De una cultura del conocimiento y su posible apropiación se puede pasar sin mayor solución de continuidad a una cultura de la superficialidad. Si la verdad no cuenta y solo importa la “post” verdad, ¿cómo orientarse?
Marcelo Colussi / Para Con Nuestra América
Desde Ciudad de Guatemala
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Realidad y verdad
Según la tradición aristotélico-tomista, la realidad es una y dada desde siempre, puesta en forma indubitable a la espera de que el ser humano se contacte con ella. De ese modo, la realidad existe independientemente del sujeto. Hay un esencialismo en juego: las cosas son lo que son, siempre, independientemente del contexto, de la historia. En este marco, según esta gnoseología tradicional, la verdad es la “adecuación del sujeto cognoscente con la cosa conocida” (Adaequatio intellectus et rei, decían los escolásticos medievales) “Ver para creer”, de acuerdo a la famosa fórmula de Santo Tomás de Aquino. La cosa, la realidad, está a la espera de que el sujeto se dirija a ella para aprehenderla y conocerla, por medio de sus sentidos y de la razón. Durante más de dos milenios, ésta fue la idea dominante en la tradición occidental, concepción que sigue prevaleciendo en el sentido común. El peso está puesto en la realidad objetiva.
