Mercedes Muñoz aseguraba que ya “hacia mediados de 1989 era público y notorio que la narcopolítica había sentado sus redes en la arena política costarricense[1]. Ese texto es una valiosa síntesis de información para quien quiera repasar esa página de la historia nacional, y comprender la influencia de los intereses norteamericanos y su permisibilidad en el desarrollo del narcotráfico en Costa Rica y Centroamérica hasta nuestros días, teniendo como punto de partida la guerra de baja intensidad desatada contra la Revolución Sandinista y las organizaciones revolucionarias centroamericanas en la década de 1980.
Porque, guste o no, en nuestra región el narcotráfico y las políticas diseñadas para combatirlo, lo mismo que las iniciativas comerciales, acaban por subordinarse a la geopolítica norteamericana. No se trata de una diatriba trasnochada, como acostumbran descalificar en Costa Rica a quienes expresan ideas diferentes a las admitidas por el statu quo, sino de la conclusión lógica que se desprende del análisis de los hechos.
En efecto, desde 1984, cuando entró en vigencia la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, con la que Estados Unidos castigó y aisló aún más a Cuba y Nicaragua, cada uno de los proyectos estratégicos de Washington: la Iniciativa para las Américas, el ALCA, el tratado de libre comercio con Centroamérica –condicionado al apoyo político y militar a la invasión a Irak-, la Iniciativa Mesoamericana (antes Plan Puebla-Panamá) o la más reciente Iniciativa Mérida, se han articulado a los ejes de la doctrina de seguridad nacional norteamericana, con sus fobias ideológicas –anticomunismo-, sus estrategias de dominación política y económica –neopanamericanismo-, y sus empeños de expansión y afirmación de enclaves militares, ante el riesgo, hoy más cercano que nunca, del colapso imperial.
Mientras esta perspectiva es convenientemente invisibilizada y anulada en el debate público, desde el gobierno y los medios se insiste en las ideas de amenaza a la nación costarricense, el asedio del enemigo formidable, las insuficientes fuerzas policiales y el estado incapaz –y por lo tanto, fallido. Son estos los elementos clave en la estrategia de preparación de un clima de opinión favorable a la intervención estadounidense, que podría aumentar en la misma medida en que la sociedad civil –adormecida o manipulada- pierda de vista lo que está en juego y tolere niveles mayores de intrusión en el futuro cercano.
El "zar antidrogas" del gobierno de Costa Rica, Mauricio Boraschi, ya anticipó lo que, en buena medida, expresa la visión de los grupos políticos y económicos dominantes: es preferible que transiten por el país soldados estadounidenses antes que sicarios o traficantes de drogas (La Nación, 04-06-2010). La lista de criminales por combatir, por supuesto, no incluye a los delincuentes de cuello blanco.
Estamos advertidos.

NOTA
[1] Muñoz, Mercedes (1999). “Narcotráfico, democracia y soberanía nacional en Costa Rica”, en Anuario de Estudios Centroamericanos. Año/vol. 25, nº 2, San José: Universidad de Costa Rica. Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/src/inicio/ArtPdfRed.jsp?iCve=15225202