Hoy puede afirmarse, sin temor a equivocarnos, que para muchas generaciones Navidad es sinónimo de este risueño personaje, ícono por excelencia del consumo navideño. La religiosidad de la fecha fue quedando bastante en el olvido, y el dios que se fue imponiendo -y sigue cada vez más vigente- es el “dios mercado”.
Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
Esta parte del mundo que llamamos Occidente, este mes de diciembre se inunda de buenos deseos, paz y amor y espíritu de compartir (¿en los otros once meses eso no existe?) y, en muy buena medida, de un personaje cada vez más mediático, metido por todos lados, que nos alegra (¿nos alegra?) con su característica risa, vestido de rojo y blanco. Este buen señor, gordo y de luenga barba canosa que viene de tierras gélidas y viaja en trineo, recibe diversos nombres en español: Papá Noel, Santa Klaus o Claus, San Nicolás, Colacho (en Costa Rica), Viejito Pascuero (en Chile), o en otros idiomas de nuestra raíz indo-europea: Babbo Natale (en Italia), Joulupukki (en Finlandia), Christkind o Weihnachtsmann (en países germano-hablantes), Father Christmas (Reino Unido), Pai Natal (en Portugal), Sinterklaas (en los Países Bajos), Bom Velhinho (en Brasil), Święty Mikołaj (en polaco).




