sábado, 18 de abril de 2026

Ahora le tocó al Papa

Pareciera que Donald Trump se encuentra acorralado y no sabe cómo salir del embrollo en el que está metido con la guerra en Irán, y descarga su frustración con quien se le pone al frente.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

No hay nadie que se libre de la furia de Donald Trump. El secretario de Guerra Pete Hegseth y el cubano-americano Marco Rubio son de los pocos que están quedando en el selectísimo y cada vez más reducido club de los que no han sido objeto de su rabia presidencial. Pero no deben confiarse, porque en cualquier momento se vuelve contra ellos y los echa de su lado a patadas.
 
Es posible que, en estado de decrepitud mental, haya confundido la presidencia de su país con el programa de televisión, El aprendiz, que protagonizó en la televisión estadounidense. En él, echaba de forma cruenta a quienes no se atenían a los estándares que, como jefe omnipotente, requería de quienes pretendían trabajar para él.
 
Ahora reproduce la misma lógica prepotente en la política internacional de la que es protagonista central, y se va quedando íngrimo, sin aliados y sin amigos. Poco a poco le dan la espalda hasta aquellos a los que alguna vez distinguió con alguno de los rictus con los que pretende que entendamos que está sonriendo.
 
Esta vez, el objeto de su furia ha sido el papa, que se atrevió a promulgar en voz alta lo que todos sabemos que dicen algunos preceptos básicos de la fe que profesa y de la que es el máximo pontífice. 
 
La invocación a la paz que hizo León XIV en medio de la furia bélica que lo ataca, lo sacó de quicio y dio rienda suelta a la incontinencia verbal que lo caracteriza. Y, como si esta salida de tono fuera poco, se le dio por publicar en redes imágenes en donde se le ve suplantando a Jesucristo o siendo acompañado por él.
 
No es necesario decir que, para un católico, esto es sinónimo de blasfemia, y recuérdese que en Estados Unidos estos son unos sesenta millones. La iglesia norteamericana ha sido bastión del conservadurismo. Hasta no hace mucho, sus principales figuras se oponían abiertamente a las posiciones progresistas del papa Francisco, por lo que enajenarse su apoyo pareciera no ser la mejor estrategia.
 
Uno puede entender que, en aras de una política aislacionista, que constituye una de las tendencias que han prevalecido en distintos momentos en la historia de los Estados Unidos, y de la que él parece querer ser su adalid en nuestros días, se enfrente con sus tradicionales aliados europeos. Aunque es una torpeza política para los intereses nacionales que dice defender, ha sabido sacar dividendos económicos que le dan réditos, por lo menos a corto plazo.
 
Pero pelearse con el papa no lo lleva a ninguna parte en la que encuentre ganancia. Se podría decir que es una riña gratuita en la que solo puede salir con pérdidas de las que ya, a estas alturas, puede empezar a hacer recuento y agregar a los daños de los que está emergiendo de la guerra contra Irán: un mayor distanciamiento de la OTAN, evidencias de debilidad bélica y comportamiento atolondrado e impulsivo para tomar decisiones. 
 
Pareciera que Donald Trump se encuentra acorralado y no sabe cómo salir del embrollo en el que está metido con la guerra en Irán, y descarga su frustración con quien se le pone al frente. No mide consecuencias, no tiene quién lo aconseje y le recomiende mesura, le haga ver los inconvenientes de decir sandeces, ofender, insultar y mentir. Si en su equipo hubiera alguien con dos dedos de frente seguramente le recomendaría que, por lo menos, se abstuviera. Una persona como él, al que hasta su propia madre lo catalogó como un idiota sin sentido común, no debería estar en el sitio en el que está. Por el bien de todos.  

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