sábado, 25 de agosto de 2018

Chile: Los migrantes olvidados

Se ha iniciado en Chile un interesante debate en torno a la migración y sus consecuencias sociales, culturales, políticas y económicas. Si bien la realidad migratoria no tiene nada de nuevo en sentido estricto, no ha estado ausente de polémicas y tensiones políticas recientes También la sociedad civil chilena parece estar más atenta e interesada en la temática, incluyendo académicos e investigadores sociales en universidades e institutos.

Leonor Quinteros Ochoa / ALAI

La discusión sobre la migración genera inevitablemente nuevos debates referidos principalmente al cómo enfrentamos al inmigrante como sociedad chilena, sobre sus necesidades y aportaciones, sobre todo sobre aquel que viene en busca de nuevas y mejores oportunidades de vida. Por regla general, estamos más expuestos a escuchar opiniones basadas en temores o anécdotas personales, que cifras reales, lo que alimenta la discriminación y la xenofobia entre muchos de nuestros compatriotas.

La ignorancia o apatía tampoco ha dado espacio a la curiosidad por conocer más sobre la dimensión humana del inmigrante y su familia; por ejemplo, sobre los esfuerzos que despliegan día a día para mantenerse económicamente, sobre la calidad de su convivencia con chilenos, con migrantes de otros países y con sus propios connacionales; eso, además de las experiencias de cada día en un país que no conocen, y de los esfuerzos de hombres, mujeres y niños por adaptarse y salir adelante.

Creo que la pregunta sobre la inmigración en Chile se ha centrado básicamente en torno a una figura del inmigrante “extranjero,” en torno al cual se ha alzado una especie de ícono que es defendido, odiado o amado, lo que es importante objeto de estudio en el medio académico chileno. No obstante ello, pocos estudiosos tienen en cuenta que también los chilenos fueron inmigrantes en su propio suelo.

Me refiero a compatriotas mujeres, hombres y niños que se vieron forzados a abandonar el país tras el golpe militar de 1973, y que vivieron por muchos años fuera de Chile y regresaron en los años ochenta y noventa. Se calcula que alrededor de 1.600.000 chilenos y chilenas salieron del país durante la dictadura cívico-militar; una cifra no menor si la comparamos con la cifra del total de habitantes en Chile de los años setenta.

Tuve la oportunidad de estudiar en profundidad los efectos del exilio sobre las familias chilenas. Puse en mi estudio especial énfasis en las experiencias como migrantes de los hijos e hijas de los exiliados y sus vivencias luego del regreso a suelo chileno. El estudio fue financiado por el estado alemán a través del Instituto de la Juventud (DJI) de Múnich, pues existe interés en conocer los efectos del desarraigo familiar en el largo plazo.

Los datos arrojados demuestran que la experiencia chilena del retorno a Chile tiene mucho en común con los problemas que enfrentan hoy los inmigrantes extranjeros en Chile. Se trata de las dificultades económicas, la discriminación laboral y social bajo la porfía de “chilenizar” a quienes han ingresado al país portando consigo otra cultura. En gran medida, este fenómeno es el que también vivieron los retornados chilenos al volver al país luego del fin de la dictadura, sobre todo sus hijos e hijas.

Muchos de los exiliados chilenos comenzaron a volver durante la dictadura, y tuvieron que enfrentar grandes dificultades económicas. También tuvieron problemas de adaptación, especialmente sus hijos e hijas. Por sus antecedentes políticos muchos retornados no consiguieron trabajo, a pesar de tener algunos excelentes currículum y antecedentes laborales, en algunos casos sobre calificados.

El estado alemán, intuyendo las dificultades de reinserción en el país de las familias chilenas que vivieron el exilio en Alemania, les otorgaron una donación en marcos alemanes, pero estos dineros, que debían ser entregados a los retornados por el Estado de Chile, en calidad de intermediario, “desaparecieron” durante el gobierno de Aylwin, dejando a muchas familias en medio de graves problemas económicos, pues volvieron al país una vez que fueron informados que serían favorecidos con una importante ayuda por el Estado alemán. Muchos retornados se vieron en la obligación de volver al país de acogida, sólo por no poder subsistir en Chile.

La precariedad económica obligó a muchas familias a enviar a sus hijos a escuelas y liceos con ropa de calle, además de poseer un nivel nulo o mínimo de conocimiento oral y escrito del idioma castellano. Llegaron con sus útiles escolares alemanes, tuvieron dificultades para socializar, porque no se expresaban de manera inteligible en el medio escolar y juvenil chileno. Los niños y niñas extrañaban a sus amigos y amigas dejados en Alemania, a abuelos, abuelas, tíos y tías “de repuesto;” es decir, de los alemanes que acompañaron a sus padres durante el destierro. Reencontrar la familia extendida sanguínea no siempre resulta una experiencia gratificante; las expectativas no coinciden y en la gran mayoría de los entrevistados, los lazos se pierden o se diluyen con el tiempo.



Muchos padres retornados exigen a sus hijos no decir que estuvieron exiliados, especialmente los que regresaron de la República Democrática Alemana (la parte de Alemania de post-guerra ocupada por la ex – Unión Soviética), debido al temor a represalias, burlas y comentarios, sobre todo en tiempos de la dictadura. A otros se les exigía dejar de hablar el alemán para acelerar la inserción en Chile, aprender rápidamente el castellano y cambiar costumbres y hábitos aprendidos en Alemania. Esta situación ha gatillado una serie de enfermedades psicosomáticas en los niños y niñas retronados, tanto preadolescentes como adolescentes; cuestión que fue debidamente diagnosticada y estudiada por el PIDEE en los años ochenta en Chile.

La discusión sobre la inmigración merece mayor atención en Chile. Hasta el momento, la mirada se ha centrado principalmente en el “extranjero”, pero ha habido muy poco interés en vernos a nosotros mismos como receptores de lo diferente. Estoy convencida que las habilidades y desafíos para saber aceptar e integrar la diferencia en nuestro diario vivir es una tarea pendiente en Chile. Más allá del origen étnico y del país de procedencia, se deben considerar otros aspectos, que incluso pueden llevar a preguntarnos sobre cómo hemos lidiado con la diferencia en Chile, incluso con los chilenos inmigrantes. La discusión sobre la inmigración en Chile no debería centrarse sólo en la figura del “extranjero”; pues en el caso de los retornados chilenos, el punto de inflexión ha sido la nula o poca aceptación de la “otredad.”

Los hijos de los exiliados retornados de Alemania han demostrado que a pesar de ser chilenos, tuvieron muchas dificultades de adaptación debido a la falta de conocimiento sobre las habilidades sociales y culturales de Chile. Desde lo institucional, no hubo ninguna política para recibirlos, ni interés en conocer sus experiencias de vida en los colegios, partidos políticos u otras instancias sociales. Simplemente, se invisibilizó su destino y experiencia de vida en Chile, a pesar de que, como hemos visto, una gran cantidad de chilenos volvieron a su tierra.

La aceptación emocional de lo que es “normal” y lo que no es “normal” ha dejado poco espacio para la diversidad y sus infinitas expresiones.
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