Tanto el nuevo presidente de Colombia, como toda la camada de nuevos presidentes de derecha latinoamericanos, responden al deseo de una autoridad fuerte o la predisposición hacia el autoritarismo que en América Latina muestra niveles preocupantes debido a lo que podríamos llamar una fatiga ciudadana generalizada.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Aunque la democracia liberal sigue siendo el sistema preferido por la mayoría, los principales termómetros regionales revelan que más de la mitad de la población aprueba liderazgos firmes que pasen por encima de las normas, si con ello garantizan resultados inmediatos ante la precariedad económica, la corrupción sistémica y el crimen organizado.
Sondeos locales de opinión, que evalúan las expectativas de cara a los ciclos electorales, muestran en prácticamente toda América Latina la preferencia, en hasta un 50% de los encuestados, por estilos de liderazgo con "mano dura".
Más preocupante aún es cómo se expresa este deseo cuando se aplican criterios etarios: más del 50% de los jóvenes de la región (y superando el 70% en varios países) considera que un líder fuerte resuelve los problemas de manera más eficiente que los partidos políticos y las instituciones tradicionales. El desencanto ha provocado que más del 45% de los jóvenes encuestados en múltiples países de la región vea aceptable un gobierno militar o autoritario.
Como indica el Latinobarómetro, aunque el apoyo directo a la democracia como régimen ideal experimentó un leve repunte de resiliencia (subiendo al 52%), de manera paralela coexiste un 22% de ciudadanos indiferentes al tipo de régimen ("nos da lo mismo") y un 16-17% que apoya explícitamente un gobierno autoritario.
El auge de esta tendencia se refleja en los niveles de aprobación de los mandatarios regionales. Presidentes que concentran el poder, debilitan los contrapesos judiciales o aplican esquemas agresivos de control punitivo y discursos de orden suelen liderar los rankings de popularidad en la región.
Los factores que parecen impulsar este deseo son:
1. La prevaleciente inseguridad y la creciente presencia del crimen organizado que lleva al clamor por seguridad física.
2. La percepción de que la política tradicional se limita a la demagogia, lo que impulsa el voto hacia figuras de fuera del sistema político (outsiders) que prometen soluciones rápidas.
3. La insatisfacción con la justicia por su lentitud, la desigualdad de sus fallos y la corrupción, abriendo paso a que se aplaudan medidas ejecutivas unilaterales.
Cada lector o lectora de esta nota puede comparar cómo se ajusta lo que aquí se dice con las autoridades gubernamentales de cada país. Si está en Argentina, pensará en Javier Milei; si en Perú, en Keiko Fujimori; si en Colombia, en Abelardo de la Espriella; si en Costa Rica, en la señora Laura Fernández y su ministro de Hacienda, Rodrigo Cháves; o si en El Salvador, en la figura ya paradigmática, no solo para América Latina, de Nayib Bukele, quien tiene en su haber un abrumador apoyo popular que supera el 86% después de siete años como presidente, y que se autocalifica como “el dictador más cool”.
Sabiendo de este clamor popular por la resolución de los problemas que los aquejan y de la simpatía que despierta la figura del líder fuerte, se ha montado una narrativa agresiva que no vacila en usar el insulto, la descalificación grosera y la mentira. Se montan verdaderos espectáculos, con guiones preestablecidos, en los que se escenifican para el gran público la imagen del hombre o mujer fuerte que debe enfrentarse contra las “fuerzas oscuras” que solo buscan resguardar privilegios y corruptelas.
Aunque la Guerra Fría concluyó hace tres décadas, los comunistas vuelven a presentarse como el ogro al que hay que derrotar. Claro que estos comunistas (o “zurdos de mierda”, como les llama Milei) inventados están lejos de serlo. Se trata de liberales, socialdemócratas o progresistas cuyas respectivas ideologías nada tienen que ver con las ideas del comunismo.
Quiere decir todo esto que los líderes autoritarios de derecha de América Latina han armado un gran circo de impostaciones en el que lo más importante es tratar de complacer a las masas -o parte de ellas- según lo que las encuestas dicen que quieren. Y, mientras tanto, hacen avanzar entre bambalinas las modificaciones del neoliberalismo que solo respaldadas por regímenes autoritarios pueden avanzar.
Ya Naomi Klein advertía de la necesidad de la mano dura dictatorial para estos fines en su libro La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre. Argumenta que el neoliberalismo puro no se implantó de manera natural ni democrática en América Latina, sino mediante el uso deliberado de la fuerza, la violencia de Estado y el trauma colectivo, y da como ejemplo destacable el caso del Chile de Pinochet.
Es decir, no se trata de nada nuevo. Es solo la continuación de un modus operandi que venimos sufriendo, con pausas y altibajos, desde los años setenta del siglo XX.
Ante este montaje de la derecha, que ha sabido adaptarse como el camaleón a lo que la gente quiere oír, estamos en la actual coyuntura política latinoamericana.

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