La crisis actual está poniendo al descubierto las fisuras del orden político, económico y moral neocolonial vigente desde la Segunda Guerra Mundial. La resistencia de Irán supone un desafío significativo para los patrones de intervención y las agendas de cambio de régimen que Estados Unidos y sus aliados en el Sur Global han mantenido durante mucho tiempo.
Asoka Bandarage* / Inter Press Service (IPS)
El artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas prohíbe a los Estados miembros usar amenazas o la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. Violando el derecho internacional, Estados Unidos e Israel atacaron a Irán el 28 de febrero de 2026. La razón aparente de esta agresión no provocada fue impedir que Irán desarrollara un arma nuclear.
Estados Unidos es el primer y único país que ha utilizado armas nucleares en una guerra, contra Japón en agosto de 1945. Algunos funcionarios israelíes han amenazado con usar un arma apocalíptica contra Gaza. El 14 de marzo, David Sacks, multimillonario inversor de capital riesgo y figura clave en la política de inteligencia artificial y criptomonedas de la administración Trump, advirtió que Israel podría recurrir a las armas nucleares a medida que su guerra con Irán se descontrola y el país se enfrenta a la destrucción.
Aunque durante décadas el líder supremo de Irán, Ali Khamenei, se opuso a las armas nucleares por motivos religiosos, ante las actuales amenazas existenciales es probable que Irán continúe con su desarrollo.
El 22 de marzo, el director general de la OMS advirtió sobre los posibles riesgos nucleares tras los ataques a instalaciones nucleares en Irán e Israel. ¿Se prolongará la actual guerra en Oriente Medio durante meses o años, o terminará antes con el posible uso de un arma nuclear por parte de Israel o Estados Unidos?
Destrucción cada vez mayor
Además de la amenaza de una conflagración nuclear —y lo que muchos analistas consideran una inminente invasión terrestre por parte de tropas estadounidenses—, los ataques a gran escala con bombas, misiles y drones continúan sin cesar, causando una enorme pérdida de vidas y la destrucción de recursos e infraestructura. Los ataques aéreos conjuntos entre Estados Unidos e Israel han matado al ayatolá Ali Khamenei y a altos funcionarios iraníes.
Innumerables civiles han muerto, entre ellos unas 150 niñas en una escuela primaria de Minab, en lo que la UNESCO ha calificado de “grave violación del derecho humanitario”. Además, los ataques contra plantas desalinizadoras por ambas partes podrían interrumpir gravemente el suministro de agua en las regiones desérticas.
Los ataques de represalia de Irán contra bases militares estadounidenses en los países del Golfo Pérsico han perturbado el transporte aéreo mundial. Aún más significativo es el cierre por parte de Irán del estrecho de Ormuz —el punto estratégico marítimo para el suministro de energía, por donde transita diariamente el 20% del petróleo y el gas natural licuado del mundo—, que ha bloqueado el flujo de suministros energéticos y mercancías, lo que representa una grave amenaza para la economía mundial, dependiente de los combustibles fósiles.
Se está gestando una crisis económica mundial, con precios del petróleo disparados, escasez de energía, inflación, pérdida de medios de subsistencia y una profunda incertidumbre sobre la seguridad alimentaria y la supervivencia.
La aplicación inconsistente del derecho internacional, junto con las limitaciones estructurales de las Naciones Unidas, erosiona la confianza en la gobernanza global y la autoridad moral de las potencias occidentales y las instituciones multilaterales. La Resolución 2817 (2026), adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU el 12 de marzo, condena los “ataques atroces” de Irán contra sus vecinos sin condenar las acciones de Estados Unidos e Israel, un desequilibrio que subraya esta preocupación.
La crisis actual está poniendo al descubierto las fisuras del orden político, económico y moral neocolonial vigente desde la Segunda Guerra Mundial. La resistencia de Irán supone un desafío significativo para los patrones de intervención y las agendas de cambio de régimen que Estados Unidos y sus aliados en el Sur Global han mantenido durante mucho tiempo.
La dificultad que enfrenta Estados Unidos para movilizar a la OTAN y otros aliados también refleja un notable cambio geopolítico. Mientras tanto, la expansión del comercio de petróleo basado en el yuan y los mecanismos alternativos de liquidación financiera están debilitando el sistema del petrodólar y el dominio del dólar.
La oposición dentro de Estados Unidos, incluso por parte de sectores de conservadores y republicanos, evidencia un creciente escepticismo sobre la base ideológica y moral de una guerra estadounidense contra Irán aparentemente impulsada por Israel.
¿Un nuevo orden mundial?
El mundo unipolar dominado por Estados Unidos —arraigado en la desigualdad, la coerción y el militarismo— se está desestabilizando, fragmentando y generando caos y sufrimiento generalizados. Los desafíos a este orden, incluso por parte de Irán, apuntan hacia un mundo multipolar fragmentado en el que múltiples actores poseen capacidad de acción e influencia.
El bloque BRICS —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, junto con Irán, los Emiratos Árabes Unidos y otros miembros— representa los esfuerzos por crear sistemas económicos y financieros alternativos, incluidos bancos de desarrollo y monedas de reserva que desafíen el dominio financiero occidental.
Sin embargo, ¿están los BRICS liderando al mundo hacia un orden muy necesario basado en la equidad, la colaboración y la paz?
El comportamiento de los países BRICS durante la crisis actual no refleja un liderazgo colectivo sólido ni un compromiso firme con dichos principios. Por el contrario, muchos parecen estar aprovechando la situación para su propio beneficio, especialmente en lo que respecta al acceso al suministro energético.
Un claro ejemplo de este oportunismo es la India, actual líder del bloque BRICS. Históricamente defensora del no alineamiento y partidaria de la causa palestina, la India se presenta ahora como una parte neutral que defiende el derecho internacional y la soberanía estatal. Sin embargo, copatrocinó y apoyó la Resolución 2817 (2026) del Consejo de Seguridad de la ONU, que condena únicamente a Irán.
India también forma parte del nexo estratégico entre Estados Unidos, Israel, India y Emiratos Árabes Unidos, que abarca la cooperación en materia de defensa, el intercambio de tecnología y la lucha contra el terrorismo. Además, participa en el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) con Estados Unidos, Japón y Australia, cuyo objetivo es contrarrestar la creciente influencia de China.
En efecto, a pesar de su papel de liderazgo en los BRICS, India está estrechamente alineada con Estados Unidos, lo que plantea dudas sobre su capacidad para ofrecer un liderazgo independiente en la configuración de un nuevo orden mundial.
En su conjunto, los BRICS no cuestionan fundamentalmente la hegemonía corporativa, la concentración de riqueza en manos de una élite global ni el arraigado dominio tecnológico y militar. Si bien rechazan algunos aspectos de la jerarquía geopolítica occidental, en gran medida defienden los principios económicos neoliberales: competencia, libre comercio, privatización, mercados abiertos, crecimiento impulsado por las exportaciones, globalización y rápida expansión tecnológica.
La actual crisis en Oriente Medio subraya la necesidad de cuestionar la premisa de que la globalización, la expansión del mercado y el crecimiento tecnológico son los fundamentos del bienestar humano.
Las crisis del petróleo y los alimentos, la disminución de las remesas de los trabajadores asiáticos en Oriente Medio y la reducción del turismo debido a las interrupciones en el estrecho de Ormuz y el espacio aéreo regional ponen de manifiesto la fragilidad de la interdependencia global.
Estas condiciones exigen que se consideren marcos alternativos —biorregionalismo, sustitución de importaciones, control local de los recursos, autosuficiencia alimentaria y energética, y energías renovables— en lugar de la dependencia de los combustibles fósiles importados y las cadenas de suministro globales.
Tanto el modelo económico occidental como su variante BRICS siguen priorizando la expansión tecnocapitalista y el militarismo, a pesar de las abrumadoras pruebas que vinculan estos sistemas con la destrucción ambiental y la desigualdad social. Si bien resulta difícil para los países individualmente cuestionar este modelo dominante, la historia ofrece lecciones sobre la resistencia colectiva.
Resistencia colectiva
Uno de los primeros ejemplos de resistencia económica nacionalista en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial fue la nacionalización de la Anglo-Iranian Oil Company y la creación de la National Iranian Oil Company en 1951 bajo el mandato del primer ministro Mohammad Mosaddegh. Este fue derrocado el 19 de agosto de 1953 en un golpe de Estado orquestado por la CIA estadounidense y la inteligencia británica (MI6), y el sha Mohammad Reza Pahlavi fue instalado en el poder para proteger los intereses petroleros occidentales.
Un hito en la descolonización tuvo lugar en Egipto en 1956, cuando el presidente Gamal Abdel Nasser nacionalizó la Compañía del Canal de Suez. A pesar de la intervención militar de Israel, el Reino Unido y Francia, Nasser mantuvo el control, convirtiéndose en un símbolo del nacionalismo árabe y del Tercer Mundo.
Tras la independencia política, muchas antiguas colonias intentaron evitar verse involucradas en la Guerra Fría a través del Movimiento de Países No Alineados (MPNA), fundado oficialmente en Belgrado en 1961. Líderes como Josip Broz Tito, Jawaharlal Nehru, Gamal Abdel Nasser, Kwame Nkrumah, Sukarno y Sirimavo Bandaranaike promovieron vías de desarrollo autónomas alineadas con las prioridades nacionales y las tradiciones culturales.
Sin embargo, mantener la soberanía económica resultó mucho más difícil. Patrice Lumumba, el primer primer ministro elegido democráticamente de la República Democrática del Congo, fue asesinado en 1961 con la complicidad de intereses estadounidenses y belgas tras intentar tomar el control de los recursos nacionales. Kwame Nkrumah fue derrocado de manera similar en un golpe de Estado respaldado por Estados Unidos en 1966.
En Tanzania, el Ujamaa ("socialismo africano") de Julius Nyerere buscaba construir un desarrollo comunitario y garantizar la seguridad alimentaria, pero se enfrentó tanto a desafíos internos como a oposición externa, lo que en última instancia limitó su éxito y desalenció esfuerzos similares en otros lugares.
Las declaraciones de la ONU de la década de 1970 reflejan la resistencia del Sur Global al sistema de Bretton Woods. En particular, la Declaración de 1974 sobre el Establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional (Resolución 3201) abogaba por una cooperación equitativa entre países desarrollados y en desarrollo basada en la dignidad y la igualdad soberana.
Hoy en día, estas declaraciones son más relevantes que nunca, ya que Irán y otras naciones del Sur Global se enfrentan a crisis superpuestas de inestabilidad económica, presiones neocoloniales y una creciente rivalidad geopolítica.
Asoka Bandarage ha sido profesora en la Universidad de Brandeis, la Universidad de Georgetown y el Mount Holyoke College. Es autora de Crisis en Sri Lanka y el mundo: orígenes coloniales y neoliberales, alternativas ecológicas y colectivas, y de muchas otras publicaciones (De Gruyter, 2023).

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