Es evidente que lo que
se está haciendo por parte del gobierno
de Pérez Molina es una guerra de desgaste contra la población para agotarla
moralmente y finalmente rendirla ante el embate de inversionistas locales y
empresas extranjeras.
Carlos Figueroa Ibarra / Especial para Con Nuestra América
Desde
Puebla, México
Durante los años del
conflicto armado interno, el mayor Otto Pérez Molina fue un activo participante en la violencia estatal
que tenía como objetivo aplastar la oleada revolucionaria que se observó en
Guatemala. Hoy como presidente, encabeza
un gobierno encargado de ejecutar una violencia estatal con cometido distinto: limpiar la mesa para que
los grandes capitales puedan llevar a
cabo inversiones en minería,
hidroeléctricas, sistemas de fluido eléctrico y proyectos petroleros, cultivos
de gran demanda internacional (commodities), proyectos carreteros etc.
El sentido del terror
estatal a finales de los setenta y
principios de los ochenta era diferente al que ahora estamos presenciando. En
el pasado la violencia estatal tenía
carácter contrainsurgente y se enmarcaba en el espíritu de la guerra fría. En
la actualidad la violencia de estado tiene un carácter estrictamente
capitalista y se enmarca en el espíritu de la rapacidad neoliberal. Antes se
buscaba a través del terror instaurar la estabilidad política de una dictadura
que velaba por los intereses de la oligarquía agroexportadora y los de
Washington en la región. Hoy se busca a través del terror aplastar la resistencia
de la población para facilitar los negocios de las transnacionales y el capital
local interesados en acumular vorazmente riqueza.














