sábado, 1 de agosto de 2026
Cuba y la solidaridad antiimperialista
sábado, 31 de enero de 2026
José Martí contra la dictadura imperialista
sábado, 16 de agosto de 2025
El antimperialismo martiano: geopolítica en Nuestra América
sábado, 24 de mayo de 2025
El legado antiimperialista de José Martí, a 130 años de su caída en combate
La caída en combate de José Martí, el 19 de mayo de 1895, no fue un acto de heroísmo aislado a favor de la independencia de Cuba, fue, sobre todo, la expresión más acabada de su coherencia entre prédica y acción. Moría también en pos de su ideal nuestramericano y antillanista, en una guerra que no solo se proponía liberar dos islas, sino equilibrar un mundo.
Marlene Vázquez Pérez / Cubadebate
sábado, 25 de febrero de 2023
Daniel Ortega y el antiimperialismo
sábado, 14 de enero de 2023
Un pensamiento crítico latinoamericano para la unidad estratégica contra el imperialismo
sábado, 7 de enero de 2023
Fidel, la Revolución Cubana y el antiimperialismo
sábado, 9 de julio de 2022
Papa Francisco, bendícenos con tus bendiciones antiimperialistas
sábado, 1 de febrero de 2020
José Martí antiimperialista
sábado, 27 de agosto de 2016
Evo le mete los dedos a los ojos del Imperio
| Evo Morales en la inauguración de la Escuela Militar Antiimperialista. |
sábado, 19 de marzo de 2016
Obama en Cuba antiimperialista
sábado, 20 de junio de 2015
El antimperialismo guevariano
sábado, 21 de marzo de 2015
El antiimperialismo latinoamericanista en esta hora
sábado, 1 de marzo de 2014
Sentir y pensar el antiimperialismo
sábado, 9 de noviembre de 2013
Hace 8 años se derrotaba el ALCA
sábado, 8 de junio de 2013
Siria, un auténtico riesgo
sábado, 5 de mayo de 2012
Argentina: Intelectuales antiimperialistas apoyan recuperación de YPF y plantean ir por más soberanía
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| La presidenta Cristina Fernández ha recibido un masivo apoyo en la lucha por la renacionalización de YPF. |
sábado, 17 de marzo de 2012
Un tributo a los 45 años de la revista Tricontinental
Como espina atravesada en la garganta del águila imperial, la revista Tricontinental continuará oponiéndose a los planes de Estados Unidos y sus aliados para derrocar a los gobiernos progresistas y revolucionarios que no responden a sus intereses.
Reinaldo Morales Campos* / Especial para Con Nuestra América
Desde La Habana, Cuba
Desde hace 45 años, oponiéndose a los planes de dominación imperialista, haciendo historia, defendiendo cultura y expresando solidaridad con los pueblos, anda por el mundo la revista Tricontinental; órgano teórico de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), surgida por acuerdo de los participantes en la “Conferencia Tricontinental de los pueblos de África, Asia y América Latina”, que con la evidente convicción proclamada el 4 de febrero de 1962, en la Segunda Declaración de La Habana, de: “… esta gran humanidad ha dicho: «¡Basta!» y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes, ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia”; se efectuó en La Habana del 3 al 15 de enero de 1966.
Depositaria de un perfil editorial fraguado por lo expresado en el Mensaje del Che a la Tricontinental, publicado el 16 de abril de 1967, la revista Tricontinental surgió en un momento muy significativo para la lucha revolucionaria; el contexto histórico de su aparición no pudo ser más oportuno para darle una contundente respuesta a la criminal política imperialista.
viernes, 9 de septiembre de 2011
La barbarie de los 11 de setiembre
Como imagen publicitaria producto del dominio de los grandes medios estadounidenses, el 11 de septiembre se nos ha vendido como metáfora representativa del pensamiento único neoliberal. Es una narrativa que pretende reducir al mundo a un orden de batalla entre los “buenos”, los capitalistas, y los “malos”, todos los que de una y otra manera difieran de su visión del mundo hecho a imagen y semejanza del capital.
Carlos Rivera Lugo / Especial para Con Nuestra América
Desde Puerto Rico

¿Qué tenemos que ver los habitantes de Nuestra América con el 11 de septiembre? En todo caso, mi memoria histórica acerca de esa fecha no empieza con el ataque terrorista en el 2001 contra las torres gemelas del “World Trade Center”, sino con el criminal asalto militar de 1973 contra La Moneda, la casa presidencial chilena. Poco más de tres mil vidas inocentes fue el “daño colateral” de la primera, anunciada por sus perpetradores como “el golpe de Dios Omnipotente” contra uno de los órganos vitales del “mal”. Mientras, el saldo brutal de la segunda fue sobre 30,000 vidas, incluyendo la de su heroico presidente Salvador Allende, víctimas también de otra cruzada fundamentalista: el anticomunismo.
Ambos acontecimientos septembrinos desembocaron en la instauración de regímenes de hecho despreciadores de los derechos humanos y abocados a la desposesión de los más en beneficio de los menos. En el caso del violento fin de la democrática vía chilena al socialismo, así como de la guerra contra el terror desatada hacia dentro y hacia fuera de Estados Unidos, ambas sirvieron de vehículo para la legitimación de nuevas estrategias de control y dominación fuera de todo marco legal. Propiciaron también la intensificación de la aspirada sumisión de la vida toda bajo las lógicas neoliberales del capital.
Como imagen publicitaria producto del dominio de los grandes medios estadounidenses, el 11 de septiembre se nos ha vendido como metáfora representativa del pensamiento único neoliberal. Es una narrativa que pretende reducir al mundo a un orden de batalla entre los “buenos”, los capitalistas, y los “malos”, todos los que de una y otra manera difieran de su visión del mundo hecho a imagen y semejanza del capital. Quién no está con los autoproclamados “buenos”, tiene que estar objetivamente con los “malos”, sentenció el tejano George W. Bush, quien fungía de mandatario de los yanquis en ese momento. Y los “malos” son culpables por naturaleza de sus fines, lo que justifica incluso su tortura, desaparición o ejecución sumaria y extrajudicial. Los “condenados de la tierra” son invisibilizados o deshumanizados bajo este maniqueísmo imperial.
Como bien nos señala el economista Franz Hinkelammert, con el 11 de septiembre se colapsaron nuestras coordenadas del bien y el mal. En su lugar, se impuso la perversa estrategia imperial de la guerra total, sin límites, y sin coordenadas claras acerca del bien y del mal. El único criterio legitimador en adelante sería la fuerza y la eficacia de sus efectos, por más deshumanizantes que sean.
Sin embargo, mi memoria histórica sigue resistiéndose a los simplismos ideológicos. Me trae a la mente esos otros “11 de septiembre” que han marcado mi consciencia, por lo menos en el último medio siglo. Los bombardeos criminales de Estados Unidos sobre Hanoi y todo el territorio vietnamita, incluyendo el uso de armas químicas de destrucción masiva. Murieron sobre 3 millones de vietnamitas, de los cuales 2 millones eran civiles. Igualmente recuerdo la aniquilación en 1989 -con, entre otras cosas, el bárbaro napalm usado en Viet Nam- del barrio Chorillos de la Ciudad de Panamá, donde murieron 10,000 civiles panameños como resultado de la ilegal invasión militar estadounidense.
Las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán, y la no declarada en Pakistán, han dejado igualmente cientos de miles de muertos, en su mayoría civiles. Continúa operando, con absoluta impunidad, el campo de concentración estadounidense en Guantánamo. La Corte Penal Internacional saca pecho para investigar y condenar los delitos de los “malos”, mientras condona los crímenes de los “buenos”. Bush y su vicepresidente Cheney admiten y defienden públicamente sus crímenes y nadie su inmuta. Quien sumisamente le ha dado continuidad a las políticas criminales de éstos, el presidente Barack Obama, la Academia Sueca le otorga el Premio Nobel de la Paz. Y con ese premio en mano, ha agredido a Libia y producido allí, junto a sus aliados europeos, otro violento e ilegal “cambio de régimen”, con su secuela abismal de muertos.
Huelga decir que la barbarie hace ya tiempo nos ha ido arropando. El ser humano se ha visto reducido a mero medio desechable. Habría que refundar la propia civilización para que vuelva a ser fin bajo unos fundamentos éticamente comunes, es decir, incluyentes, sobre el bien y el mal o, mejor aún, más allá del bien y del mal como categorías absolutas impuestas por los poderes establecidos. La comunista alemana Rosa Luxemburgo tuvo razón. En ausencia de la sociedad del poder y bien común, lo que podemos esperar es la barbarie.
Durante los pasados diez años igualmente somos testigos de otra manifestación de la barbarie anunciada: la decadencia de los centros imperiales de Estados Unidos y Europa, con sus elites políticas agotadas y desacreditadas, así también sus economías de mercado, sumiéndose en el decrecimiento real de sus fuerzas productivas y el incremento significativo de sus desigualdades, producto de la avaricia sin fin de sus elites económicas. Ya no sólo enfrentan problemas de gobernabilidad, sino algo peor: la inviabilidad bajo el actual orden civilizatorio capitalista. Contra ello, se levanta un rayo de esperanza: la indignación organizada para la articulación de un modo alternativo de vida común.
En ese sentido, desde la América nuestra ha surgido las más importantes expresiones de cambio con implicaciones antisistémicas. Desde Chile, parece por fin despertarse su pueblo de la larga noche neoliberal impuesta por Pinochet y los Chicago boys, y revalidada por una desconcertada y timorata izquierda oficialista. Convocada por sus estudiantes y su juventud, aquella que nada tiene que perder excepto las cadenas heredadas de la dictadura del capital, ha puesto por fin sobre el tapete la superación del modelo neoliberal y su sistema de valores basado en el lucro privado y excluyente sin fin.
Por otra parte, jalonada hacia la izquierda a partir de los influyentes cambios vividos en la última década en Venezuela, Bolivia y Ecuador, sin hablar de Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil, sin olvidarnos de Nicaragua y la revolucionaria Cuba, avanza la región en la articulación de su largamente deseada y esperada desconexión de las decadentes economías imperiales de Estados Unidos y Europa, y la consiguiente potenciación e integración solidaria de sus respectivas sociedades y economías.
Sólo México, con sus más de 12 millones de nuevos pobres y sobre 40,000 muertos, en la última década, producto de la guerra impuesta contra el narcotráfico, resalta como la gran excepción. En su caso, la barbarie ha estado determinada, en última instancia, por la creciente dependencia neocolonial bajo el régimen integracionista que comparte con Estados Unidos, el mismo que ha admitido armar a los carteles que suplen la demanda por estupefacientes a su alienada sociedad. Si algo enseña el caso de México es que el futuro de Nuestra América no se labra hoy mirando al Norte, sino en todo caso hacia nosotros mismos.
Los yanquis parecen vivir al margen de la historia de la pasada década. Se me parecen a los cruzadistas cristianos del siglo XIII que, en palabras de un cronista árabe: “Proceden con tanta impetuosidad, como las polillas de la noche que vuelan a la luz”. Peor aún, parecen emular las palabras del tristemente célebre Goebbels –el gran propagandista fascista- poco tiempo antes de la caída de la Alemania hitleriana: “Si tenemos que abandonar el teatro del mundo, vamos a tirar la puerta de una manera tal, que el universo tiemble”.
El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño “Claridad”.
sábado, 14 de mayo de 2011
El antiimperialismo como necesidad vital
Ser antiimperialistas es una necesidad vital no solo en América Latina sino, también, en todo el llamado Tercer Mundo. No se trata de una reivindicación romántica ni de rémora de un pasado superado, sino que es casi el resultado de un impulso de supervivencia frente al avasallador e inescrupuloso avance del saqueo.
Artículo relacionado: “Los peligros de la arrogancia del imperio”, de Leonardo Boff
Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica
rafaelcuevasmolina@hotmail.com
Reciclados y agiornados ven como remanente del pasado la noción de imperialismo para caracterizar el estadio de desarrollo del capitalismo contemporáneo. Caracterizan de “dinosaurios” a los que insisten en ver su presencia en el contexto de la era de la globalización, como si ambos fueran procesos distintos con dinámicas diferentes.
Mientras tanto, los Estados Unidos y sus socios de la OTAN hacen de las suyas por el mundo, haciendo prevalecer sus intereses, que es prácticamente lo mismo que decir los intereses de las grandes transnacionales.
Son especiales receptores de la dilecta atención de las huestes imperialistas los Estados en los que existen recursos naturales necesarios para continuar alimentando el predatorio “desarrollo” que esquilma al planeta.
Encabezan la lista los afortunados que poseen reservas petrolíferas en su subsuelo. De ella solo se salvan los que no tienen veleidades nacionalistas o “populistas”, como Arabia Saudita. Los otros deben dormir con un ojo abierto, no vaya a ser que, de pronto, se descubra que apoyan al terrorismo internacional y se ponga en marcha una blietzkrieg que no deje títere con cabeza.
Los otros que deben estar atentos son quienes, por razones geopolíticas, les toca en suerte vivir en una zona que es, por alguna razón, de vital importancia para la potencia imperialista. En Centroamérica, por ejemplo, territorio que por su cercanía al coloso del norte ve encadenado a él su destino, el expresidente Manuel Zelaya puede dar fe de que la tal blietzkrieg a veces no le deja ni a los más altos dignatarios de la nación quitarse el pijama para aparecer en público ante los medios de comunicación.
Enredados en los avatares de la crisis que los agobia, los europeos se han puesto las pistoleras de cowboy y se erigen en “árbitros” en los acontecimientos que tienen lugar en los países árabes. Imperialista de segundo orden, en franca decadencia pero imperialista al fin, Francia se asegura el petróleo de de Gabón apoyando a Omar Bongo, que lleva 40 años en el poder. En toda la Françafrique, término acuñado por François-Xavier Verschave, campea la corrupción económica y política impulsada desde París. Alemania, locomotora de la economía europea, pone sus condiciones económicas y políticas para “salvar” a quienes, enredados en los mecates de la crisis de los grandes bancos y especuladores financieros, han caído en el default y deben acudir, como viles tercermundistas, al Fondo Monetario Internacional.
Inténtese tener una pizca de independencia frente al diktat imperialista y le lloverá todo tipo de atropellos y vesanias. Cuba y Venezuela son casos ejemplificantes en América Latina. No se deja oportunidad para “probar” que sus dirigentes son narcotraficantes, soportes del terrorismo, corruptos enriquecidos, autócratas maníacos, locos de atar que deberían estar en un manicomio y no recibiendo el beneplácito de sus conciudadanos que, tercos, insisten en llevarle la contra a los intereses imperialistas en la región que, repetimos, son los de los grandes emporios financieros.
Ser antimperialistas es, por lo tanto, una necesidad vital no solo en América Latina sino, también, en todo el llamado Tercer Mundo. No se trata de una reivindicación romántica ni de rémora de un pasado superado, sino que es casi el resultado de un impulso de supervivencia frente al avasallador e inescrupuloso avance del saqueo. Se trata de un antimperialismo que ya se había manifestado en América Latina desde los años 20 del siglo pasado, y que debe asociarse a un concepto de nación que ve en la América “saxona” (como se decía entonces) una amenaza. Este nacionalismo antimperialista, erigido en bandera por Augusto César Sandino entre 1927 y 1934 en Centroamérica, ha logrado, por primera vez en nuestra historia, erigirse en norte de iniciativas y políticas que apuestan por la integración, la unidad o la colaboración sur-sur.
Solo unidos tendremos alguna oportunidad.











