sábado, 26 de noviembre de 2022

La devastación de Costa Rica

 Un programa de amplio prestigio que analiza la realidad nacional año con año, el Programa Estado de la nación, resume lo que sucede: el país ha venido desarmando su pacto social, y se ha venido transformando “en otra cosa”. 

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

Durante muchos años, Costa Rica fue un modelo, un país que había sabido transformar sus minusvalías coloniales -cuando fue una esquina pobre de un territorio marginal-, en un proyecto que escapaba de la normalidad de la región, regida por el autoritarismo, las dictaduras, las desigualdades atroces, los estamentos sociales privilegiados por nacimiento, la arbitrariedad de los mandamases, las masas ignorantes y manipuladas, la expulsión de su población, la cultura de la violencia.
 
Empezó a construir ese perfil temprano en su historia republicana, y lo profundizó a partir de la segunda mitad del siglo XX. Las bases de esa profundización la pusieron los socialdemócratas, pero también los comunistas y, eventualmente, también los socialcristianos.
 
Fue entonces que construyó una sociedad que, aunque no era de iguales, no tenía desigualdades muy marcadas. Había una especie de parquedad o de modestia, acompañada de estados materiales y espirituales alejados de las características de los pueblos tropicales; en comparación con ellos, eran más silenciosos e introvertidos.
 
El tipo de Estado que construyeron a partir de esas ideas, y que al mismo tiempo reforzó esa forma de ser, fue el de Bienestar o Social. 
 
Uno de los principales dirigentes de tal proyecto, José Figueres Ferrer (socialdemócrata), dijo alguna vez en los años sesenta que a Costa Rica la veía socialista en el siglo XXI. La visión de socialismo que tenía apostaba por un país de propietarios y no de proletarios, propietarios pequeños, medianos y cultos: para qué el desarrollo si se es vulgar, dijo en una entrevista a la revista de la OEA.
 
Intelectuales reconocidos apoyaron tal proyecto, “hombres de letras” que impulsaron proyectos acordes con esa visión que aspiraba a que en la casa de cada costarricense hubiera una pequeña biblioteca de autores nacionales, un cuadro de pintor nacional y todos los niños en la escuela, porque la educación era vista como potente propulsora de ascenso o, dicho en sus términos, de “mejoramiento” social. 
 
En la década de los ochenta, toda América Latina entró en crisis y Costa Rica con ella. Es el tiempo en el que Ronald Reagan vendía para el continente la “utopía” neoliberal basada en el Consenso de Washington, y el país inició un lento tránsito hacia ese modelo. Fue tan lento que casi no se sintió cómo iba transformando todo eso que los costarricenses ya identificaban como su particular forma de ser, o, dicho en otras palabras, como su identidad.

Pero esa lentitud se aceleró de pronto. Ese aceleramiento de los cambios que profundizaban el neoliberalismo fue evidente con el gobierno de Carlos Alvarado (2018-2022), alguien en quien los costarricenses habían puesto la confianza de que se volvería a basar en esos valores que parecía que desaparecían. Su elección como presidente fue recibida con un suspiro de alivio, toda vez que quien se erigía como alternativa era un cantante religioso neopentecostal de la cohorte de los Bolsonaro y compañía.
 
Pero Alvarado tenía su propia agenta oculta, que iba en dirección opuesta a lo que quienes habían votado por él suponían. Ya para ese entonces, el perfil de Costa Rica se había desdibujado, y había quienes decían que se estaba centroamericanizado.
 
El desprestigio de Alvarado y su partido, que hasta entonces se había erigido como alternativa progresista, fue devastador. En las elecciones presidenciales de 2022 no sacaron ni un solo diputado. Sin hacia dónde mirar, los costarricenses eligieron a un outsider como presidente, un funcionario de alto rango del Banco Mundial en Indonesia, que había salido de él por problemas de acoso sexual.
 
Si Alvarado había derivado hacia la profundización de la agenda neoliberal, Chaves no ha parado mientes en apretar el paso, con todo lo que eso significa. Tiene, además, rasgos de ese nuevo tipo de político populista que tanto abunda en nuestros días y, como sucede en otras latitudes, tiene su cohorte de aduladores y creyenceros que a ojos cerrados y sin evidencia palpable consideran que se erigirá en la solución de todos los males.
 
Un programa de amplio prestigio que analiza la realidad nacional año con año, el Programa Estado de la nación, resume lo que sucede: el país ha venido desarmando su pacto social, y se ha venido transformando “en otra cosa”. ¡Qué lástima! Ojalá después no se llore sobre la leche derramada.

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