Ortega ha esgrimido el antiimperialismo y lo ha usado para ganar hegemonía haciendo uso del aforismo de Ignacio de Loyola de que “en fortaleza asediada cualquier disidencia es traición”. He aquí la conexión entre el asedio imperial y el autoritarismo de Ortega.
Carlos Figueroa Ibarra / Para Con Nuestra América
Desde Puebla, México
El 15 de febrero del año en curso el gobierno nicaragüense despojó de su nacionalidad a otros 94 opositores, medida que se agrega a otra similar que desterró y despojó de su nacionalidad a 222 presos políticos. Al destierro y su condición de apátridas, a los 316 adversarios del régimen Ortega-Murillo se les agrega ahora el que sus bienes serán confiscados por el gobierno. El cargo para tan severas penas es la acusación de “traidores a la patria”. Al enterarme de esta acusación, recuerdo el malestar que cundió en México y en un sector importante de Morena, cuando un grupo de diputados de dicho partido impulsó una similar acusación contra los diputados y senadores de la derecha. Me refiero a los que bloquearon la reforma constitucional impulsada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, la cual buscaba el control público de la industria eléctrica. La iniciativa de declararlos traidores a la patria pronto fue desechada por la antipatía que generó entre partidarios y adversarios de la Cuarta Transformación.
