El amor de monseñor Romero no se reduce
a un sentimiento caritativo, a un alivio de urgencias individuales, a una
actividad puramente paternalista. Se constituyó en una fuerza ética y profética
que interpeló a las estructuras indolentes e inhumanas promotoras de injusticia
y exclusión.
Carlos
Ayala Ramírez / ALAI
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| Monseñor Oscar Arnulfo Romero |
El lema de la campaña sobre la
beatificación de monseñor Romero, escogido por la jerarquía de la Iglesia
católica salvadoreña, es “Romero, mártir por amor”. El lema tiene un sentido
profundo, pero también conlleva un peligro. Como se sabe, uno de los riesgos
más graves de todos los valores universales —el amor no es la excepción— es que
su interpretación abstracta puede derivar fácilmente en algo vago, genérico y
puramente conceptual. Es el peligro de hablar del amor ideal sin hacer
referencia al amor real o, peor aún, enfatizar su carácter puramente formal
para eludir las exigencias concretas que demandaría una vida animada y
orientada por el amor, en un contexto donde este no solo parece irrelevante,
sino ajeno al mundo social, político, económico y cultural. De ahí que para
entender lo que puede significar monseñor Romero como mártir del amor, hay que
ver cómo era la realidad en la que desarrolló su ministerio y cuál fue su
reacción desde su profundo amor cristiano.














