sábado, 8 de octubre de 2016

Viendo Colombia desde Centroamérica

Como muchos, no esperaba el triunfo del no en Colombia pero no me extraña. Vengo de Guatemala, un país con una experiencia que no ha sido muy distinta a la de Colombia y por eso me explico no sólo cómo se sienten los colombianos, sino por qué les pasa lo que les está pasando.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

He leído en estos días decenas, si no cientos de análisis del porqué del triunfo del no, unos más sesudos que otros, cínicos, reflexivos, adoloridos, alegres y asustados. Son días turbulentos en los que todos están un poco en shock, como quedaron los británicos después de haber votado para salirse de la Unión Europea. Parece que nadie lo digiere bien y, acorde con esta época en las que nos toca vivir, se buscan ganadores y perdedores.

Y pienso que para entender lo que pasó en Colombia hay que tener una visión de un poco más largo plazo, porque lo que somos hoy los latinoamericanos, y por ende los colombianos, es el resultado de muchos años de sedimentación de tendencias de las que uno puede encontrar sus raíces en tiempos que ahora se ven lejanos, como los setenta o los ochenta del siglo pasado. Para los más jóvenes eso suena a antediluviano, pero los que peinamos canas sabemos que esas décadas están a la vuelta de la esquina, y tal vez por eso nos es más fácil tomarlas en cuenta a la hora de pensar estas cosas que nos suceden hoy.

Partiendo del tiempo presente, llama la atención en Colombia pero no solo en ella, el carácter tan conservador, profundamente reaccionario podríamos decir, de grandes sectores de las clases medias. Es gente en la que han encarnado valores de un cristianismo retrógrado y agresivo, que se opone a todo lo que no sea algo así como Dios-Patria-Libertad, para hacer referencia a los eslóganes de la más extrema derecha de los años setenta.

Pero, en mi opinión, esta matriz ideológica que hoy eclosiona con tanta fuerza, y que no tiene empacho en reivindicar en Brasil, por ejemplo, a los militares de los años de la dictadura o en denostar contra Paulo Freire, se ha venido perfilando desde aquellos lejanos años de los setenta, cuando como contraofensiva por el avance de la Teología de la Liberación, que establecía vínculos cercanos con movimiento radicales como las guerrillas salvadoreña o nicaragüense, hubo una verdadera avalancha desde el norte de iglesias pentecostales que derivaron, en años más cercanos, en teologías de la prosperidad, del éxito o de la salvación comprada a través del diezmo, tan a tono con un sentido común neoliberal que ayudan a construir y fundamentar.

Por otra parte está la mentalidad anticomunista que, para algunos, se difuminó o desapareció al caer el Muro de Berlín pero que, en nuestra opinión, no solo no desapareció sino que se reforzó con un imaginario que agregó al terrorista, al chavismo, al feminismo y los movimientos LGTBI; un menjurje insoportable, un monstruo de mil cabezas que es azuzado inmisericordemente de forma interesada a cada momento en todos los países de América Latina sin excepción. Esto ha crecido desmesuradamente luego del susto que ha pasado la derecha latinoamericana, y los Estados Unidos, con estos años de gobiernos nacional progresistas.

La conformación de este sentido común reaccionario de derechas que, tal vez, podríamos denominar neoliberal, se activa con los espantos que le sirven de portaestandarte cada vez que hay necesidad. Para eso tienen los mecanismos bien aceitaditos, los medios perfectamente alineados para que las clases medias, ante el estímulo adecuado, respondan, como el perrito de Pavlov, con su reflejo condicionado.

Quisiera agregar un elemento más que proviene de mi calidad de guatemalteco: nuestras sociedades, teñidas con esta mentalidad que ha sido trabajada y formada durante tantos años, la tienen a ella como su herramienta para analizar y reaccionar en sociedades heridas, destramadas, enfrentadas y, como dicen los salvadoreños, “pedaciadas”. Hay un dolor, un rencor, una frustración de décadas que no podrán encontrar salida teniendo estos esquemas de pensamiento.

Somos el producto de años de un trabajo ideológico que persigue dividirnos, mantenernos en el estancamiento, limitarnos la visión de mundo. Es el ámbito de la batalla de las ideas que, como todo lo referente a la ideología y la cultura, requiere de largos procesos de formación y sedimentación. En América Latina esos largos procesos de  iniciaron en los lejanos años de la insurrección guerrillera, de las guerras populares de liberación nacional, de las insurrecciones urbanas, como estrategia contrainsurgente. Para los Estados Unidos siempre estuvo muy clara la necesidad de trabajar esa dimensión; recuérdese, solo a manera de ejemplo, el Manifiesto de Santa Fe de los años ochenta, y en nuestros días la insistencia permanente por abrir el ciberespacio, que ellos dominan culturalmente, en aquellos lugares que quieren penetrar y cambiar radicalmente, como Cuba.

Que las clases medias urbanas colombianas votaran por el no, no nos debería extrañar en este contexto.

3 comentarios:

Gustavo Dieguez dijo...

Rafa, sin ir muy lejos, en Guatemala también ganó el no cuando se consultó acerca de la reforma constitucional (producto de los acuerdos) y mirá como estamos, en parte consecuencia de ello.

Gustavo Dieguez dijo...

Rafa, sin ir muy lejos, en Guatemala también ganó el no cuando se consultó acerca de la reforma constitucional (producto de los acuerdos) y mirá como estamos, en parte consecuencia de ello.

Anónimo dijo...

Rafa, sin ir muy lejos, en Guatemala también ganó el no cuando se consultó acerca de la reforma constitucional (producto de los acuerdos) y mirá como estamos, en parte consecuencia de ello.