sábado, 15 de mayo de 2010

Proscritos del Caribe

¡Proscritos de todos los Caribes, uníos!

El Caribe es el mar de los proscritos. Sus vientos, olas y corrientes traen y llevan navegantes, que se desplazan mutuamente. Desde 1492 se inicia en el Caribe la Primera Guerra Mundial, que durante tres siglos se peleará en todos los océanos para decidir la hegemonía en Europa, y la de Europa sobre el mundo hasta 1939. Sus huestes son los proscritos.
INDÍGENAS
Oleadas de pobladores que serán luego llamados originarios arriban desde África, Asia, Oceanía, proscritos por las guerras tribales o el hambre. Durante el primer milenio de la era cristiana se expanden por el Caribe los agricultores arawaks, que para la llegada de los europeos presentan una incipiente estratificación social (Roberto Cassá: Los indios de las Antillas; Editorial Abya Yala, Quito, 1995, p. 263). A la vuelta del milenio empiezan a desplazarlos los guerreros y navegantes caribes insulares, galibis o kalinagoum, comunidades igualitarias sin diferencias de clases, que establecen una confederación cultural extendida desde el Trópico de Cáncer al de Capricornio (Britto García, Luis: Señores del Caribe: indígenas, conquistadores y piratas en el mar colonial: Fondo de Tradiciones Caraqueñas, Caracas, 2001, pp. 12-34).
CONQUISTADORES
A partir de 1492 invaden el Caribe los europeos e imponen un remedo de la misma sociedad de castas que los había proscrito. Sus huestes en gran parte se reclutan entre siervos feudales desplazados, desposeídos, prófugos de las leyes contra los pobres e incluso criminales. El trabajo es maldición bíblica, que los conquistadores evaden. Primero someten a esclavitud a los indígenas, hasta que la Corona española lo prohíbe, pero desde 1504 permite la de los caribes.
Los conquistadores entonces esclavizan a todos los indígenas llamándolos caribes. El maltrato y las pestes de los europeos exterminan casi totalmente en apenas un siglo a los aborígenes de las Antillas Para el arribo de Colón se estima que viven en La Española (hoy República Dominicana) 300.000 indígenas; para 1508 sobreviven 60.000; en 1510 quedan 46.000: en 1512 restan 20.000; Hernández de Oviedo duda que en 1540 queden 5.000 (Eric Williams: From Columbus to Castro: the history of the Caribbean 1492-1969; Andre Deutsch, Londres 1978, p. 33).
ESCLAVOS
Los africanos son secuestrados por otros africanos y luego vendidos a los europeos que necesitan mano de obra en América. Jack Hawkins, en sociedad con Isabel I de Inglaterra, desde 1565 geometriza la infamia con la operación llamada “El Triángulo”: lleva baratijas a África, las cambia por carne humana y la trueca en América por mercancías que acarrea a las islas británicas. Unos sesenta millones de vidas se perderán en esta infernal trinidad. Durante casi cuatro centurias la economía del Caribe depende de la mano esclava que colecta perlas y siembra caña, tabaco, cacao y café.
CIMARRONES Y CARIBES NEGROS
Los esclavos fugados son perseguidos como bestias. Los que escapan, se unen en sociedades tribales o cumbes, o se refugian con los caribes, de quienes aprenden la pintura corporal con onoto, la navegación, la pesca, las artes guerreras y el idioma, dando lugar así a una nueva nación, la garifuna, que fue utilizada por franceses e ingleses en sus pugnas coloniales y luego casi exterminada por éstos, que los confinan en un campo de exterminio en la isla de Roatán. De allí van escapando hacia las costas de Centroamérica, las Guayanas, la Florida.
CORSARIOS Y PIRATAS
Tras la repartición de América por el papa Alejandro VI entre España y Portugal, los monarcas de Francia e Inglaterra y los Señores de Holanda inician una carrera para disputarles la hegemonía en el Nuevo Mundo. A fin de cortarle las comunicaciones a los ibéricos, se asocian con salteadores navales que en tiempos de guerra declarada con otros reyes son llamados corsarios, y en tiempos de paz, piratas, para la ininterrumpida batalla de tres centurias que culmina con la hegemonía mundial de Inglaterra.
BUCANEROS
Los colonos franceses, ingleses y holandeses alquilan los servicios de compatriotas como indentured servants en contratos de tres a cinco años que equivalían a la más dura esclavitud. Concluido el plazo, o fugados para evitar la dureza de sus patronos, los antiguos contratados penetran desde comienzos del siglo XVII como pobladores ilegales en la Española y otras islas, donde viven de la cacería, el cultivo del tabaco y la venta a los navegantes de carne que ahúman en una parrilla o boucan. Los bucaneros ocupan el arco de las pequeñas Antillas y la Banda Nororiental de La Española, desafiando repetidas campañas de exterminio (Britto García, Luis: Demonios del mar: piratas y corsarios en Venezuela, 1528-1727; Caracas, Comisión V Centenario de Venezuela, 1998, pp.435-510).
FILIBUSTEROS
Algunos bucaneros proscritos se hacen a la mar desde 1629 en pequeños barcos o fly boats y asaltan los convoyes ibéricos. Crean así una piratería local, autónoma, igualitaria, solidaria, regida por contratos o constituciones votadas democráticamente, que desbarata las comunicaciones ibéricas, sigue la violencia después de que las potencias europeas celebran la paz, e incluso asalta las naves de holandeses, franceses e ingleses. Los filibusteros franceses, apoyados por la Corona, terminan apoderándose de La Española en 1690. Cuando las potencias se coligan para exterminarlos, los últimos filibusteros azotan Nueva Inglaterra y el Océano Índico, y uno de ellos, el capitán Misson, funda una colonia utópica e igualitaria en Madagascar.
PATRIOTAS
Con el siglo XIX arrancan los movimientos independentistas de América Latina y el Caribe. En 1804 la insurrección de los esclavos de Haití extermina a sus dueños y arroja al mar una expedición de veteranos napoleónicos. Las nacientes repúblicas no tienen fuerzas navales dignas de tal nombre, pero sus próceres encuentran refugio y apoyo en el Caribe cuando son derrotados, y a veces recurren al corso. Bolívar regresa a Venezuela con el apoyo del presidente haitiano Alexander Petión, y culmina la independencia con la ayuda de los curazoleños Manuel Piar y Brión.
REVOLUCIONARIOS
Como los independentistas, los revolucionarios proscritos en sus propios países se mueven por el Caribe en pos de la Revolución Social o Socialista. José Martí cae como mártir intentando liberar Cuba; Juan Bosch trata de desembarcar en República Dominicana para acabar con el tirano José Leonidas Trujillo. Durante dos siglos intervenciones imperiales ocupan y vejan las repúblicas caribeñas y se apoderan del gran nudo de comunicaciones del Istmo de Panamá. Desde 1959, Cuba resiste al más poderoso imperio de la tierra. Nicaragua y Venezuela también insurgen.
EL IMPERIO DE LOS PROSCRITOS
¿Qué nos enseñan estos sangrientos milenios? Mediante la proscripción un sistema alivia la presión social arrojando a sus explotados y marginados de su ámbito originario. Los expulsados irrumpen en nuevos territorios, usualmente proscribiendo o destruyendo a su vez a los pobladores anteriores de éstos. Los proscritos, expulsados por los imperios, sirven así paradójicamente de instrumento de la expansión imperial, y una vez que la han posibilitado, son destruidos por ella. La Guerra Mundial que durante medio milenio se desarrolla en el Mar de los Proscritos en buena parte decide la hegemonía en Europa, y luego la de Europa sobre el mundo, y determina que un imperio fundado por proscritos se convierta en primera potencia militar del planeta. El cierre de las posibilidades de expansión geográfica dificulta la proscripción externa y abre la posibilidad de que los proscritos se rebelen directamente contra el sistema que los excluye.
¡Proscritos de todos los Caribes, uníos!

Con Roque siempre

En 1963, en una intervención en la Biblioteca Nacional de Cuba, anuncié que no estaba lejano el día en que se diría «Dalton» como entonces, en 1963, se decía «Vallejo» o «Neruda». Hace tiempo que ese día llegó, y jóvenes de muchas partes lo proclaman.
Roberto Fernández Retamar / LA VENTANA
A Aída
Antes que a Roque, conocí, sin saber que era de él, su poesía. He escrito a propósito de esto en otras ocasiones, por lo que no pretendo ser aquí original. A lo largo de los más de cincuenta años de vida de la Casa de las Américas, solo en dos ocasiones he integrado el jurado de su premio anual de poesía, y en ambas, obras de Roque fueron distinguidas. Una, fue en enero de 1962, cuando los libros se presentaban con seudónimos, de modo que al encontrarme, deslumbrado, con los versos de El turno del ofendido, ignoraba quién sería su autor. Tal libro, a petición mía, obtuvo mención en el concurso, y la Casa lo publicó en bella edición.
Siete años más tarde, en 1969, volví a formar parte del jurado, y en esa oportunidad el premio fue para el libro de Roque Taberna y otros lugares, un título imprescindible en la poesía del siglo XX.
Para entonces, a diferencia de la vez anterior, yo ya sabía bien quién era Roque, y me unía a él una amistad fraternal. Poco después de leer El turno del ofendido, me fue dable encontrarme con su autor, quien había viajado de México a Cuba para participar en una reunión política. Nos conocimos en una librería habanera, y nos hicimos desde el primer momento viejos amigos. Sobre él escribí y publiqué en la revista Casa el poema «Carta a Roque Dalton». En mi cuarto de trabajo tengo una foto suya que me dio con esta dedicatoria: «Para mi querido hermano Roberto Fernández Retamar, esta foto en pose de abnegación. Roque. 1963».
Nos unían ideales literarios, personales, políticos (muy fuertes en él), si cabe hacer estos distingos. En 1962, a sus veintisiete años, ya Roque era uno de los poetas más destacados de aquel tiempo americano. Y vista su tarea en conjunto, creo poder decir que es el poeta más representativo de nuestra generación, a la cual José Emilio Pacheco sugirió que se la llamara «del 59» por razones obvias, y que cuenta con grandes voces y grandes muertos. Mario Benedetti, a propósito de estos últimos, compiló la antología Poesía trunca, editada por la Casa de las Américas, donde Roque ocupa lugar primordial.
En 1963, en una intervención en la Biblioteca Nacional de Cuba, anuncié que no estaba lejano el día en que se diría «Dalton» como entonces, en 1963, se decía «Vallejo» o «Neruda». Hace tiempo que ese día llegó, y jóvenes de muchas partes lo proclaman. Me enorgullece que así sea, y me congratula, por ejemplo, que atendiendo a solicitud que le hice para una entrega de la revista Casa dedicada al centenario de Lenin, Roque me diera unos poemas que crecerían hasta ser Un libro rojo para Lenin.
Por otra parte, como se sabe de sobra, su extraordinaria faena en verso es solo una parte de su extraordinaria faena literaria. Pero en estas líneas no pretendo hacer un balance de su obra ni de su excepcional vida, sino evocar su presencia entre nosotros.
Esa presencia llegó a ser familiar. Recuerdo, por ejemplo, la noche en que Roque llegó a casa con Aída y sus tres hijos para la cena de Navidad. O cuando Roque nos visitaba con flores porque estaba enamorando a mi hija más pequeña, entonces de dos años, quien tiempo después me dijo que ella había creído de veras que Roque era su novio. Adelaida conserva un libro de Roque dedicado «A mi suegra». Algunos años más tardes, uno de los hijos de Roque tuvo pretensiones acaso menos candorosas a propósito de una de mis hijas.
Mis relaciones intelectuales con Roque se hicieron más fuertes cuando lo invité a formar parte del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas. Evoco ahora en particular una noche de enero de 1967 en que los miembros de dicho comité tuvimos una cena con Fidel que se prolongó hasta el amanecer, ocasión en que Fidel y Roque se enzarzaron en observaciones sobre el uso de cierta arma.
Sin duda la Casa fue la institución cubana a la cual Roque estuvo más vinculado. Además de los ya nombrados, la Casa publicó varios de sus libros. Pero Roque desbordó la Casa. Ejerció influencia en varios de los jóvenes poetas nucleados en torno al primer Caimán Barbudo; publicó en las revistas Unión, Pensamiento Crítico y Tricontinental; y, desde luego, se entrenó en Cuba para las tareas revolucionarias que se propuso. Su identificación con nuestro país fue tal, que en una glosa relampagueante de un verso de Martí pudo escribir: «Dos patrias tengo yo: Cuba y la mía».
Como corresponde a las verdaderas grandes amistades, la nuestra sobrevivió a las discusiones. Tuvimos una en 1970, y al día siguiente, 20 de julio, Roque me hizo llegar la siguiente carta:

"Estimado Roberto:
Por este medio te reitero mi decisión en el sentido de renunciar a mi calidad de miembro del Consejo de Colaboración de la revista Casa.
Quiero que sepas mi agradecimiento por haberme permitido colaborar en la labor que ha hecho de nuestra Revista una de las más importantes de América Latina y de la Revolución Latinoamericana.
Quiero asimismo insistir en mi fraternidad para ti, nunca desmentida, y en el deseo de que ambos, desde el nivel de nuestras particulares posibilidades, sigamos trabajando en la vida de la Revolución, inclusive uno en nombre del otro.
Con el mismo abrazo:
Roque".

Meses después se disolvió el mentado comité (que Roque llamó consejo) de colaboración, y Roque volvió a publicar en la revista Casa. Pero quiero llamar especialmente la atención sobre su «deseo de que ambos, desde el nivel de nuestras particulares posibilidades, sigamos trabajando en la vida de la Revolución, inclusive uno en nombre del otro». Porque la realidad iba a darme una terrible ocasión de verificar esas palabras, de hablar a nombre de él.
Hace ahora treinta y cinco años, comenzó a circular, en forma vaga, la noticia de su muerte. Fui corriendo a la imprenta y escribí, al final de la entrega 91 de la revista, con el título «Compañero Roque Dalton», estas líneas:
«Al comenzar a imprimirse este número de Casa de las Américas, distintas agencias de prensa están trasmitiendo la noticia de la muerte en su patria, en condiciones todavía no aclaradas, de nuestro querido compañero Roque Dalton. Confiamos en que esta noticia sea falsa, y nos sea dable seguir contando por mucho tiempo con su magnífica presencia creadora. Pero si fuera cierta, el haber conocido íntimamente y durante largos años a Roque Dalton, autor de una obra brillante, combativa y hermosa, nos permite asegurar que hasta el final tiene que haber sido fiel a su vida: una vida al servicio de la Revolución, al servicio de los pueblos de nuestra América, que él defendió y expresó sin cansancio».
Por desgracia, la espantosa noticia resultó cierta, y en el número 92 de la revista Casa, con fecha de agosto de aquel año y la firma de la institución, escribí «Sobre nuestro compañero Roque Dalton» estas palabras:
«Cuando hace algunos meses comenzó a circular la especie de la muerte de nuestro querido compañero y amigo Roque Dalton, nos negábamos a dar crédito a una noticia que tenía todas las trazas de las groseras calumnias que el enemigo no se cansa ni se cansará de urdir […] Confiábamos que Roque estaba vivo, y desmentiría de un momento a otro esa falsa noticia. Desgraciadamente, a estas alturas no nos es dable ya mantener esa esperanza, y estamos en la obligación de hablar por él, y rechazar en todos sus puntos, con la autoridad que nos da el haberlo conocido íntimamente durante los muchos años que estuviera vinculado a nuestra institución, las infames acusaciones que sus asesinos le lanzaran.
Según lo que sabemos, el 10 de mayo último Roque Dalton fue cobardemente ultimado por una minúscula fracción de la organización revolucionaria salvadoreña en que militaba, Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP): fracción que previamente había sido acusada por la dirección del movimiento de desviación militarista y de extremismo pequeñoburgués. El asesinato de Roque Dalton y de otro compañero ratifica dramáticamente lo correcto de ese planteo.
Roque Dalton ha muerto como vivió, fiel a su patria, a la Revolución latinoamericana, al marxismo-leninismo. Precisamente esta fidelidad es lo que no pudieron perdonarle quienes, inficionados con los gravísimos errores de un seudoizquierdismo antisoviético, anticubano, antirrevolucionario, han prestado al enemigo un servicio impagable. La historia los considerará como simples criminales que pretendieron aniquilar, en la persona de un luchador incansable, una limpia y abnegada postura; y conservará el nombre de nuestro querido compañero Roque Dalton, revolucionario consecuente, intelectual brillante y combativo, hombre generoso y cordial, amigo inolvidable, entre los nombres de los héroes, mártires y creadores de nuestra América».
El asesinato de Roque y la monstruosa acusación que sus asesinos le hicieran provocaron honda conmoción. En el número 94 de la revista Casa le dedicamos un homenaje con el título «Para Roque: el turno del ofendido». En su introducción, se leía de él que:
"fue —y seguirá siendo— nuestro amigo, nuestro compañero, nuestro hermano. En la Casa de las Américas trabajó, publicó, discutió, enriqueció. Compartimos con él buena parte de su vida, la vida de un revolucionario infatigable, un intelectual creador, un hombre útil que provocaba cariño, admiración y alegría. […] Un grupo de amigos, compañeros y admiradores le dedican hoy aquí estas palabras. Muchas más le dedicaremos. Pero sobre todo estamos seguros de que su pueblo esgrimirá su nombre como bandera de combate, y hará que su utilidad, como corresponde a todo revolucionario verdadero, llegue más allá de su muerte. Descansarás en la lucha, hermano Roque. Estarás presente, con una sonrisa, en la victoria".
El homenaje incluyó textos, entre otros, de Julio Cortázar, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Régis Debray, Manuel Galich, Carlos María Gutiérrez, Efraín Huerta, Margaret Randall, René Depestre, Roberto Armijo y yo.
En este mayo de 2010 Roque hubiera cumplido setenta y cinco años. Para conmemorarlo, publicaremos el volumen Materiales de/sobre Roque Dalton en la revista «Casa de las Américas», con prólogo de Aurelio Alonso, quien también fue su amigo y compañero. Y, sobre todo, tenemos y tendremos siempre presente a Roque.

La Habana, 4 de mayo de 2010

sábado, 8 de mayo de 2010

Arizona

La ley de Arizona es una respuesta fascistoide de la derecha obtusa de los Estados Unidos ante situaciones que sienten que se les escapan de las manos. No se trata solo de los inmigrantes latinos sino, también, de la elección de un negro a la Casa Blanca y la ley de salud recién aprobada que, aunque menguada, todavía así la catalogan de socialista.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
rafaelcuevasmolina@una.ac.cr
Sin los inmigrantes latinoamericanos ni Arizona, ni California, ni Texas, ni los Estados Unidos se mueve. Así de simple.

Para el investigador mexicano Raúl Delgado, la dinámica generada por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) obedece a las estrategias de internacionalización de la producción de las grandes corporaciones estadounidenses asociadas a la transnacionalización y precarización de los mercados laborales, bajo el impulso de políticas neoliberales de ajuste estructural. Tales políticas, lejos se obedecer a un patrón de “libre comercio” benéfico para ambos países, han desencadenado nuevas relaciones de producción que a su vez entrañan nuevas modalidades de intercambio desigual, confiriendo a México el papel de proveedor especializado de recursos naturales y, sobre todo, de fuerza de trabajo barata.

La fuerza de trabajo barata mexicana está a ambos lados de la frontera: en México y en los Estados Unidos. En México como fuerza de trabajo “desregularizada” en las grandes y numerosas industrias maquiladoras. Como se sabe, la frontera Norte mexicana ha sido ganada por ese tipo industrias de ensamblaje. Las condiciones de explotación son terribles. Las mujeres son sus principales víctimas.

Una situación similar se vive en Centroamérica, así que el contingente de mexicanos se engrosa con los guatemaltecos, hondureños y demás centroamericanos que llegan hasta ahí después de cruzar dos, tres o hasta cuatro fronteras.

Del otro lado de la frontera, la agroindustria estadounidense no puede mover un dedo sin los braceros, la mayoría inmigrantes indocumentados que han cruzado como “mojados”.

Eso los saben todos, inclusive los gringos que se dedican a cazar a los que han logrado pasar el muro y luego se han internado en el inmenso y agresivo desierto. No quieren a los morenos y achinados de pelo pincho a los que identifican, racistamente, con los bárbaros, pero sí quieren los resultados de su trabajo.

No les conviene, tampoco, que regularicen su situación migratoria porque eso les encarece la fuerza de trabajo, el más barato, por cierto, de sus costos de producción.

Es decir, quieren chocolate pero sin cacao.

Los Estados Unidos se encuentran inmersos en una crisis que ha llevado a que el 10% de su fuerza de trabajo esté desempleada. Este contingente presiona porque siente que los inmigrantes les quitan puestos que ellos podrían ocupar. Sin embargo, como indican estudios basados en la Encuesta sobre la Comunidad Estadounidense del Departamento de Comercio de los Estados Unidos (2006), el 89% de los trabajos que realizan los latinos en los Estados Unidos no son apetecidos por los estadounidenses por considerarlos de muy baja calidad y remuneración.

El problema no es, por lo tanto, de desplazamiento de fuerza de trabajo estadounidense: es ideológico. Es decir, hay un sentimiento de que los latinos son causantes o coadyuvantes de males como el desempleo u otros, que también se les atribuyen sin justificación, como la violencia, por ejemplo, y esto desemboca en actitudes racistas.

Los Estados Unidos es un terreno fértil para este tipo de actitudes discriminatorias. El que hayan elegido a Obama no significa que hayan dejado de serlo, sobre todo en momentos apremiantes de crisis.

La ley de Arizona responde a este sentimiento y por eso es irracional, alevosa y racista. Es una respuesta fascistoide de la derecha obtusa ante situaciones que sienten que se les escapan de las manos. No se trata solo de los inmigrantes latinos sino, también, de la elección de un negro a la Casa Blanca y la ley de salud recién aprobada que, aunque menguada, todavía así la catalogan de socialista.

Toda persona de tez morena cae bajo la incidencia de la sospecha con esta ley. La próxima vez que Obama visite Arizona que no olvide llevar algún documento que lo identifique como ciudadano estadounidense.

Si no, puede caer bajo sospecha y ser deportado.

Costa Rica: un pacto por el neoliberalismo

La política de arreglos entre las cúpulas ha sido una condición de supervivencia del sistema y la clase política costarricense, en las últimas dos décadas, especialmente cuando el consenso social se fractura y las opciones represivas asoman en el horizonte.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
(Fotografía: la presidenta Chichilla y Otto Guevara, líder del ML, tras el anuncio de su "pacto por la gobernabilidad". Tomada de La Nación).

La nueva presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, asumió su mandato, este 8 de mayo, al amparo de un “pacto” en el Congreso, entre el oficialista Partido Liberación Nacional (PLN) y el Movimiento Libertario (ML). A pesar de sus diferentes orígenes políticos, ambos partidos representan a esa “nueva derecha” que germinó en el país desde los años 90, en medio del avance –impulsado por el propio PLN- del proyecto neoliberal. Enemigos declarados en las pasadas elecciones, ahora han firmado la paz a favor de sus múltiples puntos de convergencia ideológica y programática.

El texto del pacto , suscrito el pasado 29 de abril, incluye una amplia agenda de temas, que van de la repartición de cuotas de poder en las comisiones del Congreso, al compromiso de apoyar y votar una serie de leyes relacionadas con: seguridad ciudadana y cuerpos policiales, casas de apuestas y casinos, vivienda y titulación de tierras fronterizas; y quizá lo más polémico, generación eléctrica y de energías limpias con participación de capital privado, reforma del Estado, concesiones turísticas y dos contratos de préstamo (endeudamiento externo) con el BID y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento.

Para la presidenta Chinchilla, no se trata más que de un "acuerdo por la gobernabilidad"; para el expresidente Oscar Arias, ese que se lamenta porque Costa Rica no se parece lo suficiente a los Estados Unidos, el pacto con la derecha libertaria (¡!) es “una maravilla”; y para los medios de comunicación hegemónicos, como el Grupo Nación, representa un “acto de madurez política” (La Nación, Editorial 30-04-2010).

Sin embargo, desde nuestra perspectiva y tomando en cuenta la historia reciente del país, este “pacto de la derecha” no es más que otra prueba de la traición y la hipocresía de los grupos dominantes en Costa Rica, lo que, por lo demás, ha sido consustancial al neoliberalismo en América Latina. Quien quiera comprobarlo, solo tiene que mirar Memorias del saqueo (2003), esa extraordinaria obra del cineasta argentino Pino Solanas.

Y es que la política de arreglos entre las cúpulas ha sido una condición de supervivencia del sistema y la clase política costarricense, en las últimas dos décadas, especialmente cuando el consenso social se fractura y las opciones represivas asoman en el horizonte.

Este “maravilloso” pacto, según el decir del expresidente Arias, ocurre exactamente 15 años después de haberse firmado lo que en Costa Rica se conoció como “pacto Figueres-Calderón” (1995), en el que los hijos de los caudillos de la década de 1940 y de la Segunda República, José María Figueres y Rafael Ángel Calderón, en nombre del PLN y el Partido Unidad Social Cristiana, consolidaron una entente que, si por un lado pretendió desatar la ola privatizadora –apenas contenida por la resistencia de los movimientos sociales y los sindicatos durante los años 80 y 90-; por otro lado, aceleró el colapso del bipartidismo de medio siglo en el país.

Más aún, la actual coyuntura política y económica costarricense muestra condiciones que son, de algún modo, semejantes a las de aquel momento: en 1995, el “Pacto Figueres-Calderón” negoció como botín de guerra la aprobación del tercer Programa de Ajuste Estructural del Fondo Monetario Internacional (FMI), una reforma fiscal y cambios a la leyes de cogeneración eléctrica, del sistema financiero y de pensiones, con clara tendencia aperturista al capital privado nacional y extranjero.

Hoy, el nuevo gobierno de Chinchilla hace suyos los grandes asuntos pendientes de la administración Arias: la privatización de los puertos de la costa Atlántica y de la generación de energía eléctrica y eólica, la concesión de carreteras y obras públicas a empresas privadas, la apertura del mercado de telecomunicaciones y seguros, la flexibilización laboral y los negocios de explotación minera y turística. En otras palabras, tendrá que lidiar con la tardía llegada de Costa Rica a la “segunda generación de reformas” del Consenso de Washington, que se empeña en prolongar su vida en Centroamérica.

Con un Estado azolado por el déficit fiscal y con la sombra del FMI y el endeudamiento gravitando, una vez más, sobre el país, la presidenta Chinchilla eligió a sus aliados en la extrema derecha. No podía ser de otra manera. Los poderosos intereses que respaldaron y financiaron su campaña, así lo exigían.

Sin embargo, en las últimas semanas, el malestar de distintos sectores de la sociedad, si bien no necesariamente articulados, ha empezado a manifestarse en las calles: educadores, ambientalistas, estudiantes, empleados públicos, transportistas. Encima, el peso de la crisis económica oprime cada vez más a las clases populares y a la raquítica clase media. En este contexto, ¿la rúbrica del pacto entre el PLN y el ML, las derechas criollas, y su objetivo implícito de darle un segundo aire al neoliberalismo, marcará el detonante de nuevas formas de conflictividad y movilización político-social en Costa Rica?

El escenario está abierto.

Intento de precisar. Clima, sociedad, crisis, desarrollo.

Nos encontramos en la transición desde una cultura centrada en la aspiración al crecimiento sostenido hacia otra organizada en torno a la sostenibilidad del desarrollo de la especie que somos. Empezamos apenas a entender que quien aspira a un ambiente distinto lo hace, también, a una sociedad diferente.
Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Panamá

La discusión sobre el carácter y el alcance de la crisis que aqueja al sistema mundial se enriquece a la luz del debate en torno a las transformaciones en curso en el sistema climático de nuestro Planeta. Allí, por ejemplo, ya resulta evidente que explicar esas trasformaciones como el resultado de un proceso de variabilidad o de cambio en el sistema climático carece de sentido. El cambio ocurre a través de un incremento en la variabilidad que – con altas y bajas, avances y retrocesos – seguirá intensificándose hasta desembocar en una normalidad nueva, que incluirá por supuesto sus propios márgenes de variabilidad.
Ya ocurrió así en el curso del desarrollo de nuestra especie, con el ir y venir de cambios en el clima mundial que condujo al final de la Era Glacial y la formación del sistema climático dominante en los últimos 12 mil años, con sus Pequeñas Edades Glaciales incluidas. Ese sistema, a su vez, determinó las posibilidades y opciones fundamentales de expansión y asentamiento de nuestra especie en el Planeta, como el nuevo sistema climático en formación alterará sin duda esas posibilidades y terminará por ofrecer nuevas opciones. El carácter regresivo o progresivo que esas opciones lleguen a tener, en lo que a nosotros respecta, dependerá sobre todo de lo humano que para entonces haya llegado a ser nuestro desarrollo.
Las transformaciones en curso en el moderno sistema mundial – de las que tanto depende aquel factor humano – operan también a través de una intensificación de los conflictos entre múltiples factores interdependientes. Ese proceso ha rebasado ya los rangos de variabilidad que en el pasado garantizaron la estabilidad del sistema en su conjunto, sin acercarse aún a los que eventualmente habrán de garantizar su estabilidad futura. Nos encontramos, pues, en medio de un proceso de transición, en el que las cosas ya no son lo que fueron, ni han llegado aún a ser lo que serán. Todo lo sólido, una vez más, se disuelve en el aire, con una intensidad y un alcance que sin duda serán mayores que los que motivaron esa frase en 1848.
En lo que hace al sistema mundial, esa agudización de sus contradicciones internas estimula tanto los rasgos más morbosos como los más virtuosos de los subsistemas sociales y políticos involucrados. Por un lado, la exacerbación de la resistencia al cambio en las mentalidades, las conductas y los sistemas institucionales de gestión económica, social y – en la intersección entre ambas – política, se traduce en un auge de la corrupción, del descrédito de las instituciones y del recurso a la violencia abierta o encubierta como medio de control. Por el otro, sin embargo, se expande también la disposición a reclamar y efectuar las transformaciones que ese cambio requiere, que se expresa en vastos y complejos procesos de cambio cultural, movilización social y construcción de alternativas políticas innovadoras.
En esta doble circunstancia – de la que participan tanto el sheriff Joe Arpaio, de Arizona, como el teólogo brasileño Leonardo Boff -, en la que el consenso nunca fue tan necesario ni tan difícil, la promoción consciente de la disposición al cambio adquiere una importancia crítica. Hoy, tras la cumbre de los pueblos sobre el cambio climático realizada en Cochabamba en abril como respuesta al fracaso de la Conferencia de las Partes sobre el tema ocurrida en Copenhague en diciembre pasado, el sistema internacional de gestión ambiental está tan lesionado políticamente como el de gestión económica tras el surgimiento y desarrollo del movimiento altermundista en la década de 1990.
Ya no cabe, como ayer, debatir en torno a que otro mundo sea posible o no. Nos encontramos en la transición desde una cultura centrada en la aspiración al crecimiento sostenido hacia otra organizada en torno a la sostenibilidad del desarrollo de la especie que somos. Empezamos apenas a entender que quien aspira a un ambiente distinto lo hace, también, a una sociedad diferente. Establecer esa diferencia, y construirla, es sin duda el desafío mayor de nuestro tiempo.

Hacia el fin del uribismo en Colombia

La candidatura de Mockus representa para la población algo así como un respiro en lo que fue una década terrible de guerra, autoritarismo y temor. Habrá que esperar al 30 de mayo, cuando se celebre la primera vuelta, y sobre todo al balotaje del 20 de junio, para comprobar si la guerra sucia consigue impedir el triunfo del candidato verde.
Raúl Zibechi / LA JORNADA
(Fotografía: Antanas Mockus, candidato a la presidencia de Colombia por el Partido Verde)

Si la guerra sucia lanzada por la derecha colombiana no detiene la carrera hacia la presidencia del ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, lo más probable es que el uribismo esté llegando al fin de su ciclo. Juan Manuel Santos, ex ministro de Defensa del actual gobierno y candidato del presidente Álvaro Uribe, favorito indiscutido hasta hace un par de semanas, ha visto cómo su candidatura se vio rebasada por la marea verde de los partidarios de Mockus.

La forma en que se produjo su vertiginoso ascenso muestra que un periodo de la política colombiana se está cerrando. Filósofo y matemático de ascendencia lituana, rector de la Universidad Nacional entre 1990 y 1993, Mockus fue dos veces alcalde de Bogotá, entre 1995 y 1998, cuando renunció para postularse a la presidencia, y luego entre 2001 y 2004. No forma parte de la tradicional y elitista clase política colombiana, aunque fue candidato a la vicepresidencia en 1998 en la fórmula con Noemí Sanín, quien militó en el Partido Conservador.

A principios de abril Mockus tenía apenas 10 por ciento de las intenciones de voto. Un mes después rebasa 40 por ciento, dejando atrás a Santos, que sigue estancado en torno a 30 por ciento. En septiembre de 2009, tres ex alcaldes de Bogotá se adhirieron al Partido Verde: Mockus; Luis Eduardo Garzón, que se retiró del izquierdista Polo Democrático, y Enrique Peñalosa, que proviene del Partido Liberal. El 14 de marzo el Partido Verde (constituido en octubre de 2009 a partir del Partido Verde Opción Centro, que nunca pasó de fuerza política testimonial) realizó elecciones para definir el candidato presidencial. Ganó Mockus, pero unas 900 mil personas participaron en la votación, algo inédito que anticipaba la posterior marea verde.

La anterior es apenas la historia formal. Porque la Colombia de abajo viene cambiando aceleradamente y mucho antes de que se modificara el escenario grande. En septiembre y octubre de 2008 confluyeron varias protestas y movilizaciones, rurales y urbanas, pero muy en particular la huelga de 10 mil cortadores de caña en Valle del Cauca con la Minga de los Pueblos lanzada por los indígenas nasas del Cauca, que recorrió parte del país para arribar a Bogotá, donde fue masivamente recibida por la población (ver "La otra Colombia", La Jornada, 24/10/08). Algo nuevo se está cocinando en el país, dijo en ese momento el periodista y escritor Alfredo Molano, una de las voces más críticas y respetadas del país. Fue algo así como un ¡Ya basta! que abrió fisuras en la cultura de la guerra.

Desde 2002, cuando Uribe fue elegido presidente, en momentos en que habían fracasado las negociaciones de paz con las FARC, la población se enfrenta a las consecuencias más nefastas de la política de seguridad democrática aplicada bajo el paraguas del Plan Colombia. La pobreza sigue afectando a la mitad de la población: 46 por ciento de los colombianos son pobres y 17 por ciento son indigentes. Cuatro de cada cinco asalariados ganan menos de dos salarios mínimos, 58 por ciento de los trabajadores son informales y el desempleo trepa hasta 13 por ciento, según un amplio informe del periódico Desde Abajo. El sistema de salud se ha colapsado por falta de financiación, y la educación es pésima.

Si la política social del uribismo se reduce al clientelismo, en gran medida porque el régimen aumentó el gasto militar de 4.8 por ciento del PIB en 2002 a 5.6 por ciento en 2010, los beneficios de la seguridad son percibidos apenas por las elites y las clases medias altas. Para los indígenas, por ejemplo, los ochos años de Uribe han sido catastróficos: mil 200 muertos, 176 desapariciones forzadas, 187 violaciones sexuales y torturas, 5 mil casos de amenazas y 84 ejecuciones extrajudiciales. Apenas una muestra de lo que supuso el uribismo para los de abajo.

A todo ello habría que sumar la corrupción generalizada, los escandalosos falsos positivos (asesinatos de civiles inocentes para hacerlos pasar por guerrilleros muertos, con anuencia del gobierno), el trato privilegiado dado a los grupos paramilitares que nunca se desmovilizaron, y la narcopolítica, la conexión entre narcos, paramilitares y el gobierno de Uribe. Ante semejante panorama, no puede sorprender que a los colombianos les preocupe más la pobreza y la corrupción que la lucha contra las FARC.

En este sentido, la candidatura de Mockus representa para la población algo así como un respiro en lo que fue una década terrible de guerra, autoritarismo y temor. Habrá que esperar al 30 de mayo, cuando se celebre la primera vuelta, y sobre todo al balotaje del 20 de junio, para comprobar si la guerra sucia consigue impedir el triunfo del candidato verde, ya que por lo menos en dos ocasiones anteriores el magnicidio frustró expectativas de cambio: en 1989 el liberal Luis Carlos Galán fue muerto en plena campaña electoral; en 1948, el también liberal Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado, lo que dio comienzo a una guerra inconclusa aún. Ambos encarnaban los deseos democratizadores del pueblo colombiano. Días atrás la Comisión Nacional Electoral ordenó retirar las vallas publicitarias en las que se veía a Mockus con los pantalones bajados, rodeado de Rafael Correa, Hugo Chávez y Antonio Cano, comandante de las FARC. En los próximos días puede ser peor.

A favor de Mockus puede decirse que no pertenece a la oligarquía colombiana, como Santos y buena parte de los políticos tradicionales. Sin embargo, bajo su gobierno se mantendrá el Plan Colombia, las bases yanquis no se moverán, el neoliberalismo seguirá gozando de buena salud y los militares continuarán manejando los hilos del país. En cualquier caso, algo habrá cambiado. El inquilino de la Casa de Nariño ya no esgrimirá el estilo patotero y autoritario, rayano en el desprecio, que caracteriza a Uribe. Puede disminuir la tensión con Venezuela y Ecuador, reducir la corrupción y ser menos sumiso con la Casa Blanca. Toda vez que Colombia es una pieza clave en la estrategia de Estados Unidos, los cambios desde arriba prometen ser apenas cosméticos. Sin embargo, para muchos colombianos sería un respiro indispensable.

Kirchner a Unasur, su carga simbólica

Kirchner tiene por delante la institucionalización de la Unasur, mediante la aprobación -en cada Congreso- del Tratado Constitutivo de la organización, lo que debiera permitir un sostenido avance de las acciones integracionistas.

Ángel Guerra Cabrera / LA JORNADA
Con la elección de Néstor Kirchner como secretario general de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) en la cumbre extraordinaria celebrada en Argentina, el bloque dio otro paso firme hacia su consolidación como mecanismo de independencia, unidad e integración subregional. Y es que haberle asignado esa responsabilidad al ex presidente argentino tiene una gran carga simbólica toda vez que fue bajo su mandato y gracias a la influencia que le confería ser jefe de Estado del país sede que se hizo posible, entre otras causas, desactivar la puesta en vigor del ALCA en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, instrumento monroísta concebido para la recolonización de América Latina por Estados Unidos, enterrado allí según lo expresara entonces el presidente venezolano Hugo Chávez.
A la sazón, ya la rebelión antineoliberal latinoamericana –razón principal de que pudiera ser derrotado el ALCA– había llevado a la presidencia de sus países, además de a Kirchner y a Chávez, a Lula da Silva y Tabaré Vázquez en Brasil y Uruguay, respectivamente, y estaba por ser elegido un mes después Evo Morales, que acudió a la Cumbre (paralela) de los Pueblos todavía como candidato.
Otros acuerdos importantes de la cumbre fueron el apoyo a Argentina en el diferendo con el Reino Unido por la soberanía sobre las Malvinas y la censura a la ilegal exploración británica de recursos naturales en la plataforma continental argentina, la condena a la racista ley Arizona, el respaldo a las acciones de Paraguay en defensa de la seguridad ciudadana y la decisión de acelerar la dilatada ayuda a Haití. No fue posible alcanzar consenso sobre Honduras ya que Colombia y Perú reconocen el gobierno de Lobo a diferencia de los otros diez miembros.
La Unasur nació en Cusco en diciembre de 2004, aunque fue bautizada en isla Margarita en 2007. Es muy joven comparada con sus similares de otros continentes aunque fue en el nuestro donde más temprano surgieron las ideas de unidad e integración de varios de sus próceres, señaladamente Bolívar, pero dónde las oligarquías y el imperialismo, primero británico y luego estadunidense, le han puesto más obstáculos a su concreción. Sin embargo, pese a su juventud, la Unasur ya ha cumplido importantes funciones no obstante las diferencias ideológicas y políticas que por la índole plural de una organización de este carácter es natural que existan entre los estados miembros.
Su decisiva contribución para frenar y desmantelar el golpe de Estado separatista enfilado por Estados Unidos para derrocar al gobierno de Evo Morales fue histórica pues nunca antes los gobiernos latinoamericanos habían conseguido unirse para derrotar un plan sedicioso de la potencia del norte contra uno de ellos. La Unasur también ha cumplido un importante papel en la preservación de la unidad suramericana y latinoamericana, que Estados Unidos se proponía resquebrajar a partir del ataque a Ecuador por la zona de Sucumbíos, y en evitar nuevas intervenciones militares yanquis, amenaza enormemente potenciada a partir de la reactivación de la IV Flota, el golpe de Estado en Honduras y el convenio para la instalación de bases yanquis en Colombia, este último rechazado clamorosamente en la cumbre de Bariloche por una mayoría de miembros del bloque.
Kirchner tiene por delante la institucionalización de la Unasur, que debiera permitir un sostenido avance de las acciones integracionistas. De suma importancia es promover la ratificación del Tratado Constitutivo de la organización por los parlamentos de los países miembros, ya que sólo lo han hecho los de Bolivia, Ecuador, Venezuela y Guyana entre doce naciones que la integran. Otro asunto trascendental es acabar de poner en funcionamiento el Banco del Sur, que podría haber constituido una importante herramienta en medio de la crisis capitalista pero cuyo arranque sigue dilatándose. Además, existen numerosas iniciativas de integración regional que habría que estudiar para su aprobación y puesta en funcionamiento. En este campo la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América Latina y el Caribe acumula ya un cúmulo de experiencias de gran valor, sobre todo porque se apartan de los mecanismos tradicionales del comercio internacional, ya que buscan la complementación, la solidaridad y el beneficio mutuo antes que la ganancia a ultranza. Algunas de ellas son muy sencillas y poco costosas, como la campaña de alfabetización con el método Yo sí puedo, cuyo efecto multiplicador en la educación y la cultura es incalculable.

El auge de las derechas locas en América Latina

José Serra, el candidato opositor al PT en Brasil, propone reemplazar al Mercosur y a las demás alianzas periféricas (UNASUR, BRIC, etc.) por un conjunto de “tratados de libre comercio”. El repliegue político de Brasil significaría automáticamente un decisivo aumento de la influencia de los Estados Unidos en América Latina, daría vía libre a sus estrategias de desestabilización y conquista.
Jorge Beinstein / Carta Maior
(Fotografía: José Serra, candidato del PSDB, tomada de www.midiaindependente.org)
Las declaraciones de José Serra hostiles al Mercosur pronunciadas ante empresarios de la Federação de Indústrias de Minas Gerais (FIEMG), deberían constituir una señal de alarma no sólo para Brasil, sino también para la mayor parte de los países de la región. Como señalaba recientemente un periódico de Buenos Aires, ese exabrupto está en abierta contradicción con el hecho de que cerca del 90% de las exportaciones industriales de Brasil son compradas por los países del Mercosur y otros de América Latina (1).
Las declaraciones del candidato derechista aparecen como una invitación al suicidio del sistema industrial brasileño que quedaría expuesto a la feroz competencia en América Latina de países desesperados por aumentar sus ventas. Por ejemplo, China, que acaba de tener en marzo de este año su primer déficit comercial mensual desde hace más de un lustro y cuyas exportaciones (en su casi totalidad industriales) cayeron en 2009 cerca del 16% respecto a 2008. Pero también de gigantes económicos como Alemania y otras economías europeas de alto y mediano desarrollo o de los Estados Unidos, todos ellos acosados por la contracción del comercio internacional provocada por la crisis.
La propuesta de Serra de revisar los acuerdos del Mercosur (a los que considera “una farsa” y “un obstáculo”) apuntando, como el mismo lo proclama, a su “flexibilización” reduciendo al mínimo el proceso de integración económica, política y social hasta llegar incluso a su eliminación, ha sido recibida con gran alegría por los círculos más reaccionarios de América Latina y de los Estados Unidos: la publicación América Economía dio a la noticia una imagen de ruptura apocalíptica titulando “José Serra reafirma que no quiere que Brasil continúe en el Mercosur” (2).
Si Serra llega a la presidencia y aplica su promesa de liquidación del Mercosur, le estaría dando un golpe terrible a una de las mayores proezas económicas de Brasil: el boom de sus exportaciones, que pasaron de 58.200 millones de dólares en 2001 a 197.900 millones de dólares en 2008 (340% de aumento) (3). Como es sabido, las exportaciones brasileñas cayeron cerca de 22% en 2009 debido a la crisis internacional, pero la caída hubiera sido mucho mayor sin la existencia de la retaguardia latinoamericana, sin esos países vecinos ligados a Brasil por múltiples lazos económicos, políticos y culturales. Romper o aflojar esos lazos en un contexto internacional como el actual marcado por una crisis que se va agravando sería una locura, Brasil le estaría regalando una importante porción de los mercados regionales a competidores de todos los continentes.
Integraciones periféricas, deterioro de las viejas potencias centrales
La propuesta de Serra marcha a contramano de la tendencia global dominante hacia las integraciones periféricas que aparecen como respuestas a las crecientes dificultades de las economías de las potencias centrales (Estados Unidos, Unión Europea y Japón).
A comienzos de 2010 China firmó un acuerdo de integración comercial con los países del sudeste asiático agrupados en la ASEAN (4) abarcando mercados donde viven casi 1.900 millones de personas; pocos meses antes se había firmado un acuerdo similar entre la ASEAN e India. Si superponemos ambos acuerdos y sumamos sus poblaciones (China mas India más ASEAN) llegaríamos a unas 3.000 millones de personas, cerca del 45% de la población mundial. Ese proceso enlaza con la integración chino-rusa, uno de cuyos baluartes es la Organización de Cooperación de Shanghai, que además agrupa a las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central y tiene como observadores en proceso de incorporación a India, Pakistán, Mongolia e Irán.
Este movimiento de integración eurasiática incluyendo a más de la mitad de la población mundial está cambiando no solo la estructura del comercio internacional sino también sus relaciones políticas y militares, es el corazón de la despolarización mundial, del fin de la unipolaridad gobernada por el Imperio norteamericano.
La otra tendencia integradora importante es la de América Latina que, partiendo del Mercosur, se fue extendiendo a través de diversas iniciativas llegando a la UNASUR (390 millones de habitantes y un Producto Bruto regional cercano a los 3,9 millones de millones de dólares) y a la recientemente creada Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELC). El vínculo entre esos dos fenómenos regionales es el BRIC, convergencia entre Brasil, Rusia, India y China donde Brasil es precisamente el eslabón que los articula estratégicamente.
Esta nueva realidad va mucho más allá del nivel comercial o incluso económico, expresa el ascenso de un inmenso espacio de poder periférico cuyos países líderes han podido resistir mucho mejor el impacto de la crisis que las grandes potencias capitalistas. Mientras los Estados Unidos van llegando a un nivel insostenible de deuda publica (cercana al 100 % del producto Bruto Interno) y la Unión Europea aparece muy golpeada por la crisis griega, detonador de un desastre regional mucho mayor, América Latina se ha venido desendeudando: en el año 2003 su deuda externa pública representaba cerca del 60 % del Producto Bruto regional y para 2008 había caído al 30%. Ello lo consiguió creciendo y exportando, con varias de sus economías claves apartándose de la ortodoxia neoliberal y de la hegemonía de los Estados Unidos.
En síntesis: la periferia se está integrando, sus naciones comercian cada vez más entre si, mientras los países ricos (el área imperialista del mundo) aparecen atrapados por la crisis con sus mercados internos estancados o contrayéndose.
Sin embargo, el ascenso de la periferia no es inexorable, dependerá de la forma en que responda a una crisis sistémica global que se profundiza, dependerá de su capacidad para superar las barreras, las trampas de un sistema capitalista mundial regido por potencias decadentes y hegemonizado por el parasitismo financiero y sobre todo en el largo plazo de su capacidad para liberarse de esa pesada telaraña civilizacional (burguesa de raíz occidental) que la condenó al subdesarrollo.
Las derechas locas
Lo que Serra propone es un camino perverso: salir del proceso integrador periférico y someterse completamente a las turbulencias del mercado internacional sin ningún tipo de escudo protector regional o periférico transregional. De ese modo Brasil pasaría a formar parte de la estrategia de recomposición geopolítica imperial de los Estados Unidos, uno de cuyos capítulos decisivos es la desestructuración de las integraciones periféricas tanto la de Eurasia como la de América Latina.
Serra propone reemplazar al Mercosur y a las demás alianzas periféricas (UNASUR, BRIC, etc.) por un conjunto de “tratados de libre comercio” . El repliegue político de Brasil significaría automáticamente un decisivo aumento de la influencia de los Estados Unidos en América Latina, daría vía libre a sus estrategias de desestabilización y conquista. El contexto regional de estabilidad logrado en la década pasada se deterioraría rápidamente. Un solo caso ejemplifica bien este peligro: Bolivia estuvo hace poco tiempo a punto de entrar en guerra civil debido a la convergencia golpista de su derecha neofascista y del aparato de inteligencia del gobierno de Bush. El golpe cívico-militar que habría desatado esa catástrofe fue en buena medida evitado gracias a la intervención política de los países del Mercosur, que dieron un apoyo decisivo al gobierno constitucional de Evo Morales. El derrumbe de la democracia en ese país seguramente habría alentado tentativas similares en otras naciones como Paraguay, Ecuador e incluso Argentina, convirtiendo a una parte importante del entorno geográfico de Brasil de un área caótica, plagada de frentes reaccionarios que finalmente habrían afectado su estabilidad democrática y su dinámica productiva.
En el esquema-Serra sin la red protectora de aproximaciones y acuerdos políticos, económicos y culturales, Brasil tendría un solo camino para proseguir su desarrollo comercial en un mundo cada vez más difícil: el de la competencia salvaje respaldada por salarios e impuestos reducidos, es decir, apoyada sobre la miseria creciente del grueso de su población (empezando por los asalariados y siguiendo por las clases medias) y el achicamiento del Estado e inevitablemente sobre la expansión de las estructuras represivas destinadas a mantener el orden social y político; en suma, el deterioro acelerado de las libertades democráticas. Como vemos, el proceso empieza con un discurso “comercial” y culmina necesariamente con un modelo político claramente autoritario.
De ese modo Serra pasa a formar parte del abanico de políticos latinoamericanos de raíz neoliberal, nostálgicos de las viejas relaciones neocoloniales con el Imperio. Estos dirigentes superados por las tendencias integradoras y autonomizantes hoy dominantes en la periferia están lanzados a una reconquista desesperada de los gobiernos.
El tiempo les juega en contra, la realidad se les va escapando, el amo imperial al que quieren servir está enredado en sus propios y muy graves problemas lo que lo hace cada vez más irracional. Aumento de la irracionalidad en los sistemas de poder del centro decadente del mundo y también en sus sirvientes periféricos.
Las derechas locas, degradadas, plagadas de brotes fascistas están ahora de moda en América Latina, en cierto sentido expresan el pasado (neoliberal) aunque sobre todo constituyen la promesa de un futuro siniestro.
¿Que otra cosa es la derecha boliviana que aspira a imponer un régimen de apartheid? Pensemos en la caótica derecha argentina, cuyo único programa es el retorno a los planes de ajuste y la represión de los movimientos sociales, en la derecha golpista paraguaya y sus delirios dictatoriales, en la derecha venezolana que ya ensayó un golpe de estado fascista e inviable y que está dispuesta a repetir la hazaña.
Sus proyectos de orden elitista autoritario forman parte de la decadencia cultural de los círculos de poder que manejaron al mundo en la era neoliberal, la de la hipertrofia del parasitismo financiero, de la depredación desenfrenada de recursos naturales y humanos. Esos sectores están ahora sumergidos en una crisis sistémica que lo va desorganizando, caotizando, no solo en el nivel de sus estructuras económicas sino también en el plano psicológico, lo que los hace cada día más peligrosos, imprevisibles.

NOTAS
(1)Jornal argentino questiona posição de Serra sobre Mercosul”, Carta Maior, 22/04/2010.
(2)José Serra reafirma que no quiere que Brasil continúe en el Mercosur”, América Economía, 21/04/2010.
(3) IPEA, Brasil en desenvolvimento, Volume I, 2009.
(4) Miembros de la ASEAN; Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur, Tailandia, Brunei, Vietnam, Laos, Birmania y Camboya.

Argentina: Contra la impunidad VIP

Martínez de Hoz fue un ideólogo del régimen (acaso el principal) pero, a la hora de la hora, embarró sus guantes blancos, en un desborde de poder sin límite. Un delito concreto lo coloca ante un juez. Se celebra su arresto pensando en muchas otras responsabilidades, inextricablemente ligadas pero jurídicamente diferentes.
Mario Wainfield / Página12
(Fotografía: al centro, Martínez de Hoz jura su cargo ante el General Videla)
La detención del otrora ministro José Alfredo Martínez de Hoz reaviva el debate sobre la política económica de la dictadura, con toda lógica. Pero el ciudadano Martínez de Hoz no está siendo procesado por su ideología ni por las reformas que implementó. Se lo acusa de un delito de lesa humanidad cometido en el contexto del terrorismo de Estado. El sistema legal vigente habilita acciones penales si existen crímenes supuestamente comprobados. El acusado goza de todas las garantías del debido proceso, incluida la presunción de inocencia. La acusación a “Joe” no es una genérica imputación sobre su acción de gobierno: versa sobre el secuestro extorsivo de Federico Gutheim y su hijo. Un caso típico de uso de la maquinaria estatal como parte de un plan sistemático de represión y exterminio.
Ese caso es, a su modo, curioso aunque no único. La mayoría de los detenidos, encarcelados, asesinados o desaparecidos por la dictadura fueron trabajadores. Federico Gutheim, en cambio, era un empresario. Integraba un sector que en su mayoría instigó a la dictadura, la nutrió de cuadros, la avaló y la encubrió. Pero hubo situaciones en que la violencia estatal se descargó contra protagonistas del sector empresario o de las clases altas, mayormente embanderadas con el Proceso. Fernando Branca pagó con la vida ser el esposo de Martha McCormak, amante del genocida Emilio Massera. Los señores de la vida y la muerte en la ESMA también secuestraron y asesinaron a otros empresarios y se apoderaron de sus bienes.
Martínez de Hoz fue un ideólogo del régimen (acaso el principal) pero, a la hora de la hora, embarró sus guantes blancos, en un desborde de poder sin límite.
Un delito concreto lo coloca ante un juez. Se celebra su arresto pensando en muchas otras responsabilidades, inextricablemente ligadas pero jurídicamente diferentes.

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El cronista interpreta que los objetivos de la dictadura trascendían a (eran más vastos y ambiciosos que) su plan económico. El proyecto era derruir la cultura política argentina, debilitar todas las formas de organización social, que eran muchas y aguerridas, desempatar la puja entre la clase trabajadora (eventualmente aliada a sectores medios) y los dueños del capital. Terminar con una sociedad de modales y demandas igualitarios o hasta jacobinos. Desmembrar el Estado benefactor que era su sustrato y revertir las conquistas laborales y sindicales, únicas en América del Sur.
El primer 2 de abril infausto de la dictadura fue el de 1976, cuando Martínez de Hoz enunció su programa económico, que contenía recetas consabidas, intentadas en ocasiones anteriores pero desbaratadas por la movilización popular. Los tecnicismos monótonos (Martínez de Hoz hablaba en voz baja e inexpresiva) se aderezaban con alusiones al “orden” y “la paz”, que iluminaban su afán: nuevos paradigmas para la política, nuevas reglas de comportamiento en la calle, en las costumbres cotidianas, en el arte, en las relaciones laborales. Sólo podían lograrse apelando a la violencia extrema, jamás irracional pues estaba centrada en toda la gama de los movimientos sociales y políticos. La masacre fue piedra basal de los cambios efectivamente logrados.

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El apellido, la formación académica, el abolengo de los dueños de la tierra lo diferenciaban de tantos uniformados de apellidos inmigrantes sin garbo: Videla, Massera, Agosti, Viola, Galtieri. La condición civil, la proveniencia de clase, las generaciones que se sucedieron en la Sociedad Rural acentuaban el aura de impunidad de Martínez de Hoz.
Cuando se reabrieron los juicios contra los represores, se puso de moda comentar que pagaban “perejiles”: médicos, policías o soldados de bajo rango. La sucesión de sentencias y procesos desmiente esa impresión inicial, ya han sido condenados jerarcas militares. Quedaba exenta la pata civil, en especial la proveniente de clases dominantes añejas, habituadas a ser intocables e intocadas. La detención de Martínez de Hoz es, en ese aspecto, un salto cualitativo.
Otro lugar común de la derecha doméstica aduce que la búsqueda de verdad y justicia clava la mirada atrás, distrae del futuro, entorpece el progreso. Ayer fue un día simbólico que refutó ese concepto. Casi en simultáneo con la detención en la Cámara de Diputados se trataba la ley de matrimonio gay, un paso gigantesco en materia de igualdad en derechos civiles y humanos, una prueba de maduración de la sociedad. Que hayan ocurrido este martes [4 de mayo] es una casualidad, pero, piensa el cronista, hay una densa lógica histórica que explica la simetría de ambos avances, sólo imaginables (y aun así, tan trabajosos) en democracia.

Elecciones 2011 en Guatemala: Centralidad política frente a ficción democrática

La contradicción entre la centralidad de las elecciones en el momento político de Guatemala y las condiciones antidemocráticas cada vez más acentuadas se refuerza, finalmente, porque votamos en el marco de un proceso democrático que, tras la estabilización del golpe en Honduras, está en riesgo involucionista.
Andrés Cabanas / Rebelion
(Fotografía: Congreso de la República de Guatemala)
Posiblemente no hemos decidido cómo votar, botar o rebotar el próximo 2011, pero con bastante seguridad votaremos entre contradicciones y paradojas. La primera contradicción: votamos para elegir quien nos gobierna, pero las decisiones se toman en forma vertical y la organización política continúa promoviendo la exclusión (por ejemplo, al no respetar las consultas comunitarias contra la explotación de bienes naturales).
Segunda contradicción, votamos pero la mayoría de “elegibles” no se visibilizan ni someten su poder al escrutinio social: corporaciones familiares dueñas de gran parte de la riqueza, especialmente vía sistema financiero; [1] transnacionales de la energía, petróleo, oro, agua, agrocombustibles; narcotraficantes con control de amplios territorios e influencia sobre la política; Ejército a partir del poder económico y el uso de la fuerza (latente o real como en el caso hondureño); Estados Unidos como “dueño” histórico de este patio trasero; Unión Europea entendida como el armazón institucional al servicio de los intereses de las multinacionales. [2]
Tercera contradicción, votamos pero no decidimos, ya que las políticas económicas están comprometidas en el medio plazo: política energética, tributaria, agraria, concesiones mineras y petroleras, incluso las deudas con empresas constructoras heredadas por los sucesivos gobiernos, que representan en la práctica la extensión de privilegios del grupo gobernante, durante varios periodos. Por otro lado, temas necesarios de debate (reforma agraria, redistribución de la riqueza, racismo, refundación del Estado) no emergen en las propuestas preelectorales.
Disputa electoral, disputa de negocios
Las elecciones, que constituyen un instrumento todavía protagónico en la vida política del país (de ahí el valor creciente de la precampaña electoral) no parten de principios ni fortalecen hoy por hoy prácticas democráticas: no construyen consenso social (aunque intentan fortalecerlo clientelarmente y vía promesas de negocios), no redistribuyen el poder y la toma de decisiones (aunque generan estabilidad transitoria a partir de la ficción de decisión), no plantean soluciones estructurales porque no discuten problemas estructurales.
Por el contrario, las elecciones privilegian intereses corporativos. Resultan funcionales para el control del gobierno-estado y, a través de este, el control de importantes negocios; directamente contratos del Estado superiores a diez mil millones de quetzales anuales; indirectamente, gobierno, partidos políticos y Congreso de los Diputados (y la institucionalidad derivada) como aliados claves en el mantenimiento de privilegios de grupos económicos: exenciones tributarias, otorgamiento de subsidios (por ejemplo, a empresarios de transporte), falta de acción legislativa para regular el sistema financiero, la venta de armas, las empresas privadas de seguridad, y para impulsar las reformas legales propuestas por la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, que afectan intereses económicos. Complementariamente, las elecciones pueden legalizar/blanquear poderes delictivos, a partir de la influencia de la narcoactividad y la economía criminal sobre candidatos y partidos.
Las elecciones son, en este ámbito, instrumento para la disputa intraoligárquica/empresarial de parcelas de poder, aunque no son el único medio (violencia como otro medio fundamental) ni tampoco imprescindible, lo que nos regresa a escenarios de vocación autoritaria. El sistema político y el Estado resultante de este proceso no se configura en términos de consensos sociales mayoritarios, sino de dominio de intereses sectoriales.
Siguiendo a Gramsci, [3] este Estado puede caracterizarse como “ el espacio en el cual la clase capitalista [4] se constituye en tanto tal. El Estado no es mero instrumento de la clase dominante, que lo toma y usa como tal, sino el lugar donde la burguesía se unifica y constituye para materializar su dominación no solamente mediante la fuerza, sino por una complejidad de mecanismos que garantizan el consentimiento de las clases subalternas.”
Nueva contradicción: las elecciones son importantes en la medida que pervierten el sentido colectivo del voto y el propio sentido colectivo democrático a favor de prácticas individualizadas. Este valor agregado resulta hoy más trascendente que la consideración del proceso como ámbito de legitimación democrática.
Ilusión de paz, ficción de democracia
En Guatemala vivimos ilusión de paz, a partir del fortalecimiento del uso de la fuerza sobre la negociación y el consenso; de la exclusión económica sobre la justicia; del verticalismo sobre la participación. En fin, de la derrota (transitoria) del espíritu y la cultura de la paz.
Vivimos también una ficción de democracia: vallas, programas de televisión, reuniones masivas, baile de precandidatos y partidos (más de quince entre legales y en formación), millones de quetzales comprometidos…contrastan con el deterioro de la convivencia democrática:
- la cuestionada eficiencia o la incuestionable ineficacia de los últimos gobiernos, poco más que administradores o amortiguadores de las injusticias,
- el desprestigio acentuado de partidos políticos y Congreso de la República, devenidos en oficina de empleo y gerencia de obras,
- la subordinación de la institucionalidad a las corporaciones económicas (cañeros, productores de palma, empresas energéticas, sector financiero, empresas de seguridad…)
- el debilitamiento del Estado democrático y el ejercicio de la soberanía, a partir de la entrada masiva de transnacionales en el país y la implantación de una lógica jurídica y política de extraterritorialidad: como demuestra, por ejemplo, la demanda de casi 700 millones de dólares de la transnacional Iberdrola al Estado de Guatemala por el conflicto en el cálculo del valor de la tarifa fija del servicio eléctrico.
- la naturalización de la pobreza, la injusticia y la violencia.
La contradicción entre la centralidad de las elecciones en el momento político de Guatemala y las condiciones antidemocráticas cada vez más acentuadas se refuerza, finalmente, porque votamos en el marco de un proceso democrático que, tras la estabilización del golpe en Honduras, está en riesgo involucionista. La democracia centroamericana, además de democracia de baja intensidad al centrarse en lo electoral y no en la universalidad de los derechos, es una democracia “en reversa”. Existe, en parte de las elites guatemaltecas, una reaceptación del autoritarismo político y por tanto aceptación de que ya no es válido el pacto constitucional de 1985 (pacto muy limitado en lo económico y social, pero con bases políticas democráticas) y los Acuerdos de Paz, que renovaron dicho pacto. Es decir, vamos a votar bajo la sospecha de una posible futura restricción de libertades [5] y con el convencimiento de que para sectores de poder la democracia es una mala forma de gobierno y la lucha por la justicia una propuesta histórica desfasada.

NOTAS
[1] "Un 2% de propietarios domina el 65% de la superficie agrícola. Diez grandes conglomerados empresariales, con más de 10,000 empleados cada uno de ellos, controlan la mayoría de la riqueza. El 62.1% del ingreso nacional se concentra en el 20% de la población de mayores ingresos, mientras el 20% de la población más pobre únicamente tiene acceso al 2.4% del mismo". Andrés Cabanas en La Cuerda, Miradas feministas de la realidad, abril de 2008.
[2] Tom Kicharz, miembro de Ecologistas en Acción y la red birregional “Enlazando alternativas” expone: “La Unión Europea demostró ser un entramado institucional antidemocrático al servicio de las multinacionales y de las elites de los estados miembros. Sirva de ejemplo la orientación economicista y contraria a los derechos sociales básicos del Tratado de Lisboa, aprobado sin consultar a la ciudadanía (…) Igualmente, defiende con todo su aparato diplomático las estrategias comerciales abusivas de las empresas europeas en países del Sur, con los mal llamados Acuerdos de Asociación, una forma de neocolonialismo y expolio, tanto de la naturaleza como de las poblaciones del Sur”. En www.rebelion.org/noticia_pdf.php?id=104881.
[3] Thwaites Rey, Mabel - Ouviña, Hernan: "Estado capitalista y transición al socialismo en el joven Gramsci" [CLASE], en el curso: “Teoría y praxis en el pensamiento de Antonio Gramsci: sus aportes para analizar la realidad latinoamericana”. (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia, Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, Buenos Aires, Abril 2010).
[4] Para los efectos de Guatemala, las corporaciones, los diversos grupos económicos, legales e ilegales.
[5] El sociólogo Boaventura de Sousa Santos plantea la posibilidad de que el proceso involucionista se opere a partir de las propias instituciones democráticas. “Estamos en un continente donde se está intentando liquidar las conquistas democráticas de la última década. Y se está intentando liquidar de varias formas (…) Las fuerzas fascistas están utilizando también la democracia para liquidar estas luchas”. En http://alainet.org/publica/452.phtml

Genealogía de las rebeliones

En esta entrevista, el historia y politólogo Adolfo Gilly conversa sobre la genealogía de las rebeliones en México y América Latina, y sobre el aporte del zapatismo como el mito inspirador de cada lucha campesina e indígena.
LA JORNADA*
–¿Qué características de la cultura campesina le dieron fuerza al movimiento revolucionario liderado por Zapata?
–Durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera del siglo XX, la expansión de las relaciones capitalistas sobre el territorio de la República Mexicana condujo a una nueva oleada de despojo de las tierras de los pueblos indios en el centro y el sur, y de las tierras de los campesinos pobladores del norte. Este despojo fue amparado por el régimen de Porfirio Díaz y llevado a cabo por las haciendas azucareras en Morelos, ganaderas en el norte, cafetaleras en el sur y de diverso tipo a lo largo y lo ancho del territorio, a medida que se expandían la red ferroviaria, la circulación monetaria, la moderna explotación de los yacimientos minerales y el comercio exterior.
Como en toda la historia del capital, hasta hoy, el despojo y la apropiación de los bienes comunes fue uno de los sustentos de esa expansión.
Los pueblos de Morelos, al sur de la ciudad de México, organizaron su guerra campesina, bajo la dirección de Emiliano Zapata, sobre la base de sus relaciones comunitarias transmitidas por generaciones desde tiempo inmemorial.
Los campesinos del norte de México, en especial en los estados de Chihuahua y Durango, la organizaron sobre sus tradiciones y formas de lucha para conquistar y defender sus tierras contra las etnias indígenas, antiguas pobladoras de esas mismas tierras del norte de México y el oeste de Estados Unidos, y después contra la expansión de las haciendas y el despojo de los pueblos. Por diversos modos y razones, la herencia cultural norteña fue de autonomía de los municipios, defensa armada y control por parte de los pueblos de los bienes de uso común: bosques, praderas, ríos, aguas, montañas.
Cuando a inicios del siglo XX la división y las disputas de poder dentro de la clase dominante presentaron la ocasión propicia, el renovado asalto de los dueños del capital contra esos bienes fue resistido y combatido por los pueblos del norte y del sur recurriendo a las formas de organización transmitidas durante generaciones por la historia de cada región.
Ese entramado hereditario incluía el uso de las armas y del caballo. Los campesinos del sur encabezados por Emiliano Zapata y otros jefes locales, los del norte –muy diferentes en costumbres y modos– liderados por Francisco Villa y los dirigentes de cada pueblo crearon los dos mayores ejércitos, dirigidos por campesinos, que haya conocido la historia del continente desde Alaska hasta la Tierra del Fuego.
A inicios de diciembre de 1914, en el punto culminante de la movilización y de la guerra campesina, esos ejércitos –la División del Norte y el Ejército Libertador del Sur– ocuparon la ciudad de México, mientras el ala liberal-burguesa de la Revolución, encabezada por Venustiano Carranza, terrateniente y ex gobernador, se replegaba al puerto de Veracruz.
Esta es una de las mayores hazañas de los campesinos y los indios en el continente, comparable –en tiempos y bajo formas muy diferentes– a la toma insurreccional de La Paz, Bolivia, en abril de 1952, y a las dos tomas de La Paz en 2003 y 2005 por los pueblos indios del Altiplano y los pobladores y trabajadores de El Alto y de las minas.
–¿Cuál es el lugar del zapatismo agrario en el proceso revolucionario con respecto a otros movimientos?
–El zapatismo fue el movimiento que, en su Plan de Ayala de fines de 1911 y en documentos posteriores, propuso los programas más avanzados de reparto radical de tierras y organización comunal del gobierno de los pueblos y de la República entera, un programa de contenido y dinámica anticapitalista. Entre 1912 y 1918 los puso en práctica y mantuvo su gobierno propio en la región en lo que ha sido llamado la Comuna de Morelos.
La División del Norte, con decenas de miles de hombres y mujeres bien armados, pertrechados y organizados, fue el más poderoso ejército campesino organizado en México y en América Latina. Destrozó en una serie de grandes batallas al Ejército federal y fue decisivo en la conquista de la capital y en la victoria de la Revolución, aun cuando los gobiernos posteriores hayan sido encabezado por sus enemigos dentro de la misma Revolución, Venustiano Carranza y Álvaro Obregón.
Pero esta forma de masas en armas de esa Revolución, con dos grandes ejércitos campesinos autónomos, fue decisiva para determinar el carácter democrático-radical y agrarista de la Constitución aprobada en febrero de 1917, sustento de las reformas radicales del cardenismo de los años 30.
–¿Cómo se entiende la forma discontinua en que se desarrolla la Revolución, y cómo influyó esto en la conciencia de las masas?
–La respuesta exigiría un libro, y aun así... Todas las grandes revoluciones, desde la francesa de 1789 hasta la rusa de 1917 y las revoluciones coloniales que cubren el entero siglo XX, atraviesan vicisitudes tales, porque una revolución es un proceso turbulento y no un instante mágico en el tiempo.
La mejor explicación que conozco de esas razones está en el prólogo de León Trotsky a su Historia de la revolución rusa, texto clásico sobre la dinámica interna de las revoluciones.
–¿Qué elementos hicieron que una revolución agraria alcanzara una dimensión anticapitalista?
–La Revolución Mexicana, si se le puede dar una definición sin caer en esquemas, sería a mi juicio una revolución campesina, agraria y democrática-radical, con diversas fuerzas sociales en su composición y con cambiantes alianzas, en sucesivos conflictos políticos y de clase durante el curso mismo de la revolución.
Toda lucha radical de masas, armas en mano, contra el despojo, la explotación, la humillación y el desprecio, como fue la Revolución Mexicana, tiene una dinámica interior anticapitalista, como la tiene hoy la lucha de los pueblos indígenas de Chiapas y la de su Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Pero esto no quiere decir necesariamente socialista, lo cual implica una propuesta y un programa específico de reorganización de la entera vida social, como en Rusia en 1917 o en Cuba en 1959-1961.
No veo esto como un defecto o como una carencia, sino como un resultado de la experiencia alcanzada por cada pueblo en cada momento de esa historia en que, otra vez, se subleva contra los agravios y la injusticia acumulados. Las formas de la organización de esos pueblos insurgentes, en cada caso, son resultado de una acumulación de sus experiencias, incluso programáticas, y de su historia. Sólo así se puede explicar la fantástica sucesión de huelgas generales y de organización sindical y de empresa en la historia de los trabajadores en Argentina, mientras en México esa historia está arraigada en rebeliones armadas, organización comunitaria de honda raíz indígena, municipios autónomos, tradiciones anarquistas y movimientos nacionalistas y agrarios de masas.
Eso fue el cardenismo de los años 30 del siglo pasado: unos 20 millones de hectáreas fueron repartidas en propiedad ejidal común, se nacionalizó el petróleo, se organizaron sindicatos de masas, se afirmó el derecho laboral y el gobierno mexicano dio apoyo irrestricto, en armas y dinero, a la revolución y a la república española. Nada de esto se borra de la memoria histórica transmitida por generaciones en un país determinado, como no se borran en Argentina o en Chile las hondas experiencias y tradiciones de organización sindical, de huelgas obreras y populares y de ocupaciones de fábricas.
Cada vez que un nuevo ascenso de movilizaciones y demandas abre camino a nuevas experiencias, este ascenso parte, en su organización, de lo vivido y creado por las generaciones anteriores, no de copiar lo que en otros países se hizo. Algo similar sucedió, dicho sea al pasar, en la revolución cubana, uno de cuyos antecedentes en los años 30 fue el movimiento antimperialista, socialista e insurreccional de Antonio Guiteras.
Paco Ignacio Taibo II ha escrito al respecto una reciente y magnífica biografía de Guiteras. Vale la pena leerla para remontarse a la genealogía cubana de Fidel Castro, del Movimiento 26 de Julio y del radicalismo de su revolución, que no vino del comunismo soviético sino de la historia de Cuba.
–¿De qué manera considera que permaneció el ideario zapatista a lo largo del siglo XX?
–El zapatismo quedó como el programa, la actitud y el mito inspirador de cada lucha campesina e indígena hasta el México de nuestros días. Incluso el PRI y el PRD, como partidos establecidos dentro del aparato estatal, lo invocan por oportunismo y conveniencia. Nadie les cree, ni sus votantes: si los votan, es por otras razones políticas de cada momento.
No creo, en cambio, que el EZLN esté haciendo lo que algunos llaman una apropiación ideológica. La rebelión indígena armada de enero de 1994 encabezada por el EZLN ha mostrado tener pleno derecho, por sus acciones, sus formas de organización y sus documentos programáticos, a invocar la herencia y la tradición del zapatismo de la Revolución de 1910-1920.
En cada país, y aun en cada región, las revueltas, rebeliones y revoluciones tienen una genealogía propia. En la mayoría de los países de América Latina esa genealogía tiene, entre sus varias ramas, tradiciones del anarquismo y del sindicalismo revolucionario de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX: Argentina, Uruguay, Brasil, Bolivia, Chile, Perú, hasta llegar a México y a Cuba. En el norte de México influyeron a principios del siglo XX los sindicalistas de IWW (Industrial Workers of the World) de Estados Unidos, a través del Partido Liberal Mexicano de Ricardo Flores Magón. Los gobiernos nunca han podido sellar esa frontera en movimiento.
Los partidos de izquierda institucional –o institucionalizados– han querido siempre borrar esas genealogías rebeldes. Es imposible. Los trabajadores, en sus modos de ser, de hacer y de pensar la organización y la lucha, las han heredado, preservado y enriquecido, incluso aquellos que nunca oyeron o leyeron acerca de esos ancestros.
La cuestión de la genealogía de las rebeliones es vital para la comprensión en cada caso de sus motivos y sus lógicas. La revolución mexicana de Independencia de 1810, encabezada por los curas Hidalgo y Morelos, fue una gran insurrección agraria e indígena. La Revolución Mexicana de 1910 también lo fue, con los contenidos y las formas organizativas de su época.
Todo movimiento revolucionario mexicano auténtico –y el EZLN es uno de ellos– es heredero de esa doble genealogía. Del mismo modo, la genealogía de las grandes huelgas generales de 1969 con ocupación de fábricas en Argentina se remonta, entre otras, a la Semana Trágica y a la Patagonia rebelde; y la genealogía de los piqueteros y sus métodos de lucha –entre ellos la gran rebelión urbana de diciembre de 2001– viene de las formas de organización de sus padres y abuelos en el país de los argentinos. Genealogía no es repetir. Es recibir, enriquecer y renovar la herencia inmaterial que ellos nos dejaron.
* Entrevista a Adolfo Gilly realizada por la revista argentina Sudestada que aparece en su número 88, Buenos Aires, 1º de mayo de 2010.

¿Hacia una nueva reconfiguración de lo global/nacional? Historia, repetición y salto cualitativo

Una nueva entrega de la colección Cuadernos del Pensamiento Crítico Latinoamericano, preparada por CLACSO.
Margara Millán / Página12
Esta intervención intenta ser una puesta en balance de procesos que en la última década han hecho más visible la crisis civilizatoria que define nuestro tiempo presente. Obedece a la necesidad de preguntarse cómo pensar hoy nuestro tiempo, un tiempo común en el cual perviven y se reproducen diferencias sustanciales y de diverso signo, no sólo diferencias negativas (injusticias, pobreza) sino también diferencias positivas por su negación a incorporarse plenamente a la dinámica totalizante de la producción capitalista.
Dos ejes guían estas reflexiones. Por un lado, reconocer la fuerza del capital como relación social que se impone en el proceso reproductivo de la modernidad, a pesar de la conciencia cada vez mayor del riesgo que comporta en su camino, el de llevar a la humanidad a la catástrofe. Por otro lado, la persistencia de movimientos y agencias sociales que enfrentan el (des)orden de cosas existentes, y que en este enfrentamiento, ya sea a través de la protesta, la insurgencia, la resistencia organizada o la ensoñación de otro estado de cosas, prefiguran lo que se ha ido denominando “otro mundo posible”.
En este entramado recién descripto, un registro imprescindible es la relación dialógica entre lo local (nacional) y lo global; donde lo local puede ser la referencia excéntrica al Estado-Nación, simultáneamente a la referencia nacional en relación al sistema mundo. Vivimos una época de grandes acumulaciones teóricas y prácticas en el esclarecimiento de los contenidos de la emancipación humana, así como de sus principales obstáculos. Desde múltiples vectores de subordinación y opresión se han ido articulando conocimientos que aportan a la configuración de lo que sería el otro mundo posible. El feminismo crítico y decolonial, las ecologías de saberes, la práctica de la interculturalidad no colonizante, las experiencias de síntesis colectivas orientadas a la autodeterminación, las experiencias de economías solidarias y la práctica de lógicas de reciprocidad son algunos referentes para pensar hoy de una nueva manera a la comunidad humana y sus caminos emancipatorios. Son algunas maneras de andar hacia una realidad incierta y experimental, donde haya un re-encuentro con la naturaleza humana y no humana. Eso que queremos denominar poscapitalismo.
Al mismo tiempo, encontramos poderes económicos y políticos ultraconcentrados, nos acercamos a los límites de la crisis medioambiental, presenciamos el agrandamiento de las desigualdades sociales, los límites de la política en las democracias capitalistas, la tozudez de un entendimiento del mundo como mero presente, de una noción de la historia como una competencia hacia una cumbre ilusoria. Se trata de un tiempo sin duda singular, que llama a la acción y a la invención de otros horizontes. LEER MÁS...