El discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich pasó casi sin eco en la agenda argentina, pero dejó al descubierto la doctrina internacional del trumpismo: restauración civilizatoria, unilateralismo estratégico y securitización de la migración como eje de orden global. Leído desde el Sur Global, no se trata sólo de política exterior estadounidense sino de un proyecto que busca rejerarquizar el mundo desde una identidad occidental excluyente, con impactos directos sobre América Latina, sus migraciones, sus recursos y su margen de autonomía.
Federico Pita / Página12
El discurso que el secretario de Estado Marco Rubio pronunció en la Munich Security Conference —foro donde cada año se reúnen jefes de Estado, ministros de Defensa, servicios de inteligencia, corporaciones tecnológicas y estrategas militares para discutir el rumbo de la seguridad global— pasó casi inadvertido en la agenda mediática argentina, pese a condensar definiciones centrales del nuevo orden internacional que Washington busca impulsar. No se trató de una intervención diplomática más dentro del protocolo atlántico, fue la exposición descarnada de un proyecto político que pretende reorganizar el tablero mundial desde una lógica civilizatoria, jerárquica y racializada. Presentado como un llamado a la “renovación y restauración” bajo el liderazgo de Donald Trump, el mensaje confirmó el viraje unilateralista de Estados Unidos y explicitó una narrativa cultural donde Occidente aparece como sujeto histórico amenazado por la migración, el multilateralismo y la redistribución del poder global. Para lectores del Sur Global —y especialmente de América Latina— el problema no reside únicamente en el retorno de una agenda conservadora, sino en la consolidación de una ingeniería política donde seguridad, economía e identidad cultural quedan anudadas a un imaginario de supremacía blanca que redefine quién merece protección, desarrollo y ciudadanía.
Rubio habló en Múnich ante las élites de defensa europeas con una fórmula que condensó la nueva doctrina: Estados Unidos está dispuesto a actuar solo, pero “prefiere” hacerlo junto a sus aliados. La frase, aparentemente conciliadora, revela en realidad una relación vertical. No se trata de cooperación entre iguales sino de subordinación estratégica a un centro que se reserva la potestad de decidir cuándo el consenso es útil y cuándo estorba. Esa lógica se proyecta sobre organismos como las Naciones Unidas, cuya reforma fue mencionada bajo el argumento de volverla “eficiente”, término que en la tradición trumpista suele equivaler a reducir cualquier mecanismo que limite la acción unilateral estadounidense. La escena recuerda que la arquitectura multilateral nacida tras 1945 es vista como un obstáculo administrativo frente a la competencia geopolítica.
El núcleo ideológico del discurso apareció cuando Rubio insistió en la defensa de una “herencia compartida” transatlántica amenazada por la migración masiva. Esa formulación, repetida en los últimos años por dirigentes de la derecha occidental —desde el propio Trump hasta el vicepresidente JD Vance— no es un simple comentario demográfico. Es la actualización diplomática de la teoría del reemplazo cultural: la idea de que Occidente perdería su esencia si no controla quién entra, quién trabaja y quién pertenece. Cuando un secretario de Estado coloca esa preocupación en el centro de un foro de seguridad, la migración deja de ser un fenómeno social para convertirse en amenaza estratégica. En ese desplazamiento conceptual se produce la operación racial: poblaciones enteras pasan a ser leídas como factor de riesgo sistémico. El lenguaje tecnocrático de cadenas de suministro seguras, fronteras controladas y estabilidad social funciona así como un dispositivo elegante para legitimar políticas de exclusión global.
La dimensión geopolítica del mensaje tampoco debe leerse como nostalgia imperial. Rubio habló de la necesidad de mantener diálogo con China y de negociar el final de la guerra entre Rusia y Ucrania, pero lo hizo desde una matriz de competencia civilizatoria más que de equilibrio diplomático. El mundo multipolar no es negado, es aceptado como campo de disputa donde Washington buscará ganar tiempo, reconstruir alianzas y reordenar cadenas productivas para preservar su primacía tecnológica y militar. Esa admisión es clave. El trumpismo no cree ya en la hegemonía incuestionada de los años noventa; apuesta a administrar la decadencia relativa mediante un endurecimiento selectivo del sistema internacional. En ese esquema, el control migratorio, el proteccionismo industrial y la presión sobre socios regionales se convierten en herramientas para sostener capacidad de mando en un escenario donde la supremacía ya no puede garantizarse por inercia histórica.
Para América Latina, el impacto potencial de esta doctrina es inmediato. Cada vez que Washington redefine seguridad en términos culturales, la región queda automáticamente ubicada en el lugar de proveedor de mano de obra migrante, recursos estratégicos y territorios disciplinables. El discurso de Rubio, leído desde Buenos Aires, Bogotá o Ciudad de México, anticipa un escenario donde los gobiernos latinoamericanos enfrentarán mayor presión para alinearse en temas comerciales, energéticos y militares a cambio de acceso preferencial a mercados o financiamiento. Pero también anticipa un endurecimiento de las políticas migratorias que transformará a millones de latinoamericanos en variable de negociación geopolítica. La “estabilidad hemisférica” suele traducirse, en la práctica, en fronteras más militarizadas, cooperación policial reforzada y tolerancia decreciente hacia proyectos políticos autónomos. No es casual que la narrativa cultural sobre la defensa de Occidente avance al mismo ritmo que la externalización de controles migratorios y la securitización del desarrollo.
Lo que se escuchó en Múnich, entonces, no fue simplemente el regreso de un Estados Unidos conservador sino la explicitación de un proyecto civilizatorio que combina realismo estratégico con política identitaria blanca. En palabras de Rubio: “Bajo el presidente Donald Trump, los Estados Unidos volverán a asumir la tarea de renovación y restauración, impulsados por una visión de un futuro tan orgulloso, tan soberano y tan vital como el pasado de nuestra civilización. Y aunque estamos preparados, si fuera necesario, para hacerlo solos, nuestra preferencia y nuestra esperanza es hacerlo junto a ustedes, nuestros amigos aquí en Europa. Porque Estados Unidos y Europa pertenecen juntos”.
La restauración prometida no apunta a reconstruir el pasado sino a disputar el futuro: reorganizar alianzas, filtrar poblaciones, blindar tecnologías y convertir la supremacía racial en criterio de jerarquía internacional. En esa arquitectura, el racismo no aparece como exceso retórico sino como tecnología de gobierno global, capaz de ordenar flujos humanos, justificar desigualdades y naturalizar zonas de sacrificio. Para el Sur Global, la pregunta ya no es si el imperio está en declive, sino cuánto daño puede producir mientras intenta administrar esa transición. Y para los movimientos antirracistas latinoamericanos, el desafío será leer estos discursos no como episodios aislados de la política estadounidense, sino como señales tempranas de un reordenamiento mundial donde la cultura del descarte amenaza con institucionalizarse como norma planetaria.

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