sábado, 26 de septiembre de 2026

Rendimiento agrícola, agricultura industrial y agroecología

 Lo que verdaderamente necesita este mundo es recuperar el papel central de la agricultura campesina e indígena en el desarrollo de alimentos accesibles, de calidad, sanos y baratos, exentos de contaminantes y contaminación, en un sistema sustentable que proteja la biodiversidad.

Pedro Rivera Ramos / Para Con Nuestra América

Desde Ciudad Panamá


Hace poco más de 12 mil años atrás, con la recolección, cuidado y siembra de plantas silvestres y los primeros intentos por domesticar algunos animales menos agresivos, se fue configurando lo que conocemos hoy como agricultura, un conjunto de actividades, prácticas y saberes humanos, que pusieron en marcha a lo largo del tiempo todos los procesos de formación de los pueblos, que culminarían con la aparición de la misma civilización humana. Esas acciones por domesticar plantas y animales que resultaron ser tareas largas y complejas, siempre tuvieron como principal objetivo cubrir las necesidades de alimentación, vivienda, medicinas, vestimenta y combustible. 

 
La Vía Campesina, un movimiento internacional de los campesinos del mundo, al comentar sobre el origen de la agricultura ha afirmado que: “El surgimiento de la agricultura es quizás uno de los procesos más revolucionarios de la historia de la humanidad. La agricultura cambió la forma de alimentarnos y de vivir”. Más adelante sentencia: Sin la agricultura, nuestra especie humana podría haber sobrevivido sólo como algunos cientos de millones de personas repartidos por el mundo o, incluso, podría haberse extinguido” (1).
 
Efectivamente, fue una obra colectiva desarrollada principalmente por mujeres que requirió lógicamente cierto grado de observación, de manipulación, ingenio, experimentación, selección y cruzamiento reiterados. Este proceso de domesticación, cruzamiento, mejoramiento y mantenimiento de la diversidad de las plantas cultivadas, sigue siendo realizado todavía hoy por los campesinos, al margen de los intereses privados que desean controlar las semillas en todo el mundo. Es allí donde hay que buscar la explicación de la existencia de los muchos colores en el maíz, limones, naranjas y manzanas, así como las formas arrugadas, lisas y los distintos sabores. 
 
Así fue que la humanidad fue gestando miles de modelos agrícolas que se fueron adaptando al clima y a los ecosistemas donde se desenvolvían sus actividades esenciales. Pero fueron precisamente esos modelos a los que hicieron responsable, de la falta de alimentos suficientes para superar el hambre, al mismo tiempo que servían de excusa para demostrar la necesidad de mejorar y modernizar los métodos de cultivo. De modo que la piedra angular del mejoramiento genético y la conservación de la biodiversidad de los cultivos, estuvo desde los inicios de la agricultura en las manos de los agricultores de todo el mundo; hoy todo eso ha cambiado mucho, hasta el punto que tales actividades pasaron primero, a desestimársele su papel en el desarrollo agrícola y más tarde, a ser controladas y dirigidas por grandes empresas privadas, cuyo único y principal fin es considerar la producción de alimentos como mercancía y negocio para obtener grandes ganancias.
 
La agricultura es una de las más importantes fuentes de ingreso de los países, ya que más de un tercio de la población económicamente activa en el mundo se sostiene gracias a esa actividad económica, siendo también la que más personas emplea en el planeta, sobre todo en regiones de Asia y África, donde casi el 60% de sus habitantes se ocupan de esta actividad, contrastando con los países desarrollados como los Estados Unidos y otros, donde solo lo hacen entre el 5-7% de la población. En América Latina la agricultura representa más de un 7% del PIB, pudiendo variar según país, en África está entre el 17-18.5%, mientras que en Asia se estima que es un 8% del producto interno bruto. Otro dato relevante es que la mayor parte de los alimentos que se consumen a nivel global (80% de ellos), son producidos por millones de campesinos de subsistencia y agricultores pequeños, que las políticas oficiales de los gobiernos, así como sus instituciones educativas y de investigación, siguen subestimándolos, junto a la errónea consideración de ser modelos atrasos de producir comida. De allí que tanto el apoyo gubernamental como los subsidios directos e indirectos que se otorgan principalmente en los países ricos, suele concentrarse en las grandes unidades económicas, en las grandes empresas y compañías agrícolas donde el rendimiento y productividad de los cultivos, descansa en el uso de los últimos avances de la tecnología o en el modernizado paquete tecnológico que nació con la llamada Revolución Verde.
 
El rendimiento agrícola suele ser considerado uno de los indicadores más importantes para medir la productividad física en la agricultura, mientras que su aumento constante constituye una de las vías principales para la reducción del costo de la producción agrícola. Por eso que todo agricultor, campesino o productor, aspira a que las cosechas de sus cultivos sobresalgan siempre por sus altos rendimientos. El rendimiento agrícola o productividad agrícola va a expresar entonces, en esencia, la cantidad de producción obtenida de un cultivo por unidad de superficie de tierra. Este importante indicador suele ser así la manifestación final y tangible de todo el trabajo realizado por los agricultores y, contrario a los enfoques reduccionistas muy difundidos en la actualidad, donde los altos rendimientos dependen casi exclusivamente de siembras con excelentes variedades,  su determinación y magnitud están subordinados a un número considerable de factores, que, asociados directamente a los cultivos, ejercen una acción juntos o por separado, que, de ser subestimada o ignorada, terminan por afectar o comprometer sensiblemente los rendimientos de los cultivos agrícolas. Igualmente existen condiciones o causas de índole histórico-social (las formas de tenencia y explotación de la tierra, la ignorancia y el analfabetismo galopante, el control de los precios de los productos agrícolas en el comercio mundial) que, aunque su tratamiento rebasa las pretensiones de este trabajo, no dejan de ser importante su mención, por sus repercusiones indiscutibles, principalmente en los bajos rendimientos de los cultivos. 
 
Sin embargo, en el modelo de agricultura industrial prevaleciente en el mundo, suele pensarse que ese rendimiento aumenta gracias a un mejor uso de los fertilizantes químicos, introducción y aplicación de innovaciones tecnológicas, mejores herramientas y maquinarias, así como por el uso de nuevos métodos y técnicas de cultivos y de variedades de altos rendimientos o de altos insumos. Es cierto que ello ocurre y seguirá ocurriendo todavía por mucho tiempo, pero lo que siempre se deja por fuera con este modelo es que, a la hora de evaluar la productividad o el rendimiento de las cosechas obtenidas, se prescinde de considerar los costos ambientales, la pérdida de la diversidad biológica, los daños al paisaje, la contaminación de los suelos, las aguas, las emisiones de gases de efecto invernadero y las afectaciones a la salud de los seres humanos que va dejando a su paso. Hoy existen abundantes estudios muy serios y contundentes, que demuestran que las granjas o fincas campesinas, que solo ocupan el 25% de las tierras agrícolas cultivables en el mundo, obtienen rendimientos que representan casi un 80% del rendimiento promedio de la agricultura industrial, cuando a esta última se le añaden sus perjuicios ambientales y sociales. Por eso no es del todo cierto que la agricultura industrial sea superior en el plano económico, social y ecológico a la agricultura que practican los pequeños agricultores. Naturalmente que, con el reconocimiento de esto, tampoco queremos rechazar la revisión y actualización de los conocimientos y prácticas tradicionales, con el fin de mejorar las actividades agrícolas de pequeña escala o hasta la posible incorporación de algunas innovaciones. Sin embargo, en este punto resulta importante recordar y resaltar, que una vez que se hayan alcanzado los rendimientos máximos potenciales, que las plantas pueden ofrecer bajo el modelo industrial, cualquier intento por rebasarlo será un gasto sin beneficio alguno. Existen estudios que hablan de disminución y hasta de estancamiento en los rendimientos.
 
La industrialización de la producción de cultivos, animales y sus productos, nace con la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII y se va convirtiendo poco a poco en el modelo hegemónico ideal de agricultura, para un modo de producción donde los alimentos se consideran mercancías y todas las actividades que giran a su alrededor solo son negocios desde donde extraer el máximo beneficio. Fue a partir de los comienzos de los años 50 del siglo pasado, cuando se impone el paradigma agroquímico NPK (nitrógeno, fosforo y potasio), junto al uso creciente de plaguicidas químicos que antes de la Segunda Guerra Mundial era relativamente muy bajo, pero al concluir esta confrontación bélica creció de manera considerable, inicialmente con la reformulación de las grandes cantidades de veneno producidas para matar personas, ahora destinadas para combatir insectos, malezas y otras plagas. Con el tiempo todo lo que se opusiera o intentará oponerse a este paradigma agroquímico y al ascenso de las estructuras de dependencia, de dominación y de poder que con él se fueron creando, era rechazado, marginado o socavado sin consideración ninguna, toda vez que, para eso desde el principio, contaron con la aceptación y defensa de los gobiernos, las instituciones educativas, de investigación y extensión de los diferentes países.
 
Así, la modernización e industrialización de la agricultura situó como su principal prioridad, maximizar los rendimientos sin detenerse mucho a reflexionar sobre los muchos impactos ambientales o sociopolíticos, que iban causando sus principales actividades productivas. Al final, al expresarse como un proceso de apoderamiento del capital sobre el campo, trajo como consecuencia, entre otras cosas, una gran erosión genética en los cultivos por la uniformidad en sus genes y la reducción drástica del número de plantas alimenticias cultivadas, haciendo que más del 75% de las variedades cultivadas desaparecieran para siempre y que el 90% de las locales sufrieran lo mismo o dejaran de cultivarse.
 
En ese contexto de una creciente y dominante agricultura convencional, industrial e intensiva, aparecieron de la mano del científico estadounidense Norman E. Borlaug y de las fundaciones Rockefeller y Ford, una serie de prácticas y tecnologías agrícolas junto al mejoramiento genético de algunos cultivos alimenticios importantes, que ya para finales de la década de los 60 comenzaron a llamarse como Revolución Verde, consistiendo en un paquete tecnológico que descansaba en el uso de semillas híbridas o de alto rendimientos, monocultivos, mecanización agrícola, fertilizantes sintéticos y productos tóxicos para combatir plagas y enfermedades vegetales. Aun cuando este salto cualitativo en el desarrollo de la agricultura representó un incremento de la producción y la productividad agrícolas, así como avances significativos en la ciencia y técnica en este sector económico, más de 70 años después de que apareciera no ha logrado cumplir con su principal promesa: la erradicación del hambre en el planeta. Sin embargo, lo que sí ha logrado conseguir la agricultura industrial con la Revolución Verde, es la uniformidad de los cultivos que condujo a la pérdida de diversidad genética, el desarrollo de resistencias en malezas y plagas, siendo también responsable de daños a los recursos naturales disponibles, envenenando fuentes de agua, contaminando y destruyendo suelos, así como aumentando de manera exponencial las afectaciones a la salud humana con el uso de sustancias agroquímicas.
 
En efecto, la agricultura industrial consume grandes cantidades de plaguicidas y fertilizantes químicos, combustibles fósiles y recurso hídricos, con lo que genera la emisión de volúmenes considerables de gases de efecto invernadero, siendo de esa forma una consumidora neta de energía fósil. Este modelo agrícola sustituyó la pérdida de los nutrientes del suelo con la incorporación de los fertilizantes sintéticos u orgánicos, sin embargo, toda su producción descansa en el uso de grandes cantidades de energía fósil y de minerales que provienen de minas que se agotan (los fosfatos) o que cada día es más costosa su extracción (potasio). A esto se suma el uso de maquinarias agrícolas, que, entre otras cosas, compactan los suelos y el uso de plaguicidas químicos que degradan cada vez más el medioambiente, afectando notablemente la biodiversidad en general. Todo esto la torna incapaz de alimentar de manera indefinida al mundo o aspirar algún día a ser sostenible, cuando no puede zafarse de su fuerte dependencia de insumos externos.
 
Pese a sus impactos negativos, el sistema de producción agropecuaria basado en la agricultura industrial, ha logrado, por un lado, expandirse por todo el mundo con las propuestas de la llamada Revolución Verde y gracias al éxito narrativo de ser la forma más eficiente de encarar el problema creciente del hambre mundial y, por la otra, utilizando grandes extensiones de tierra en forma de monocultivos --una creación enteramente del colonialismo-- con facilidades de créditos en los bancos al emplear variedades certificadas o patentadas, lo que ha favorecido la desaparición de un número considerable de agricultores de pequeña escala, al descalificárseles cuando siembran con variedades tradicionales locales, mismas que terminan amenazadas así con la extinción. Este modelo que solo produce el 20% de los alimentos, aun cuando dispone de más del 80% de la superficie agrícola del planeta y de una tecnología que suele presentar como de punta, subvenciona a sus empresas del complejo agroindustrial, sobre todo en los países desarrollados con fondos públicos.  Y eso pasa porque su énfasis está en producir mercancías no alimentos para las personas. De allí que lo que practica la agricultura industrial con los alimentos es un gran negocio, que busca alimentar no a las personas sino las ganancias o beneficios de grandes corporaciones, que les gusta autonombrarse como agroindustria o agronegocio y para ello han creado un sinnúmero de actividades y servicios que eran totalmente desconocidos, cuando la agricultura era entendida como una actividad destinada a alimentar primero a las personas. 
 
No hay duda que la producción agrícola mundial y el modelo de agricultura industrial que la sostiene, está cada vez más dominada por grandes compañías transnacionales que controlan las semillas, los fertilizantes y plaguicidas químicos, las maquinarias, el acaparamiento de tierras, el procesamiento y venta de alimentos, incluyendo hasta los productos veterinarios. Son las responsables de que únicamente cinco cultivos sean los prioritarios en la investigación y el mejoramiento genético en todo el mundo, aun cuando trabajan con más de 150. Cultivos hoy protegidos por patentes, derechos de obtentor o leyes de semillas acomodadas al negocio semillero. Todo eso ha hecho posible que ese poder no cese de crecer en nuestros días, con las cuantiosas inversiones que vienen haciendo en las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, la edición génica, monitoreo con drones y sensores remotos, software de gestión agrícola, sistemas de información geográfica y otras innovaciones. Solo cinco empresas controlan casi el 60% del mercado global de semillas (convencionales, transgénicas e híbridas): Bayer CropScience, Syngenta AG, Corteva Agriscience, AgReliant Genetics y Grupo Limagrain Holding. Entre ellas está el control del 60-70% del mercado mundial de plaguicidas. Mientras que el 20% del mercado de los fertilizantes químicos, considerados la principal fuente de gases de efecto de invernadero en la agricultura, es dominado por las empresas Nutrien, The Mosaic Company, Yara y OCP Group. Ya en el año 2013 en un documento de la Revista Biodiversidad, al referirse a este poderoso control corporativo se expresaba lo siguiente: “El modelo de agricultura industrial está gestionado por grandes corporaciones, que prosperan apoyadas por gobiernos y agencias internacionales, y cuyas actividades les generan grandes beneficios monetarios, eso sí, a costa de la naturaleza y de nuestra salud” (2).
 
Naturalmente que toda la campaña alrededor de los beneficios de la Revolución Verde, del agronegocio y de la llamada agricultura climáticamente inteligente, han conseguido con su dinámica expansiva que producciones de pequeña escala de campesinos sucumban a la venta de sus ilusiones. Así logran la sustitución de las semillas criollas o nativas por mejoradas y por el uso de plaguicidas y fertilizantes químicos. Sin hablar, claro está de los impactos que deja este agronegocio en la destrucción de los ecosistemas. De este modo, la agricultura industrial o moderna ha venido despojando a los agricultores de sus principales actividades y dejando en manos de ellos solos los riesgos de perder las cosechas por efectos climáticos adversos, acelerando la migración hacia las ciudades, alterando las relaciones de las comunidades rurales y empujándolos a la dependencia en insumos que tienen que comprar caros y luego vender sus productos cada vez más baratos. 
 
Uno de los perjuicios más notables que ha provocado la agricultura industrial en el procesamiento de alimentos, tiene que ver con la incorporación como contaminantes de aditivos, edulcorantes, saborizantes, colorantes y residuos agrotóxicos, así como con la reducción de los contenidos nutricionales y el aumento de las tasas de obesidad cuando las dietas pasaron a uniformarse y con ello aparecieron enfermedades relacionadas. Como para este tipo de agricultura la alimentación no es un derecho humano, sino una mercancía que puede venderse y comprarse, el lucro decidió entonces, instalarse en las granjas enteramente dedicadas a producir alimentos para animales y biocombustibles para autos, obligándose a recorrer todo el globo terráqueo para mover o trasladar esas mercancías, lo que la ha hecho responsable del 30% de las emisiones de gases de invernadero, mientras que todo el sistema agroalimentario lo es en su conjunto en casi 50%. Los daños al clima se van a agravar cuando se estima que para el año 2030, la agricultura industrial aumentará las emisiones de gases de metano por el orden del 60%.
 
Existen también otros perjuicios de este modelo de agricultura industrial, intensiva y moderna más relacionados directamente con el propio proceso productivo. Entre ellos están, la reducción de la materia orgánica en los suelos, eliminación de controles biológicos importantes, reducción de la resistencia natural contra plagas y enfermedades de los cultivos, del empleo de mano de obra en interés y las ganancias de las corporaciones, así como los residuos de sus agroquímicos que terminan en ríos y otras fuentes de agua contaminándolos por mucho tiempo. A su vez, se estima que esta agricultura consume casi el 70% del total de agua dulce del planeta y es la responsable principal de la deforestación a nivel mundial, que crece año tras año, principalmente en regiones como la selva amazónica, tierras que son dedicadas a los monocultivos o para criar animales confinados y hacinados en instalaciones a gran escala, sometidos al bombardeo frecuente de antibióticos y hormonas para alcanzar niveles de producción de manera artificial, que los hacen crecer más rápidos y con mayor desarrollo muscular.
 
Al final este modelo de agricultura industrializada no ha tenido más remedio que reconocer los impactos negativos, que causa con sus actividades productivas en el sector agrícola. Por eso ha ensayado para superarlos la introducción de tecnologías de agricultura de precisión, de riego de agua automático, por goteo o con sensores de humedad, manejo integrado de plagas, utilización de prácticas de conservación de suelos, hasta los cultivos transgénicos. Soluciones casi todas sumamente costosas, difíciles de implementar por los que realmente alimentan al mundo y de efectividad muy cuestionable, especialmente con el uso de transgénicos, que después de varias décadas de su aparición no han logrado ni demostrar su inocuidad o estar exento de riesgos para el ambiente, así como tampoco han cumplido sus promesas de ser ni más productivos ni más nutritivos. Lo cierto es que, en resumen, este modelo de agricultura industrial se sigue pareciendo mucho más a una actividad extractivista como la minería a cielo abierto, por su devastación de la biodiversidad, la contaminación que trae aparejada, los grandes volúmenes de agua que consume o despilfarra, sus impactos en la salud humana y de otros animales, lo mismo que el desplazamiento de pueblos campesinos e indígenas. 
 
Una de las particularidades de la agricultura industrial con su paquete tecnológico renovado de la Revolución Verde, que más daños provoca al medioambiente y a la salud humana, son toda la gama de agrotóxicos que vienen a consolidar el control corporativo que existe sobre toda la agricultura mundial. Casi un millón de personas fallecen en el mundo por efectos de la intoxicación con plaguicidas, la mayor parte en los países del Tercer Mundo. Esa cifra es, sin contar la cantidad de personas afectadas con trastornos en el sistema nervioso y endocrino, malformaciones en bebés y hasta abortos por el uso y abuso indiscriminado. Los plaguicidas químicos realmente son un producto de la guerra que no fueron producidos inicialmente para uso agrícola, de allí los nombres comerciales bélicos de la mayoría (Fusilade, Roundup, Machete); son así, en estricto derecho, verdaderos venenos reciclados por la industria química para combatir insectos y otras plagas agrícolas.
 
Uno de los objetivos principales que la agricultura debiera asegurar de todas las formas posibles, es la conservación de la variabilidad genética de los cultivos o de los recursos genéticos vegetales, que permitan siempre contar con posibilidades de mejoramiento de las variedades. Sus fuentes están en los cultivos emparentados, especies silvestres, variedades comerciales de la misma especie, variedades nativas, materiales producto de mutaciones inducidas y hasta en la propia transgénesis. Allí pueden encontrarse genes tolerantes o resistentes a plagas, enfermedades o factores climáticos adversos. Sin embargo, la respuesta a la erosión genética vegetal provocado precisamente por el modelo agroindustrial y su paquete tecnológico de la Revolución Verde, fue el establecimiento de Bancos de Semilla donde se conservaban bajo condiciones controladas de humedad y temperatura, materiales genéticos amenazados o desplazados. Su principal defecto reside en que estos materiales son conservados al margen o separados de los procesos evolutivos de los que formaron alguna vez parte. Esos bancos se nutrieron principalmente del germoplasma vegetal donado por países del Tercer Mundo, que de esa forma subsidian la agricultura de las naciones desarrolladas que los tiene disponible a su antojo, cuando a los verdaderos donantes se les veda su uso y beneficios. Y para que el despojo y saqueo fuera completo y tomando en cuenta que para la agricultura industrial las semillas son mercancías, se promovió la adopción de leyes de semillas, patentes y derechos de obtentor, que han servido para prohibir u obstaculizar la circulación, reproducción y cultivo de las variedades nativas y criollas e imponer y vender como superiores, sus semillas híbridas, mejoradas y transgénicas.
 
Realmente lo que está necesitando este planeta no es más desarrollo y ampliación de la agricultura industrial con otras tecnologías catalogadas de punta, cuando la narrativa de la necesidad de aumentar la producción de alimentos ante el crecimiento de la población, se desploma a menudo, ante la existencia de alimentos en el mundo que superan ampliamente la cantidad de habitantes y aun así se mantiene una inseguridad alimentaria en grandes regiones del planeta. Por eso lo que verdaderamente necesita este mundo es recuperar el papel central de la agricultura campesina e indígena en el desarrollo de alimentos accesibles, de calidad, sanos y baratos, exentos de contaminantes y contaminación, en un sistema sustentable que proteja la biodiversidad, es decir, necesitamos pasar de una producción industrial convencional basada en monocultivos e insumos externos, a sistemas de producción sostenibles y protectores de toda la diversidad biológica del planeta. 
 
Para cumplir con esa importante misión de enderezar el rumbo de la agricultura y superar sus impactos perjudiciales, la agroecología se ha constituido en la respuesta a los problemas que ha generado el agronegocio y el sistema agroalimentario mundial cuya preocupación dista mucho de alimentar a los pueblos; más bien prefiere concentrarse en sostener un negocio multimillonario que cada día destruye más este planeta. Por eso la agroecología representa un enfoque de la agricultura basado en un uso más eficiente de los recursos naturales, con la finalidad de reducir los impactos ambientales en la producción agrícola de alimentos. Sobre el profundo significado de la agroecología, leemos en la Declaración del Foro Internacional sobre Agroecología realizado en Mali en el 2015: “La agroecología es modo de vivir y es el lenguaje de la naturaleza que aprendemos siendo sus hijos. No es una mera propuesta de tecnologías o prácticas de producción. No puede aplicarse de la misma manera en todos los territorios. Se basa por el contrario en principios que, si bien puedan compartir similitudes en la diversidad de nuestros territorios, se practican de muchas formas diferentes en las que cada sector contribuye con los colores de su realidad local y cultura respetando siempre la Madre Tierra y nuestros valores comunes y compartidos” (3). 
 
Con la agroecología se busca encontrar un equilibrio entre la productividad y el bienestar de la sociedad, entretanto, sus prácticas agrícolas como la construcción de relaciones más justas en los campos y de circuitos de comercialización locales, así como la defensa de la biodiversidad y de los saberes ancestrales, la protección y mejoramiento de las semillas nativas o criollas, van dirigidas a desafiar la esencia misma del modelo agrícola dominante. Otras prácticas agroecológicas muy difundidas y que han demostrado su efectividad, están el uso de materia orgánica en los suelos, la promoción de policultivos, la rotación de cultivos, el control biológico de plagas, entre otras.
 
Nadie puede negar que, si queremos garantizar la seguridad y soberanía alimentaria de los pueblos, es imperativo adoptar prácticas sustentables o agroecológicas en el campo agrícola; aun cuando su adopción es muy limitada entre los agricultores y no existe información suficiente sobre sus impactos positivos en los rendimientos de los cultivos. Sin embargo, entre los beneficios incuestionables de la agroecología se encuentran la reducción del uso de agroquímicos, mayor resistencia a los eventos climáticos extremos, mejoramiento de la sostenibilidad de los suelos, favorecer la biodiversidad y la conservación del agua, se reducen los residuos agrícolas, se minimiza la pérdida de energía y otros recursos, se fomenta la interacción positiva entre especies vegetales y disminuye el consumo de combustibles fósiles.
 
Por eso es tiempo ya que los gobiernos, así como sus instituciones educativas y de investigación en el sector agropecuario, comiencen a priorizar en sus políticas públicas y académicas, un respaldo más notable y visible a la pequeña agricultura que practican los campesinos e indígenas, despojándose de la subestimación y muchas veces del desprecio que todavía les tienen, toda vez que son ellos, según datos de la propia FAO, los que cubren más del 70% de las necesidades alimenticias de la población mundial y lo hacen con métodos adaptados localmente, donde no se compromete la fertilidad natural de los suelos ni la biodiversidad de sus principales cultivares. Al contrario, en ese tipo de agricultura gran parte de los insumos necesarios son producidos localmente allí donde se necesitan. Las semillas son seleccionadas de sus propios cultivos, mientras el abono se aporta con estiércol, abonos verdes o compost. 
 
La producción agrícola campesina se caracteriza por sostener generalmente plantaciones mixtas, donde cultivan todo tipo de verduras, frutas, raíces y plantas medicinales, produciendo de esa forma alimentos para sus animales sin plaguicidas y fertilizantes químicos, lo mismo que sin préstamos de los bancos, subsidios o apoyo de los gobiernos. Este tipo de producción en pequeña escala utiliza un conjunto de prácticas agrícolas que reducen considerablemente el impacto sobre el ambiente, lo que favorece la biodiversidad y con ello el control biológico natural de las plagas, reduce el gasto energético y promueve el consumo de los alimentos producidos a nivel local y no su traslado a grandes distancias para su consumo en países lejanos. De ese modo, la aparición de resistencia de malezas y plagas se torna más difícil, ya que desaparece el uso abusivo de agroquímicos que son los que provocan el desarrollo de la resistencia genética de los organismos nocivos. Asimismo, protege mejor la salud de los agricultores, porque así no se exponen a plaguicidas tóxicos, ni se contaminan los suelos, las aguas y el aire. 
 
Citas:
 
1.     Una breve historia de los orígenes de la agricultura, la domesticación y la diversidad de los cultivos (2018). La Vía Campesina. Revista Biodiversidad. 
 
2.    ¿Agricultura industrial para alimentar al mundo? (2013). https://www.biodiversidadla.org/Documentos/Agricultura-industrial-para-alimentar-al-mundo
 
3.    Nyéléni: Declaración del Foro Internacional sobre Agroecología (2015). https://viacampesina.org/es/declaracion-del-foro-internacional-de-agroecologia/
 

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