sábado, 25 de abril de 2026

Un año sin Francisco

 Este martes 21 de abril se ha cumplido un año de la partida del Papa Francisco de este mundo. Su muerte dejó un gran vacío en una humanidad cada vez más necesitada de protección y caridad. 

Roberto Utrero Guerra / Especial para Con Nuestra América
Desde Mendoza, Argentina

Transcurrido este período y habiendo tenido un espacio para la reflexión, advertimos con mayor claridad la trascendencia de su figura y las grandes preocupaciones que lo desvelaban. Su ausencia lo hace más necesario, puesto que la crueldad a la que son expuestos miles de millones de personas en un mundo negro y sin futuro, nos recuerda que vamos camino de peores momentos, donde la tecnología destructiva supera cualquier proyecto de aquello que alguna vez se llamó con esperanza, progreso. 
 
Francisco animaba la esperanza, impulsaba a los jóvenes a que armaran lío, que soñaran en grande y contaran sus sueños a otros. Hablaba todo el tiempo de solidaridad, de cuidar y compartir la casa - nuestro planeta -, en palabras sencillas, entendibles a todos, más allá de los diversos credos o entre los descreídos; hablaba a la humanidad. Advertía más que nadie los peligros que se cernían, dado que en 2025, asumía por segunda vez Donald Trump la presidencia de la mayor potencia armada del mundo y desplegaba nuevamente su manejo despótico del poder. Lo advirtió en su viaje a México en 2016, cuando el magnate asumió por primera vez, cuando dio misa en Ciudad Juárez y partió al Vaticano. Trump no se privó de provocarlo durante el viaje, como ahora lo hace con León XIV. Claro, desde luego, en su arrogancia y desparpajo, ahora se asume como papa o Jesucristo, cuestión que en su demente pensamiento, apela de todas formas para mantenerse en el poder, cuando éste se le escurre entre los dedos, como el tiempo de su propia vida.
 
Al menos nos queda el consuelo que le ha sucedido un Papa que sigue sus pasos, un hombre plantado sin miedo frente al poderoso, un compatriota con experiencia en Latinoamérica que sabe de la miseria a la que nos ha sometido la sempiterna política imperial. Un hombre que, como Francisco ha vivido entre los pobres, es decir, los condenados de la tierra, razón que explica su viaje al África subsahariana.
 
Francisco se fue al término de las Pascuas pasadas, como si su partida cerrara un ciclo. Nos dejó su pensamientos y preocupaciones en encíclicas fundamentales, en la exhortación apostólica Evangeli gaundium acerca de la dimensión de la evangelización, abordó el tema del bien común y la paz social. En ese contexto postula cuatro principios: el tiempo es superior al espacio; la unidad prevalece sobre el conflicto; la realidad es más importante que la idea, y el todo es superior a la parte. 
 
El tercer principio fue retomado más tarde en la encíclica Laudato si, en el pasaje en el que se nos invita a enfrentar la crisis ecológica pensando en el bien común y avanzando por el camino del diálogo. Y si hay algo que escasea en estas horas aciagas, es diálogo. Un diálogo entre los poderosos de la tierra, aquellos que tienen en sus manos las vidas de millones de personas inocentes, de gente común sin mayor pretensión que vivir en paz cada día.
 
En Fratelli tutti, insistía en la hermandad de los seres humanos inmersos en la humanidad, algo que en su sabiduría y cargo, advertía que iba más allá de los tiempos. Hermandad en la solidaridad, en la complementariedad de la diversidad y la singularidad que nos identifica como seres únicos y a la vez sagrados, hechos a imagen y semejanza del Creador. Abogó por ello cada vez que se dirigía a las multitudes, con su natural bonhomía y simpleza, cada vez de daba entrevistas o recibía en su despacho, tanto a personalidades como a personas que acudían a solicitar su bendición, cuando padecían enfermedades o dolencias graves.
 
Francisco recibió en su despacho al presidente argentino Javier Milei. Lo acogió con ternura, hasta le perdonó las graves ofensas que éste le había hecho ya siendo mandatario. Milei venía del Muro de los lamentos, donde ha concurrido por tercera vez en estos días, más las catorce a Estados Unidos, mientras que jamás ha visitado a cerca de diez provincias argentinas. No tiene ni la más pálida idea del país profundo y extensísimo que gobierna, mucho menos de las características especiales de cada población del mismo. Pero seguramente, entre los actos por la Independencia de Israel y el doctorado recibido y los premios millonarios, les ha hablado de la futura tierra prometida en plena Patagonia, como lo atestiguan los sufridos habitantes sureños que ven pasar a cientos de jóvenes soldados judíos que deambulan por nuestras tierras pasando datos a sus jefes. Seguramente él, ante el peligro que significan sus declaraciones de guerra a Irán, sabe que en el único lugar donde va a estar seguro con su hermana es allí, pegado al Muro de los lamentos.
 
Francisco fue premonitorio. No quiso volver a su país. Sabía de sobra lo que aquí ocurría, el sufrimiento de sus compatriotas se lo trasladaban sus obispos y sacerdotes, además de los muchos amigos que aún conservaba y con los que mantenía una comunicación permanente.
Cada sentencia papal es una exhortación a la reflexión para ser aplicada en nuestra vida cotidiana como guía de comportamiento, sobre todo en los momentos críticos por los que atravesamos. Cada uno de estos principios nos pone a prueba interiormente y pone a prueba también nuestra vida en comunidad, por más pequeña que sea ésta. Hecho del que no escapa nadie.
 
Un año sin Francisco y con el amparo de su sucesor, León XIV que ha seguido sus pasos y manteniendo su legado, muestra un mundo rodeado de conflictos, más violentos que cuando él vivía. El regreso de Trump al poder y sus bravuconadas, han puesto de manifiesto su extrema brutalidad y prepotencia, desde su introducción a Venezuela y extracción del presidente, Nicolás Maduro para juzgarlo y tenerlo prisionero en Nueva York, sus bombardeos en Irán, sus amenazas a Canadá, a Cuba, a la misma Comunidad Europea que lo muestran como un torpe elefante en un bazar, son una muestra acabada de la atmósfera pútrida en la que nos ha sumergido.
 
Este jueves 23 de abril, Día del libro, asistí a la conferencia Malvinas nos une, dada la presentación de dos libros presentados por dos combatientes de las islas en 1982, cuando ambos tenían menos de veinte años. Aldo Leiva, actual diputado nacional por la provincia del Chaco y cuatro veces intendente de la localidad General José de San Martín donde nació y el periodista y escritor Edgardo Esteban ex director del Museo Malvinas, quien contó en detalle su novela La última batalla, la misma no es solo un regreso a Malvinas, sino una reflexión sobre identidad, dignidad y memoria. El autor narra en paralelo la búsqueda de su cédula militar subastada y los días en que fue, junto con otros soldados argentinos, prisionero de guerra después de la derrota. Un libro que demuestra que el pasado no es una pieza de museo ni un souvenir bélico, sino una fuerza viva que exige ser nombrada, comprendida y defendida. 
 
A cincuenta años del golpe cívico-militar de 1976, esta novela vuelve sobre una de las heridas que provocó la dictadura y que sigue abierta. En un momento de su emotivo relato, cuenta que fue recibido por el Papa Francisco en el Vaticano y, aunque no muy creyente, sintió profundamente las palabras de aliento del Santo Padre. Él como Aldo, solos, hambreados y muertos de frío en las islas, totalmente desamparados de los altos mandos, cuando ya sabían la rendición, se encomendaron al Altísimo. De vuelta, lo primero que hicieron las autoridades militares fue prohibirles contar lo ocurrido en Malvinas, coincidente con los primeros años de democracia que fueron ninguneados y desamparados. Tuvo que llegar Néstor Kirchner para poder ser reconocidos y contenidos. Más de 500 se suicidaron, más los caídos en las islas y en el artero atentado al crucero ARA  Belgrano, bombardeado por Margaret Thatcher en la zona de exclusión, considerado crimen de guerra. Sin embargo, el presidente Javier Milei, tiene su retrato en Casa Rosada, mientras sacó los bustos de Eva y Juan Domingo Perón. Ese mismo día, el mandatario argentino recibió en su despacho al mega empresario Peter Thiel, quien se instalará por dos meses en el país. Coincidentemente con la audiencia a Thiel, Milei suspendió la entrada a los periodistas acreditados en Casa de Gobierno aduciendo peligro de ¿seguridad nacional? Algo que ni el periodismo adicto se lo cree.
 
El mismo día y, como celebración mayor del Día del libro se inauguró la quincuagésima Feria del libro de la Ciudad de Buenos Aires. No es necesario remontarse cinco décadas para aclarar que la misma surgió dos semanas después del golpe de Estado de 1976 y sigue realizándose en el predio de la Sociedad Rural Argentina, en el pabellón Martínez de Hoz, una de las familias fundadoras de la sociedad allá por 1866, en el nacimiento del modelo agroexportador. En ella hablaron: el director de la Fundación el libro, el Secretario de Cultura, el Jefe de Gobierno de la CABA, Jorge Macri y tres escritoras galardonadas, coordinadas por la periodista María O’Donell. A los discursos precedentes, las escritoras replicaron seriamente, Cabezón Cámara, habló contra la Ley de glaciares y la necesidad de conservar y preservar el agua en primer término.
 
La atmósfera cargada más parece un caldo espeso, caldo de cultivo de conflictos que están en la calle.

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