sábado, 28 de febrero de 2026

Panamá: Las fechas republicanas de la nacionalidad

 “El mito de los próceres”, el categórico título del libro de Olmedo Beluche, confirma con abundancia de datos que la llamada “fiesta patria” panameña del 3 de noviembre carece del valor histórico que se le asigna. 

Nils Castro / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá

En vez de eso, ensalza el aciago día en el que nuestro país fue separado de Colombia, no para crear el Estado nacional, sino para instalar la administración local del protectorado estadunidense de un régimen sui generis: el que más le convino al gobierno estadunidense de Tedy Rooslvelt para construir de inmediato el Canal interoceánico, sin las demoras que conllevaba la sujeción del territorio a las autoridades colombianas de la época. 
 
Los panameños heredamos así un país enajenado, con la porción más codiciado de su suelo usurpada, regida y explotada por una potencia extranjera. ¿Qué sentido tiene seguir festejando cada aniversario de ese acto de enajenación? El de seguir legitimando la instalación del grupo local de cómplices de esa usurpación como encargados de administrar al país. Ese grupo --básicamente funcionarios de la empresa estadunidense del ferrocarril interoceánico asociados a la oligarquía de comerciantes locales--, mayormente conservadores en un país de mayoría liberal así quedaría a cargo del país según las finalidades estadunidenses y sus propios intereses como oligarquía lugareña. 
 
Demostrado lo anterior con abundantes pruebas por el libro de Beluche, queda otra cosa por estudiar debidamente: cómo, tras ese mal comienzo, en este país luego se fue formando, a través de qué etapas, una conciencia nacional o un patriotismo panameños. Ese ha sido un proceso complejo y largo, pero real. Hace años no cabe duda de que ese patriotismo existe, no siempre en toda la población, pero existe y ha estado y está en capacidad de hacer historia. 
 
En sus páginas, el propio Beluche menciona tres hitos de ese proceso, sin que ese sea el propósito principal de su libro. Estos son el Movimiento Inquilinario de 1925, el masivo rechazo al convenio Filós-Hines en 1947, y la gesta heroica de los Mártires de Enero de 1964. Sin embargo, ello requiere mayores precisiones, que a continuación resumiré, no como crítica al libro, sino como complemento.
 
Si bien el Movimiento Inquilinario detonó en las grandes protestas de 1925, como resultado de una acumulación de malestares sociales, tuvo más de un aspecto. El fundamental, la desesperación de la gran masa de trabajadores, locales y de otros países, reclutados por los norteamericanos para trabajar en las obras de la construcción del Canal y de sus instalaciones auxiliares, militares y civiles. Concluidas ellas, esos trabajadores y sus familias fueron abandonados a su suerte, condenados a pagar alquileres exorbitantes para habitar en las miserables edificaciones cuyos propietarios eran, principalmente, los oligarcas y comerciantes locales.
 
Una evidencia del proceso acumulativo de irritación social fue que ya dos años antes, en 1923, en Panamá se había constituido el Movimiento de Acción Comunal. Esa organización semiclandestina, integrada por intelectuales y profesionales de clase media, expresaba dos críticas principales: que el gobierno del presidente Florencio Harmodio Arosemena era ineficiente, clientelista y corrupto, y que dependía demasiado de los norteamericanos en los temas económicos y políticos. Ante eso, enarboló dos propósitos principales: fortalecer la soberanía nacional, y promover los valores cívicos y nacionalistas. 
 
Ello muestra que antes de 1925 en el país ya había una sensibilidad nacionalista ofendida, así como rechazo a la corrupta e ineficiente sumisión del gobierno oligárquico legado por los llamados “próceres” de 1903. Para más señas, los numerosos artículos periodísticos y declaraciones emitidas por Acción Comunal incluyeron los de solidaridad con el Movimiento Inquilinario y, con mucha vehemencia, los publicados contra ese gobierno por haber pedido tropas norteamericanas al gobierno de la Zona del Canal para reprimir las movilizaciones de protesta del pueblo panameño, decisión que Acción Comunal calificó como una afrenta contra la soberanía nacional. 
 
Entre los principales líderes de Acción Comunal se reconoce al odontólogo Ramón Mora, dirigente práctico, quien lo presidió desde su fundación, así como a Víctor Florencio Goytía, ideólogo del grupo y quien le dio su nombre, y al ensayista  y periodista Harmodio Arias. 
 
El 2 de enero de 1931 Acción Comunal sorprendió al país, al régimen y a los estadunidenses asestando un Golpe de Estado, el cual rompió la rosca que desde 1903 manejaba al gobierno, sin que hubiera ninguna resistencia social contra esa acción. Ese día, Acción Comunal emitió una proclama que justificó al Golpe denunciando que el gobierno defenestrado solo servía a la élite, señalando su clientelismo político y su desconexión con el pueblo, así como su obsecuencia y falta de soberanía ante los Estados Unidos. Luego, publicó también artículos que pedían una “regeneración nacional” y la necesidad de un gobierno moralizador y nacionalista. Se designó a Ricardo J. Alfaro --un jurista ampliamente respetado-- como presidente provisional, quien se dedicó a poner orden en la administración y en las relaciones con Estados Unidos, y a preparar elecciones para el año siguiente.[1]
 
El Golpe del 2 de enero de 1931 abrió paso a nuevas fuerzas políticas (entre ellas el Partido Laborista, surgido del Movimiento Inquilinario) y debilitó la hegemonía de la élite tradicional. Sin embargo, como organización, Acción Comunal se dispersó y muchos de sus fundadores volvieron a sus actividades profesionales. 
 
En las elecciones de 1932, Harmodio Airas ganó postulado por el Partido Liberal Doctrinario, la mayor de las fracciones en que ya estaba dividido el liberalismo, de ellas, la más reformista y nacionalista. Durante el mandato de Harmodio se creó la Universidad de Panamá  y se firmó el Tratado Alfaro-Hull, que aumentó el pago anual por el Canal y limitó la circulación de tropas estadunidenses por Panamá. 
 
Además, suscribió el Tratado Arias-Roosvelt, de Amistad y Cooperación, de 1936 que, como parte de la política roosveltiana del Buen Vecino, eliminó la cláusula de intervención militar estadunidense en los asuntos internos de Panamá. Pero que, sin embargo, estableció la obligación del país de asumir con Washington medidas de defensa para proteger el Canal en caso de amenaza de agresión externa. No mucho después, en 1942, eso obligaría a cederle a Estados Unidos numeroso sitios para instalar bases militares en numerosos puntos del país, a condición de desmantelarlas un año después de finalizado el conflicto.
 
Por otra parte, en Panamá, en los años 30 del Partido Laborista se separó el grupo que formaría al Partido Comunista, luego de lo cual el laborismo decayó. Y en 1933 Demetrio Porras  —uno de los hijos de Belisario Porras— se separó del liberalismo y constituyó el Partido Socialista. A su vez, en 1935 los hermanos Harmodio y Arnulfo Arias fundaron el Partido Nacional Revolucionario (PNR), procurando recuperar los remanentes de Acción Comunal para promover sus demandas de soberanía, justica social y modernización del Estado. Harmodio como referente intelectual y expresidente, y Arnulfo como el líder que durante el Golpe del 2 de enero había tomado el Palacio presidencial. Desde el inicio este partido postuló a Arnulfo como su candidato para las elecciones de 1940, y en 1939 él lo convirtió en el Partido Panameñista. En su breve período como presidente, Arnulfo fundó la Caja del Seguro Social. 
 
El PC (que a partir de 1943 se convirtió en Partido del Pueblo) y el Partido Socialista no identificaron al PNR o el Panameñismo como un partido del pueblo trabajador, sino como un nacionalismo de la clase media y elementos burgueses. En las circunstancias de la Segunda Guerra mundial, incluso se sugirió que Arnulfo ocultaba simpatías fascistas, de cuando su desempeño como diplomático en Italia, Alemania y otros países europeos. Ciertamente, la constitución arnulfista de 1941 tuvo rasgos racistas y autoritarios y, por su parte, el gobierno de Washington pronto propició su defenestración alegando que él no colaboraba debidamente con los militares norteamericanos. Con lo cual enseguida volvieron al gobierno de Panamá los políticos de las familias tradicionales. 
 
No obstante, lo que aquí estamos discutiendo es si, en el proceso de formación de la cultura nacional panameña, ya en los años 20 y 30 del siglo XX existía o no un nacionalismo. Existía y, además, se debatía sobre el carácter, popular o burgués, de ese nacionalismo. A diferencia de los países bolivarianos, donde esa conciencia se formó a lo largo de su confrontación contra el colonialismo español, en Panamá se forjó en su enfrentamiento con la hegemonía estadunidense en el país. 
 
El siguiente gran episodio histórico de ese proceso se libró inmediatamente después, en las vísperas de los años 40. El fruto de mayor proyección de las experiencias de los años 30 fue el surgimiento de la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP), con eje principal en la Universidad de Panamá. Desde la década de los 40 los estudiantes, en la capital y también en otras ciudades, serían un sector clave en las luchas sociales del pueblo panameño y en la defensa de la soberanía nacional. 
 
Poco más tarde se constituyó el Frente Patriótico de la Juventud, liderado por jóvenes profesionales y de clase media, como una plataforma amplia de resistencia contra la hegemonía y la injerencia extranjera, que contribuyó a ampliar y consolidar un frente social y político nacionalista. 
 
Ese movimiento se potenció al enfrentarse a la imposición de un convenio para hacer perdurar las bases militares norteamericanas, desperdigadas por todo el territorio nacional después de terminada la guerra mundial, en vez de desmantelarlas. La lucha por movilizar a todo la nación contra ese acuerdo, el denominado Tratado Filós-Hines, que se debatía en la Cámara de Diputados, culminó el 12 de diciembre de 1947 y no solo cimbró a la República, sino que fue noticia en todo el mundo. 
 
Al efecto, hay que recordar lo que era Washington en esa época: tras la conflagración, Europa y Japón estaban en ruinas, Estados Unidos era la superpotencia que había derrotado a Japón y había tenido un papel muy importante en la derrota de Alemania, que tenía el monopolio de la bomba atómica y había demostrado que era capaz de tirársela a cualquiera sin importar a qué costo humano –lo que se llamó el “Terror atómico”--, una potencia imperial cuya voluntad parecía indiscutible. No obstante, fue desafiado y vencido por el pueblo panameño, que sitió a los diputados nativos en la Asamblea hasta hacerlos votar contra el Tratado. Un triunfo masivo, que obligó a ejército estadunidense a abandonar todas esas bases y replegarse al territorio de la Zona del Canal. 
 
Una victoria formidable, que marcó un fortalecimiento extraordinario del fortalecimiento de la conciencia nacional.
 
Veintidós años después, la fecha del 9 de Enero marcó otro acontecimiento igualmente histórico, el de los Mártires de Enero, en la forja del alma panameña, que debe conmemorarse como una de las fechas clave en el calendario nacional. Si embargo, el 9 de Enero no es un día festivo, sino uno de máximo significado que viste de luto a la nación. El Martirio de los jóvenes y ciudadanos de Enero abrió, con el ariete de su indignación patriótica la conciencia del gobernante hasta el extremo de romper relaciones con Estados Unidos y obtener su compromiso de negociar un nuevo Tratado del Canal. 
 
Pero este fruto no solo demoró sino que fue conducido por el camino turbio de los Tres En Uno, que aún iba a requerir nuevas acciones populares y otros avatares políticos –el torrijismo incluido--, para depurarse y concretar resultados.
 
Panamá, febrero de 2026
NOTA
[1].  Para más información vale recomendar el libro El movimiento de Acción Comunal de Panamá, de Víctor Manuel Pérez y Rodrigo Oscar de León Lerma, publicado en 1976.

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