Amigos con derechos, aminovios, parejas abiertas, matrimonios
homosexuales…, a lo que podría agregarse, quizá con otro estatuto sociológico
pero igualmente "inquietante" para una visión tradicional: sexo
cibernético, relaciones en el espacio virtual, ¿muñecas y/o muñecos inflables
de silicón?, etc., etc. Todo esto es nuevo, y aún sigue produciendo mucho
escozor a las visiones conservadoras. Pero ahí están, tocando la puerta de
nuestras atribuladas sociedades.
Marcelo Colussi / Especial para
Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala

"Adán y Eva y ¡no Adán y
Esteban!", vociferaba un predicador evangélico,
Biblia en mano. De todos modos el campo de la sexualidad y las relaciones
afectivas en su sentido amplio siguen siendo –no hay otra alternativa parece–
el doloroso talón de Aquiles de lo humano. ¿Por qué, indefectiblemente, en toda
cultura y todo momento histórico, se ocultan las "zonas pudendas"?
Pero, ¿por qué son pudendas?, justamente. ¿Por qué toda la construcción en
torno a esto es tan pero tan problemática? El psicoanálisis nos da la pista (no
queremos saber nada de la incompletud, de la falta, por eso tapamos los órganos
que nos ¿avergüenzan?, porque descubren que estamos en una carencia original:
no podemos ser al mismo tiempo todo, machos y hembras), aunque se prefiera una
psicología de la felicidad que nos otorgue manuales y fórmulas de autoayuda
para ¿triunfar en la vida? y asegurar el "amor eterno" (que, en
realidad, no dura mucho). Resaltar la incompletud no es muy grato que digamos;
mantener la ilusión de la completud obviando el conflicto a la base, es mucho
más gratificante. Las religiones, en general, no dicen algo muy distinto a esta
psicología de la buena voluntad. Por eso todavía siguen ocupando un importante
lugar en la dinámica humana. Y la gente, aunque luego se separe, sigue
cumpliendo con el rito del matrimonio, en una amplia mayoría de casos, en una
iglesia, colocándose un anillo y jurándose fidelidad.