El 7 de marzo de 2026, el presidente norteamericano, Donald Trump, reunió en la Florida a 11 presidentes de América Latina y el Caribe, incluyendo al presidente electo de Chile. Todos ellos pertenecientes al ala más derechista y sumisa al imperialismo yanqui en el continente.
Olmedo Beluche / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad Panamá
Allá crearon lo que llamaron “El Escudo de las Américas”, una especie de pacto político-militar con el supuesto objetivo de combatir el narcotráfico y la inmigración ilegal. La imposición de este acuerdo es un desarrollo de la Estrategia de Seguridad Nacional, dada a conocer en noviembre pasado, y su llamado “corolario Trump” a la vieja Doctrina Monroe, que data de 1823, o “Doctrina Donroe”(2025). Es un paso más hacia el sometimiento político de los estados latinoamericanos por parte de Estados Unidos.
El problema es que en América Latina la política de la “guerra a la drogas” lanzada por Estados Unidos hace décadas, no ha detenido el narcotráfico en absoluto, pero sí ha servido de excusa para la injerencia en los asuntos internos de los países, así como para desatar una guerra social solapada contra las poblaciones más pobres y vulnerables de nuestros países.
En su discurso, Trump aludió a México y a su presidenta, diciendo que no hace suficiente para combatir el narcotráfico, con lo cual la firma de este pacto podría interpretarse como una amenaza a la soberanía de ese país en un futuro mediato.
A esa cita acudieron: Javier Milei, presidente de Argentina; Rodrigo Paz, presidente de Bolivia; José Antonio Kast, presidente electo de Chile; Rodrigo Chaves, presidente de Costa Rica; Daniel Noboa, presidente de Ecuador; Nayib Bukele, presidente de El Salvador; Irfaan Ali, presidente de Guyana; Nasry Asfura, presidente de Honduras; José Raúl Mulino, presidente de Panamá; Santiago Peña, presidente de Paraguay; Luis Abinader, presidente de República Dominicana; y Kamla Persad-Bissessar, primera ministra de Trinidad y Tobago.
La lista por sí misma evidencia el giro hacia gobiernos de ultraderecha en el continente e, indirectamente, la crisis de los partidos de centro y centro izquierda, desde liberales a progresistas pasando por la socialdemocracia.
Ese grupo de presidentes pertenecen a un proyecto ultra reaccionario que pretende borrar lo poco que queda de las conquistas sociales de la clase trabajadora, neutralizar los derechos democráticos y socavar los avances en materia de soberanía nacional alcanzados hasta ahora. La denominación política de ese proyecto está en debate: ultraderechista, bonapartista, algunos lo llaman neofascismo.
Estamos ante la debacle del mundo nacido de la Segunda Guerra Mundial, con su victoria sobre el fascismo, en el que tuvo un papel decisivo la Unión Soviética, y una clase obrera mundial que aún poseía una amplia conciencia socialista y comunista, pese a las patrañas de Stalin y la socialdemocracia.
Bajo el influjo de esa victoria obrera y popular el capitalismo mundial, en 1945, tuvo que tranzar con importantes conquistas sociales, democráticas y nacionales: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la reconstrucción de Europa occidental bajo el signo del “estado de bienestar”, extensivo a otras regiones bajo criterios keynesianos y desarrollistas, y con sistemas políticos basado en la democracia liberal burguesa. Además de un orden internacional regido con ciertas reglas jurídicas que eran respetadas mientras sirvieran a la dominación capitalista del mundo.
El correlato latinoamericano de esa fase progresiva fueron los avances hacia la soberanía política y económica, promoviendo el mercado interno y la industrialización sustitutiva, bajo el liderazgo de figuras históricas como Lázaro Cárdenas, Juan D. Perón, Jacobo Arbenz, Getulio Vargas, Salvador Allende, Francisco Morales Bermúdez, Omar Torrijos, y más recientemente Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales. Procesos que fueron saboteados y cortados por golpes militares dirigidos desde Estados Unidos.
Ese mundo de la postguerra inició su crisis y decadencia hace rato, pero en los últimos años ha sido enfrentado por un proyecto, que cada vez gana más espacio, de carácter ultraderechista, que ha lanzado una contraofensiva no solo política y económica, sino también cultural y ahora, desde el gobierno norteamericano, militar. Ese proyecto reaccionario actual es un intento de respuesta a la decadencia del sistema capitalista, capitaneado por el imperialismo norteamericano.
Frente a amplios sectores de la población descontenta con la promesa fallida de una “vida mejor” bajo la democracia liberal, el proyecto reaccionario encabezado por Donald Trump y sus acólitos, saca rédito político desviando la atención de la verdadera causa de los problemas sociales y políticos, el propio sistema capitalista, señalando supuestos culpables entre los “diferentes”: migrantes, feminismo, islamistas, etc.
Trump tiró a la basura el derecho internacional, imponiendo la “realpolitik” de que “yo invado, ataco y agredo a quien no me obedezca”, como una especie de Calígula moderno. Para ello utiliza desde sanciones económicas (los aranceles) hasta la fuerza militar. Incluso secuestra presidentes legítimos y en funciones, ante la mirada impávida y sumisa de todos los gobiernos del mundo, temerosos de que no les pase lo mismo que a Nicolás Maduro.
Si se puede decir algo bueno del proyecto reaccionario encabezado por Donald Trump, al que siguen todas las derechas del mundo, es su sinceridad, ya que contraria a la tradicional hipocresía de liberales y socialdemócratas, no esconde sus objetivos imperialistas bajo el ropaje falso de la “democracia” y los “derechos Humanos”.
En ese sentido la Doctrina de Seguridad Nacional de Trump ha dicho que el objetivo de la política exterior de Estados Unidos es defender “el interés nacional” de su país, al que relaciona claramente con el control económico de sus empresas y transnacionales de mercados y recursos naturales.
Para América Latina el “corolario Trump” dice sin ambages que: “negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro Hemisferio”. Más claro, el agua.
Es decir, China o Rusia, o por qué no a futuro la India, no le permitirán que posean inversiones en industrias energéticas o minerales en este continente. Deben controlarlas empresas norteamericanas. Al respecto trabajarán con sus gobiernos “amigos” y a los otros los “desalentaremos”.
Panamá ha sido un buen ejemplo al respecto. Sabiendo que el Canal de Panamá es un paso estratégico comercial y militarmente, desde antes de tomar posesión, en diciembre de 2024, Donald Trump, lanzó acusaciones falsas aduciendo que China controlaba el canal, pues Panamá, (“al que se lo regalamos por un dólar”) se lo había traspasado. En su toma de posesión volvió al tema y citó al expresidente William McKinley, el que inició la era del “gran garrote”, como su modelo.
Ahora, en la reunión del 7 de marzo, ha vuelto a repetir en la cara del presidente panameño, J. R. Mulino, la mentira de que nos regalaron el canal, y éste no se ha atrevido a responderle, sino que se dedicó a reír nerviosamente.
En el primer viaje al exterior de Marco Rubio, secretario de Estado, recaló directamente en Panamá. Aquí no hubo que secuestrar al presidente, como hicieron con Nicolás Maduro de Venezuela. Aquí el presidente Mulino se autosecuestró entregándose de buen gusto en manos de Rubio, primero, y de Pete Hegseth, después.
El gobierno de Mulino rompió el pacto comercial con China (la Ruta de la Seda); firmaron un acuerdo para la presencia militar norteamericana en el canal que viola el Pacto de Neutralidad; le arrebataron los puertos que administraba la empresa china Hutchison (que Trump decía que eran bases militares); hasta destruyeron un monumento de homenaje a la comunidad china en las riberas del canal.
Como lo de Panamá fue fácil, Trump avanzó con sus amenazas sobre Groenlandia, sus presiones sobre México e inició la agresión a Venezuela, parte de cuyo montaje fueron el bloqueo naval y el asesinato de pescadores y personas que viajaban en lanchas por el Caribe. Cuando estuvieron listos, el 3 de enero atacaron Venezuela, asesinaron a su guardia presidencial (en su mayoría cubanos) y secuestraron a su presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores.
Como lo de Venezuela le resultó “exitoso”, y el gobierno venezolano provisional dio un giro de 180 grados (con la amnistía y la ley de hidrocarburos), el siguiente paso ha sido el bloqueo naval de envíos de petróleo a Cuba, con el objetivo de doblegar por hambre a la isla revolucionaria, tratando de forzar un cambio parecido al obtenido en Venezuela.
Mientras, con el aliento del fascismo judío, el sionismo, que controla al poder político norteamericano, se ha lanzado a la guerra abierta contra Irán, en la que no parece que les está yendo muy bien. Pero en general, Donald Trump ha demostrado que, en política exterior, impone lo que quiere sometiendo a su voluntad no sólo a los presidentes de la derecha latinoamericana, sino también a la Unión Europea, en todos sus matices, desde la extrema derecha a los socialdemócratas (como Stamer o Merz) pasando por los liberales (Macron).
Pero también los pueblos luchan y resisten, y se van alcanzado pequeñas victorias, en las propias entrañas de Estados Unidos, donde las promesas de mejoras económicas están naufragando. En América Latina la respuesta a los presidentes títeres del “escudo de Trump”, es un renacimiento (todavía incipiente) del bolivarismo y la lucha por la unidad latinoamericana para lucha por la segunda independencia.

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