En las actuales circunstancias, incluso con el gran desgaste que ha sufrido el sandinismo orteguista, es posible que ante unas elecciones las volviera a ganar, porque lo tiene al frente es un archipiélago inconexo repleto de ambiciones personales y sin proyecto alternativo.
Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA Costa Rica
Para el sandinismo
nicaragüense, la derrota electoral de 1990 constituyó un verdadero trauma
porque nunca pensó que perdería. Fue, también, y es lo que ahora nos interesa,
una lección que una parte suya supo aprender.
La lección asimilada, que se resolvió en estrategia
política hacia el futuro, entroncó con una práctica que ya les había dado
frutos en el pasado reciente: la necesidad de la negociación que llevara a
alianzas que permitieran acceder y sostenerse en el poder. Las más importantes
negociaciones que les habían rendido frutos eran, primero, la que llevaron
adelante entre las tres vertientes del mismo sandinismo a finales de la década
de los 70, y que permitió conjuntar fuerzas y apoyos para el impulso final de
la guerra que los llevó al poder; la segunda, la que llevaron a cabo con la
Contra.










