sábado, 15 de agosto de 2026

Argentina: A medio siglo de una masacre

 El 4 de julio de 1976 -se cumplió medio siglo en este año 2026- por mano del Estado terrorista argentino de Videla, Massera y Agosti fueron acribillados los Padres Palotinos: Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau y los seminaristas: Salvador Barbeito  y Emilio Barletti, en lo que se conoce como la Masacre de San Patricio.

Carlos María Romero Sosa / Para Con Nuestra América
Desde Buenos Aires, Argentina

En tenebrosas décadas atrás y en nuestra sufrida Iberoamérica, se dio una constante  entre las piedras del martirio de religiosos y laicos comprometidos con la liberación, como la catequista Mónica María Candelaria Mignone, de 24 años, desaparecida en mayo de 1976. Algo que a no dudarlo conmovería a Paulo VI y también a su sucesor luego del brevísimo reinado de Juan Pablo I: el papa polaco San Juan Pablo II al ocupar la cátedra de San Pedro y conocer en detalle la sucesión de hechos de sangre ocurridos en el Continente; precisamente a él sabedor de la historia de San Estanislao, asesinado en la Iglesia de San Miguel del Monte  Skalka, en Cracovia, por el rey Boleslao II en el siglo XI. 
 
Ciertamente es de identificar la sacralidad del lugar del crimen del Arzobispo de San Salvador Óscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo de 1980: mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital Divina Providencia, con la del Padre Carlos  Mugica ejecutado el 11 de mayo de 1974 por la Triple A, a la salida de la Iglesia San Francisco Solano, en el barrio porteño de Villa Luro. Y la del diocesano  Monseñor Enrique Ángel Angelelli -beatificado  por Francisco el 27 de abril de 2019-, quien volvía de celebrar el Santo Oficio en El Chamical, en la provincia de La Rioja, el 4 de agosto de 1976, cuando se simulo su accidente automovilístico. O el sacrilegio acaecido en Buenos Aires en 1977, en la Iglesia de la Santa Cruz a cargo de los padres pasionistas, en la barriada de San Cristóbal, donde concurrían las desaparecidas monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet y donde previo se secuestró a las Madres de Plaza de Mayo Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco. O el sitio elegido por sicarios para poner fin a la vida del obispo defensor de los Derechos Humanos Monseñor Juan José Gerardi Conedera, el 26 de abril de 1998: el garaje de la casa parroquial de la Iglesia San Sebastián en la ciudad de Guatemala, azotada como todo el país maya por la guerra civil y los grupos paramilitares. 
 
También  y antes de su reinado pontificio, debe haber llegado a la arquidiócesis de Cracovia a cargo de Karol Wojtyla, la noticia que el 4 de julio de 1976 -se cumplió medio siglo en este año 2026- por mano del Estado terrorista argentino de Videla, Massera y Agosti fueron acribillados los Padres Palotinos: Alfredo Kelly, Alfredo Leaden y Pedro Duffau y los seminaristas: Salvador Barbeito  y Emilio Barletti, en lo que se conoce como la Masacre de San Patricio por la parroquia de Belgrano R, ubicada en Estomba y Echeverría; el templo declarado en 2024 por la Legislatura Porteña: Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. En la casa parroquial adyacente se perpetró el hecho y se hallaron los restos de los inmolados.   
 
En el Cántico del Gran Jubileo, en las vísperas del año 2000, se refirió al múltiple martirio de esos religiosos el poeta José María Castiñeira de Dios en tono salmístico: “Yo vengo de la mano de Angelelli y Mugica, Luther King y Mandela./ Y Romero y Wyszynsky, los Padres Palotinos y la Madre Teresa”
 
Transcurrió el tiempo y al presente el libro del periodista y escritor Eduardo Gabriel Kimel (1952-2010): “La Masacre de San Patricio”, publicado en 1989 por Ediciones Dialéctica ,con prólogo del Premio Nobel  de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, y reeditado luego por Página 12, constituye sin duda el más completo estudio sobre la tragedia. Empero, resulta imposible escindir la investigación de Kimel, reunida en 120 páginas reveladoras de un minucioso rastreo y una aguda evaluación  línea por línea de las fojas del sumario policial y del juicio que siguió a los crímenes, de las consecuencias que para su autor tuvo ese descenso al infierno del mal absoluto, averno oscurecido más todavía por la selva de la burocracia y la inacción judicial, salvo casos aislados como el del fiscal Néstor Ibarra, alguien cancelado desde hace décadas. 
 
Porque en el país del no me acuerdo, el periodista Kimel fue querellado y condenado por los delitos de calumnias e injurias en acción entablada por el juez actuante originalmente, doctor Guillermo Rivarola “agraviado” por el libro. Recién en 1984 el Juez Federal Néstor Blondi resolvió la reapertura de la causa, cuyos procedimientos había suspendido Rivarola. Sin embargo, luego de llegar el caso hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dejó sin efecto el infame fallo. 
 
¡Honor a Eduardo Gabriel Kimel, que supo jugarse sin medir riesgos por la Memoria, la Verdad y la Justicia!           

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