sábado, 18 de abril de 2026

Cuba, la próxima “gentileza” imperial

Convendría preguntarse qué entienden exactamente por “libertad” quienes imaginan para Cuba una salida tutelada por Washington. La palabra se usa con un fervor casi litúrgico, pero su traducción práctica suele ser bastante menos sublime: disciplinamiento político, revancha social, restauración oligárquica y administración externa del horizonte nacional.

María Teresa Felipe Sosa / Diario Red

Hay frases que, por su brutal sinceridad, deberían escandalizar incluso en una época en la que el cinismo político parece haberse convertido en estilo de gobierno. Pero no. En el ecosistema contemporáneo del espectáculo imperial, una amenaza de invasión puede pronunciarse casi con la misma ligereza con que se improvisa una ocurrencia o se sonríe frente a las cámaras. Así son los tiempos, la barbarie ya no necesita siquiera la solemnidad de otros siglos; le basta con una broma y un micrófono.
 
Donald Trump lo ha vuelto a hacer. Y Marco Rubio acompaña, como suele hacerlo, con la diligencia del operador ideológico que conoce perfectamente el idioma del castigo hemisférico. Esta vez, el objeto del deseo disciplinador vuelve a ser Cuba. O, mejor dicho, la vieja fantasía estadounidense de disponer de Cuba como si la isla no fuera una nación soberana.
 
La escena tiene algo de grotesco y algo de revelador. Trump amenaza, insinúa, sugiere, retrocede un paso, guiña el ojo y vuelve a avanzar. “Cuba será la que sigue”, dice. “Un gran cambio pronto llegará a Cuba”, añade. “Quizás nos demos una vuelta por Cuba cuando terminemos con esto”, remata después. Y todo ello con ese registro tan suyo, a medio camino entre el matón satisfecho y el empresario convencido de que la historia no es más que una extensión de su voluntad personal. En un momento particularmente esclarecedor, incluso llegó a especular con una “toma amistosa” del poder en la isla, como si la ocupación pudiera presentarse como cortesía.
 
El viejo libreto, con nuevos actores y peor escenografía
 
Conviene no fingir sorpresa. La historia entre Washington y Cuba no comenzó ayer, ni Trump inventó el deseo de instalar en la isla un gobierno “más aceptable” para Estados Unidos. Ya en 1960, la administración Eisenhower aprobó el primer plan de acción encubierta de la CIA contra la Revolución cubana. El objetivo era meridianamente claro, sustituir un orden político soberano por otro funcional a los intereses estadounidenses. Seis décadas después, la melodía no ha cambiado demasiado; apenas ha variado el arreglo.
 
Lo que hoy se presenta como preocupación por la democracia, la estabilidad o la seguridad regional repite, con menos elegancia y más torpeza, la vieja gramática de la tutela imperial. Cuba sigue siendo intolerable por lo que representa: la persistencia de una soberanía insumisa a noventa millas de la potencia que durante generaciones se acostumbró a administrar el continente como su patio trasero.
 
En ese sentido, las recientes declaraciones de Trump no deben leerse como exabruptos aislados, ni como simple folklore verbal de un dirigente incapaz de distinguir entre la amenaza real y la performance mediática. Lo preocupante es precisamente que, en el caso del poder imperial, ambas cosas suelen ir juntas. Las palabras preparan el terreno. El lenguaje fabrica climas. La retórica crea condiciones de posibilidad. Primero se naturaliza la idea; después se ensaya el pretexto; finalmente, se presenta la agresión como reacción inevitable.
 
Zeteo, las filtraciones y la costumbre de fabricar coartadas
 
Por eso no debería pasar inadvertida la información publicada por Zeteo en su boletín First Draft. Según los periodistas Asawin Suebsaeng y Andrew Pérez, y sobre la base de filtraciones procedentes de tres fuentes anónimas, la Casa Blanca habría orientado al Pentágono y a otras agencias gubernamentales a intensificar los preparativos para posibles operaciones militares contra Cuba.
 
Desde luego, en estos asuntos la prudencia analítica es indispensable. Una filtración no equivale por sí sola a prueba concluyente. Pero tampoco conviene practicar esa ingenuidad voluntarista según la cual toda amenaza debe considerarse humo hasta que caigan las primeras bombas. La historia reciente de Estados Unidos enseña algo bastante elemental, que las guerras rara vez comienzan el día en que estallan; empiezan mucho antes, en los despachos, en los informes, en las filtraciones selectivas, en la demonización sistemática del adversario y en la fabricación escalonada de legitimidad moral para el uso de la fuerza.
 
Si realmente se ha dado esa directiva interna, lo que tendríamos delante sería algo más que una bravuconada presidencial. Sería la preparación discreta de una operación militar concebida a espaldas no solo del derecho internacional, sino también, de la propia ciudadanía estadounidense. Y conviene llamar a las cosas por su nombre, bombardear Cuba no sería una “intervención”, ni una “acción quirúrgica”, ni una “respuesta estratégica”; sería la producción deliberada de muerte sobre población civil, infraestructuras y una sociedad sometida desde hace años a un asedio económico asfixiante.
 
La torpeza imperial de creer que toda crisis ajena es una invitación
 
A pesar de todo ello; existe, un equívoco particularmente persistente en cierta imaginación política estadounidense, que es el de la creencia de que un país con dificultades económicas intensas está, por ello mismo, listo para ser recolonizado. Es una superstición geopolítica bastante cómoda. Parte de la idea de que el sufrimiento erosiona de tal manera la conciencia nacional que, llegado cierto punto, cualquier injerencia exterior puede presentarse como salvación.
 
Pero la experiencia histórica dice otra cosa. Antes del ataque a Irán, se alentaron protestas. Luego comenzaron los bombardeos y buena parte del país cerró filas frente al agresor. El error fue creer que la población de un país sometido a tensiones internas confundirá automáticamente al invasor con el redentor. No hay evidencia sólida de que en Cuba ocurriera algo distinto. Más bien al contrario.
 
Los cubanos pueden estar descontentos con la precariedad, con los apagones, con la escasez, con la dureza material de la vida cotidiana, en gran medida causada por el bloqueo estadounidense. Pero eso no significa que ignoren lo que implicaría una ocupación o una subordinación directa a los intereses de Washington y de la extrema derecha de Miami. Sabemos demasiado bien lo que está en juego, soberanía, memoria histórica, estructura social, dignidad nacional. El imperialismo suele subestimar esas categorías porque no caben fácilmente en sus hojas de cálculo.
 
La democracia que llega en portaaviones
 
También convendría preguntarse qué entienden exactamente por “libertad” quienes imaginan para Cuba una salida tutelada por Washington. La palabra se usa con un fervor casi litúrgico, pero su traducción práctica suele ser bastante menos sublime: disciplinamiento político, revancha social, restauración oligárquica y administración externa del horizonte nacional.
 
No parece que los grupos extremistas de Miami estén especialmente motivados por una reconciliación entre cubanos. Más bien parecen animados por la vieja pasión del ajuste de cuentas, por el deseo de depurar, castigar, excluir y humillar. Esa es la tragedia de ciertos exilios politizados por décadas de guerra fría, que confunden la justicia con la venganza y llaman transición a lo que en el fondo sería un proceso de restauración punitiva.
 
Por eso resulta difícil creer en las promesas de prosperidad que acompañarían una hipotética “liberación” de la isla. No solo porque proceden de un poder que no ha dejado de erosionar sus propias instituciones, sino porque suelen ser manipuladas por redes políticas y económicas que llevan décadas lucrando precisamente con el negocio del cambio de régimen.
 
La dignidad como problema irresoluble para el imperio
 
Lo que Washington no termina de entender —o finge no entender— es algo bastante simple. Cuba no es solamente una geografía, un gobierno o un conflicto diplomático. Cuba es también una forma histórica de conciencia. Y cuando la soberanía deja de ser una consigna estatal para convertirse en experiencia compartida, deja de medirse exclusivamente en términos de fuerza material.
 
Ese es el punto ciego del cálculo imperial. Puede cuantificar misiles, drones, sanciones, toneladas, barriles, porcentajes de desabastecimiento y curvas de presión económica. Lo que no sabe calcular del todo, es el espesor político de una memoria colectiva forjada en resistencia. Puede que el poder sea inmenso, pero incluso, el poder encuentra límites cuando se enfrenta no solo a un aparato estatal, sino a una cultura política que ha incorporado la defensa nacional como dimensión de su propia dignidad.
 
Tal vez ese sea el verdadero problema de fondo. Para el imperio, Cuba no es solo una discrepancia ideológica. Es una insolencia histórica. La prueba persistente de que un país pequeño, bloqueado, asediado y exhausto puede negarse a obedecer.
 
Y ese tipo de ejemplo, ya se sabe, siempre ha sido intolerable para quienes creen tener el derecho natural de “ocuparse” del destino ajeno.

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