sábado, 19 de septiembre de 2009

Honduras: El abrazo más grande de la historia

El 15 de setiembre, la Resistencia Nacional contra el Golpe Militar marchó desafiando al gobierno de Facto; rechazando la farsa electoral, exigiendo el retorno del orden constitucional y del Presidente Zelaya. El clamor popular fue la Asamblea Constituyente, La Segunda Independencia y la Refundación del Estado de Honduras.
Juan Almendares / ALAI
(Fotografía: la resistencia hondureña acudió a la estatua de Morazán, en San Pedro Sula).
“¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”. Eduardo Galeano
Desde hace cinco siglos el occidente y el poder hegemónico del coloniaje multinacional han ido despojando la esencia de la vida y el aroma de nuestras tierras hondureñas. Fueron siglos violentos, masacres de pueblos originarios. Siglos de inmolación y de mentiras, en nombre de la cruz, “la idea civilizadora” y las armas. Siglos antagónicos a los sueños de Lempira, Morazán, Bolívar, Valle y Martí. Siglos de resistencia por la unidad histórica de los pueblos de Nuestra América.
Fuimos prisioneros en los enclaves mineros y bananeros. La riqueza a expensas del hambre y la miseria. Los bosques fueron deforestados. La caoba sirvió para hermosear las mansiones en Europa, embellecer las puertas de la Casa Blanca en Washington. Los agronegocios, agro combustibles y la pérdida de la soberanía alimentaria aumentaron el tesoro de Wall Street, y el capital financiero internacional.
Honduras nació durante la decadencia del viejo mundo y el surgimiento de la doctrina Monroe y el Destino Manifiesto. Invadida por marines y modernos filibusteros, corean al unísono la sentencia “In God we trust” -En dios confiamos- y en el Banco Mundial.
En el inicio de la segunda mitad del siglo XX, se gesta la huelga bananera de 1954. El ejército guardián de las bananeras sirve al Pentágono y a la CIA, para contrarrestar al movimiento obrero y participar en el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala.
En los años ochenta ocurre la ocupación militar de Honduras. El estratega principal, John Dimitri Negroponte, fortaleció la Doctrina de la Seguridad Nacional. Los discípulos de la Escuela de las Américas; pusieron en práctica la tortura y desaparecimiento físico de las personas con la aquiescencia del aparato jurídico del Estado.
Desde 1956 hasta el presente siglo, se han producido: siete golpes militares, que significan siete plagas contra el progreso de la nación. Los estigmas: “República Bananera”, “Patria Alquilada” han herido el alma nacional. Son nombres malditos que enmascaran la historia del crimen, la corrupción y la negación de un pueblo que siempre ha luchado por su liberación.
A finales del siglo XX, nos azota el Huracán Mitch; agravado por el capital financiero transnacional que soborna a los poderes constituidos, vende el territorio a las mineras, maquilas, bananeras, térmicas, que acrecientan la injusticia climática y la pobreza social.
En todos estos siglos, de golpes, golpecitos, paquetazos y trancazos, a la matria y a la patria se han acumulado y asimilado experiencias propias y de otros pueblos. Se construye la unidad en el manjar de la práctica del ser social y el infierno de los condenados de la Madre Tierra.
Aprendimos a rechazar las mentiras contra los pueblos y gobiernos de Cuba, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Argentina, Venezuela, el Salvador, Nicaragua y el propio gobierno de Honduras presidido por Manuel Zelaya; porque no hay verdad más grande que los testimonios generosos de solidaridad incondicional en salud, educación, economía y transporte; que hemos recibido de estas naciones hermanas.
La Alianza Bolivariana de los pueblos de América Latina (ALBA) es la expresión más concreta de cooperación humana y fraterna frente a los Tratados Comerciales desiguales con Estados Unidos y Europa.
En la primera década del siglo XXI, el 28 de junio del 2009; se produce el primer golpe político, económico y militar en Latinoamérica, mediante la alianza armada, religiosa, política, ideológica y mediática de los poderes locales articulados al poder imperial mundial.
El régimen de Facto hizo gala de su poder represor al celebrar las fiestas patrias el quince de septiembre. Esta festividad nos recordó nuestra infancia cuando se nos obligaba a desfilar. Los infantes éramos uniformados y transformados en “infantes de marina”. Nos concentraban en los Estadios Deportivos para ser oyentes pasivos y tolerantes con el déspota de turno. Los actos tenían el rito religioso, futbolero y militar, con sus generales, capitanes, purpurados,obispos, reverendos y capellanes y de alguna manera una burda imitación de los carnavales neoyorquinos o californianos.
Marcharon los soldados de plomo, los robots uniformados sin las máscaras del crimen, los tanques y los cañones quemaron la pólvora y lanzaron bolas de mentiras. Los discursos eran oxidados y patrioteros. Debutaron las maniobras de los aviones F5, el paracaidismo de un gobierno paracaidista.
Los ruidos aéreos no asustaron a los zopilotes que compartían la miseria con los niños en los basurales y que volaban burlonamente desafiando a los aviones de guerra. Era el circo neroniano con estudiantes y maestros forzados, golpeados y amenazados. Los caballos y la caballería saludaron con honores a sus grandes jefes encorbatados y perfumados. La protesta popular jamás podría ser escuchada en un estadio deportivo vacío del calor popular.
La Resistencia Nacional contra el Golpe Militar marchó desafiando al gobierno de Facto; rechazando la farsa electoral, exigiendo el retorno del orden constitucional y del Presidente Zelaya. El clamor popular fue la Asamblea Constituyente, La Segunda Independencia y la Refundación del Estado de Honduras
Se expresó el justo reconocimiento a la solidaridad de todos los pueblos y gobiernos , movimientos sociales, partidos, comunidades eclesiales de base, organizaciones de mujeres, agrupaciones gay, organismos de derechos humanos, los comunicadores sociales, el ayuno mundial, Vía campesina, Amigos de la Tierra de América Latina y Amigos de la Tierra Internacional.
El quince de septiembre marcharon dos millones de hondureños(as) contra el golpe político militar. El júbilo popular anunció la madrugada de la justicia. Los colibríes saltaban de júbilo al bañarse en el rocío del ALBA y saborear el néctar de la de los sueños de liberación. La marcha fue El Abrazo más grande de la historia, con el que el pueblo, poeta de la libertad, ha vuelto poetas a todos los pueblos del mundo.

Carmen Bohórquez: "Somos todavía un archipiélago de pueblos"

Para la filósofa e historiadora Carmen Bohórquez, una de las prioridades de los pueblos en la actual coyuntura latinoamericana debe ser la de "conocernos en igualdad de condiciones, de acercarte al otro como un igual que tu, de construir un nosotros, hacer de esa otredad un solo nos, una sola comunidad. Lo cual pasa mucho por la educación, por ese conocimiento mutuo, por ese enriquecimiento mutuo".
Osvaldo León / ALAI
“Quizás no esperábamos, pero la circunstancia histórica que estamos viviendo nos compromete a conmemorar los bicentenarios, no como un evento del pasado, sino como un reto, como una exigencia histórica, como una necesidad de asumir nuestra falta quizás de voluntad política, nuestra falta de unidad, que fue lo que permitió que aquel proyecto inicial que era no solo de independencia sino de unidad y de reafirmación de identidad, se viera desintegrado, disperso”. Tal es para la filósofa e historiadora Carmen Bohórquez –integrante de la Comisión Presidencial para la Celebración del Bicentenario de la Independencia de Venezuela y coordinadora de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad- el sentido que debería primar en este acontecimiento histórico, según sostuvo en el diálogo sostenido con ALAI que reproducimos a continuación.
- En el marco de la celebración de los bicentenarios de los primeros gritos independentistas, ¿cuáles son los principales desafíos para retomar el sentido de unidad, de destino común, que pregonaron los próceres de esa gesta?
Lo primero es que estamos viviendo una coincidencia histórica. Estamos conmemorando el bicentenario del inicio de la lucha por la independencia justo en un momento en que en gran parte de América latina se han levantado millones de voces para reclamar una verdadera independencia, una sociedad diferente, justicia, respeto a la soberanía y a la autodeterminación de los pueblos.
Hace doscientos años también se levantaron voces reclamando la necesidad de un cambio radical, independientemente de que el movimiento comenzara por una élite blanca, por unos criollos. Pero, a la luz de la circunstancia histórica que se vivía en ese momento, es ese movimiento el que entra en la historia como iniciador de la independencia, porque justamente es el sector social que sí tiene acceso a ciertos mecanismos de poder, es el sector social que sí sabe leer y escribir, que controla ciertos sectores económicos. Por lo tanto es el sector que tuvo ciertas posibilidades de incidir para provocar una ruptura política de envergadura. Claro, muy pronto se va sumando el resto de los sectores y ese movimiento deviene rápidamente en una guerra de confrontación por conquistar una independencia para todos.
En ese momento se da una conjunción de proyectos, de esfuerzos, que es lo que permite que Bolívar y los que le siguen puedan avanzar hacia el sur tratando de buscar la liberación de los otros pueblos y que las fuerzas del sur, con San Martín a la cabeza, avancen hacia el norte, también con el mismo propósito. Entonces hay una conjunción de propósitos, hay unas circunstancias similares en toda América, y hay una necesidad histórica real de plantear esa ruptura con el modelo que venía imperando.
Hoy estamos casi en una misma lucha. No es el imperio español, pero es otro imperio más poderoso. Hay una conjunción de voluntades, primero política, de varios de los líderes de nuestras naciones latinoamericanas; hay como un espíritu colectivo que cada vez toma más fuerza de que es la hora de que los pueblos asuman en propia mano la conducción de su destino. O sea, hay una similitud de retos, de necesidades históricas, en cuanto a la conciencia de dar un paso adelante y de provocar esa ruptura liberadora.
Esta necesidad histórica se da hoy día porque aquella independencia no se concretó en la realidad. Es decir, aquí hay un proceso que se abrió con esa independencia del imperio español. Sin embargo, 200 años después, tenemos todavía que seguir luchando contra imperios, contra rasgos coloniales y situaciones colonialistas.
- Dentro de este proceso, la dimensión cultural juega un papel específico. ¿Qué nos puedes decir al respecto?
Perdona que vuelva atrás, pues creo que es ese pasado el que nos puede esclarecer la situación presente. Cuando se plantea la independencia no solamente era una independencia política y económica. Ahí se plantea la ruptura cultural. El problema mayor entonces es tener conciencia de la identidad americana como distinta de los españoles. Y eso solamente se puede explicar porque, culturalmente hablando, la identidad americana estaba en construcción, era muy frágil. Eran unos pocos quiénes de repente se descubren que no son españoles, que son americanos. Son generaciones educadas bajo esos valores de la cultura española, de la fidelidad al rey, de la limpieza de sangre y de sentirse miembro de la nación española. Tras tres siglos de pensarte como español, ¿cómo te comienzas a pensar como americano? La identidad no se puede fraguar en un año, ni en cinco ni en diez. Entonces hay que hacer una ruptura cultural.
Estamos hablando de una ruptura de identidad compleja, porque la sociedad colonial era una sociedad demasiado compartimentada, o se era blanco, o se era pardo, o se era indio, o se era negro. Y cada una de esas sociedades prácticamente era antagónica con el resto. El proceso de independencia avanza en cuanto a tener el control del poder político y del poder económico. Pero el proceso de conciliación de esa identidad que tenía que construirse a partir de pedazos dispersos, que tendría que haber integrado lo español con lo indio con lo africano, realmente no se dio. Lo que se impuso fue el proyecto de la sociedad criolla blanca como proyecto nacional, y postergó, minimizó, ocultó, las demandas o las necesidades, la justicia que había que hacer con los indígenas y con los afroamericanos.
Hoy día, si bien algo se ha avanzado, eso es también un obstáculo bastante grande en el proyecto colectivo que estamos tratando de construir. Y esto tenemos que resolver para hacer del lugar público un lugar de todos, donde ya no haya más privilegios para unos y exclusiones para otros. Es decir, no solamente precisamos superar la dominación externa, sino también la interna, lo cual pasa por la integración de nuestras sociedades, en el sentido real de los términos.
Entonces, ahí se puede aplicar después diversos enfoques, si el intercultural, el multicultural, la pluriculturalidad. Pero lo que sí es cierto, es que somos todavía un archipiélago de pueblos que no hemos logrado integrarnos en un proyecto colectivo común. No se trata de borrar la diferencia cultural, porque creo que todos estamos orgullosos de nuestras raíces, de nuestros antepasados, de nuestra historia colectiva, sino cómo lograr que esas memorias se unan y pasen a ser memoria de todos, cómo lograr que la riqueza de cada una de esas culturas, se haga riqueza de todos, cómo lograr que los conocimientos, que los aprendizajes, y con ello todas las demás manifestaciones culturales, sean de todos, que las sintamos que es de todos.
De modo que esa es la lucha que creo que hay que dar con mucha fuerza y con mucha honestidad. No se trata de declaraciones públicas o simplemente de que sacamos esta ley que reconoce los derechos, pero que después en la práctica eso no se da. O que simplemente hasta el que hizo la ley ni lo siente. O sea, hasta que de verdad sintamos que o somos todos o ninguno puede ser. Yo creo que en esa medida sí vamos a hablar de una nación integrada, de una Nuestra América, porque también seguir planteando eso solo a nivel de los límites geográficos de una nación tampoco te resuelve el problema.
Pero ahí la cuestión es: ¿cómo hacer para conocernos mutuamente?
Esa es la pregunta que todo el mundo se plantea, pues no se puede querer lo que no se conoce. Se trata de conocernos en igualdad de condiciones, de acercarte al otro como un igual que tu, de construir un nosotros, hacer de esa otredad un solo nos, una sola comunidad. Lo cual pasa mucho por la educación, por ese conocimiento mutuo, por ese enriquecimiento mutuo. Y si vamos a niveles de gobiernos, las leyes tienen que tener en consideración eso. Leyes que salgan de la participación colectiva donde todos dejemos oír nuestra voz, partiendo de que nadie tiene una voz que expresa mejor que el otro: o hacemos un gran concierto armónico de voces o nunca vamos a lograr la sinfonía de la unidad.
- En los procesos de integración en curso, ¿ves señales en ese sentido?
Cómo se está planteando hoy la integración, no es lo mismo de cómo se venía planteando desde hace 200 años. Si haces una historiografía de los acuerdos integracionistas, hay unos 3000 acuerdos que han sido firmados en ese lapso. Y mira cómo estamos. Entonces, no es el mismo sentido como lo plantean los países signatarios del ALBA o de UNASUR, que sí buscan un sentido real de la integración.
En el otro sentido se planteaba la integración a partir de que yo diseño el proyecto y tú te sumas a mi proyecto. O sea, una parte que comienza a sumar para hacerse más grande, pero también puede ser que varias partes pequeñas se ponen de acuerdo para hacer una totalidad. Ahí hay dos sentidos de unidad. La integración que plantea el ALBA y UNASUR es un sentido de unidad en cuanto a mayor coherencia, que es muy distinto a los otros procesos integracionistas donde había siempre un interés subalterno al verdadero sentido de la unidad.
Ahora bien, si te planteas: tenemos un pasado en común, iniciamos juntos un proceso de independencia, nuestros pueblos están sometidos a las mismas dificultades, tenemos los mismos retos, nos enfrentamos a un contexto geopolítico mundial que hoy plantea problemas muchísimos más difíciles quizás que los anteriores, ¿cómo podemos hacer para sobrevivir en ese contexto? La unidad. ¿Cómo lo hacemos? Bajo los principios de la cooperación solidaria, de la complementariedad, y el de lograr avanzar hacia, incluso, un cuerpo político de leyes similares que garanticen a todos nuestros pueblos lo que Bolívar decía, la mayor suma de felicidad posible. Son principios que no son egoístas, son principios que son de reconocimiento del otro. Y eso ya plantea una unidad en otros términos.
Desde el ALBA, específicamente, se puede plantear acuerdos de intercambio y de cooperación cultural donde no estás pendiente de cuánto gano yo y cuánto ganas tu, sino que buscan el conocernos mutuamente, y en ese conocimiento acercarnos mucho más y comenzar a sentir el uno por el otro. El que tengas o no disponibilidad financiera no es lo que prima. Lo que prima es compartir las riquezas culturales que tenemos. ¿Quien va a pagar eso? El que tenga mayor disponibilidad para hacerlo. Son pequeños detalles pero son decisivos cuando quieres establecer puentes culturales para transitarlos.
En el campo de la educación, por ejemplo, está la lucha contra el analfabetismo con el aporte del programa cubano “Yo, Sí Puedo”, que tiene reconocimiento de la UNESCO, que está permitiendo que los países del ALBA y otros más, puedan declararse libres de analfabetismo. Igual podría señalar, en materia de salud, la Misión Milagro que ha permitido que más de un millón de latinoamericanos recuperen la vista.
* Este texto es parte de la edición No. 448 (septiembre 2009) de la Revista América Latina en Movimiento que desarrolla el tema "Bicentenarios: historia compartida, tareas pendientes" disponible en versión PDF en http://alainet.org/publica/448.phtml

El neovirreinato

Tal vez algún día conozcamos a detalle la función que desempeñaron los grandes corporativos del extranjero en la selección –e imposición, en su caso– de los gobernantes mexicanos de las últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI: los virreyes contemporáneos.
Pedro Miguel / LA JORNADA
Procter & Gamble, Coca-Cola y Repsol, por ejemplo, han dejado algunos indicios, pero se requiere de una investigación minuciosa, con la perspectiva amplia que da la historia, para esclarecer los entramados que, en los hechos, han colocado a los grandes capitales del mundo como superiores jerárquicos de los más recientes habitantes de Los Pinos, y cabe dudar que los historiadores de la Corte se animen a emprenderla.
Tal vez algún día conozcamos a detalle la función que desempeñaron los grandes corporativos del extranjero en la selección –e imposición, en su caso– de los gobernantes mexicanos de las últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI: los virreyes contemporáneos que han propiciado la transferencia a las transnacionales de la propiedad de los bancos, las minas, los ingenios, buena parte de las telecomunicaciones, lo que queda de los ferrocarriles, la industria alimentaria, la generación de electricidad, los derechos de autor sobre obras de arte y especies vivas de origen nacional, entre otras cosas.
Ahora bien: por exasperante que sea el saqueo de los bienes nacionales, lo más intolerable de este virreinato neoliberal es la sistemática y deliberada devaluación de la gente. En la lógica en la que se nos ha situado, cualquier agente de seguros desarma con facilidad el lugar común de la ética según el cual la vida humana no tiene precio; cualquier empleador es capaz de tasar en una entrevista de cinco minutos el tiempo de una persona –nadie es nada sin tiempo y el tiempo es oro– y las eminencias de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos se saben al dedillo el tabulador de precios de los mexicanos según su lugar de residencia. En la medida en que la apuesta del modelo neoliberal criollo ha sido competir en el mercado internacional de carne humana (exportada a través del Río Bravo o comprada in situ por la inversión maquiladora), lo procedente es reducir al mínimo posible el precio de esa mercancía para ampliar al máximo deseable el margen de utilidad de los mayoristas, subcontratistas e intermediarios locales.
Se ha venido restando valor a la población lanzándola al sector informal y a una situación de mera supervivencia, por medio del deterioro planificado de los servicios de educación, salud y transporte, y mediante la reducción regular de sus condiciones de alimentación y vivienda; en aplicación estricta de las leyes de la oferta y la demanda, se le ha abaratado con el mantenimiento de un desempleo enorme (aunque minimizado y disfrazado en las cifras oficiales), y con políticas inamovibles de contención salarial, de supuestos propósitos antiinflacionarios, por más que el mismo poder que las impone con una mano propicie, con la otra (impuestos, tarifas de servicios públicos) abrumadores y masivos incrementos de precios.
Resultados, a la vista: en cifras correspondientes a ingreso, prestaciones, seguridad social y poder adquisitivo, en las dos últimas décadas se ha ensanchado de manera pavorosa la brecha entre un mexicano promedio y un noruego, estadunidense o japonés promedio. Si a principios de los años 80 del siglo pasado valíamos un tercio de lo que valen ellos, hoy la proporción es de un décimo, de un vigésimo, o menos.
El neovirreinato es distinto de lo que había hace un par de siglos: en vez de la Flota de Indias hay movimientos electrónicos bancarios y bursátiles y ya no es necesario el azaroso transporte en galeón para llevarse el oro literal o figurado de estas tierras. El marketing político, el terror sicológico y la hegemonía oligárquica sobre el conjunto de los medios informativos constituyen, en conjunto, un mecanismo de legitimación ideológica más eficiente (es decir, más aplastante) que la religión de Estado, y los criollos económicos de hoy en día no se andan con veleidades independentistas porque los nuevos peninsulares han aprendido a incluirlos, con la generosidad debida, en el reparto del pastel: hay cuarenta o cincuenta mexicanos que valen, cada uno, un dineral.
El desafío de la gesta contemporánea de independencia consiste en invertir esta tendencia, coagulada en estructura de dominación, y reorientar el impulso nacional hacia la restitución y el incremento del valor de la gente en general, no de medio centenar de potentados y de accionistas extranjeros sin rostro; en erradicar la estupidez inconmensurable de minimizar la riqueza central y básica del país, que es su población; en armonizar medios y fines, y en concretar ese proyecto civilizatorio en forma civilizada, es decir, pacífica: los ciudadanos deben ser los beneficiarios de esta transformación, no sus mártires; porque, a pesar de los cálculos de los amanuenses de la Corte y de la inmoralidad mercantil dominante, la vida no tiene precio.

Aunque no los veamos, los mapuches siempre están

El cerco contra las comunidades se acentúa. La violencia privada y estatal va atada de una política que privilegia los negocios petroleros, mineros y forestales.
Germán Gonaldi / Agencia Periodística del Mercosur
(Fotografía: funeral de un joven mapuche asesinado en agosto pasado).
No lo leemos en los diarios o en los sitios de Internet, no lo vemos en la televisión, no escuchamos nada por la radio. Poco y nada en los grandes medios. Y si salen, siempre es para estigmatizarlos. Apenas nos enteramos por periodistas valientes y sitios alternativos de comunicación que salen a denunciar la violencia, mezclada con xenofobia e invisibilidad, que sufre a diario el pueblo mapuche en el sur argentino y chileno.
De ambos lados de la frontera viven más de un millón y medio de “mapuces” (en lengua original) que viene luchando por ser reconocidos por los estados como comunidades ancestrales con derechos y cultura propia, con una cosmovision que no es la occidental.
Son demandas territoriales. Los indígenas reclaman la restitución de tierras ancestrales que fueron vendidas a terratenientes, empresarios locales o extranjeros y resisten al avance del latifundio como de empresas forestales, petroleras y mineras que están cercando a las comunidades.
Hace poco más de un mes, la represión de los carabineros chilenos en la zona de la Araucanía chilena, en la IX región, se cobró la muerte de Facundo Mendoza Collío, de 24 años, asesinado por la espalda cuando ocupaban junto con otros “hermanos” el fundo de un terrateniente. Por los medios chilenos circuló la versión oficial de que se había emboscado a los uniformados pero informes periciales demostraron que los impactos de perdigones que tenían el casco y el chaleco antibalas del carabinero fueron montados después de la brutal represión.
“Fue el tercer asesinato desde 2003, y los heridos en estos años se cuentan por centenas” explica Manuel Lonkopán, comunicador mapuche residente en la ciudad de La Plata, “y vemos que los grandes medios chilenos hablan de una radicalización de las demandas mapuches, nos vinculan con las FARC o con los zapatistas buscando asociarnos a una supuesta postura violenta de nuestro pueblo”.
Las comunidades reclaman además no ser juzgados por la llamada Ley Antiterrorista de la dictadura de Pinochet que se encargaba de criminalizar a opositores de izquierda. Ahora esta ley es utilizada para castigar la protesta social pero exclusivamente la de la comunidad mapuche.
De este lado de la cordillera, en Argentina, la Confederación Indígena Mapuce Neuquina ha denunciado persecución y hostigamiento del estado provincial. En un documento del 5 de agosto enviado a las Naciones Unidas afirma:
“Pese a las obligaciones internacionales que Argentina ha contraído, y no obstante la ley nacional que lo prohíbe, en Neuquén los jueces continúan expidiendo órdenes de desalojo, incluso sin previo anoticiamiento, contra comunidades asentadas en territorios poseídos tradicionalmente. Y en todos los casos en que las comunidades indígenas resisten las órdenes judiciales y continúan en la posesión de sus territorios, la respuesta estatal consiste en la persecución criminal y el procesamiento personal de los miembros de los pueblos indígenas”.
En los juzgados provinciales “son 32 las causas penales en proceso en las que se encuentran imputados más de 150 autoridades y miembros del Pueblo Mapuce. De las 32 causas, 19 son imputaciones del delito de usurpación y las restantes son formas varias de desobediencia y resistencia a la autoridad” continúa.
“En contraste, -prosigue el informe- no se encuentra imputada ninguna de las personas que ocuparon tierras indígenas o extrajeron sus recursos, todas del grupo étnico dominante. Además hay 19 juicios civiles, principalmente por desalojo”.
Para entender mejor el conflicto, tomamos del periódico mapuche Azquintuwe un párrafo de la entrevista a Francisco Huenchumilla ex alcalde de la ciudad de Temuco, diputado y secretario general de la Presidencia y futuro candidato a senador en Chile.
“Hay un conflicto entre el Estado, el pueblo mapuche y la sociedad chilena. Básicamente, es un problema social, histórico y político. El problema profundo es que el Estado chileno redujo y aplastó al mundo mapuche, le quitó su territorio y lo convirtió en campesino pobre y discriminado. Eso ocurrió a partir de 1881, desde la fundación de Temuco. Hoy existen nuevas generaciones de mapuches que han empezado a despertar y han desarrollado planteamientos más estratégicos para su relación con el Estado”.
El funcionario asegura que “al conflicto mapuche se lo presenta como un problema de orden público y pobreza. Es decir, existe un mal diagnóstico que hace que los ‘remedios’ que se aplican no sean los adecuados. Se está intentando atacar los síntomas sin ir al problema de fondo.”
Es un conflicto de larga duración, como éste y otros de América Latina, es vital la paciente lucha, muchas veces silenciosa, contra las injusticias. Pero también la visibilización ante la sociedad del trabajo diario de las comunidades, de su lucha constante y pacifica por derechos ancestrales, de la cosmovisión de los pueblos originarios. El acceso a los medios es de primer orden de importancia. Manuel Lonkopán une el reclamo mapuche con la nueva Ley de Medios que se discute en Argentina: “estamos formando una coordinadora de comunicadores mapuches y creemos que esta nueva ley nos ayudará a tener una voz propia dentro de los medios de comunicación”. Que así sea.

Armas e hipocresía

La verdad es que Washington sigue siendo el mayor productor, exportador y consumidor de armas en el mundo. Su presupuesto de defensa es hoy superior a la suma de todos los demás presupuestos de defensa del planeta. Tiene el mayor arsenal de armas de destrucción masiva. Vende armamento a más de 200 “entidades”, algunas estatales, otras “independientes”; por lo que la abrumadora mayoría de los abaleados de este mundo lo han sido por armas “Made in USA”.

Guillaume Long / El Telégrafo (Ecuador)
(Fotografía: Tabaré Vázquez y Hillary Clinton en el Departamento de Estado)

El martes (15 de setiembre), la Secretaria de Estado Hillary Clinton, cada vez más parecida a su antecesora en el mismo puesto, le pidió a Venezuela “transparencia en sus compras [de armas] y claridad sobre sus propósitos” y que “ninguna [arma] pueda llegar a insurgentes, organizaciones ilegales, terroristas o narcotraficantes”. Pidió, además, “un cambio de comportamiento y actitud por parte de Venezuela”.

Chávez, lo hemos repetido en esta columna, no ha sido un gran comprador de armas, y la noción de que la carrera armamentista latinoamericana es fomentada por Venezuela no es sino un mito más de los tantos que se difunden desde los medios. El gasto de defensa venezolano proporcional a su PIB (1.5%), sigue siendo menor que el promedio latinoamericano (1.7%), y 3 veces menor que el de Colombia (4.5%).

Quizás el problema sea que Venezuela le siga comprando a Rusia. Sabemos que tratar con Rusia, la de hoy o del pasado, siempre ha tenido un costo en América Latina. Basta preguntarles a los cubanos que siguen pagando su atrevimiento -aún 18 años después del derrumbe de la URSS– prueba de ello la renovación esta semana del embargo por parte de Obama (¡vaya qué cambio de rumbo hacia la isla!).

Los brasileños, ellos, no han sido castigados por la lengua viperina de Clinton. Sea porque Washington tiene miedo de la reacción de un gigante aún adormecido, porque Lula es demasiado popular en los EE.UU., o porque el negocio de Brasil es con Francia, otro socio al que no hay que enojar; pero lo cierto es que Clinton no dijo nada sobre el hecho de que Brasil le está comprando a Francia 14 mil millones de dólares en armamento y transferencia de tecnología militar. Esto es casi 7 veces el monto de la última compra venezolana a Rusia, y más de 2 veces el acumulado de todo lo que Chávez le viene comprando al Kremlin en estos 10 años de gobierno.

La verdad es que Washington sigue siendo el mayor productor, exportador y consumidor de armas en el mundo. Su presupuesto de defensa es hoy superior a la suma de todos los demás presupuestos de defensa del planeta. Tiene el mayor arsenal de armas de destrucción masiva. Vende armamento a más de 200 “entidades”, algunas estatales, otras “independientes”; por lo que la abrumadora mayoría de los abaleados de este mundo lo han sido por armas “Made in USA”. EE.UU., además, demuestra una total ausencia de transparencia en cuanto a su clientela, ya que se trata, claro está, de “información clasificada”; lo que no impide que Clinton hable de la necesidad de “mayor transparencia” por parte de Venezuela. Las iniciativas de transparentación de los gastos de defensa en la UNASUR, que corren el riesgo de equiparar el tema de las 7 bases en Colombia con el problema, distinto, de los gastos militares, contrastan no obstante con el nefasto secretismo de los EE.UU.

Al final, los que pronosticábamos más de lo mismo con Obama, teníamos razón. Factores estructurales (la crisis económica y los poderes fácticos internos), y de agencia, (la propia personalidad de un presidente demasiado pragmático), nos llevan inevitablemente, como región, a un renovado enfrentamiento con EE.UU. Con Bush o con Obama, EE.UU. sigue siendo parte del problema, no de la solución.

Luces y virtudes sociales: la educación en Simón Rodríguez

Hoy se impone retomar en nuestra América ese apostolado incesante e irreverente iniciado por Simón Rodríguez, en un momento histórico común que -con pocas variantes- es similar al de hace doscientos años, cuando nuestros pueblos allanaban su propio camino y tenían sobre sus cabezas (como ahora) la amenaza imperialista de Estados Unidos.
Homar Garcés (especial para ARGENPRESS.info)
En su afán liberador, el Maestro Simón Rodríguez concebía la educación como el instrumento más idóneo y a la mano con el cual se aseguraría definitivamente la independencia conquistada por las armas de nuestra América, al mismo tiempo que los nuevos ciudadanos adquirirían las nociones básicas que les permitirían asumir la construcción -sin calco ni copia- de las nuevas repúblicas, estableciendo sistemas de convivencia y moralidad democrática inexistentes en Europa y Estados Unidos.
Sus reflexiones en torno a la educación, lo llevaron a expresar que “adquirir luces sociales significa rectificar las ideas inculcadas o malformadas mediante el trato con la realidad, en una conjugación inseparable de pensar y de actuar, bajo el conocimiento de los principios de interdependencia y de generalización absoluta. Adquirir virtudes sociales significa moderar con el amor propio, en una conjugación inseparable de sentir y pensar, sobre el suelo moral de la máxima ` piensa en todos para que todos piensen en tí ´ que persiguen simultáneamente el beneficio de toda la sociedad y de cada individuo”. Con ello en mente, la nueva educación a impartirse en las bisoñas naciones independientes tendría como uno de sus objetivos centrales propiciar la emancipación cultural integral de sus habitantes -indiferentemente de su rango social y/o económico-, además de dotarlos de una instrucción que los hiciera útiles a la sociedad y a sí mismos, con lo cual tendrían la independencia personal para enfrentarse a cualquier pretensión de tiranía y de manipulación por parte del estamento gobernante.
Así, en la concepción rodrigueana de la educación para nuestra América, resaltan tres grandes rasgos particulares, nutridos por las experiencias, preocupaciones y reflexiones del rebelde maestro: 1) la ruptura creadora del discurso colonial que reafirmaba una visión del mundo obsoleta y conformista, ajena al nuevo mundo por engendrar bajo los auspicios de la libertad, la justicia y la igualdad; 2) la necesaria formación política e ideológica de los nuevos ciudadanos, de modo que el simple hecho de nacer bajo un sistema republicano fuera complementado por una vocación conscientemente adquirida que les facilitara consolidar y ampliar los valores y los principios republicanos, resultando -en consecuencia- verdaderos ciudadanos, sin los prejuicios, vicios y conveniencias de los grupos gobernantes; y 3) la búsqueda inacabada de lo siempre original, traducida en su celebérrima frase “O inventamos o erramos”, extrapolada de sus vivencias en Estados Unidos y Europa donde mucho de lo moderno estaba cobijado por lo viejo, manteniendo un hilo entre el pasado y el presente, sobre todo, en lo que respecta a las condiciones sociales y económicas y su manera de concebir el poder, reservado a una elite.
Son estas, digamos, las líneas maestras de la educación, según el impenitente Samuel Robinson que fue Simón Rodríguez. Difundirlas y hacerlas comprender por los nuevos usufructuarios del poder le llevó gran parte de sus años finales de vida, enfrentando los prejuicios coloniales de las clases dominantes, más interesadas en la apariencia y en incrementar sus arcas que en brindarle al pueblo la oportunidad de una vida digna y libre, convertido en sujeto social activo de las transformaciones que, en general, deben acompañar la realidad de una Patria democrática y soberana.
Hoy se impone retomar en nuestra América ese apostolado incesante e irreverente iniciado por Simón Rodríguez, en un momento histórico común que -con pocas variantes- es similar al de hace doscientos años, cuando nuestros pueblos allanaban su propio camino y tenían sobre sus cabezas (como ahora) la amenaza imperialista de Estados Unidos. El mismo nos debe motivar a utilizar la educación como esa herramienta esencial y única que le dará la ocasión a nuestros pueblos de adentrarse en el ejercicio cotidiano de la participación democrática, de un modo más amplio y profundo. Como bien lo expresara, “en el sistema republicano, las costumbres que forman una educación social producen una autoridad pública, no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no una voluntad de uno solo, convertida en autoridad... La fuerza de la autoridad republicana es puramente moral”, contrapuesta a lo que ha sido habitual mediante el uso de las fuerzas represivas.
En este punto radica la diferencia fundamental de la educación propuesta por Rodríguez: una educación para la libertad y la democracia, sin exclusiones, ni privilegios antisociales, una educación, en fin, que eleve el nivel intelectual, moral y político de todos.

Socialismo en el siglo XXI

Intervención de Aurelio Alonso en el VIII Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios: “Debemos realizar una especie de auditoria perenne sobre el curso que nuestras decisiones provoquen en la sociedad, para no tener que volver a percatarnos de que salimos hacia el socialismo y llegamos a otro lugar”.
Aurelio Alonso / LA VENTANA
Me voy a concentrar en cuatro puntos. El primero se refiere a la razón del planteo. No podemos pasar por alto que el uso de la preposición “en” o “de” se empieza a convertir en un dilema con carga definitoria, o al menos distintiva de posturas. Creo que se puede perder tiempo y energías tratando de delimitar si el subrayado sustantivo debe destacar, con “en”, la continuidad del socialismo, previsto que no es válido reducir “el socialismo” al experimento fallido del siglo XX. O si lo que merece subrayarse, si se escoge “de”, es la convicción, desde un proceso de superación crítica de los errores, anomalías y desatinos, de que no se trata de repetir con más cuidado el camino andado, sino de enfrentarlo con una carga de apertura en la cual prevalezca la creatividad.
Sinceramente, en mi caso personal me he habituado al “de”, porque me pareció, desde un inicio, que el primer fantasma a despejar entre los que no hemos claudicado del ideal socialista, es el de los lastres que nos presionan desde el proyecto fallido. Con lo cual tampoco creo profesar menosprecio alguno hacia el proyecto fallido; al contrario, me parece indispensable que la crítica recupere todo lo de positivo que vimos y vivimos en él, que ha sido mucho.
A pesar de que se han escrito millones de páginas, no creo que la crítica del experimento socialista del siglo XXI haya sido agotada. En realidad, la necesidad de repensarlo es tal, que nunca va a ser agotada. Incluida una evaluación ponderada del liderazgo de Stalin, que tampoco puede hacerse en blanco y negro. Me ahorro el conteo de barbaridades y la insistencia acerca de su responsabilidad en la deformación y el fracaso socialista soviético. Pero recordemos la conducción de la resistencia a la agresión mundial del nazismo y la conversión de la desolación en ofensiva, y recordemos también que en los momentos más críticos de la contienda, no detuvo la construcción del metro de Moscú, lo cual da cuenta de un profundo compromiso con la consumación de su proyecto socioeconómico. Del suyo, en el cual creía.
Pero ningún reconocimiento parcial sería suficiente para no entender que el modelo nacido de la victoriosa revolución bolchevique se mostró, a la larga, incapaz de sostenerse, y esas incapacidades tienen que ser totalmente erradicadas en la construcción de un modelo viable. Estamos obligados, como ninguna otra generación lo estuvo, a asumir la historia sin maniqueísmo.
Concluyo el punto expresando que para mí es más importante el enfoque efectivo detrás del enunciado que la precisión semántica de la preposición que escojamos. No lo convirtamos en un debate típico del medioevo. Por eso, trato de evitar que esto devenga para mí un tema polémico. En definitiva, del siglo XXI estamos llegando solo al final de la primera década y quedan noventa años para que los experimentos socialistas en que nos empeñemos muestren su viabilidad o no. Para no repetir los viejos errores y para corregir los nuevos que cometamos. Es decir, si es que no perecemos antes de hambre o de sed, o cocinados por el calentamiento global, o de cualquier otra catástrofe que se vincule a la destrucción desenfrenada del ambiente humano en la cual estamos atrapados.
El segundo punto se refiere a los dilemas de hoy. Cuando hablamos de dilemas no es posible eludir que la historia nos los impone siempre a través una solución de continuidad y ruptura que, en la práctica, solo puede ser afrontada de manera concreta y diferenciada. Y las soluciones de los dilemas siempre tienen que salir de las generaciones que los viven (mejor decir, que los vivimos). Ninguna referencia precedente, por sensata que sea, nos puede dar respuesta a los que tenemos que resolver hoy. Nos ayudarán a pensarlos, pero la solución la tenemos que elaborar ante la realidad que vivimos, los mismos que la vivimos.
El dilema principal, planteado en el nivel más alto de abstracción, sería el que nos cuestiona hacia dónde nos dirigimos. Vuelve a expresarse, en el plano sistémico, en la disyuntiva entre capitalismo o socialismo. Quienes consideren exhausto el proyecto socialista, lo asumen como un dilema entre capitalismo con “rostro humano” y cualquier otra opción. Su desventaja es que los referentes históricos capitalistas a los cuales se podría atribuir “rostro humano” son muy discutibles y, en todo caso, poco generalizables el modelo sueco, por ejemplo), para no decir irrepetibles.
Una visión más realista nos lleva a replantear hoy este dilema central en términos de “socialismo o barbarie”, como lo hizo Rosa Luxemburgo a comienzos del siglo XX, y lo vuelve a hacer hoy Istvan Mészáros, ahora ante un nivel de agravamiento en las relaciones socioeconómicas y políticas a escala mundial, que puede extremarlo a “socialismo o devastación”.
“Barbarie —afirma Mézáros— si es que tenemos suerte, en el sentido de que el exterminio de la humanidad sería el resultado final del destructivo curso del desarrollo del capital”.
De manera que el futuro de la humanidad tendrá que enrumbarse progresivamente a través de un proceso de socialización (contradictorio, a menudo convulso, con giros inesperados, con avances y retrocesos, con confrontaciones violentas, con la exigencia constante de reciclajes que preserven la lucidez de liderazgo, en tanto profundizan la democracia), o no habrá futuro, del todo, para la humanidad. La tragedia consiste en que el tiempo histórico para que la humanidad se percate de la urgencia del cambio radical, y oriente sus pasos en la búsqueda efectiva de solución, se reduce también radicalmente.
No me gusta ser apocalíptico; ni siquiera me quiero sentir, en el fondo, pesimista. En una ocasión oí decir a Boaventura de Sousa Santos, después de describir la tétrica situación de la realidad contemporánea, que él se consideraba un optimista, aunque un optimista trágico.
Un tercer punto al cual me he sentido motivado se vincula a la reflexión en torno a los paradigmas. Este es un problema que presenta, a mi juicio, dos perspectivas metodológicas: una es la necesidad de definir qué contenidos se nos presentan, por su naturaleza misma, paradigmáticos para nuestra proyección; la otra sería cómo aproximarnos críticamente, revisar, constatar concreciones parciales, controlar y rectificar nuestros planteos paradigmáticos. Una especie de auditoria perenne sobre el curso real que nuestras decisiones provoquen en la sociedad. Para no tener que volver a percatarnos de que salimos hacia el socialismo y llegamos a otro lugar.
En términos de paradigmas, hoy podemos afirmar que la salvación de la humanidad descansa en la construcción o reconstrucción soberana de sociedades que se sostengan en proyectos de justicia y equidad, con propuestas de desarrollo económico orientadas a sostener dichos proyectos, a la par que reproducen el producto social; que se orienten en la práctica a la eliminación de la explotación del trabajo que el capitalismo convirtió en mercancía; con esquemas de participación en el sistema de decisiones, desde la comunidad hasta el Estado central, capaces de imponer una institucionalidad democrática sin precedentes (“el socialismo es democracia sin fin” ha dicho de Sousa Santos con razón).
Y lo más importante, debido a la inminencia del peligro de sucumbir, que cambie radicalmente la actitud del hombre hacia la naturaleza, en el sentido de preservación, restauración, comunicación y asimilación, en unidad con el medio ambiente, del cual hace parte. Y el cambio de la conciencia humana, que si miramos hacia los sacrificios solidarios parece que ha sido mucho, pero si miramos a la expansión de conductas individualistas lesivas al bienestar común, deja mucho que desear. El ideal del hombre nuevo es también un componente paradigmático universal, pero no me canso de repetir que no podremos hablar del hombre nuevo hasta que no se haga salir de la cabeza humana el deseo del automóvil.
Dicho sea rápidamente y sin ser todo lo acucioso que merece el punto, para mí estos resultan enunciados paradigmáticos perfectamente generalizables. No diría yo que para caracterizar el socialismo del siglo XXI, sino para esbozar el horizonte de su construcción. Y si pensamos en ellos de manera despejada, sin querer encontrar coartadas para complacencias, veremos que es poco, a veces demasiado poco, lo que podríamos contabilizar ya como realización en los esfuerzos en que hasta ahora nos hemos empeñado.
En qué medida se asemejan o divergen entre una y otra realidad nacional la correlación de clases sociales y cómo hacerle frente en la responsabilidad práctica de construcción social. Cómo se definiría, en términos de diseño, la institucionalidad política y jurídica que responda a los intereses del pueblo. Cuáles serían, aquí y allá, las proporciones idóneas de la propiedad sobre los medios económicos desde el sector estatal hasta el privado.
Estos son, junto a otros, temas dilemáticos puntuales, que requerirán de concreciones distintas en las respuestas que implementemos. No confundir los paradigmas con las decisiones coyunturales, los méritos del corto plazo con los del largo, la movilización con la participación, lo necesario de la espontaneidad y el ingenio creativo con rechazo del liderazgo (ni al revés). Estos y otros serán siempre (o al menos por uno o dos siglos, con buen tiempo) desafíos para lograr la irreversibilidad socialista.
Si el socialismo que construyamos no se hace definible como democracia, no será socialismo; pero si no se vuelve por naturaleza irreversible tampoco será socialismo. Corro el riesgo de ser acusado de veleidades dogmáticas. Acepto el riesgo. Pero no he abandonado la idea de la irreversibilidad. Aunque de ningún modo crea que la hemos conseguido al votar su inclusión en el texto constitucional: votamos la aspiración, pero solo el curso de la historia podrá decir si el socialismo que construimos resultará irreversible o si también cederá ante las presiones del mercado. Y, sobre todo, ante la inmensa deformación hegemónica que el dominio de los medios masivos de información ha impuesto al pensamiento. Vuelvo a recordar el deseo del automóvil como síndrome erosionante de nuestro tiempo. Creo, sin embargo, que la irreversibilidad, cuando tengamos modo de comprobar que ha sido lograda, será definitoria.
No puedo terminar sin detenerme un instante en el mapa latinoamericano de hoy. Tan sólo un instante —no hay tiempo para más ahora— para recordar que no estamos debatiendo en un plano estrictamente teórico. Estos temas han sido puestos al día por las exigencias, los desafíos y las esperanzas que nos plantea el cambio que las masas han impuesto en el escenario latinoamericano. Para recordar que frente al avance devastador del modelo neoliberal se ha impuesto una ola de resistencia y transformaciones que ha cambiado el mapa político, social y económico de la América Latina.
El cambio latinoamericano que se inició con la revolución bolivariana en Venezuela, y que se ha generado una onda expansiva, convierte al continente el laboratorio sociopolítico y económico por excelencia del mundo periférico hacia la transformación del ordenamiento mundial y hacia la subsistencia del planeta. Hacia el rescate de los paradigmas y la asunción de la posibilidad —difícil y escabrosa pero real— de que el dilema “socialismo o devastación” no se resuelva por la vía de la tragedia. Por supuesto que este punto merece más precisiones, pero sería imposible ahora ir más lejos.
La Habana, 5 de septiembre de 2009

domingo, 13 de septiembre de 2009

Centroamérica: 15 de septiembre

La vida independiente de estos países ha sido azarosa, y ha dado lugar tanto a las posturas más serviles como a las más dignas. Siempre ha sido así por estos lares: una de cal y otra de arena, luces y sombras. Cuando alguien trata de enmendar, aunque sea mínimamente, la situación, salen a relucir los "salvapatrias" tipo Micheletti.
Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica
rafaelcuevasmolina@hotmail.com
Centroamérica celebra su independencia el 15 de septiembre. Es un decir, ya se sabe, pero de todas formas es momento propicio para que con los viejos rituales de siempre se renueven los lazos de todos con la nación. Los escolares desfilan uniformados por las principales avenidas de pueblos y ciudades aunque, dependiendo del país, hay variantes.
En Guatemala, por ejemplo, prevalecen las notas de las marchas castrenses, y varios colegios tradicionales se disputan el dudoso privilegio de que sus jóvenes estudiantes parezcan engalanados militares de guantes blancos, charreteras y fusiles. En Costa Rica, el desfile tiene un inequívoco tono festivo: al ritmo de notas tropicales la muchachada marcha jolgoriosa; el Ministerio de Educación es puesto en jaque por las minifaldas de las señoritas que, dice, poco tienen que ver con el patriotismo. A pocos les importa el punto.
Desde que las cinco pequeñas repúblicas centroamericanas nacieron a la vida independiente se cuestionó su viabilidad como naciones. Se argumentaba su tamaño, lo escaso de la población, el atraso y la marginalidad en la que estaban sumidas a pesar de estar en el centro de América.
Apenas dando sus primeros pasos, Centroamérica fue absorbida durante unos años por el Imperio mexicano de Iturbide. Más tarde, el aventurero norteamericano William Walker pensó que podría asociarla a los estados del Sur de los Estados Unidos de América y se posicionó en Nicaragua hasta que fue echado por una coalición de ejércitos centroamericanos.
La vida independiente de estos países ha sido azarosa, y ha dado lugar tanto a las posturas más serviles como a las más dignas. La familia Somoza, por ejemplo, que gobernó dictatorialmente Nicaragua durante más de cuarenta años, hablaba en su seno en inglés como, por demás, lo hacen muchos de los miembros de las clases dominantes de ese país. Es de buen tono hacerlo, y para practicarlo con más asiduidad y con quienes tienen el acento genuino, tienen apartamentos en Miami en donde pasan sus vacaciones estivales. Algunos celebran el 15 de septiembre estando allá pero ese es un detalle menor.
La misma Nicaragua ha conocido posiciones y actitudes opuestas, es decir, de una firmeza remarcable. Cuando en 1927 los Estados Unidos de América invadieron por enésima vez ese país, apareció Augusto César Sandino, aquel al que Gabriela Mistral llamara General de Hombres Libres, y no cejó en hacerles la guerra hasta que se fueron.
Siempre ha sido así por estos lares: una de cal y otra de arena, luces y sombras. La vida independiente centroamericana ha estado tachonada de dictaduras proverbiales de generalotes que se aferran al poder por quince, veinte o treinta años. Qué tristeza.
Ahora que se ha puesto de moda el término “Estado fallido” es bueno traerlo a colación con ocasión de la celebración de la independencia y del Estado nacional. Véase el caso de Guatemala, ¿qué clase de Estado independiente es ese? Muchos pensarán que, a estas alturas de mi discurso, mencionaré la sempiterna relación lacayuna de los sectores dominantes y los Estados Unidos. Pero no, quiero referirme a otros problemas. Por ejemplo, a la penetración del narcotráfico. Por ejemplo, a la incapacidad del Estado para resolver los problemas más básicos de su población.
En estos días, en vísperas de la celebración de la independencia, cuando con la mano en el pecho y los ojos en blanco se cante el himno nacional de ese país, miles de guatemaltecos estarán, literalmente, muriendo de hambre, mientras el Estado no es capaz, ni siquiera, de declarar estado de calamidad pública para tratar de paliar un poco la situación. Los que se están muriendo en el llamado Corredor Seco guatemalteco son los que, siendo tan pero tan pobres, no pudieron migrar hacia los Estados Unidos buscando, no el sueño americano (casa, automóvil, electrodomésticos, éxito) como muchas veces se dice, sino lo mínimo que les permita sobrevivir. Expulsados porque en su independiente país no hay oportunidades.
Estado mafioso, Estado inoperante, Estado inútil, Estado fallido.
Cuando alguien trata de enmendar, aunque sea mínimamente, la situación, salen a relucir los "salvapatrias" tipo Micheletti.
Ese, de seguro, que será de los que cantarán el himno de Honduras con los ojos en blanco.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Brasil: ¿subimperio o potencia alternativa del sur?

El predominio de la opción militar en Brasil, como quedó de manifiesto en el reciente acuerdo con Francia para la compra de naves y tecnología de guerra por $12 mil millones de dólares, solo acentúa las contradicciones y limitaciones del proyecto hegemónico sobre el conjunto de la sociedad brasileña.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
(Fotografía: los presidentes Nicolás Sarkozy y Lula da Silva)
¿Brasil está “condenado” a repetir, en América del Sur, el desarrollo imperialista de los Estados Unidos en América del Norte? Esta es la pregunta que surge tras el anuncio, el pasado 7 de setiembre, de la firma de un acuerdo entre los gobiernos del país suramericano y el de Francia para la compra de helicópteros, submarinos y tecnología francesa para la fabricación de un submarino nuclear, por un monto de $12 mil millones de dólares.
El avance que ha tenido el proyecto hegemónico brasileño durante el ambiguo escenario de los dos gobiernos de Lula da Silva y del Partido de los Trabajadores, simplemente es incuestionable. Se trata de un proyecto cuyas raíces se extienden casi hasta el surgimiento del Imperio de Brasil en el siglo XIX (1822-1889), y que, desde distintos ámbitos de acción (geopolítico, cultural, económico, tecnológico-militar), expresa fundamentalmente los intereses de la burguesía y de las élites militares por convertir al país en una potencia regional y global.
La punta de lanza de esta iniciativa es la afirmación de la superioridad militar de Brasil en América Latina, su “zona de influencia” más inmediata. De acuerdo con el informe anual del Instituto de Estudios para la Paz de Estocolmo, el gasto brasileño en este rubro fue de más de $15 mil millones de dólares en 2008, muy por encima de los $6,5 mil millones de la alianza colombiano-estadounidense.
Distintos analistas latinoamericanos observan en este “rearme” brasileño una prueba más de la “independencia” relativa que ha alcanzado América Latina, en los últimos años, con respecto de los Estados Unidos.
También señalan el acuerdo franco-brasileño como la respuesta obligada de Brasilia al acuerdo Washington-Bogotá, que permitirá al ejército estadounidense hacer uso de siete bases militares en Colombia. En este sentido, Roberto Godoy, especialista brasileño en asuntos militares, afirmó que “probablemente esto [la alianza estratégica con Francia] es el inicio, aunque eso nadie lo admite porque puede traer consecuencias diplomáticas, de un camino que dará al país el mayor poder de fuego naval en América Latina” (Página/12, 07-09-2009).
Desde Puerto Rico, Carlos Rivera considera que el vínculo militar Brasil-Francia puede “contrarrestar las movidas recientes de Estados Unidos para trastocar la situación geoestratégica en la región” (ver: “Nuestra América se arma contra el imperio”). Y desde Uruguay, Raúl Zibechi escribe sobre el nacimiento de “un complejo militar-industrial autónomo […] que consigue blindar la Amazonia y las reservas de hidrocarburos descubiertas en el litoral marítimo brasileño” (ver: “El definitivo adiós al patio trasero”).
Tales interpretaciones, con un fuerte acento en la cuestión militar, válidas para leer estos acontecimientos desde una perspectiva estrictamente geopolítica, no son tan útiles para analizar el tema desde un enfoque popular-emancipatorio.
El predominio de la opción militar en Brasil solo acentúa las contradicciones y limitaciones del proyecto hegemónico sobre el conjunto de la sociedad. Contradicciones, porque ese gasto, escandaloso en tiempos de crisis económica -que pesa sobre todo en los más pobres- y revelador de las prioridades del gobierno, constituye un aldabonazo para el nuevo complejo militar-industrial, en detrimento de las demandas sociales insatisfechas y las más legítimas aspiraciones populares, que claman por la transformación de las estructuras de exclusión.
Y limitaciones, porque el Brasil potencia se construye casi exclusivamente hacia afuera (rasgo esquizofrénico de la formación de los Estados latinoamericanos), mientras a lo interno el poder oficial continúa esforzándose en ser un eficiente administrador de la desigualdad: Brasil es la novena economía del mundo, pero ocupa el lugar número 70 en el Índice de Desarrollo Humano del PNUD (datos del informe 2007-2008).
Además, según lo denunció recientemente el Movimiento de los Sin Tierra (MST), aproximadamente el 47% de la propiedad de la tierra está concentrada en el 1% de la población (Adital, 12-08-2009): esa fauna latinfundiaria que, como certeramente lo explica Aníbal Quijano, “sigue empleando con los trabajadores los mismos exactos procedimientos del antiguo señorío terrateniente latinoamericano, que fue terminando en todo el resto de la región a fines de la década de 1960: abusa, maltrata, tortura, mata a sus trabajadores” [1].
El mandato de Lula da Silva termina el próximo año. Su proyecto político, en especial aquellos aspectos más cuestionados por el campo popular, como la continuidad del neoliberalismo, el “imperialismo” financiero-comercial y la postergación de la reforma agraria, muy probablemente será profundizado a favor de los intereses de la centro-derecha opositora, representada por José Serra, quien avanza como favorito en las encuestas de intención de voto.
Sin el liderazgo carismático de Lula en el impulso a la integración regional, o empleando el poder suave para la mediación en conflictos latinoamericanos, ese poderío militar forjado en sus dos gobiernos podría cubrirse con una sombra de incertidumbre. ¿Se utilizará para resguardar los intereses de la élite transnacional que detenta el poder? ¿Para reprimir al pueblo brasileño, a los campesinos sin tierra, a los sindicatos y organizaciones populares? ¿O servirá para conspirar ahora, como ya ocurrió durante la década de 1970, contra los gobiernos socialmente más radicales de América Latina (Bolivia, Ecuador o Venezuela)?
Lejos aún de la posibilidad de emprender un proyecto político nacional-popular y emancipador, con continuidad en el tiempo, Brasil parece estar más cerca de convertirse en un imperio esquizofrénico –o subimperio, función que alguna vez desempeñó en el siglo XX-, que en una potencia alternativa del Sur: reconocida por sus esfuerzos en la construcción de un mundo multipolar y la promoción del bienestar de los pueblos y no, como ahora, por favorecer el bienestar de los estados financieros de la industria militar, y cuidar, de paso, los sacros privilegios del statu quo.

NOTA
[1] Quijano, Aníbal (2004). El laberinto de América Latina: ¿hay otras salidas?, En publicación TAREAS, nº 116, enero-abril. Centro de Estudios Latinoamericanos "Justo Arosemena" (CELA), Panamá. Pp. 45-74.

Guatemala: La Independencia

Es vergüenza de nación que tengamos altos índices de desnutrición y peligro de hambruna. Podemos y debemos resolver ese problema todos los guatemaltecos para tener una verdadera independencia.
César Montes* / ALAI
(Fotografía: Comunidad de Guayabillas, Jocotán. Tomada de: Prensa Libre, Guatemala)
Los condenados de mi tierra no son independientes ni 12 años después de los Acuerdos de Paz
Hace 188 años que se declaró la Independencia de Centroamérica y Chiapas.
Los que sembraron la tierra, los que edificaron grandes templos en Tikal y Zaculeu, los que hicieron los primeros canales de riego por gravedad, que hicieron predicciones astronómicas que incluyen hasta el 2012, que hicieron conventos y templos majestuosos en la Antigua, los que fabricaron el palacio de los Capitanes Generales, que abrieron el paso en el cañón de Palín en medio de las piedras, que hicieron a pico y pala todos los caminos del país, que fueron despojados de las tierras bajas y planas, reducidos a las montañas antes de 1871, que desde ese año fueron despojados de las altas montañas para sembrar el café, los que formaron el Batallón Canales, y varios otros batallones, unas veces conservadores y otras liberales; los que fueron a los pantanos para construir el ferrocarril de las Verapaces, muriendo de malaria muchos de ellos.
Los que rompieron el túnel de Zunil para que pasara el Ferrocarril de los Altos, que levantaron las cosechas de café en veredas de cabras cargando 125 libras por lo menos en cada saco, que levantaron cosechas de algodón envenenándose con los pesticidas, que cargaron por kilómetros banano con el lodo hasta las rodillas , que sirvieron las mesas de los Time Keepers de la Frutera en Tiquisate y Fincas Nuevas, los que sembraron y cosecharon cientos de caballerías de caña, que cuidaron las casas de los terratenientes.
Los mismos que poblaron las selvas de la Zona Reina y el Ixcán, las hicieron productivas para que después llegaran a despojarlos. Los que de 1952 a 1954 recibieron tierras en Jocotán y Camotán, en parcelas gracias al Decreto 900 de la reforma agraria y luego fueron asesinados por mercenarios de la “Liberación”. Los mismos que pusieron la mayoría de los 200 mil muertos durante los 36 años de enfrentamiento armado, los acarreados para las elecciones, los siempre engañados, estafados, despojados. Los condenados de mi tierra no son independientes ni 12 años después de los Acuerdos de Paz. Ellos que hicieron la lucha armada por la tierra, que la hicieron producir alimentos para que sus hijos no padecieran desnutrición. Generaron riqueza, con el sudor de su frente trabajando en el añil, algodón, café, caña de azúcar, palma africana y otros productos generadores de divisas para el desarrollo de la patria. Recibieron sólo un jornal, una mísera parte de la riqueza que generaron con su trabajo.
La tierra sola sin el trabajo humano no genera riqueza. Ni las fábricas sin el sudor de los obreros. Obreros y campesinos generaron riqueza con su trabajo físico. Recibieron en compensación el salario mínimo para garantizar que comieran y estuvieran listos para el trabajo del día siguiente. Ellos siguen sin ser independientes. Pero aun ni las clases dominantes hasta el día de hoy son independientes. Ni los que dieron el sudor de su frente ni los que les dieron empleo en las fincas o fábricas somos independientes. Es independiente un país que no necesita de caridad internacional para alimentar a sus ciudadanos. L a desnutrición y el hambre es problema de todos. No sólo de los que la padecen.
Es vergüenza de nación que tengamos altos índices de desnutrición y peligro de hambruna. Podemos y debemos resolver ese problema todos los guatemaltecos para tener una verdadera independencia. Es responsabilidad nacional y no de la ayuda internacional. Juntos todos, podemos. Sin hacer política electorera de ese problema. Comparto con Kalschmit que con agro aldeas saldrán los campesinos e indígenas de la desnutrición crónica. Sin limosnas. Sólo con una más justa distribución de la riqueza generada por toda la nación.
Guatemala, Viernes 11 de Septiembre 2009
*César Montes es un legendario exguerrillero guatemalteco –y centroamericano- que participó en la lucha armada de su país desde principios de la década de los años sesenta, junto a Turcios Lima y Yon Sosa. Luego participó en la guerra de Nicaragua y en El Salvador. Actualmente es columnista del diario Siglo XXI de Guatemala, analista y colabora con distintas organizaciones en su país, El Salvador y Nicaragua.

El Acta de Independencia sin independencia

El mayor fracaso histórico que se engendraba en 1821 era que Centroamérica, como realidad política, necesaria, vital e imprescindible, actualmente, no estaba apareciendo en las cabezas, en los bolsillos y en los propósitos de las fuerzas, personas e intereses, reunidos en el Palacio Nacional de Guatemala el 15 de setiembre, y hasta hoy, 5 pequeños, pobres y atrasados países, se debaten entre la miseria de los pueblos y la opulencia ofensiva de los dominadores.
Dagoberto Gutiérrez / Diario CoLatino (El Salvador)
Este es el documento más secreto que alguien puede conocer. Jamás ha sido pensado públicamente, aunque ha sido y es mencionado de manera grandilocuente, es referido a la Patria, pero no a las condiciones políticas e históricas, no es trabajado con referencia a los intereses de los protagonistas que lo concibieron, redactaron y aprobaron; en fin, el acta ha sido despojado de su valor histórico propio, y en consecuencia, ha sido enterrado y soterrado, hasta ahora.
En el documento se refleja la actuación de dos partes enfrentadas y con diferentes intereses y protagonismos: por un lado, los funcionarios del poder colonial, que maniobran contradictoriamente entre sí, y por otro lado, el pueblo de la ciudad de Guatemala que presiona, realmente, por una real independencia de España.
En el bloque de los funcionarios estaban los que no querían la independencia de España, los que estaban dispuestos a firmar un acta de independencia para anexionarse después al Virreynato de Nueva España (México), y en el caso de los criollos de San Salvador, los que querían, sobre todo, los que querían sacudirse el predominio económico de los criollos de Guatemala sobre la provincia de San Salvador.
Vistas las cosas así, resulta que los hombres reunidos el 15 de septiembre de 1821, en el Palacio Nacional de Guatemala, no eran rigurosamente independentistas frente a la metrópoli española, y que los verdaderamente independentistas eran el pueblo que estaba en la calle exigiéndola a gritos, y metiéndole miedo a los señores perfumados que vacilaban al interior del palacio.
Esta lógica es la que explica el texto del acta, porque como sabemos, para interpretar un texto hay que conocer su contexto, y en este caso su contexto histórico. El acta en referencia puede dividirse en 5 partes, y en sus 18 numerales encontramos una atención al Congreso que, posteriormente, en el mes de marzo de 1822, determinaría la independencia de España.
Esto quiere decir que el 15 de septiembre no es la fecha definitiva de la independencia. Luego viene la parte que va del número 7 al 9, en donde se establece claramente que se trata de una independencia sin independencia, o una especie de cambio pero sin cambio.
La tercera parte, que va del número 10 al 11, establece el poderío de la iglesia católica, en tanto que el número 12 es el texto que garantiza el orden y tranquilidad, y del 13 al 18, se establece el protocolo y los actos oficiales correspondientes.
En el número 1 del documento encontramos la confrontación histórica real de la coyuntura de 1821. El texto dice que la independencia debe ser pública “para prevenir las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. Aquí encontramos el sentido excluyente de este texto y la voluntad política de quienes lo redactaron o firmaron.
Lo cierto es que revela la existencia de la confrontación real entre los sectores populares realmente independentistas y la de los funcionarios y miembros de las elites políticas y económicas que consideraban que era necesario evitar que el pueblo hiciera en realidad la independencia, porque en ese caso, dicen los señores en su texto, que las consecuencias serían temibles.
A continuación, y confirmando que el acta del 15 de septiembre no era el documento definitivo, se pasa a organizar la convocatoria al Congreso que el siguiente año, 1822, debía decidir “el punto de independencia general y absoluta, y fijar en caso de acordarla, la forma de gobierno y ley fundamental que deba regir”.
En los siguientes numerales se desarrolla el procedimiento de convocatoria; mientras tanto, el Brigadier Gavino Gaínza, funcionario español, nombrado por España para gobernar la Capitanía General de Guatemala, dice el texto, “continúe con el gobierno superior político y militar”, es decir, que no hubo ninguna independencia, y mas bien fue una maniobra para aplacar las exigencias populares y ganar tiempo para sus intrigas palaciegas.
Pero, además, los señores disponen formar “una Junta Provisional Consultiva” para que el gobierno continuista de Gainza “tenga el carácter que parece propio de las circunstancias”. Por si esto fuera poco, ocurre que esta Junta Provisional Consultiva, que debía ser consultada por Gainza, es la que debía consultar al señor jefe político “en todos los asuntos económicos y gubernativos”. Esto quiere decir, ayer, hoy y siempre, que estos no eran independentistas, y no tenían interés en romper con la metrópoli.
La iglesia católica tenía un papel político muy importante en los acontecimientos y el texto le asegura el monopolio de esta fe, los cargos ocupados y, además, a los ministros eclesiásticos seculares y regulares les garantiza protección “en sus personas y propiedades”, y se les da la tarea política de sofocar la pasión independentista del pueblo para que no se dividan los ánimos y no se produzcan “funestas consecuencias”.
En esta parte, el texto llega a ser perverso y antipopular y nos muestra el miedo profundo que se le tenía al pueblo independentista, al que había que controlar mediante la fuerza y el trabajo ideológico de la iglesia católica. Lo que sigue en el documento hasta el número 18 es el protocolo de la ocasión. Hay que hacer notar que en el número 13, Gabino Gainza debía publicar un manifiesto informativo de lo que se había hecho, pero sin una fecha concreta para hacerlo.
En realidad, el acta de independencia del 15 de septiembre de 1821, debe ser tratado históricamente, y debe ser salvado en esa calidad, pensado, estudiado, discutido, en su contexto histórico, para revelar la lucha política, los intereses enfrentados y el papel del pueblo y las elites, dentro de la coyuntura. Es necesario romper, desde abajo y desde arriba, el silencio sobre este documento, para poner en su sitio, desde las diferentes visiones e intereses actuales, el pasado histórico, de manera de encontrar ahí las pistas que necesitamos para enfrentar y resolver nuestros problemas actuales.
El mayor fracaso histórico que se engendraba en 1821 era que Centroamérica, como realidad política, necesaria, vital e imprescindible, actualmente, no estaba apareciendo en las cabezas, en los bolsillos y en los propósitos de las fuerzas, personas e intereses, reunidos en el Palacio Nacional de Guatemala, y hasta hoy, 5 pequeños, pobres y atrasados países, se debaten entre la miseria de los pueblos y la opulencia ofensiva de los dominadores.

La resistencia hondureña madura políticamente

El Frente Nacional de Resistencia al Golpe de Estado, que ha logrado mantener la movilización casi cotidiana desde el mismo día de la asonada militar, está pasando de ser un conglomerado de organizaciones y sindicatos, a conformar una estructura de un movimiento político con representación en todo el país.
Ricardo Daher / LibreRed y Rebelion
El golpe de Estado en Honduras cumplió ya más de dos meses y poco a poco comienzan a desaparecer las noticias de ese país en los titulares de los grandes medios. El peligro de que se acepte por la vía de la fuerza de los hechos el nuevo gobierno hondureño y las elecciones que se preparan bajo el clima de represión, debería preocupar a los demócratas de todo el mundo.
El silencio internacional sobre la resistencia hondureña y las tímidas y contradictorias acciones de quienes deberían presionar para el retorno a la institucionalidad, no ha hecho más que fortalecer a los sectores derechistas, no sólo de ese país.
La semana pasada se difundió como un gran logro la decisión del gobierno norteamericano de suspender la ayuda económica al gobierno de facto, pero pasó casi desapercibido que el Fondo Monetario Internacional (FMI) controlado por Estados Unidos, concedió un respiro financiero a la dictadura.
Mientras, los partidos políticos que respaldaron el quiebre constitucional, iniciaron ya sin complejos, la campaña electoral para participar en las elecciones del próximo mes de noviembre, con lo que por la vía de los hechos legalizan la dictadura y sus consecuencias.
Sin embargo, los golpistas no tuvieron en cuenta la reacción del pueblo. Más allá del reclamo inicial de defensa del orden institucional y del retorno de Manuel Zelaya a la presidencia, el pueblo se ha comenzado a organizar y exigir también una Asamblea Constituyente para ampliar los derechos ciudadanos y garantizar la participación popular.
El Frente Nacional de Resistencia al Golpe de Estado, que ha logrado mantener la movilización casi cotidiana desde el mismo día de la asonada militar, está pasando de ser un conglomerado de organizaciones y sindicatos, a conformar una estructura de un movimiento político con representación en todo el país.
El pasado fin de semana, el Frente Nacional realizó una asamblea con representantes de casi todos los departamentos del país, y además de establecer un programa de movilizaciones, adelantó una plataforma de reivindicaciones que va más allá del retorno de Zelaya, y comenzó a diseñar una estructura organizativa.
A juzgar por las consignas de las movilizaciones y la declaración del Frente, la convocatoria a una Asamblea Constituyente es la tarea fundamental del movimiento.
El coordinador general del Frente Nacional contra el golpe de Estado, Juan Barahona, expresó claramente ese concepto: “La asamblea nacional constituyente va con Zelaya o sin él, porque es un derecho y una aspiración del pueblo hondureño para transformar nuestra sociedad”.
En el fondo esa es también la razón del golpe del Estado. Los militares detuvieron al presidente Zelaya y lo expulsaron del país el mismo día en que debía realizarse una encuesta pública, a través de las urnas, para plantear la posibilidad de convocar a una asamblea constituyente a través de un futuro plebiscito.
Fue esa consulta al pueblo, y el temor de convocar a una asamblea constituyente que le otorgara más participación al pueblo lo que provocó el golpe de Estado. Después el aparato de propaganda derechista incluyó la supuesta aspiración de Zelaya a la reelección –cosa descartada por la cronología de los hechos- y supuestos actos de abusos de poder o mal manejo de los fondos públicos.
Los golpistas calcularon mal, y la acción organizada para detener la participación ciudadana, la ha despertado aún más. Ahora el pueblo no se moviliza sólo por el retorno de Zelaya, sino también, y casi fundamentalmente, por la convocatoria a la asamblea constituyente. En enero próximo caduca el período de mandato de Manuel Zelaya, lo que pone una fecha límite al reclamo de su retorno. Lo que no caduca es la convocatoria a la asamblea constituyente.
Además ahora, el pueblo ha adquirido experiencia organizativa y comienza a darse nuevas formas de organización independiente de los partidos políticos existentes y con raíces en las bases de la sociedad, lo que garantiza su permanencia.

El delito de ser indio

Si es verdad que sigue siendo en extremo adversa la situación de los indígenas, se presentan casos en que parece que ser indio es un delito. A dos casos recientes quiero referirme.
Miguel León-Portilla / LA JORNADA
A lo largo de los años y los siglos que siguieron a la conquista de México, el destino de los pueblos originarios fue siempre, y sigue siendo, en extremo adverso. De muchos de sus infortunios hablan los frailes cronistas desde el siglo XVI. Fray Bernardino de Sahagún escribió que no quedó de ellos sombra de lo que fueron.
Y, si atendemos a los tiempos presentes, encontramos que las desgracias no han terminado. De los indios contemporáneos puede decirse que unos sobreviven en zonas de refugio con muy escasos recursos, como ocurre con muchos de los que habitan en gran parte del sur de México y varios lugares del altiplano central. De otros debe notarse que, sobre todo durante las últimas décadas, han emigrado, marchándose a las orillas de las grandes ciudades de México y también a algunas de Estados Unidos. Ahí perciben salarios muy bajos y se afanan en provecho ajeno, de diversas maneras, bien sea en el servicio doméstico o en otros trabajos nada apetecibles.
Pero, si es verdad que sigue siendo en extremo adversa la situación de los indígenas, se presentan casos en que parece que ser indio es un delito. A dos casos recientes quiero referirme, dados a conocer por La Jornada y otros periódicos el 15 de agosto de este año. Se presenta uno con el título de La hija que Cirila perdió por no saber inglés; el otro como Doña Jacinta, presa de conciencia. El primero trata de la indígena chatina –grupo de aproximadamente 50 mil habitantes en el suroeste de Oaxaca– que cruzó sin documentos la frontera con el vecino país. Trabajaba en un restaurante chino de la ciudad de Biloxi, en el estado de Misisipi.
Acerca de ella se informa que su nombre completo es Cirila Baltasar Cruz y que tiene 34 años. Hallándose embarazada y a punto de dar a luz, acudió a un hospital acompañada por un miembro de su familia, quien, por saber inglés, podría fungir como intérprete. Recibida en el hospital, se rechazó la presencia del familiar y se le asignó una intérprete de español a inglés. Cirila, bien sea por tener un conocimiento limitado de la primera de estas lenguas, o porque la intérprete tampoco hablaba bien español, o por otra causa, no estableció adecuada comunicación con ella.
Poco después, a instancia de un funcionario del hospital, Cirila, que no tenía documentos migratorios, fue llevada a un tribunal. Ahí la intérprete declaró que la acusada le había dicho que quería entregar en adopción a su hija recién nacida y regresar a México. Por su parte, Cirila, como pudo, manifestó lo contrario, afirmando que nunca pensó en separarse de su hijita. No obstante, el fiscal del tribunal la acusó de grave negligencia que ponía en riesgo la vida de su hija.
La decisión del juez fue que Cirila, por ser inmigrante ilegal, no disponer de recursos económicos y no hablar inglés, debía perder la custodia de su hija, que fue concedida a una pareja estadunidense.
Puede decirse, a la luz de tales cargos, que su delito fue ser india.
El segundo caso ha ocurrido en México. Doña Jacinta es indígena otomí y en el estado de Querétaro ha sido acusada de intento de secuestro, nada menos que de un policía. Vendía ella refrescos en el mercado del pueblo de Mexquititlán, al que llegaron varios policías con el fin de investigar si ahí se vendía mercancía pirata. El pueblo reaccionó en contra y los rodeó.
Éstos, relativamente pronto, quedaron libres. Pocos días después se buscó a quienes los habían intentado secuestrar. En una foto tomada por un policía el día del conflicto aparece doña Jacinta. Esa fue la prueba que se exhibió para detenerla. Llevada ante un juez, como en el caso de doña Cirila, fue interrogada. No pudo ella expresarse porque conoce muy poco el español.
El veredicto del juez fue que doña Jacinta, a la que no se concedió un intérprete, era culpable. Así, aunque inocente, fue condenada a 21 años de prisión. Su delito fue ser india que no pudo defenderse por carecer de recursos y no hablar bien español.
La nota periodística respecto del primer caso añade que la Secretaría de Relaciones Exteriores de México anunció en un comunicado que Cirila ha sido víctima de discriminación y violación a los derechos humanos y que usará todos los recursos legales a su alcance. Informó, asimismo, que se investigan otros tres casos similares de niños mexicanos arrebatados a sus padres en circunstancias parecidas.
Respecto de la segunda acusada, Amnistía Internacional se propone defender a doña Jacinta. Casos son éstos de flagrante injusticia en contra de estas dos indígenas sin recursos y a las que se dio mal trato y han sido condenadas al no hablar inglés o español. ¿Es un delito ser indio?