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sábado, 18 de septiembre de 2021

Cintio Vitier: martiano de obra y corazón

 El centenario del nacimiento de Cintio Vitier el 5 de septiembre de 1921 en Cayo Hueso, Estados Unidos, es ocasión propicia para revisar los puntos esenciales aportados por este destacado estudioso de la cultura cubana y en particular de su amplia obra de estudio en torno a José Martí. 

Pedro Pablo Rodríguez / Para Con Nuestra América

Desde La Habana, Cuba


Cintio Vitier y Fina García Marruz
De su padre, Medardo Vitier, siempre interesado por el pensamiento cubano y autor de Martí, estudio integral, título que nos indica su enfoque aglutinador en torno al Maestro, vino para Cintio el impulso para el examen de la filosofía y el pensamiento cubano en general, lo cual siempre acompañó su labor de creación literaria en la poesía, el ensayo y, ya en su madurez, en la narrativa. Además de ser valorado con justeza como personalidad significativa de las letras cubanas, es necesario destacar dentro de su laboreo intelectual su dedicación al estudio de los escritos y las ideas de Martí, de aportes imprescindibles en el campo de estudios acerca de Maestro.

Memoria jubilosa de Cintio Vitier con motivo de su centenario

 Cintio era un sabio, consciente de su valía, pero humilde en su grandeza, como los espíritus verdaderamente superiores. Era un humanista, en todas las acepciones que puede tener esa palabra.

Marlene Vázquez Pérez* / Portal José Martí (http://www.josemarti.cu)


Repasar la trayectoria de un gran hombre a un siglo de su paso por el reino de este mundo, nos conduce inevitablemente a precisar fechas, hitos, encuentros, con el ánimo de perpetuar en el jubileo a que la fecha convoca, sus aportes señeros, hechos en función de sus contemporáneos, pero que generalmente sobreviven al autor. Y si, como reza el aserto bíblico, por sus obras los conoceréis, en el caso de Cintio Vitier, debo decir que mi primera comprensión de su existencia y de su valía intelectual, más allá de alguna noticia en medios de comunicación, fue uno de sus libros. Ese volumen tuvo para mí la cualidad de un descubrimiento, y como tal me deslumbró siendo estudiante y me cautiva hasta hoy. Me refiero a Lo cubano en la poesía (1958), un libro excepcional, porque aúna en sus páginas la sabiduría del exégeta avezado, el afán pedagógico del profesor, el acendrado amor a Cuba de un patriota genuino y el verbo de un poeta original.

sábado, 9 de octubre de 2010

Cintio: el luminoso desafío de ser martiano

En el primer aniversario de la muerte del poeta e intelectual cubano.
Carlos Rodríguez Almaguer / http://la-isla-desconocida.blogspot.com/
Cuando el 18 de septiembre de 1994 aparecía en las páginas de Juventud Rebelde, "Martí en la hora actual de Cuba", era como si el autor de aquellos párrafos arrancara un pedazo de su corazón y lo levantara para que su luz purificara los enrarecidos aires de esta Isla Infinita que, amenazada, bloqueada, vilipendiada, permanecía firme y erguida, empeñada con quijotesca tozudez en no dejar morir las utopías más altas de los Hombres.
Allí Cintio Vitier, su autor, reflexionaba acerca de los destinos de nuestro pueblo y de su más firme asidero en aquellos tiempos de derrumbes, desmerengamientos y apresurados cánticos sobre el final de la historia: “No cometo la ingenuidad de aspirar a que cada ciudadano sea un especialista en la vida y la obra de José Martí, pero sí cometo la ingenuidad (fuerza del espíritu en que siempre he creído) de aspirar a que cada cubano sea un martiano. Y si llega a serlo aunque solo haya alcanzado una escolaridad de noveno grado (…), y aunque se dedique a las tareas más disímiles, ¿llegará a ser algún día un marginal de la patria, un irresponsable, un antisocial? ¿No es Martí suficiente vacuna contra esos venenos ambientales? ¿No es Martí capaz de hacer de cada cubano, por humilde e iletrado que sea, un patriota? ¿No es capaz de inspirarle resguardo ético, amor profundo a su país, resistencia frente a la adversidad, limpieza de vida?”
Han pasado dieciséis años desde este desgarrador cuestionamiento. Otras son hoy las condiciones y también los peligros a que se enfrenta Cuba, sin embargo, cada una de estas interrogantes sigue en pie como si hubiese sido cincelada en el más resistente granito. Se cumple también el primer año de viaje de aquella alma suprema que nos enseñó no solo con su palabra y sus escritos, vibrantes y conmovedores, sino, y sobre todo, con su propia vida, porque fue hijo, compañero, amigo, padre, esposo, leal y amorosísimo; ciudadano ejemplar de una república a la que sirvió tanto con la vida pública como con la privada—como exige Martí—hasta formar parte indisoluble de ese corpus ético en que la patria, como tal, consiste.
De aquellas preguntas en apariencia ingenuas, surgió un milagro que habrá de perdurar si somos leales como Cintio: los Cuadernos Martianos, que con el concurso de todo el pueblo se imprimieron en esos años de escaseces tremendas para que no le faltara a ningún maestro en su labor educativa la palabra de aquel hombre más puro de la raza que lo sufrió todo para enseñarnos cómo debe vivir y morir un cubano. Desde la primaria a la universidad, la selección de Cintio fue exhaustiva, y en ella palpita un Martí que además de enseñar, invita a asumir y a compartir un sentido de la vida donde puede alcanzarse la plenitud del ser en el ejercicio cotidiano de la virtud, sin importar el lugar que hayamos decidido ocupar en la sociedad.
En este primer aniversario de su muerte, quiero recordarlo alegre como un niño, riendo en su descomunal y conmovedora sencillez, cuando el 18 de mayo de 2008 los jóvenes cubanos le entregamos, junto a su inseparable Fina, la estatuilla del Martí Acusador, en el homenaje que le rindió a ambos el Movimiento Juvenil Martiano, por la obra de toda la vida.
Y cada día al levantarnos, debiéramos los cubanos todos recordar aquellas sus palabras en Vida y Obra del Apóstol José Martí: “Lo que Martí propone, en suma, es una revolución íntegra del ser que, girando sobre el eje del sacrificio y la justicia, conduzca a la historia hacia la cabal integración de todos los derechos y potestades del hombre, y a cada hombre hacia el enfrentamiento con el sentido último de su vida y de su muerte. Ante esa proposición, que reviste los caracteres de un desafío, cada uno de nosotros, según sus luces y su conciencia, tiene la palabra.”

sábado, 3 de octubre de 2009

Dos revelaciones, un temblor

En homenaje al poeta cubano Cintio Vitier: 1921-2009

“Este mundo ¿será ya el otro?”, se preguntaba Cintio en un poema. Su concurrencia humana incluye la resurrección.
Froilán Escobar / Especial para CON NUESTRA AMÉRICA
(Fotografía: Fina García y Cintio Vitier, tomada de LA JIRIBILLA)
No sé quererlos por separado. A Cintio y a Fina siempre los imagino juntos, llenos de José Martí, acompañándolo por un camino que vericuetea bajo la tarde entre el cielo y las palmas. Buscan en la historia, en la fulgurante insularidad, en la esencia gozosa de lo cubano. La poesía en ellos es fe, fuente, raíz, unidad plena del ser, justicia. Los religa, los une, los ampara. Los pone a sonreír una misma sonrisa de júbilo y celebración. Centro de revelación y temblor. Lo estético entrañado en lo ético, del lado de los que defienden. Desde que los conocí, allá por los años 60, no concibo entre ellos un límite. Sus dos cuerpos se suman, se enlazan. Ellos no se separan. El amor es hambre, vocación de encuentro, alimento de ángeles, acto compartido. Para Cintio, los labios de ella “han dicho todas las palabras que adoro”. Y para Fina: “Lo que él siente, es exactamente lo que siento yo” [...] “Tú sabes que nosotros somos de un pájaro las dos alas”. El ser y el estar de ellos se confunde en uno solo. Sin embargo, son dos poetas de voz personalísima cuya obra corre por la literatura pero desemboca en la realidad. No importa si poema o ensayo, carta, nota, estudio o entrevista. Cintio funda un universo de participación, donde lo cerrado y lo abierto dejan de ser herida que no halla cicatriz. Fina un murmullo íntimo, lúcido, de diálogo casi familiar, que proyecta sentido hacia la profundidad del silencio. San Juan de la Cruz va con ella; con él va Vallejo. Con los dos van los místicos españoles, va Juan Ramón, Gabriela Mistral, José Lezama Lima. Martí está siempre. Lezama no se les separa nunca. Tampoco Gabriela, María Zambrano, Juan Ramón. Son sus formadores. Bienaventurados los que hacemos este homenaje, porque además de sus maestros, ellos van con nosotros. Con ellos aprendimos que los saberes no bastan. Para Fina y Cintio toda revelación es apenas atisbo, presencia que se vislumbra apenas. Aunque lo que se diga sea solo un pellizco sonoro, algo con apariencia de nimiedad, lo que logran atisbar con la palabra es, paradójicamente, aun mayor que lo que tenían que decir. Por eso su diálogo no acaba. Están naciendo en cada momento. “Este mundo ¿será ya el otro?”, se preguntaba Cintio en un poema. Su concurrencia humana incluye la resurrección.

Cintio, ese sol del mundo moral

Ahora que Cintio llega a ese reposo iluminado que llaman eternidad, es posible avizorar que entra definitivamente “en el cuerpo del alma” de la cultura cubana. Otras generaciones sabrán apropiarse de su legado ético e intelectual. Desde mi tiempo y lugar puedo decir que, también gracias a Cintio, "Yo es otro".
Rolando González Patricio/ LA JIRIBILLA
Encontré a Cintio Vitier, pero no pude sospechar su huella. Andaba en mi descubrimiento de la poesía, en medio del batey —con su irrumpir de locomotoras, el olor a cachaza y la lluvia seca del bagacillo—, cuando alcancé a leer su traducción de las Iluminaciones, de Rimbaud. Apenas podía entonces, a punto de remontar la adolescencia, ir a fondo en la idea de la alteridad del yo, pero Cintio me la puso en frente al subrayar “Yo es otro”.
En los días universitarios nos cruzamos muchas veces en la Biblioteca Nacional, solo que al principio no podía identificarlo porque la televisión no lo había descubierto todavía. Luego sabía que era él, pero nunca me permití interrumpirlo, aunque ya andaba yo buceando en sus ensayos martianos.
Un día, del otro lado del Atlántico y de la línea del Ecuador, luego de una tormenta en medio de la geografía angolana, rescaté y devoré un ejemplar de Lo cubano en la poesía. El resto de su obra, en prosa y en verso, me llegaría después, aunque menos demorada que Ese sol del mundo moral, aquel libro fundamental cuya edición cubana se retrasó durante los años que pudo sostenerse la incultura o los resabios de algún administrador cultural.
Acabado de regresar de Angola, cuando apenas comenzaban los años 90, y tanto él como Fina habían recibido el Premio Nacional de Literatura, compartimos más de una tarde la cola infinita de La Cocinita, aquella cafetería que en el extremo bajo de la calle Paseo solo ofertaba entonces hamburguesas y refrescos. Siempre me mantuve a distancia, aunque fuera a unos pasos, y al mismo tiempo me sentía cerca. Atrapado en su imantación, el día que recibí mi primera categoría como investigador, a punto de ingresar al Centro de Estudios Martianos, acepté acompañar a Ismael González (Manelo) e Ibrahim Hidalgo cuando fueron a visitarlo al hospital. Creo que esa tarde nació la amistad que venía, porque a su estatura intelectual le descubrí la extrema amabilidad y un humor que no le faltaba aún en plena convalecencia.
El trabajo quebró la distancia, y por más de diez años compartí el privilegio de su magisterio y el de Fina. Si grande es para nosotros su aporte intelectual, para los que le tuvimos cerca no es menor su obra ética. Una obra que no está en libros ni en discursos pero queda escrita para siempre en la coherencia de sus actos. No es posible olvidarlo. El jovencito que cambió el violín por la pluma, el poeta del Grupo Orígenes, el amigo de Eliseo y Lezama, el abogado que prefirió ejercer como profesor en la Escuela Normal para Maestros de La Habana, supo ser parte de la marea de la Revolución, aunque algún que otro lunes recibiera una estocada en la espalda.
Junto a las armas del talento, plasmado en su obra literaria, y la entrega a la dirección de la Revista de la Biblioteca Nacional y del Anuario Martiano, aunque no quepa en las biografías literarias, es preciso recordar la manera en que, al filo de los 50 años, el poeta empuñó el machete en la zafra histórica del 70. Cómo olvidar a quien supo ponernos frente a frente a Martí en la difícil hora de Cuba, en el verano de 1994; y luego seleccionó aquellos textos del Maestro que mejor pueden acompañar cada etapa de la educación de niños y jóvenes cubanos; y cuando las finanzas no eran suficientes para imprimir los Cuadernos Martianos, se desprendió con Fina de aquella pintura entrañable valorada en decenas de miles de dólares para donarlos todos al servicio de aquel programa ético y cultural.
Cómo no recordar siempre la gestión y la voz del diputado Cintio Vitier, en sesiones como aquella en la cual enmendó el proyecto de Ley de medio ambiente, al arremeter contra la contaminación sonora, o las charlas con jóvenes, no necesariamente intelectuales, a quienes al hablarles de Martí jaraneaba diciendo que les martirizaba. Era el mismo espíritu de jiribilla que ante la interrogante de cómo se sentía de cierta dolencia, afirmaba: “Me siento bien, pero me levanto con dificultad”.
La grandeza es humilde, y él supo conquistar esas cimas. Atesoro las dedicatorias en varios de sus libros, aunque tal vez ninguna alcance, para mí, la entrañable memoria de la invitación a compartir su conferencia sobre el Martí diplomático, en el Ministerio de Relaciones Exteriores, cuando yo apenas había publicado mi primer libro. Igualmente guardo la nota que me escribieran ambos el día que mi madre dejó de existir. En su tumba quedaron las flores de la familia y las que enviaron, a cientos de kilómetros, Fina y Cintio.
Ahora que Cintio llega a ese reposo iluminado que llaman eternidad, es posible avizorar que entra definitivamente “en el cuerpo del alma” de la cultura cubana. Otras generaciones sabrán apropiarse de su legado ético e intelectual. Desde mi tiempo y lugar puedo decir que, también gracias a Cintio, Yo es otro.