La IA ha sido funcionalmente “fetichizada” como una suerte de “intelectual colectivo”, debido a su inmenso arsenal de información y a su poderosa matriz algorítmica, que le permiten agregar, sintetizar y sistematizar conocimientos.
Enoch Adames Mayorga / Para Con Nuestra América
En el presente globalizado confluyen tres procesos de gran alcance con capacidad de transformar las condiciones materiales, culturales y políticas de la vida social: la expansión de la inteligencia artificial (IA), la transición ecológica; y una contraofensiva cultural que disputa derechos, valores democráticos y formas de pensamiento crítico (Benanav, Aaron).
La inteligencia artificial constituye una base técnica capaz de ampliar capacidades productivas, organizar enormes volúmenes de información, abrir nuevas formas de circulación del conocimiento y convertir la información en un producto terminado socialmente significativo. La transición ecológica, por su parte, avanza de manera conflictiva en medio de debates económicos, políticos y ciudadanos sobre la energía, los espacios habitables, la producción de alimentos y la relación entre sociedad y naturaleza.
A estos procesos se suma una contrarrevolución cultural que busca negar derechos humanos, cuestionar el pensamiento crítico y sitiar la democracia liberal por considerarla permisiva. En este marco, se abren tensiones en torno a la afirmación de valores, la participación de nuevos actores sociales y los límites de la deliberación democrática.
Tecnologías creadoras de mundos
A lo largo de la historia, las sociedades se han configurado según la forma en que organizan sus procesos productivos. Las tecnologías no son simples instrumentos: también ordenan valores, orientan prácticas socioculturales, reconfiguran identidades y producen expectativas sociales. Sobre todo, crean bases materiales que hacen posibles saltos cualitativos en la organización social.
Desde esta perspectiva, no estamos únicamente ante la creación de “mundos tecnológicos”, en el sentido señalado por Evgeny Morozov, sino también ante la posibilidad de “nuevos mundos sociales”. Por ello, el debate sobre la inteligencia artificial —entendida aquí como inteligencia instrumental— debe examinar su “capacidad” de ser orientada conceptualmente, así como los límites de esa orientación.
Cambio tecnológico y destrucción creativa
Las revoluciones tecnológicas anteriores a la inteligencia artificial —la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad, el automóvil, internet y el teléfono inteligente— reorganizaron la producción y ampliaron las formas de interacción social. Sin embargo, su papel histórico no fue lineal: estuvo marcado por discontinuidades, fracturas y rupturas organizativas. La famosa “destrucción creativa” de la que conceptuaba Schumpeter.
La globalización reciente y la revolución de las comunicaciones pueden entenderse, en este sentido, como una continuidad hecha de discontinuidades. Tanto la IA como la transición ecológica participan de estas contradicciones, pues ambas tienden a transformar las condiciones materiales, culturales y políticas de la vida social. Descifrar en qué dirección se produce esa transformación, es crucial.
Desde esta perspectiva, el debate sobre la IA debe considerar tres problemas centrales:
- Qué contradicciones y conflictos de poder atraviesan su desarrollo y sus usos;
- Qué papel desempeñan los sectores subalternos globales en este nuevo escenario tecnológico;
- Cuál es la importancia estratégica de la información y de la difusión del conocimiento, codificado como recurso de poder.
Que “nuevo mundo” trae la IA
En el artículo “La inteligencia artificial resuelve problemas inexistentes”, publicado en la revista Jacobin, Alexander Brentler analiza críticamente el desarrollo reciente de la inteligencia artificial generativa.
“…la investigación de punta en inteligencia artificial está casi totalmente privatizada, y los gajes del oficio se ocultan cada vez más al público. La documentación científica de GPT-4 es poco más que un folleto publicitario: supuestamente por motivos de seguridad, no se menciona ningún parámetro fundamental del diseño. Hay una razón para la enorme concentración de capital en la investigación de la IA: GPT-4 parece dominar sin esfuerzo la comunicación escrita formalizada” (Jacobin)
Según Brentler, esta capacidad no se limita a textos literarios o comunicativos; también se extiende a textos estructurados, como el código de programación y las demostraciones matemáticas de dificultad moderada. De acuerdo con este investigador, la IA:
- Captan con notable precisión formas expresivas complejas, como la parodia y la sátira.
- Combinan palabras e imágenes para producir respuestas con un carácter cada vez más lúdico.
- Aunque siguen cometiendo errores y fallan en tareas aparentemente sencillas, muestran un avance técnico difícil de negar.
Concluye Brentler:
“A pesar de nuestro afán por antropomorfizar los modelos generativos de IA, la GPT-4 sigue siendo claramente una máquina de aprender, no una máquina de pensar, y desde luego no es capaz de dominar el mundo”. (Jacobin)
Desarrollo tecnológico e impacto social
Las sociedades modernas —incluida la sociedad panameña— no escapan al impacto del desarrollo tecnológico en la configuración y transformación de sus entornos materiales y socioculturales. La construcción artificial de las sociedades está fuera de discusión: la interacción socioeconómica, mediada por procesos tecnológicos de transformación productiva, incide en las estructuras empresariales y laborales, así como en la comunicación, la convivencia y la organización social.
El transitismo panameño puede entenderse como el resultado de una ventaja geográfica inicial, pero también como producto del impacto del desarrollo tecnológico. El ferrocarril y el Canal de Panamá no solo aprovecharon la condición ístmica del país, sino que contribuyeron a constituir un patrón de acumulación de capital mediado tecnológicamente.
La condición geográfica del istmo, que ofreció el soporte material para el Canal, organizó históricamente una matriz tecno-económica, una modalidad de Estado, un bloque de poder y una cultura hegemónica. Estos elementos configuraron identidades y subjetividades acordes con los requerimientos de la acumulación de capital.
Mediación social y política de la IA
Sin embargo, como se señaló anteriormente, la regulación de estos procesos no ocurre de forma automática ni espontánea. La inteligencia artificial forma parte de un programa intelectual de poder, orientado a construir un mundo cada vez más tecnificado. Sus usos, alcances y limitaciones dependen de decisiones sociales y políticas, mediadas por estructuras globales de poder y por la intervención de instituciones, élites, grupos sociales e individuos.
En este sentido, tanto los beneficios como los efectos no deseados en las relaciones sociales de producción —así como de las condiciones que permiten su reproducción— están socialmente mediados por estructuras de poder. Esta mediación puede observarse en tres dimensiones principales:
- Las decisiones políticas e institucionales que orientan el desarrollo y la aplicación de la IA;
- las estructuras globales de poder que condicionan sus usos y prioridades;
- los actores sociales que disputan sus beneficios, riesgos y límites.
La IA ante la crisis de las ciencias sociales
Las crisis teóricas en las ciencias sociales surgen cuando la producción y reproducción conflictiva del orden social abren más posibilidades explicativas que las ofrecidas por los “consensos teóricos” existentes (Habermas). En esos espacios de incertidumbre, ausencia de respuestas y disputa interpretativa, ¿es la inteligencia artificial un “espacio” que podría desempeñar un papel proactivo, en este contexto de incertidumbres? Aquí surgen varias interrogantes:
- ¿Qué papel juega la IA en el conocimiento y la reproducción del orden social?
- ¿Tiene la IA capacidad para definir márgenes o fronteras epistemológicas de lo explicable?
- ¿Puede la IA rebasar los límites de comprensión y explicación establecidos por los consensos epistemológicos existentes?
Corolario provisional
En este contexto, la IA ha sido funcionalmente “fetichizada” como una suerte de “intelectual colectivo”, debido a su inmenso arsenal de información y a su poderosa matriz algorítmica, que le permiten agregar, sintetizar y sistematizar conocimientos. Por ello, problematizar el papel de la inteligencia artificial en la producción del conocimiento como productos terminados; y su eventual incidencia en la reproducción del orden social, resulta central para comprendersu naturaleza; o al revés. Esta cuestión no debe abordarse únicamente desde una perspectiva técnica o instrumental; sino también, como un problema teórico, epistemológico y político.
El autor es sociólogo. Docente e investigador de la Universidad de Panamá

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