El Antropoceno representa esa fase geológica en la historia de la humanidad donde las actividades humanas, han adquirido tanto poder que termina siendo una fuerza ambiental capaz de transformar y destruir; mientras que el Capitaloceno es ese mismo poder, pero que tiene su origen en el modo de producción capitalista y no en el ser humano.
Pedro Rivera Ramos / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá
La historia del planeta Tierra está dividida en eras, períodos, épocas y edades geológicas. Actualmente nos encontramos situados en la era Cenozoica, período cuaternario y época del Holoceno. De ese modo, el Holoceno es reconocido como la época geológica dentro del período Cuaternario que se inició hace 11,700 años después de la última glaciación y que continúa todavía hasta hoy. Es la época del homo sapiens, del desarrollo de la agricultura, de la civilización, el lenguaje y otros cambios. Sin embargo, desde hace ya varias décadas atrás que muchos investigadores sociales, humanísticos y hasta geólogos, coinciden que el Holoceno tal como había sido descrito no era suficiente para contener, caracterizar y explicar, los profundos cambios que las acciones del género humano venían produciendo en el entorno natural y la sociedad. Por eso que ya desde el año 2000, Eugene Stoermer y Paul Crutzen comenzaron a utilizar por primera vez el concepto Antropoceno, al considerar que la humanidad estaba viviendo un período donde los impactos del ser humano en la transformación del planeta, son iguales o superiores al poder de todas las otras fuerzas naturales juntas. El Antropoceno viene a subrayar y reconocer la transformación histórica del mundo biofísico por los seres humanos, caracterizado principalmente, junto al desarrollo del progreso humano, por la degradación de los ecosistemas y la extinción masiva de organismos vivos.
No todos los pueblos en el mundo tuvieron una noción de la naturaleza, como un espacio separado o al margen del ser humano y sus actividades. No todos veían a la naturaleza como el lugar donde existían bienes y recursos, al servicio enteramente de las necesidades y deseos de los seres humanos. Muchos sentían desde sus orígenes, un gran respeto por la naturaleza, considerándose parte de la misma y no seres superiores predestinados a ejercer de amos absolutos. Así que no está precisamente en los genes de los humanos la tendencia a destruir el medio ambiente en su provecho, como pareciera que debemos deducir cuando se constata el origen antropogénico de las emisiones de gases de invernadero y la alteración innegable que sufre todo el funcionamiento de los sistemas planetarios. Tampoco es un rasgo que la humanidad fuera cultivando como forma de sobrevivir en un conflicto artificial con la naturaleza, donde la desconexión y desarticulación ha sido realmente una construcción esencialmente cultural. En verdad este distanciamiento se fue gestando, sobre todo, cuando los humanos comenzamos a configurar un modo de producción y consumo, donde la concepción de la naturaleza que se impuso, la consideraba solamente como una proveedora de recursos y mercancías.
¿Cuándo comenzó la época del Antropoceno? Ni siquiera entre sus partidarios se ha podido lograr algún consenso. Unos afirman que su origen hay que buscarlo en la etapa neolítica en el Cercano Oriente, durante la transición de sociedades nómadas a sociedades permanentes, otros creen que surgió durante la colonización de América en el siglo XVII. Son muchos los que aseguran que sus comienzos hay que buscarlo después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los años 50, período donde se intensificó el consumo de los combustibles fósiles. Sin embargo, la creencia más generalizada es que el Antropoceno nació con los eventos relacionados con la Revolución Industrial, a mediados del siglo XVIII, cuando se inventó la máquina de vapor y empezó la era de los combustibles fósiles, generándose así, altas concentraciones de dioxido de carbono y metano en la atmósfera. Desde allí, la actividad industrial y productiva creció de manera exponencial, aumentando también la deforestación y la contaminación de las aguas y los suelos por el uso de fertilizantes químicos.
Pero es evidente que lo se ha calificado como Antropoceno, no surge como una prolongación o extensión de la época del Holoceno, sino que se revela con una personalidad propia, en un momento histórico en que el ser humano se encuentra ante la necesidad de caracterizar la entrada, de lo que parece ser una nueva época geológica, marcada por las actividades humanas y sus impactos en la naturaleza, la sociedad y el planeta Tierra. De modo que el Antropoceno se identifica con los innegables cambios geológicos, morfológicos y climáticos producidos por las actividades desarrolladas por el ser humano sobre el planeta, que, en muchos casos, han sido devastadores. Pese a que el concepto mismo ha terminado siendo para la mayoría de científicos sociales y naturales, el más aproximado para describir la etapa geológica en la que el planeta se encuentra, todavía se le cuestiona que se quiera identificar de manera muy simple a un período de la historia de la humanidad, únicamente por la influencia de los seres humanos, o sea de una sola especie. Por eso al Antropoceno se le suele atribuir un carácter abstracto, genérico e incompleto, al que se le añade su incapacidad para exponer las causas históricas que dieron origen a la crisis ecológica y ambiental que vivimos.
Las críticas principales se centran en que así descrito, hace responsable a todos los seres humanos como especie biológica, exonerando de hecho a un modelo de producción y consumo de su elevada responsabilidad en las crisis ecológicas, ambientales y sociales y achacándole a la totalidad de los humanos, lo que es principalmente causado por solo el 1% de los habitantes del mundo. En el concepto Antropoceno se generaliza la responsabilidad entre todos los seres humanos de la degradación y deterioro de la naturaleza, y su consecuente desastre ecológico, climático y social, sin diferenciar clases sociales, países, empresas. Aquí cabe, parafraseando un poco a Eduardo Galeano, afirmar que la generalización solo sirve para eximir a los verdaderos responsables y culpables. De allí que las observaciones y cuestionamientos que se le hacen al Antropoceno, condujeron al sociólogo estadounidense Jason W. Moore, a proponer su reemplazo por un concepto que a su juicio, expresara mejor el cambio geológico que ante nuestros ojos se está produciendo, con el deterioro ambiental y el cambio climático, que no son responsabilidad de la humanidad en general, sino de grupos humanos específicos con sus empresas claramente identificables: este concepto es el Capitaloceno, usado por primera vez en el 2009 por el periodista y activista sueco Andreas Malm. Sobre lo que piensa Moore (2020) del Antropoceno nos diría:
“El Antropoceno contribuye a una historia fácil. Fácil porque no desafía las desigualdades naturalizadas, la alienación ni la violencia inscritas en las relaciones estratégicas de poder y producción de la modernidad. Se trata de un cuento fácil de contar, en la medida en que no nos exige pensar en absoluto sobre dichas relaciones. El mosaico de la actividad humana en la trama de la vida se reduce a una Humanidad abstracta: unidad homogénea de acción. La desigualdad, la mercantilización, el imperialismo, el patriarcado, las formaciones raciales, y mucho más, han quedado en gran medida fuera de consideración. Estas relaciones son, en el mejor de los casos, reconocidas, pero como apéndices a posteriori al marco del problema”. (p.202)
En el año 2024 la Unión Internacional de Ciencias Geológicas, rechazó como categoría geológica oficial de la Tierra el concepto de Antropoceno, lo que supone que, para la geología más rígida o estricta, el planeta sigue dentro de la época del Holoceno. Sin embargo, ese rechazo no va a excluir ni excluye para nada, la constante relación e interacción entre nuestra especie con su entorno natural, que, de algún modo, causa efectos en la geología, perdurando algunos de ellos hasta por largo tiempo. Tampoco detendrá el intenso debate y profundas reflexiones que sobre el Antropoceno se desenvuelven en estos momentos, más aún cuando su alcance y significado no es interpretado del mismo modo en América Latina, Europa o los Estados Unidos.
Aun cuando en el Antropoceno solo se consideran que las transformaciones al medioambiente son producto de las actividades del ser humano, como una fuerza de transformación y cambios de alcance global y geológico, donde muy poca atención reciben las relaciones políticas y económicas de poder y desigualdades que se dan en ellas, el Antropoceno seguirá teniendo por virtud, que desde allí se puede intentar construir críticas importantes sobre el capitalismo y sus efectos, principalmente si partimos del hecho, de que en el tiempo del Antropoceno, la humanidad cuenta con un modelo alimentario de una escala jamás concebida, acompañado de una marcada degradación de los ecosistemas, responsable del incremento de las emisiones de gases de invernadero, entre otros perjuicios. De modo que el Antropoceno seguirá siendo un terreno en disputa y no parece muy oportuno intentar deshacernos de él, ya que es obvio que el término Capitaloceno resulta todavía muy controversial, como para sustituir y desplazar el uso de este. No obstante, otro mérito indudable que hay que reconocerle al Antropoceno, es que representa un avance muy importante en el examen de la mayor fuerza de alteración del planeta, cuando declara que las actividades productivas humanas tienen una implicacion decisiva en lo que sucede en nuestro entorno.
Sin embargo, cómo llamaremos a la fase histórica en la que nos encontramos con sus múltiples y complejas crisis actuales, mucho dependerá de sí creemos que son responsabilidad del homo sapiens en general o del modo de producción capitalista. Esa disyuntiva ha conducido a algunos a señalar que el deterioro ambiental está relacionado con el crecimiento de la población y el crecimiento económico de las naciones. De allí parten para justificar el control de la tasa de natalidad como una forma efectiva para disminuir la presión sobre los recursos ambientales, o dicho de otro modo: démosle la bienvenida a las catástrofes naturales, guerras y a la esterilización forzada en los países del Tercer Mundo, fórmulas valiosas para que el mundo rico no tenga que hacer ningún sacrificio.
No hay duda que la degradación y deterioro de la naturaleza y del planeta causada por las actividades realizadas por el ser humano, vienen agravándose en la medida que transcurre el tiempo. Siendo el sistema capitalista y no los seres humanos en general, el factor fundamental en ello. Es decir, no es la humanidad en abstracto la responsable de tales problemas, sino más bien, aquella forma de organización económica que surgió en el siglo XVI hasta la fecha: el capitalismo. Aun así, muchos creen que, aun desapareciendo el capitalismo, el ser humano no perderá su capacidad de seguir actuando como una fuerza geofísica de alcance global. Otros, más optimistas con la capacidad demostrada del capitalismo en tantas otras ocasiones, creen casi ciegamente que este superará sus crisis ambientales y ecológicas, mediante el uso de la geoingeniería climática, los avances continuos en los campos de la nanotecnología y la edición génica.
La preocupación por garantizar que la vida humana y los ecosistemas planetarios, se desarrollen en un entorno estable y seguro, cuando es evidente que los principales procesos del sistema terrestre, ya sea que estemos en el Antropoceno o en el Capitaloceno, están rebasando sus umbrales de seguridad y estabilidad para toda la existencia en la Tierra. Esto condujo en el año 2009 al Centro de Resiliencia de Estocolmo (CRS), un instituto de investigación fundado en Suecia en el 2007 que se ocupa de realizar estudios en sostenibilidad y resiliencia, exponer el concepto de límites planetarios, identificando nueve procesos decisivos para mantener a la Tierra estable y que no debían rebasarse. Ellos son: el cambio climático, el agotamiento de la capa de ozono, la pérdida de la biodiversidad, los flujos biogeoquímicos (nitrógeno y fósforo), uso del suelo, uso del agua dulce, contaminación química, acidificación de los oceános, carga de aerosoles atmósfericos. Estos límites sirven para explicar porque en estos momentos la mayoría de las reservas de la Tierra se encuentran agotadas, contaminadas y envenenadas.
Lo cierto es que hoy estamos como humanidad consumiendo de manera insostenible los recursos del planeta a tal velocidad, que la Tierra necesita más de18 meses para regenerar y proveernos lo que ya hemos utilizado. Situación que se agrava aún más con la obsolescencia programada, que hace y obliga a renovar una y otra vez aparatos y productos. A esto se puede añadir que la basura en el capitalismo no se reduce al problema de los plásticos, como a veces parece que luce para algunos, están también los materiales electrónicos, los desechos radiactivos y otros materiales o desechos sólidos. Porque producimos más desperdicios y desechos de los que podemos eliminar o degradar naturalmente. Por eso no es novedad que para el año 2025, se conocía que 7 de esos límites planetarios, ya habían superado sus valores seguros y únicamente dos (la contaminación atmósferica y la recuperación de la capa de ozono), mostraban valores alentadores. Los nueve límites planetarios identificados por el CRS no significa lamentablemente, que son los únicos que existen, pueden existir otros más. Pero al establecer un límite dentro de esos procesos planetarios, entendemos que la humanidad no debe continuar transgrediéndolo, porque se afecta la propia sostenibilidad del planeta, lo que puede traer al final, consecuencias muy perjudiciales.
En resumen, el Antropoceno representa esa fase geológica en la historia de la humanidad donde las actividades humanas, han adquirido tanto poder que termina siendo una fuerza ambiental capaz de transformar y destruir; mientras que el Capitaloceno es ese mismo poder, pero que tiene su origen en el modo de producción capitalista y no en el ser humano. Ambos conceptos, Antropoceno y Capitaloceno, son oportunidades importantes para replantearse y/o revisar, las relaciones de los seres humanos con la naturaleza, que puedan producir cambios profundos dirigidos a encontrar alternativas al insostenible extractivismo actual, sustentado en un sistema de extracción y explotación inmisericorde de recursos naturales y materias primas.
Claro que en su momento, el Antropoceno pareció realmente un punto de vista my innovador, para abordar los daños al ambiente y el planeta desde la influencia humana, sin embargo, muy pronto pareció también ser muy limitado para identificar los responsables de tales perjuicios y así encontrar las medidas más apropiadas para solucionarlos. No es un realmente un concepto contrapuesto al Capitaloceno, sino más bien, se muestra como complementario a este último, que persigue en el fondo, mejorar y profundizar en la explicación e interpretación de la complejidad existente, en las relaciones entre las sociedades humanas, la economía y el entorno natural. El Capitaloceno escudriña en las causas y consecuencias de manera más específica y particular de esas relaciones. Así que aunque ambos conceptos representan dos enfoques que intentan explicar la influencia determinante de las actividades humanas, en el deterioro y degradación del planeta y del ambiente, esto no impide que reconozcamos que cuando el ser humano actúa produciendo cambios en su entorno, no lo hace de manera homogénea e indiferenciada, lo hace desde una perspectiva social, cultural y ecológica de la que no se puede prescindir. Por eso no podemos seguir creyendo que es en las acciones de todos los seres humanos, donde se encuentra la explicación de todo el desorden entrópico que constatamos.
De allí que no haya duda entonces, que el Capitaloceno está estrechamente relacionado con la concentración del ingreso y de la riqueza. A medida que la riqueza crece y se concentra en pocas manos, el deterioro ambiental y ecológico también lo hace. Valiéndonos de este enfoque, resulta más fácil identificar con claridad y precisión, que todo reside en la forma de producir y consumir dentro del capitalismo, que, en su afán de obtener siempre ganancias crecientes, poco le importa la destrucción y deterioro de la naturaleza, la destrucción del clima del planeta, así como la extinción masiva de animales y vegetales.
Con la noción del Capitaloceno no quedan por fuera las distintas formas de apropiación del trabajo en el capitalismo, así como tampoco la marcada explotación laboral y ambiental que padecen los trabajadores y el entorno natural. Con ella se nombra con claridad meridiana que la fuerza geológica que provoca los cambios ambientales y todo el desastre ecológico que vivimos, es el capitalismo con su lógica de reproducción y crecimiento constantes y no la humanidad o la especie como hace el Antropoceno. Identificar claramente a los responsables nos permite luchar y combatir a los culpables primarios, porque en la medida que sigamos aumentando la producción y el consumo, aumentarán los gases de efecto invernadero y las condiciones de vida serán cada vez más dificiles. Así que las soluciones planetarias deben apuntar a modificar a profundidad las bases del sistema económico del capital. Hay que poner límites a las actividades económicas e industriales del sistema capitalista, sobre todo aquellas que atentan contra las condiciones del planeta y la vida de los seres humanos.
Naturalmente que cambiar el sistema capitalista no puede ser por la opción del socialismo, tal como lo hemos conocido hasta hoy. Hay y hubo deterioro ambiental tanto en un sistema como en otro. Un nuevo modelo que sustituya al actual debe privilegiar la cooperación, la solidaridad y lo comunitario, debe reducir las desigualdades sociales y económicas, así como garantizar un reparto de la riqueza con más equidad. El modelo que reemplace al capitalismo debe respetar los límites planetarios conocidos y los que se conozcan en el futuro, sin que ello presuponga afectar la calidad de vida de todos los seres humanos.
Por eso la humanidad está obligada a replantearse sus objetivos y prioridades más inmediatas, ya que en el Capitaloceno no obedece a la naturaleza y sus derechos, sino a los mercados, a las ganancias capitalistas y a los intereses del capital, únicamente. Si no lo hacemos el planeta seguirá convirtiéndose en un lugar inhabitable, hipercontaminado y muy sobrecalentado, gracias a un sistema económico que cada vez acerca a toda la humanidad, al borde de la extinción como civilización. De todos modos, e independiente de si creemos que estamos viviendo en el Antropoceno, Capitaloceno o en última instancia solo en la época del Holoceno, aquí lo importante, lo urgente y primordial es encontrar cuanto antes las salidas o soluciones a las crisis ambientales, ecológicas y climáticas que ponen en riesgo al único planeta del que disponemos.
Cita:
Moore, W. J. (2020). El capitalismo en la trama de la vida. Ecología y Acumulación del Capital. Edición: Traficantes de Sueños.

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