El 16 de julio pasado tuvo lugar en Washington, convocada por el secretario de Estado Marco Rubio, la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, a la cual asistieron representantes de 60 países de todo el mundo.
Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica
Según Rubio, quien tuvo a su cargo la conferencia central de la reunión, Estados Unidos convocó a su aliados y amigos a conformar una red de intercambio de información y persecución para hostigar a quienes califica como de “izquierda radical”, a la que califica como “esencialmente violenta ajena a la civilización occidental”.
En ese paquete de la “izquierda radical” se encuentran las más disímiles agrupaciones políticas, posiciones ideológicas y pensadores. Ahí están desde marxistas y anarquistas hasta los demócratas estadounidenses; incluso académicos, como el historiador norteamericano Howard Zinn, quien es mencionado como parte del grupo de intelectuales y profesores que “lavan el cerebro” de la gente con “nociones izquierdistas y antipatrióticas”. Ya Donald Trump había declarado el 17 de septiembre de 2020, durante la primera Conferencia de la Casa Blanca sobre Historia Estadounidense realizada en el Museo de los Archivos Nacionales en Washington, que “Tenemos que sacar la telaraña de mentiras en nuestras escuelas y aulas”.
Esta “cruzada”, que hoy traspasa las fronteras estadounidenses y llama a embarcarse en una nueva cruzada anticomunista mundial, es la que emprendió la purga de literatura considerara subversiva que llevó a cerca de 23,000 prohibiciones de libros en escuelas públicas desde el 2021, y al retiro de más de 5,000 libros de bibliotecas generales y casi 7,000 títulos de entornos escolares públicos.
Según Marco Rubio, en esta nueva cruzada contra lo que llama el “terrorismo de izquierda” -que constituiría un “mal” existencial a exterminar- la violencia cumple una función purificadora o redentora contra quienes se consideran “obstáculos”. No hay que ser un gran conocedor para encontrar en este tipo de frases ecos de las que marcaron el rumbo del fascismo alemán, que le otorgaba a la violencia una fusión similar.
Para llevar adelante esta labor purificadora, Marco Rubio convoca a establecer una red mundial para “identificar y mapear” la amenaza que, según él, se cierne sobre la civilización occidental, con el fin de “reconstruir la arquitectura antiterrorista como ya se hizo en el pasado”.
Para América Latina, esta acotación al pasado que hace el secretario de Estado es importantísima. Nosotros ya vivimos las consecuencias de este tipo de políticas de “coordinación” que desembocaron en la más cruel expresión del terrorismo de Estado, que dejo miles de asesinados, torturados y desaparecidos. En el Cono Sur, esta coordinación dio como resultado el Plan Cóndor, que involucró a las fuerzas armadas de Uruguay, Paraguay, Argentina y Chile, y en Centroamérica el apoyo directo a las dictaduras militares de El Salvador y Guatemala, en donde se llegó al extremo del genocidio en aras de la “limpieza” anticomunista.
El trumpismo como corriente ideológico política trasciende las fronteras norteamericanas. Es una suerte de neofascismo que también se implanta en América Latina haciendo apología de la violencia, el desprecio a la democracia y al autoritarismo. Frente a él queda la organización popular, los grandes frentes de masas, la unión que es lo único que, en última instancia, hace la fuerza. Esta reunión en Washington muestra que el neofascismo contemporáneo se mueve rápidamente, gana adeptos y tiene ingentes recursos para organizarse e implementar sus ideas. No se puede perder tiempo en organizarse para enfrentar, unidos, lo que no es ya una posibilidad, sino una realidad en movimiento.

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