Antes de las conjuras
en tribunales y de los impeachment en los congresos, antes de los sabotajes
económicos y la escasez planificada, vino el golpe simbólico, la desinformación
y la manipulación de la opinión pública, la banalización de la política como
campo de transformación y liberación de los oprimidos. Valga decirlo: antes del
golpe fáctico, la “guarimba” mediática allanó el camino de los enemigos de la
democracia.
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica
“Día y noche las
telepantallas le herían a uno el oído…”
George Orwell, 1984.
En tiempos de guerra no
convencional, como la que hoy se le hace a los pueblos de nuestra América desde
distintos frentes, con la finalidad de preservar la hegemonía de nuestros
dominadores históricos, el control de los medios de comunicación, de los flujos
de información y de la influencia que desde ellos se ejerce en la producción de
contenidos y sentidos que, luego,
inundan –casi hasta la saturación- los innumerables caminos de las redes de
comunicación contemporáneas, resulta fundamental.
Sin excepción, todas
las acciones desestabilizadoras perpetradas en este siglo XXI contra los
gobiernos latinoamericanos que se atrevieron a cuestionar el neoliberalismo y
que fracturaron los esquemas de poder tradicionales, han tenido –y tienen- como
punta de lanza feroces y sistemáticas campañas de desgaste, en las que sus
autores intelectuales y sus perpetradores operativos –directores de medios,
opinadores a sueldo, mercenarios del periodismo y “analistas” de ocasión- no
reparan en respetar principios éticos básicos del periodismo ni conocen de
escrúpulos democráticos, pese a que no dudan en reivindicar sus actuaciones en
nombre de la libertad y la democracia.