sábado, 25 de julio de 2026

Menos democracia y más racialización. Lo que se viene después del 28 de julio en el Perú.

 Las puertas que nos conduzcan hacia una nación más inclusiva y democrática se cerraron nuevamente tras las recientes elecciones generales en el Perú. El 28 de julio próximo celebramos nuevamente el día de la patria. Ciertamente una patria sin nación y sin una real democracia. El fujimorismo vuelve el gobernar el Perú en el 2026.

Rosell Laberiano Agüero / Para Con Nuestra América
Desde Lima, Perú.

Existe una estructura de poder que limita el campo de juego de la política. Los diversos gobiernos posteriores al año 2000 en el Perú, después de la primera caída del fujimorismo, tuvieron que cambiar a su pesar el rumbo del timón y sus planes de gobierno hacia la derecha. Aquella estructura de poder fue cimentada desde 1990 por el fujimorismo. Éste vuelve 26 años después, tras el desgaste del posfujimorismo[1]; aun cuando al menos desde el 2016[2] su presencia soterrada fue agresiva, desnaturalizando los intentos de recuperación de la institucionalidad democrática[3].
 
La fragmentación social no logra expresarse en la representación política nacional. Esto sucede, entre otros factores, porque la fragmentación social va acompañada de desigualdad social. A pesar de todo, la racialización persiste en el Perú, en estas últimas elecciones quedó claro que es así. Las identidades sociales tienen discursos propios, pero también asumen los discursos de sus opresores. Las relaciones de poder rearticuladas en los últimos años en el Perú por el fujimorismo y sus aliados están favoreciendo a determinados intereses económicos.
 
Estos sentimientos de despojo, abuso, impotencia en una sociedad desigual socialmente está activas de manera persistente en las zonas rurales y del sur del país.  Es probable que los partidos que representaron el voto del sur rural logren consolidar una articulación sostenible, dependerá de muchos factores. Sin embargo, a nivel social puede ser distinta, sobre todo fuera de Lima. Puede expresarse en un rechazo a las políticas, programas, proyectos, acciones de la nueva gestión del gobierno nacional. El miedo que colocaron los “mistis” a los indígenas se reactivó de manera violenta en el 2022 y 2023, la racialización se territorializa y se presenta de manera violencia hacia aquellos que son de la sierra peruana[4]. La frustración de lo vivido en estos años no está canalizada, tampoco electoralmente, ni en la representación política. El silencio dramático, podría prolongarse, pero como dicen los sismólogos, tarde o temprano, un silencio sísmico es para preocuparse.
 
La racialización no ha sido ajena a los recientes procesos electorales en el Perú por varias razones, principalmente la persistente idea de mantener “cierto orden” en una sociedad jerarquizada racialmente.
 
En primer lugar, esto es así, porque la participación de los otros, los diferentes, pone en peligro el orden de las élites. Una élite denominada como pacto mafioso, que ahora tiene mayor control en el Estado. Sobre ese centro de poder se van alineando diversas fuerzas, al servicio de un poder que lo controla casi todo, también la intersubjetividad en los sectores excluidos.
 
En segundo lugar, porque simplemente aquellos excluidos no tienen derecho a ser representados ni a participar, por ser inferiores a cierta élite: poca educación, incapacidad para gobernar, “son brutos”, dicen. La retrospectiva y autorreflexión se va perdiendo en algunos sectores populares, esa capacidad de autorreflexión es de gran preocupación, serían tentados nuevamente por el populismo y el clientelismo estatal. Como narra José María Arguedas en Yawar Fiesta “en la costa no hay abras, ellos no conocen sus pueblos desde lejos”. Aun cuando la mayor pobreza está en las zonas altas de los cerros de Lima, es posible recuperar la perspectiva en los barrios y zonas en situación de pobreza. Pero no basta esperar la perspectiva de un tercero, tiene que construirse colectivamente desde las organizaciones sociales de base, como ya se viene gestando en algunos espacios[5].
 
Después de la independencia del Perú en 1821-24, lo que persiste es la racialización, pueden haber cambiado los grupos y las relaciones de poder[6]. La racialización en este contexto electoral tiene algunos matices. Por un lado, se ha intensificado en el residente rural y de la zona sur. El migrante que vive en Lima ha traducido esa migración en respaldo a la opción de derecha que precisamente la discrimina. Por otro lado, a la estigmatización racial se le ha acoplado otro estigma, el terruqueo. El mensaje es que el serrano no puede husmear en la política. Es un retroceso en la socialización democrática del poder.
 
A manera de conclusión, a pesar de los cambios en las relaciones y estructuras de poder, la racialización persiste en los últimos siglos en el Perú, el último proceso electoral peruano del 2026 no fue ajeno a ella. Esto quiere decir, que el poder en sus diversas formas tiene a bien alimentarse de la racialización. Por otro lado, la relaciones y estructuras de poder gestadas desde el año 1990, en la figura del fujimorismo, no pudieron ser trastocadas, y después de más de dos décadas de intentos frustrados de democratizar el país, vuelven al gobierno.  En pocas palabras, tenemos una democratización frustrada y revitalización de la racialización. Es el escenario que se avecina en el Perú.


[1] Tanaka, Martín (2026); La Agonía del Perú Posfujimori. Lo que se termina, por qué y qué podría pasar. IEP. Lima, Perú.

[2] De la Puente, Juan (2026); La República Obscena. La larga crisis peruana y el futuro (in)deseable. Padus. Lima – Perú.

[3] Alberto VergaraRodrigo Barrenechea (editores) (2024); Democracia asaltada. El colapso de la política peruana (y una advertencia para América Latina). Universidad del Pacífico. Lima – Perú.

[4] Méndez, Cecilia (2025); Violencias Fundacionales. Ensayos sobre racismo, guerra y política en el Perú. La Siniestra Ensayos. Lima – Perú.

[5] Laberiano, Rosell (2026); Reciprocidad y Acción Colectiva. Las Ollas Comunes durante la Pandemia. CEPRIDES. Lima – Perú.

[6] Una de las fiestas tradicionales por las fiestas patrias en Ayacucho-Perú es el Yawar Fiesta. José María Arguedas narra en un texto con el mismo nombre, casi a mediados del siglo XX, que los indios de Puquio fueron despojados de sus tierras por los mistis para acumular sus riquezas dada las demandas de carne de ganado en Lima, y luego convertidos en siervos por estos; sintieron la impotencia de un sistema que protegía jurídicamente de manera injusta a los mistis. Fue una sociedad en pugna entre indios, mestizos y mistis. Esta discriminación, ahora con otros actores y escenarios, se mantiene.

 

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