A la gente, si no la organiza la izquierda, la organiza la derecha. La izquierda debe salir de sus búnkeres en las alturas, ensuciarse las manos conociendo los problemas y necesidades de la gente y colaborando en su organización.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Hay una experiencia paradigmática de organización popular de la izquierda en América que es la de Uruguay con el Frente Amplio. Es una organización que data de los años setenta del siglo XX, cuando no solo la izquierda, sino también contingentes de los partidos tradicionales (colorados y blancos), se agruparon y cimentaron su accionar en los llamados Comités de Base, conformados por vecinos cercanos que se reunían semanalmente y estudiaban, discutían sobre la realidad nacional, recibían orientaciones de la dirigencia y hacían vida comunitaria horizontal y vertical; es decir, se encontraba gente de muy diversas edades y condiciones que compartían un lugar de residencia.
La creación y funcionamiento de estos Comités de Base tuvo especial éxito en un país como Uruguay, muy urbanizado, que tempranamente introdujo reformas propias de lo que después se conocería como el Estado de Bienestar (desde finales del siglo XIX), lo que posibilitó el surgimiento de una sociedad sin grandes diferencias económicas y sociales como sí sucede en el resto de América Latina.
Los Comités de Base constituyen el anclaje fundamental a través del cual el Frente Amplio conecta con la gente, y son lo que Lenin decía de los sindicatos: correas de trasmisión; es decir, que actúan como la “correa” que transmite la dirección política de la dirigencia hacia las bases y, de vuelta, lleva el sentir de las bases hacia arriba.
En la concepción frenteamplista del Uruguay, sin embargo, aunque los Comités de Base son el cimiento, un movimiento sindical afín fuerte e ideológicamente claro le es indispensable. La Central General de Trabajadores (CGT) y otras organizaciones obreras del país actúan conjuntamente con el proyecto progresista que representa el Frente Amplio, conformando una fuerza real que coloca sus intereses como fuerza material que, eventualmente -pero con frecuencia- se traduce en el acceso al poder gubernamental o, cuando no está en el gobierno, presiona para que no haya retrocesos y para que la agenda social siga avanzando.
En otros países con otras experiencias y en otro contexto, se ha puesto de manifiesto la necesidad de la organización barrial o local como piso sobre el que se asiente el poder popular. Es el caso de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en Cuba. Su eficacia va en consonancia con los ataques que reciben de los contrarios a la Revolución. Se les acusa de “espías”, de “delatores”, de ser agentes de represión de la disidencia. En realidad, son los espacios más básicos de organización de la gente, en donde se inicia la educación ideológica, se conocen las orientaciones de la dirección nacional y se toman medidas para la defensa ante las agresiones que Cuba sufre permanentemente desde que la Revolución llegó al poder.
Una situación similar, siguiendo el patrón cubano, es el de los Comités de Defensa Sandinista (CDS), en Nicaragua, que surgieron al calor del triunfo de la Revolución en 1979, y sobre los cuales no abundaremos por su similitud con los CDR cubanos, de cuyo ejemplo parten.
Pareciera que la organización de los grupos, sectores y clases susceptibles de ser denominados “el pueblo” debería ser el abc de cualquier partido u organización que pretenda erigirse en su representante, portavoz o referencia. Pero, en las condiciones actuales, tal parece que eso se ha perdido de vista y se ha sustituido por la dialéctica en las redes sociales que, por demás, se encuentran en manos de las derechas no solo nacionales sino sobre todo transnacionales que son, en última instancia, sus dueños: el equipo de campaña de Lula da Silva en Brasil, quince días antes de las elecciones, denunció las trampas que la compañía META del archimillonario Mark Zuckerberg ha puesto a sus redes sociales favoreciendo a las de Bolsonaro (véase en el Ney York Timeshttps://www.nytimes.com/es/2026/10/15/espanol/america-latina/brasil-lula-meta-bolsonaro.html). Y para no ir más lejos, remitimos a nuestros lectores y lectoras a la experiencia de esta nuestra humilde revista digital, Con Nuestra América, en la que publicamos este artículo, que debe sortear continuamente estratagemas de distinto tipo que con frecuencia no permiten a nuestros eventuales lectores y lectoras acceder a nuestros contenidos.
Las experiencias antes mencionadas de organización popular deberían ser, en nuestra opinión, un norte para todo esfuerzo por llegar al poder gubernamental desde la izquierda y el progresismo en América Latina. Sin ese tipo de “contacto a tierra” y de organización no habrá réditos suficientes para ellos, y otras formas de asociación se robarán el mandado llenando las necesidades de respuesta y relacionamiento que tiene la gente, como hacen las iglesias protestantes, por ejemplo, que precisamente por esa razón han crecido como hongos en América Latina desde los años setenta del siglo XX.
En esto, como en tantas otras cosas, los estadounidenses ven el futuro alumbrando con luces altas: la llegada de las misiones e iglesias protestantes de corte neopentecostal fue parte de un plan estructurado conscientemente por ellos tras el diagnóstico del llamado Informe Rockefeller (1966) que les ha dado los frutos esperados en nuestros días. Las iglesias neopentecostales arrasaron con la Teología de la Liberación, en la cual encontraban respuestas con perfil social y comunitario “los pobres de la tierra”, y fue sustituida por iglesias que tienen como meollo ideológico el sentido común neoliberal, que hace de la consecución del éxito material a través del esfuerzo individual su gran motor, y que tienen como epítome actual la Teología de la Prosperidad. Hoy, son baluarte de los partidos de extrema derecha y neofascistas en todo el continente.
Es decir que, a la gente, si no la organiza la izquierda, la organiza la derecha. La izquierda debe salir de sus búnkeres en las alturas, ensuciarse las manos conociendo los problemas y necesidades de la gente y colaborando en su organización.
La izquierda tiene futuro, claro que sí, pero debe ensuciarse el ruedo de los pantalones y las faldas para poder ser realmente portavoz de quienes dicen representar, ir más allá de los comités de base en las universidades y en los barrios y poblaciones que, ya de por sí, le son afines, e ir a las periferias, a las fronteras, a los bosques alejados. Que su militancia en esos lugares sea la misma gente de ahí, generalmente pobres y necesitados, y no muchachos y muchachas que muchas veces hasta étnicamente son distintos, que se visten de forma diferente y son percibidos como intrusos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario