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sábado, 4 de febrero de 2023

La crisis política del mundo moderno

 Entre sus múltiples méritos, el ensayo de Gilberto Lopes tiene el de ir a la raíz de las disputas actuales que agitan las ya de por sí turbulentas aguas del escenario de la política internacional, con sus evidentes repercusiones en el ámbito nacional.  

Arnoldo Mora Rodríguez  / Para Con Nuestra América

Con el  título, sugerente aunque no carente de un sesgo provocador,  con que encabezo esta reseña, Gilberto Lopes, conocido periodista y escritor de origen carioca pero radicado en Costa Rica desde hace décadas, nos entrega su más reciente obra (Uruk editores, San José, 2020).  Con una portada que se inspira en  la producción pictórica de Fernand Léger en su fase realista, pero que,  lamentablemente, poco tiene que ver con el  rico contenido del libro, la obra constituye la  culminación de una larga y  reconocida trayectoria de un autor que se ha distinguido por sus agudos análisis de política internacional. 

sábado, 26 de octubre de 2019

Penalizar el crimen, no la insatisfacción social

Pareciera ser que Raskólnikov, personaje de “Crimen y castigo” de Fiódor Dostoyevski, despierta indignado por la usura y el saqueo contra las mayorias excluídas.

José Toledo Alcalde / Para Con Nuestra América

Las recientes manifestaciones sociales en, Chile, Ecuador, España, Francia, Haiti, Hong Kong, Puerto Rico dan muestra de la urgencia de deslindar entre insatisfacción social y crimen. Está claro que cualquier acto que atente contra el bien común debe ser ejemplarmente corregido de acuerdo a ley pero hacer de la motivación del descontento y protesta social una burda explosión delicuencial es una maquiavélica distracción mediática y obsena manipulación política.

En este artículo son tres los puntos que resaltamos con preocupación: 1. El uso y abuso de la ley del garrote donde so pretexto de preservar orden y seguridad los índices de vejámenes del Estado colocan las debilitadas democracias al borde del abismo y 2. La criminalización del derecho a la protesta y 3. La vinculación de la movilización social con supuestas influencias provenientes de regímenes como el ruso, cubano y venezolano.
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viernes, 9 de diciembre de 2011

¿Pospolítica?

Estamos en un período de transición hacia nuevas formas de política, las cuales no cuajarán o cristalizarán sino parcialmente hasta que las contradicciones económicas centrales del sistema encuentren algún tipo de resolución.

Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

rafaelcuevasmolina@hotmail.com

El título de este comentario alude a la reiterada caracterización que hacen algunos cientistas sociales de la dinámica política contemporánea. Dicen que estamos en una sociedad pospolítica porque la política ha dejado de jugar las funciones que siempre tuvo en el todo social, trasladándose éstas a otros ámbitos.

Traen a colación para fundamentar su caracterización la pérdida paulatina de vigencia de los partidos políticos como expresión concentrada de intereses de clase o alianzas de clases y grupos sociales; la pérdida de interés de la sociedad civil en ellos y en el juego partidario, lo que conlleva una cada vez menor participación a través suyo para hacer vales intereses y necesidades colectivos; la desconfianza creciente en los mecanismos de la democracia, especialmente las elecciones; el desprestigio ante la opinión pública de la institucionalidad constitutiva de la democracia, especialmente los aparatos legislativo y el judicial, etc.

La dinámica política estaría siendo sustituida, además, por la directa intervención de los intereses económicos en las instituciones políticas de la sociedad. Hechos como los que hemos presenciado en Grecia e Italia recientemente, en los que sus gobernantes fueron sustituidos sin necesidad de que mediaran elecciones (generales o parlamentarias), para así satisfacer las necesidades requeridas por el capitalismo financiero serían la corroboración de esta nueva etapa –pospolítica- del desarrollo social contemporáneo.

En efecto, la política conoce en nuestros días procesos de cambio que responden a distintos factores pero que, en su conjunto, derivan del grado de desarrollo alcanzado por el sistema capitalista contemporáneo. Éste, dominado por el capital financiero, se ha expandido por todo el globo terráqueo y ha adquirido un poder inusitado, que supera con creces el de los Estados nacionales. En estas circunstancias, sus intereses centrados en la valorificación constante y compulsiva del capital, arrasa con cualquier obstáculo que se le ponga por delante para el cumplimiento de este objetivo básico de su naturaleza, y lo convierte en una fuerza depredadora que pasa por sobre la misma institucionalidad burguesa estatuida. Es decir, no puede ni siquiera respetar las mismas reglas que los grupos sociales dominantes constituyeron para hacer funcionar el sistema y se fagocita a sí mismo, dejando cada vez más desnudo el esqueleto de la dominación.

La política en este contexto empieza a perder sentido porque cada vez más sale sobrando: los sectores dominantes paulatinamente dejan de necesitarla como espacio de mediación entre lo social y lo económico, como lugar en el que se expresan de forma concentrada los intereses económicos, y por lo tanto se vuelve prescindible.

Este es un proceso histórico y, por lo tanto, tiene momentos de profundización, de agudización, de estancamiento, retroceso y retorno; es decir, no es lineal e inmediato, y se va expresando y perfilando paulatinamente en un lapso extenso de tiempo que, usualmente, escapa a la percepción cotidiana de la gente. Ésta, sin embargo, percibe las expresiones fenoménicas de los procesos, la paulatina descomposición de la política expresada en múltiples expresiones y se desencanta: la futilidad de la existencia de partidos que se dicen distintos pero que expresan los mismos intereses económicos; la creciente corrupción; la existencia de una capa de políticos cada vez más separados de la sociedad y sus necesidades; la quimera de la separación de poderes; etc.

Se trata de la paulatina extinción de la política burguesa, de sus instituciones y mecanismos de legitimación y, por otra parte, del surgimiento de nuevas formas de lo político, formas que tienen un carácter muchas veces poco sistematizado, poco estructurado, muchas veces cargado de espontaneismo o de improvisación, aunque respondiendo a necesidades sentidas por lo no-dominante que no logra aún, la mayoría de las veces, encontrar lo común en el marco de su natural heterogeneidad.

Estamos, pues, en un período de transición hacia nuevas formas de política, las cuales no cuajarán o cristalizarán sino parcialmente hasta que las contradicciones económicas centrales del sistema encuentren algún tipo de resolución.

sábado, 30 de octubre de 2010

François Houtart: crisis de civilización y nueva utopía

Es necesario realizar una ruptura con la idea dominante que asocia “desarrollo” con “occidentalización”, y al mismo tiempo, hacer de la especificidad cultural un factor primordial de la nueva forma de pensar el desarrollo.
Andrés Mora Ramírez /AUNA-Costa Rica
François Houtart, uno de los intelectuales críticos y activistas altermundistas más reconocidos a nivel internacional, visitó Costa Rica para dictar una conferencia en la Universidad Nacional (27 de octubre), en la que reflexionó sobre los alcances de la crisis a la que nos enfrentamos, y expuso algunas propuestas o grandes ejes de pensamiento, que podrían animar y estimular la búsqueda de alternativas y soluciones.
Aunque su estadía en el país fue “invisibilizada" por los medios de comunicación hegemónicos, queremos destacar en estas líneas las principales ideas expuestas por el teólogo y sociólogo belga: un hombre que se ha ganado el respeto y reconocimiento por cultivar, a lo largo de los años, esa difícil virtud que hace de la consecuencia entre pensamiento y acción una forma de vida.
Múltiples expresiones de una crisis sistémica.
Para Houtart, asistimos hoy a una profunda crisis de la civilización occidental moderna: esa que nació con la expansión y conquista europea de los territorios del “nuevo mundo”, y al amparo del pensamiento eurocéntrico y el desarrollo del capitalismo (mercantilista, en un momento inicial; industrial-extractivista, más tarde, y financiero-informacional, en nuestros días).
Cuatro son las dimensiones más visibles, aunque por cierto no las únicas, de esta crisis: en primer lugar, la alimentaria, signada por el aumento en los precios de los productos agrícolas en los últimos años, y los movimientos de capitales especulativos hacia este sector de la economía mundial.
En segundo lugar, la crisis energética, que al ritmo de crecimiento de los niveles de consumo actuales, provocará el agotamiento de fuentes energéticas fósiles y minerales en un período de 50 años a un siglo (con el riesgo implícito de que aumenten los proyectos de explotación de la agro-energía); a ello se suma la crisis del cambio climático, cuyos efectos amenazan a grandes sectores de la población mundial, especialmente de los países más pobres e insulares, que llegarían a convertirse en migrantes climáticos.
Finalmente, la última dimensión señalada por Houtart es la crisis de hegemonía –política y económica- de los Estados Unidos, la potencia otrora dominante, que ahora afirma sus espacios de dominación a partir del despliegue de su fuerza militar: las invasiones a Irak y Afganistán, o la instalación de bases militares en zonas geopolíticas y geoeconómicas estratégicas en América Latina –una de las principales “reservas” de recursos naturales del planeta-, así lo confirman.
En el origen de estas múltiples crisis, subyace la lógica de acumulación del capitalismo, que ignora deliberadamente las consecuencias de sus actos. Siendo, entonces, una crisis civilizacional, de sistemas entrelazados e interdependientes, su lectura debe superar la estrecha interpretación que intenta caracterizarla solamente en su perspectiva financiera.
Alternativas y horizonte utópico.
Ante un panorama como este, ¿cuáles son las rutas que podríamos seguir para construir alternativas a esa civilización decadente? Un elemento clave en ese proceso de búsqueda y transformación, explicó Houtart, debe ser el replanteamiento profundo, radical, de los paradigmas dominantes de la civilización moderna, y en particular, del modelo de desarrollo neoliberal, quizá el más destructivo que ha conocido la historia humana.
Esto supone repensar los pilares de la modernidad occidental, posicionándose críticamente frente a ellos, para revertir sus efectos negativos, sus tensiones y contradicciones. Es necesario realizar una ruptura con la idea dominante que asocia “desarrollo” con “occidentalización”, y al mismo tiempo, hacer de la especificidad cultural un factor primordial de la nueva forma de pensar el desarrollo.
Así, un programa mínimo que encauce los esfuerzos de construcción del otro mundo posible requiere, en primera instancia, revertir el paradigma de la dominación y explotación de la naturaleza -que atraviesa la historia del colonialismo y el capitalismo modernos-, para forjar, en su lugar, una relación basada en el respeto y la conciencia de los vínculos profundos que existen entre el medio ambiente y el ser humano.
Además, debe aspirar a la transformación de la lógica dominante de la producción de la vida, es decir, redefinir la economía como la actividad necesaria para producir la vida material, cultural y espiritual, lo que supone, al mismo tiempo, impugnar el dogma capitalista que coloca el valor de cambio por encima del valor de uso de las mercancías.
Un tercer punto a considerar es la democratización social y política, a todo nivel: desde las relaciones humanas más básicas, hasta las instituciones políticas estatales y los organismos internacionales.
Y por último, directamente vinculado con lo anterior, la inclusión de los enfoques de multiculturalidad en “la construcción de una sociedad con oportunidad para todas las culturas, todas las religiones, todas las filosofías y los saberes”.
El plan de acción para llevar adelante este programa requiere “coherencia y unidad en el análisis y la acción”, y su objetivo final ha de ser la consolidación de un nuevo horizonte utópico: el Bien Común de la humanidad, lo que solo podrá alcanzarse mediante la complementariedad de las luchas, de los saberes y la convergencia de los movimientos sociales, si realmente se apuesta por “un proyecto de cambio de largo plazo”.
Precisamente, esta fue la gran lección de la conferencia de Houtart: la necesidad de la utopía, de no abandonar ese camino que, aunque largo y no pocas veces doloroso, ha de ser fecundado por la persistencia, sin olvidar que “lo que no existe hoy, puede existir mañana…”.

sábado, 10 de julio de 2010

Más allá de Castresana y el Fiscal: la crisis estructural en Guatemala

La renuncia del Comisionado Internacional contra la Impunidad en Guatemala, Carlos Castresana, y la posterior remoción del Jefe del Ministerio Público, aluden a una doble crisis: sectorial, del sistema de seguridad y justicia; y estructural, derivada del control de las instituciones democráticas por parte de grupos corporativos y criminales.
(En la fotografía, el magistrado Carlos Castresana)
La crisis del sistema de seguridad y justicia se manifiesta de forma visible en la impunidad existente. Según información del diario Prensa Libre, las cifras de impunidad representaron en 2009 el 99.6% del total de delitos; en los delitos de asesinato, la impunidad es superior al 98%; en los asesinatos de mujeres, al 97%. Esto quiere decir que apenas 120, de los casi seis mil asesinatos cometidos durante 2009, finalizaron en condena. Implica también que se ha identificado y condenado a culpables en menos de 160 ocasiones de los aproximadamente 5,200 asesinatos contra mujeres, desde el año 2000.
La impunidad pervive a pesar del apoyo otorgado al fortalecimiento de la seguridad y la justicia por parte de la Cooperación Internacional: “ Entre 1997 y 2006, la cooperación europea ha invertido alrededor de 90 millones de euros en programas de apoyo y asistencia técnica para contribuir a la reforma judicial y policial en Guatemala (…) Los resultados indican que el proceso de reforma no ha logrado su propósito principal: mejorar la seguridad y la justicia para los ciudadanos. Por el contrario, la gran mayoría de guatemaltecos no confía ni en la Policía ni en el sistema de justicia” afirma Denis Martínez en el estudio “Rol de la Cooperación Europea en la Promoción de los Acuerdos de Paz en Guatemala. Reforma Judicial y Reestructuración de la Policía”, de abril 2007. Este apoyo se renueva año con año, a pesar de las visibles señales de deterioro: participación de estructuras policiales en tráfico de drogas, existencia de cuerpos de ejecución, corrupción generalizada, pérdida de credibilidad.
Por otro lado, la visión estructural de la crisis reciente debe reconocer lo sucedido como parte de un proceso de legalización y “blanqueo político” de actividades criminales, y de conversión de las instituciones en instrumentos al servicio de intereses particulares, tanto legales como informales. Este proceso vacía de contenido dicha institucionalidad y debilita el ejercicio democrático, convirtiéndolo en canal de expresión, convergencia o disputa de grupos hegemónicos.
La garantía del éxito de todo tipo de negocios, devenida en objetivo fundamental de la acción legal y política, desvaloriza y reduce a la formalidad el conocido pero lejano principio de la democracia como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y de los partidos políticos y el sistema representativo como mediadores para la construcción de intereses de todos.
La “criminalización de la democracia” tiene una dimensión temporal múltiple: actual, en términos de disputa y definición de hegemonía. Histórica, en el sentido de actores tradicionales que buscan mantener sus espacios de poder. En este ámbito, debe analizarse detenidamente la influencia, en la cuestionada y finalmente revertida elección del anterior fiscal, de sectores del Frente Republicano Guatemalteco y de las negociaciones preelectorales entre este partido y el partido gobernante.
Por fin, es conveniente una lectura que se detiene en el pasado próximo, pero apunta a una ruptura de fondo, y obliga a analizar lo sucedido en el marco de la regresión del proceso de paz. Los Acuerdos de Paz se incumplen, los Acuerdos salen de la agenda política (lo hicieron hace tiempo, para algunos sectores desde el mismo momento de su firma) y los principios básicos de los Acuerdos (Estado e institucionalidad fortalecidas para la búsqueda del consenso) dejan de estar vigentes, configurándose y legitimándose un modo de organización que privilegia la acumulación privada y el uso de la fuerza.
En este marco, nuestra hoja de ruta nos conduce muy cerca del proceso vivido por Honduras, por otros medios y caminos, pero igualmente en vías de desinstitucionalización y reversión de los poderes democráticos. Proceso de raíz económica y de legitimación social, cultural e ideológica, a partir de hechos tan externamente intrascendentes como dar el nombre de un Dictador (Jorge Ubico) a una nueva construcción vial en la capital.
El problema de fondo no es así la salida de Castresana. Aunque necesaria, la solución de fondo tampoco es la remoción del Fiscal ni la elección de un nuevo jefe del Ministerio Público. La solución al problema tiene que partir de estrategias para recuperar la capacidad de decisión popular, legitimar la cultura y práctica de los derechos colectivos sobre los particulares, y lograr el control democrático de las instituciones. Una tarea de envergadura que requiere una acción social más fortalecida y organizada.