sábado, 7 de marzo de 2026

Hay que amarrar al Señor Anaranjado

El Señor Anaranjado, desbocado, es hoy por hoy el mayor peligro para el mundo. Un mundo ya de por sí en enorme riesgo, en el que ya estamos viviendo no los anuncios, sino las consecuencias palpables del calentamiento de la Tierra: la erosión de las playas, las grandes sequías, las inundaciones devastadoras, las oleadas de frío, el calor asfixiante que se lleva una buena cosecha de muertos cada verano. 

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

El Señor Anaranjado no sabe de esto. Es como si viviera en otro mundo, o que la esquina del balcón de su casa no le permitiera ver el lado de la realidad en donde todo esto sucede. A él lo que le interesa son los negocios. Quien le permite hacerlos, es bueno y amigable, cuenta con su beneplácito y es visto con indulgencia. Que lo digan los venezolanos atrapados en la red de sonrisas empresariales que los visitan un día sí y otro también. 
 
Y aunque esté señor es la cabeza visible de todo esto, hay tras de él una muchedumbre de focas que le aplauden sus poses de cowboy bravucón maleducado. Eso es tal vez lo más preocupante, que en pleno siglo XXI haya tantos descerebrados que, entre risas, celebraciones y gritos de aliento, observen desde la gradería el espectáculo del circo en el que se desguazan sociedades completas. 
 
Transformado en sheriff justiciero global, subido en los portaviones que hace circular por el mundo, no hay quien escape a su prepotencia de emperador decadente. Quien ose tener algún atisbo de soberanía, o insinúe algún gesto que no le agrade, desatará su ira. 
 
Aunque lamentable es la actitud que ha asumido con España, por ejemplo, por negar permiso para que sus aviones utilicen alguna de las bases que tienen en su territorio, más lamentable es la actitud sumisa y compungida del canciller alemán, sentado al lado suyo en el despacho del Señor Anaranjado a la hora en que se refirió al tema. Los europeos han mostrado con él el material blando del que están hechos. Se deshacen en lisonjas, sonrisas y genuflexiones. Dan lástima  y vergüenza ajena.
 
No hay fuerza capaz de oponérsele. La ONU está como pintada en la pared. Sus dizque aliados intentan moverse poco para no molestarlo, y las potencias que se supone baluartes de un nuevo orden mundial se contentan con comunicados insulsos.
 
En estas circunstancias, países como Cuba, pequeños, débiles, a la mano del energúmeno, no pueden sino ampararse en sus propias fuerzas. El Señor Anaranjado lo sabe y se regodea cobardemente. Él,  en su mente nublada y enfermiza, cree que eso es prueba de su poderío. Pero no, todo lo contrario: lo muestra desnudo en su pequeña naturaleza humana, mezquino, cobarde y seguro rodeado de una corte que le celebra  sus malacrianzas y lo emulan en ocurrencias.
 
La humanidad debería ponerle un freno. No sólo eso: una vez detenido debería ser castigado ejemplarizantemente por tanta afrenta. Ser escarmentado para que las nuevas generaciones vieran que quien la hace la paga. 
 
Eso no pasará. Es parte de la tragedia que vivimos: que alguien como este señor pueda comportarse como él lo hace y luego, tranquilamente, retirarse a vivir en alguno de sus palacetes regodeándose en que es lo que él cree que es, el rey del mundo, el más listo entre los listos.
 
Es un precedente nefasto. Qué tristeza que la humanidad llegara a esta situación. Los que venimos del siglo XX creíamos que, a estas alturas del siglo XXI, estaríamos viviendo en el reino de utopía, en un país de leche y miel, y vean dónde estamos.
 
Habrá que detener de alguna forma a este Señor Anaranjado. Sus compatriotas son los primeros en ser llamados a hacerlo. Esperemos que estén a la altura.

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