sábado, 20 de julio de 2019

América Latina: El incansable bregar de los pueblos (reflexiones en el 40 aniversario de la Revolución Sandinista)

¡Qué difícil atreverse! Con un paso que se dé más allá de la línea marcada como límite y te caen a pedradas y escupitajos; cancelan la puerta de tu casa, tapian tus ventanas, te cortan el agua, la luz, el crédito en la tienda de la esquina. Y, para peores, tus vecinos te insultan mientras tus amigos te vigilan cuidando la pureza de tus actos.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

Hago estas reflexiones al calor del 40 aniversario de la Revolución Sandinista de Nicaragua, ese fogonazo que iluminó el cielo de América Latina como antes lo hicieron la Revolución Mexicana de 1910, la Guatemala de los diez años de primavera, la Revolución Cubana, el proceso chileno de la Unidad Popular y, más tarde, la Revolución Bolivariana de Venezuela y los procesos esperanzadores de Bolivia, del Ecuador, de la Argentina y de Brasil.

Procesos disímiles, de profundidades diversas, de inspiraciones distintas pero comprometidas con lo nacional y con los que menos tienen. Procesos todos provocadores de euforias y desilusiones, de alegrías y tristezas, de logros y yerros que han despertado y siguen provocando apasionadas lealtades y recriminaciones.

Procesos de búsqueda, de tanteo en un mundo en el que no hay recetas y se está en un mar en el que se es sardina en medio de los tiburones, con el tiburón mayor a la vuelta de la esquina acechando, atento a cada movimiento, dispuesto a dar el mordisco en cualquier momento.

Procesos también escrutados atentamente por quienes no perdonan el más mínimo movimiento que se salga del camino trazado hacia la utopía imaginada por cada quien en su cabeza y su corazón palpitante. Acervos marcadores de los límites permitidos; permanentes vigías de la pureza; estrictos árbitros de lo permitido y lo prohibido.

Y en medio de todo y de todos “los procesos”, atribulados entre sus fronteras recibiendo estocadas de todas partes, de todos lados, de quienes no están acostumbrados a ceder ni un centímetro de sus privilegios (reales o ilusorios), de quienes sienten que se les mueve el piso y salen corriendo a pedir ayuda al tiburón mayor acechante a la vuelta de la esquina para ver si da un manotazo y barre a los atrevidos.

¡Qué difícil atreverse! Con un paso que se dé más allá de la línea marcada como límite y te caen a pedradas y escupitajos; cancelan la puerta de tu casa, tapian tus ventanas, te cortan el agua, la luz, el crédito en la tienda de la esquina. Y, para peores, tus vecinos te insultan mientras tus amigos te vigilan cuidando la pureza de tus actos.

Ni unos ni otros perdonan nada, siempre se está en falta. Solo la euforia del triunfo primigenio se visualiza como el núcleo de la pureza, cuando todo era posible antes que todo fuera traicionado: las fotos de los desarrapados levantando las armas, de las columnas combatientes avanzando.

Sin embargo, hay un río que avanza incontenible. Una corriente que se abre paso sin que, tal vez, no sepa nada de la utopía que hierve en la cabeza de los esclarecidos. Es una fuerza impura que saca la cabeza para respirar cada cierto tiempo, que no sabe hablar claramente, que tal vez tartamudea y se arrima a quien pueda servirle de soporte cuando está en vilo atacado por todos lados.

Sale y se esconde; brama y se tranquiliza; sabe y no sabe pero se expresa. Puede entonces llegar alguien que descifre las regurgitaciones que le salen de la garganta y se acompañarán mutuamente. O puede que no, y suba y baje monigotes que no atinarán a nada, cavarán más el hoyo en el que se encuentren todos sumidos y harán más oscura la noche. Pero todo tiene su final, se cumplen los ciclos, se llega a límites y se traspasan.

En esas estamos y en esas estaremos. Siempre.  

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