Cuando nuevas fuerzas
sociales irrumpen en la arena histórica, habrán necesariamente de chocar con el
orden institucional vigente que, más pronto o más tarde, deberá ser
drásticamente transformado. Esta transformación es inherente a todo proyecto de
cambio profundo de la sociedad.
Ernesto
Laclau / Tiempo Argentino
El discurso
corriente de los sectores conservadores (pero no sólo de ellos), se funda en
una oposición sumaria entre institucionalismo y autoritarismo. El autoritarismo
sería sinónimo de arbitrariedad, y sus connotaciones peyorativas son
evidentemente tautológicas: ¿Quién podría estar a favor del autoritarismo y la
arbitrariedad? Por contraposición, el institucionalismo sería un talismán
sagrado que garantizaría por sí mismo las virtudes republicanas y las políticas
sensatas que fluirían de ellas. El segundo paso en este tipo de argumentación
es inscribir otros términos y referencias en uno u otro polo de la oposición
básica. El término "populismo" entra muy rápidamente en esta
enunciación enumerativa y evaluativa como parte integrante, ni qué decirlo, del
polo autoritario. Si el institucionalismo se presenta como condición necesaria
de toda política coherente y racional, el populismo aparece, por el contrario,
como el reino de la manipulación demagógica, del personalismo y de la
arbitrariedad. Poner en cuestión este dualismo simplista requiere, por tanto,
deconstruir las lógicas internas con las que sus dos polos han sido
constituidos.














