sábado, 1 de septiembre de 2012

Institucionalismo y populismo

Cuando nuevas fuerzas sociales irrumpen en la arena histórica, habrán necesariamente de chocar con el orden institucional vigente que, más pronto o más tarde, deberá ser drásticamente transformado. Esta transformación es inherente a todo proyecto de cambio profundo de la sociedad.

Ernesto Laclau / Tiempo Argentino

El discurso corriente de los sectores conservadores (pero no sólo de ellos), se funda en una oposición sumaria entre institucionalismo y autoritarismo. El autoritarismo sería sinónimo de arbitrariedad, y sus connotaciones peyorativas son evidentemente tautológicas: ¿Quién podría estar a favor del autoritarismo y la arbitrariedad? Por contraposición, el institucionalismo sería un talismán sagrado que garantizaría por sí mismo las virtudes republicanas y las políticas sensatas que fluirían de ellas. El segundo paso en este tipo de argumentación es inscribir otros términos y referencias en uno u otro polo de la oposición básica. El término "populismo" entra muy rápidamente en esta enunciación enumerativa y evaluativa como parte integrante, ni qué decirlo, del polo autoritario. Si el institucionalismo se presenta como condición necesaria de toda política coherente y racional, el populismo aparece, por el contrario, como el reino de la manipulación demagógica, del personalismo y de la arbitrariedad. Poner en cuestión este dualismo simplista requiere, por tanto, deconstruir las lógicas internas con las que sus dos polos han sido constituidos.

Los problemas de la democracia

Esa vigilante preservación de la democracia es un rasgo importantísimo del que algunos líderes han llamado “socialismo del siglo XXI”, que es un socialismo que coexiste con un capitalismo que en estos casos, ya no avanza libremente por un camino depredador, sino que tiene el control del estado popular.

Guillermo Rodríguez Rivera / Segunda Cita (Cuba)

La democracia moderna se desarrolló en tensión 
entre sus contenidos emancipadores y su 
instrumentalización por parte de los poderosos.
El nombre del régimen seguramente se remonta a la Atenas del siglo VI a. d. C., cuando el aristocrático gobierno de los eupátridas fue reemplazado por el de los ciudadanos de Atenas. Clístenes, de origen aristocrático, se enfrenta al tirano Pisístrato, a quien apoyaban los nobles y eso le hace buscar apoyo en los ciudadanos comunes, en lo que se llamaba el demos. Aparece entonces el gobierno del pueblo, del demos: la democracia.

Tanto Clístenes como su gran sucesor, Pericles, que gobernó casi todo el siglo siguiente, que se conoce en su honor como siglo de Pericles, buscaron la mayor participación posible de los ciudadanos. Una y otra vez, Pericles fue reelegido como estratega, que era el ateniense que guiaba los destinos de la ciudad-estado.

La democracia ateniense fue una democracia esclavista que, además, discriminó a las mujeres. Atenas aumentó su poder a partir de la opresión a otras ciudades.

Los Estados Unidos reclaman ser los fundadores de la primera democracia moderna pero, en verdad, su democracia se ha parecido mucho a la antigua democracia esclavista e imperial.

Las últimas trincheras

Al contrario de lo que pretende el neoliberalismo, el mundo sólo es lo que es porque nosotros queremos. Puede ser de otra manera, si nos lo proponemos. La situación actual es tan grave que es necesario tomar medidas urgentes, aunque sea pequeños pasos. Esas medidas varían de país a país y de continente a continente, pese a que es indispensable articularlas cuando sea posible.

Boaventura de Sousa Santos /  Página12

¿Quién podría haber imaginado hace unos años que partidos y gobiernos considerados progresistas o de izquierda abandonarían la defensa de los derechos humanos más básicos, por ejemplo el derecho a la vida, al trabajo y a la libertad de expresión y de asociación, en nombre de los imperativos del “desarrollo”? ¿Acaso no fue a través de la defensa de esos derechos que consiguieron el apoyo popular y llegaron al poder? ¿Qué ocurre para que el poder, una vez conquistado, vire tan fácil y violentamente en contra de quienes lucharon por encumbrar ese poder? ¿Por qué razón, siendo el poder de las mayorías más pobres, es ejercido en favor de las minorías más ricas? ¿Por qué es que, en este aspecto, es cada vez es más difícil distinguir entre los países del Norte y los países del Sur?

sábado, 25 de agosto de 2012

Guatemala: Se condena a uno de los asesinos mayores

El conflicto guatemalteco de los años 80 desató los más bajos instintos de quienes, no sabiendo cómo gobernar por otras artes que no fueran las de la represión, cometieron algunos de los peores crímenes de lesa humanidad que conoce la historia contemporánea de América Latina. Por eso es tan importante la condena del exjefe de polícía Pedro García Arredondo.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

 García Arredondo, exjefe de policía de Guatemala.
El 23 de agosto pasado, el Tribunal Primero A de Alto Impacto de Ciudad de Guatemala, condenó a Pedro García Arredondo, ex Jefe del Sexto Cuerpo de la Policía Nacional, a 70 años de prisión por considerarlo el máximo responsable de la desaparición de Edgar Sáenz Calito en 1981, quien era estudiante de agronomía en la Universidad de San Carlos de Guatemala.

El caso de Edgar Sáenz Calito no es sino uno de los muchos que se le pueden achacar a Pedro García, quien fue uno de los principales protagonistas de la peor era del terror de Guatemala. Junto a Donaldo Álvarez Ruíz (ministro de Gobernación), Germán Chupina (director de la Policía Nacional) y Manuel de Jesús Valiente Téllez (jefe de la Policía Judicial), constituyeron una verdadera camarilla represiva que operaba principalmente en las áreas urbanas del país,  mientras el Ejército se dedicaba al trabajo en el área rural en donde cometió un verdadero genocidio.

América Central: La opción por las soluciones de fuerza

Impenitentes, los grupos dominantes de América Central no aprenden las lecciones y, una vez más, abren las puertas del  peligroso  camino de las soluciones de fuerza: ese que tantas vidas segó en décadas pasadas y cuyo legado se niega a abandonar estas tierras.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

Policías y militares conformarán el comando
de élite Tigres, en Honduras.
Atrapada entre dinámicas geopolíticas que tienen a México y Colombia como epicentros, y al crimen organizado y al narcotráfico como justificaciones, América Central ha conocido en los últimos años un aumento de la presencia militar de los Estados Unidos y de su carácter intervencionista: quizás sin los gestos de fuerza del pasado, pero con mayor eficacia en su penetración. Así lo confirma, por ejemplo, la presencia de 172 marines estadounidenses en Guatemala, desde mediados de agosto de este año y hasta por cuatro meses más, al amparo de una operación multinacional contra el narcotrático (Operación Martillo); o bien, el otorgamiento, en 2010, de un permiso por parte del gobierno y la Asamblea Legislativa de Costa Rica para el eventual atraque en puertos nacionales de 46 buques de guerra, 200 helicópteros y hasta 7 mil marines.

Este movimiento estratégico norteamericano, que tiene que ver tanto con cuestiones de la llamada “seguridad nacional”, como con la afirmación de su hegemonía en la región en tiempos de crisis, tiene en la permisividad de la clase política y en el avance de la “cultura del Estado fallido”, a sus principales aliados. Una entente cordiale que se expresa ya en  peligrosas tendencias de alcance regional, con importantes implicaciones para las dinámicas sociales y políticas en América Central.

Panamá: Las transformaciones en curso y la transformación educativa

Todo indica que la transformación de la educación será parte integrante de la transformación que ya demandan el Estado y el Gobierno de la Nación, o no será. Y es que, en efecto, lo que nuestra sociedad tiene ante sí es el problema político - en el más amplio y rico sentido del término - de hacer posible lo que ya es percibido como necesario por todos y cada uno de sus sectores: que la transformación educativa ya es un problema de interés general para la sociedad entera.

Guillermo Castro H. / Especial para Con Nuestra América

En el análisis de la formación y las transformaciones de las sociedades tienen especial importancia dos tipos de proceso histórico distintos, pero estrechamente relacionados entre sí. El primero corresponde a los procesos organizados en torno a estructuras de larga duración. Tal es el caso, por ejemplo, de las estructuras derivadas de la función de tránsito desempeñada por el territorio de Panamá en la formación y desarrollo del mercado mundial desde el siglo XVI. El segundo corresponde a las fases de transición entre momentos distintos de aquel proceso mayor. A lo largo de estas transiciones – cuya duración no suele exceder una o dos generaciones -, los elementos de la vida social cambian a ritmos con frecuencia muy desiguales, dejan de ser lo que habían sido, y terminan por desembocar en estructuras generales de una calidad distinta a la precedente.

Nuestra sociedad ha atravesado ya por procesos de ese tipo. Uno ocurrió a lo largo del siglo XVI, cuando el Istmo transitó desde una situación de desarrollo humano separado del mercado mundial, a otra de desarrollo integrado al de ese mercado. Otro ocurrió durante el período de adhesión a la Gran Colombia, que podría ser considerado el de nuestra transición desde la condición de dominio de la Corona española a la de Estado nacional independiente. Y otro más está ocurriendo en estos momentos, cuando sin dejar de ser un país de tránsito, transitamos (justamente) hacia formas nuevas de organización y desarrollo de esa esa función.

El consenso en torno a la militarización de Panamá

El debate en torno a la violencia en Panamá toma cada día más aristas y son más los que incursionan con sus opiniones sobre el tema. Es urgente que este debate salga de las manos de las autoridades gubernamentales y sus mentores norteamericanos. Si no se procede de una manera independiente y seria, la situación puede volverse inmanejable.

Marco A. Gandásegui, h. / ALAI

Leí recientemente el artículo de Daniel Delgado D. sobre la búsqueda de un consenso para la seguridad del país, bien plantado y coherente. Sin embargo, cae en el error metodológico que lo lleva a conclusiones ajenas a la realidad. Delgado plantea que "algunos culpan (la falta de seguridad) al crimen organizado, sin definir en qué consiste y darle una cara identificable. Otros al narcotráfico y a su incidencia, por la colaboración de las bandas y pandillas que se convierten en sus sicarios. Los académicos culpan a la ausencia de políticas de seguridad por parte del Gobierno e incluso a la violencia doméstica como causas de la inseguridad".

Hace varios años hemos insistido en que el problema de la llamada inseguridad y sus causas tenemos que buscarlas en otro lado. Tenemos que buscarlo en la misma estructura social del país. Estructura que es producto de nuestras propias políticas, concientes y también no tan concientes. Desde hace dos décadas que los "líderes" del país legislan para generar inseguridad en el país. Por un lado, las leyes que se aprueban socavan la estabilidad de nuestras instituciones sociales y, por el otro, tienden a corromper a las autoridades.

En el umbral de una bomba atómica diplomática

Contra Siria y Ecuador se han creado precedentes que cuestionan el derecho internacional y que suponen el uso de la fuerza por encima del imperio de la ley. Sólo la unidad de nuestros pueblos y la irrevocable decisión de defender la paz y la justicia nos permitirán salvar al mundo de la guerra y la barbarie a la que nos quiere conducir la putrefacción de un modelo imperial en crisis.

Sergio Rodríguez Gelfenstein / Especial para Con Nuestra América
Desde Caracas, Venezuela

El Derecho Internacional es el conjunto de normas, reglas y principios que ordenan el funcionamiento de los distintos sujetos. Aunque el sistema internacional es estadocéntrico, hoy se acepta que además de los Estados hay otros actores que se le reconoce tal calidad de acuerdo a tratados, convenios, pactos y otros documentos que se suscriben en el ámbito bilateral y sobre todo en el multilateral.

Esto permite concordar las relaciones actuando en un ambiente de justicia, equidad, paz y  seguridad. El Derecho Internacional establece el principio de la igualdad jurídica de los Estados ante la ley porque  está soportado en el valor supremo de la soberanía, sustento primordial establecido en la Constitución Nacional de cualquier país del planeta.

El “caso Assange”

Felizmente para Ecuador, hoy contamos con una América Latina que tiene posiciones claras, soberanas y dignas frente a las que no hubo en el pasado inmediato, de manera que en la región ya no cuentan las amenazas ni las caducas diplomacias hegemónicas de las grandes potencias.

Juan J. Paz y Miño Cepeda / El Telégrafo

El “caso Assange” involucra cuatro hechos que, aunque interrelacionados, son también diferentes: 1. el pedido de asilo de Julian Assange; 2. la decisión del Gobierno ecuatoriano concediéndolo; 3. la amenaza del gobierno británico de detener a Assange incluso penetrando a la Embajada de Ecuador en Londres; y, 4. la situación que se configura luego de concederse el asilo.
Puede discreparse sobre el pedido de asilo de Assange. Pero en las relaciones internacionales es incuestionable que, de acuerdo con la legislación mundial, la decisión de concederlo solo compete al país solicitado. Es una cuestión de principios.

De manera que Ecuador tenía pleno derecho a decidir si atendía en forma favorable o negativa el pedido de Assange. Otra cosa es que también podría debatirse si Assange merecía o no el asilo o si era o no “conveniente” la decisión soberana del país.

Pero, una vez adoptado, el asilo concedido a Julian Assange se transformó en un hecho jurídico y diplomático, inevitablemente respetable por la comunidad internacional.

Correa y el rechazo a la tiranía imperialista mundial

La digna y contundente denuncia del presidente Correa a la brutal amenaza británica contra la embajada ecuatoriana en Londres y la inmediata y firme solidaridad recibida de la ALBA y la UNASUR demuestran que América Latina y el Caribe, otrora traspatio yanqui, es hoy la región más independiente del planeta. Sin estas actitudes, quién puede asegurar que el asalto a la sede diplomática no se hubiera consumado en cuestión de horas.

Ángel Guerra Cabrera / LA JORNADA

Rafael Correa, presidente de Ecuador.
No es extraño que el presidente Rafael Correa, solidario con las causas justas de este mundo, haya decidido conceder asilo a Julian Assange. Concurre, además, un hecho que los identifica especialmente. Al igual que el fundador de Wikileaks a escala global, el gobierno de Ecuador, sometido a una lluvia de calumnias mediáticas, trabaja incansablemente en su país por la democratización de los medios de información y rechaza la práctica usual de sus dueños de impedir el derecho ciudadano a una información veraz, plural y no manipulada. Quito ha aprobado incluso una ley ejemplar al respecto.

Venezuela: País menos desigual de Suramérica y escenario de una fuerte confrontación política

Independientemente del resultado de las elecciones del 7 de octubre, la administración de Hugo Chávez habrá logrado un hecho que merece un detenido análisis de científicos políticos. Contrariamente a lo que sucede en la mayoría de los países, en los cuales el marketing domesticó a la política y oculta la disputa de ideas para atender las preferencias electorales, en Venezuela ni siquiera las necesidades electorales diluyen la batalla frontal entre programas.

Breno Altman, Jonatas Campos y Marina Terra / Opera Mundi (Brasil)
(Traducción de ADITAL)

Jesse Chacón, director de GIS XXI
Uno de los paradigmas más aceptados de la ciencia política, en el estudio de los comportamientos electorales, es la constatación de que la disminución de los abismos sociales y el fortalecimiento de la clase media tienden a debilitar el embate político ideológico. Sin embargo, al aplicar esta lógica en Venezuela, la teoría se derrumba. La disputa entre los sectores chavista y antichavista se agudiza en la misma proporción en que el país se vuelve más homogéneo socialmente, alcanzando el tope del ranking sudamericano de distribución de la riqueza.

"La politización de todas las clases sociales, radicalizada desde la elección del presidente Chávez, conduce a un posicionamiento que va más allá de los intereses inmediatos de los diversos sectores”, analiza Jesse Chacón, director del GIS XXI (Grupo de Investigación Social Siglo XXI). "Acá, izquierda y derecha, gobierno y oposición, van a las calles para disputar proyectos nacionales, que no solamente se relacionan a reivindicaciones puntuales, beneficios económicos o avances sociales”.

Participante de la rebelión militar de 1992, cuando el actual presidente se lanzó en el intento de derrumbar la IV República, Chacón era entonces un joven teniente que terminó tras las rejas junto a su jefe. Ingeniero de sistemas y magíster en telemática, ya fue ministro de las Comunicaciones, del Interior y de Ciencia y Tecnología en el actual gobierno. Con 46 años, se dedica a estudiar la dinámica político social de Venezuela.

Argentina: Los ismos del kirchnerismo

¿Peronismo? ¿Progresismo? ¿Nacionalismo? ¿Izquierdismo? Una aproximación situacional al debate sobre una cultura política cargada de complejidades.

Ernesto Espeche / Agencia Periodística del Mercosur

El kirchnerismo y lo nacional popular a debate.
Éramos cuatro los comensales. La cena tuvo lugar en uno de los pocos comederos populares de Brasilia, el único que encontramos abierto a las 11 de la noche. Ese día se formalizó el ingreso de Venezuela al Mercosur y nosotros, todos periodistas argentinos, buscábamos algo de distracción gastronómica luego de una intensa jornada de trabajo.

Pedimos al mozo que nos sirviera lo que había: la cocina estaba cerrada y casi no teníamos margen de elección. Finalmente llegaría una aceptable combinación de carne vacuna con ensalada.

Entre chistes de ocasión y vagos comentarios sobre la singularidad urbana que nos cobijaba, compartimos las primeras impresiones periodísticas que nos quedaron del día. En eso, una frase fuera de contexto cambió el tono del diálogo: “Cristina debiera hacer más peronismo y menos progresismo”. Quien lanzó el dardo sabía que su filo tocaría -de modo inevitable- las fibras de un debate laberíntico.

Puerto Rico: Cuarenta años y 31 resoluciones de la ONU: ¿Podemos lograr la descolonización?

Los que no conocen su historia están abocados a repetir sus errores. El 28 de agosto se cumplirán 40 años de la primera resolución sobre Puerto Rico aprobada en el Comité de Descolonización en 1972. Lo importante es el origen de este esfuerzo.

Wilma Reverón Collazo / Semanario Claridad

La descolonización: un largo anhelo puertorriqueño.
Juan Mari Brás en sus memorias nos narra cómo el Congreso Puertorriqueño Anticolonialista sirvió de plataforma de unidad concertada entre las fuerzas patrióticas para enfrentar la maniobra estadounidense de lavarle la cara al colonialismo con el plebiscito de 1967:

“Del Congreso Puertorriqueño Anticolonialista surgieron las iniciativas unitarias que llevaran a que, por primera vez desde 1953, se iniciara un debate en Naciones Unidas sobre el caso colonial de Puerto Rico en 1967. 

Desde comienzo de 1967, el MPI inició una intensa campaña para forzar al Comité de Descolonización de la ONU a discutir nuestro caso, venciendo las presiones norteamericanas. Una delegación del movimiento viajó a Chile, Uruguay y Venezuela –que eran los países que representaban a América Latina en el Comité de los 24– para hacer los contactos con las fuerzas políticas afines y con los gobiernos a favor de nuestra petición de que se discutiera el caso colonial de Puerto Rico ese año. Nos basábamos en que el gobierno de Washington le había pedido al gobernador y la legislatura de Puerto Rico que aprobaran celebrar un plebiscito sin que el mismo cumpliera siquiera mínimamente los requisitos que ha definido la ONU para validar tales consultas, y era necesario que el Comité Especial de Naciones Unidas pasara juicio sobre ese evento, antes de que el mismo ocurriera.”

Propietarios y gestores del capital

Probablemente las más importantes luchas populares actuales, desde la resistencia al proyecto minero Conga en Perú hasta la hidroeléctrica Belo Monte en Brasil, se registran en contra de los gestores del capital. Es un nuevo periodo, en el que vamos a tientas, abriendo brecha en la espesura inédita.

Raúl Zibechi / LA JORNADA

Entre las muchas situaciones que enmarañan el escenario político y crean dificultades en el trazado de estrategias emancipatorias destacan los cambios en las formas de dominación y en la estructura de las clases dominantes. El neoliberalismo, asentado en el dominio del capital financiero, representa un salto cualitativo en la opacidad de los modos de opresión y dominación y en las formas de extracción de plusvalor.

En América Latina no abundan los trabajos que busquen comprender las nuevas complejidades del capitalismo. Sin embargo, el ascenso de la conflictividad social y de las luchas de clases en la región ha acelerado procesos que en otras partes del mundo se habían registrado con varias décadas de antelación. Me referiré apenas a uno de ellos: la aparición, al costado de la burguesía, o sea de los propietarios de los medios de producción, de una creciente camada de administradores o gestores del capital.

Cambio de época

Día a día las evidencias están ahí, poco a poco Occidente va renunciando a sus propios valores y sustituyéndolos por el uso indiscriminado de la fuerza como única ley del juego, o en otras palabras, otorga validez plena a la barbarie como factor determinante de los hechos políticos y sociales internacionales.

Miguel Guaglianone / Barómetro Internacional

Para las potencias occidentales, el uso de la
fuerza se convierte en el único camino.
A estas alturas parece difícil negar que la humanidad esté atravesando una profunda transformación global en toda su organización social. Si bien algunos historiadores afirman que en cada momento histórico sus protagonistas se han sentido viviendo en una situación crítica, parece bastante evidente que lo que llevamos del Siglo XXI está constituyendo no solo un período de grandes cambios sociales y culturales, sino también una época de grandes caídas y nuevos alzamientos en un entorno en crisis progresiva.

Parte del pensamiento de izquierda ha definido esa característica de nuestra contemporaneidad como una crisis terminal del sistema capitalista. A pesar de la teórica económica de los ciclos –comúnmente aceptada por los economistas de izquierda– que define a este sistema en constante crisis estructural desde su nacimiento, que solo va alternando etapas, la verdad es que la situación de la economía global –sobre todo la de los centros de poder– se mantiene desde hace unos años en una trayectoria de caída y desintegración que a estas alturas parece ser irrefrenable y no sólo constituir otra vuelta más de la espiral.

Algunos creemos que esta crisis abarca bastante más allá del sistema económico, de los medios de producción y la acumulación de capital.  Pensamos en que estamos atravesando una crisis civilizatoria, un proceso de desintegración de nuestra civilización Occidental y Cristiana.