sábado, 6 de diciembre de 2014

Universidad y futuro en nuestra América

Como dijera Martí, lo que se requiere son universidades que preparen al hombre y a la mujer para su vida y para su época; y que lo hagan más por la primacía de su condición humana que por la acción de la mano invisible del mercado.

Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica

A finales del mes de noviembre, tuve la oportunidad de visitar Cuba para participar de un encuentro académico con profesores universitarios de la isla y de varios otros países de América Latina; el evento tuvo como sede la universidad de la ciudad de Sancti Spiritus, que luce orgullosa sus 500 años de historia. Como ocurre en tantos otros aspectos y asuntos de la vida pública, también el sistema educativo cubano está en proceso de revisión, de actualización y, en definitiva, de transformación para responder a las nuevas realidades nacionales, regionales y globales. Una reforma de la estructura universitaria se encuentra en curso y esto ha abierto en los círculos docentes un debate sobre las tareas que debe desempeñar la educación superior, y las articulaciones deseables con su entorno social, cultural y ambiental, para atender las expectativas y necesidades de una sociedad que, lentamente, con sobresaltos y dificultades, empieza a andar nuevos caminos.

En medio de estas búsquedas y reflexiones, que no son exclusivas de Cuba, sino que tienen alcance nuestroamericano, apareció, como no podía ser de otra forma, la figura de José Martí y su pensamiento inagotable en lecturas, interpretaciones y provocaciones. En concreto, una referencia a sus ideas sobre la universidad en América: “Al mundo nuevo corresponde la universidad nueva”.

La cita pertenece a un texto de 1883, publicado en La América, de Nueva York, en el que el prócer cubano escribió: “A nuevas ciencias que todo lo invaden, reforman y minan, nuevas cátedras”. Y agregó: “Es criminal el divorcio entre la educación que se recibe en una época, y la época. Educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él,―y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar al hombre para la vida”[1].

¿Cuánto de esta profunda tarea de humanización están haciendo las universidades latinoamericanas? ¿Ese ideario martiano, en lo que tiene de más elemental y duradero, puede ser leído en las políticas educativas, en los diseños curriculares, en las prácticas docentes y en las ideas pedagógicas que hoy son dominantes en la educación superior de nuestros países?

Intentar responder a estas cuestiones puede mostrarnos un panorama gris, en el que fácilmente advertiríamos la hegemonía de las fuerzas del capital transnacional sometiendo a los centros de educación superior, por medio de ofertas de financiamiento -muchas veces escaso en nuestras latitudes- de sus labores de docencia e investigación. Ya en julio de este año, por ejemplo, se celebró en Río de Janeiro la tercera reunión de rectores de la Fundación Universia, un consorcio privado del que forman parte 1290 universidades de 23 países Iberoamericanos, y que es sostenida económicamente por una poderosa empresa transnacional: el Banco Santander[2], portaestandarte de uno de los más influyentes grupos económicos que operan en España y América Latina, y que en años recientes se ha convertido en un actor político de primer orden en nuestra región.

El encuentro de rectores de Universia sirvió para reafirmar algunos lugares comunes del pensamiento neoliberal dominante y su lógica mercantil: el aumento de la competitividad de las universidad públicas, una mayor vinculación de los centros de educación superior con las empresas y las necesidades del mercado, la movilidad académica entre las élites universitarias, y llamados a promover un desarrollo sostenible que -como lo han comprobado los reiterados fracasos de las cumbres climáticas- se ha convertido en una fachada, en un concepto que pretende calmar conciencias, pero que no modifica en lo sustancial las formas de explotación capitalista que están el origen de la crisis civilizatoria que vivimos.

En un artículo publicado pocos días después del encuentro Universia-Santander, Hugo Aboites, filósofo y pedagogo mexicano, rector de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, lamentaba que fuera una entidad financiera –y además, una de tan cuestionada reputación- la que asumiera el liderazgo económico y político entre universidades que se consideran de élite, toda vez que, afirmaba, “en ese liderazgo están presentes las concepciones más conservadoras”; y agregaba: “Esto convierte a Santander-Universia en un factor opuesto al desarrollo de democracias nacionales y propuestas universitarias de corte independiente, alejadas de políticas agresivamente neoliberales y conservadoras”[3].

Para Aboites, lo que tenemos en América Latina son dos modelos de universidad  en disputa: uno, el modelo afín a los grupos de poder económico, a las concesiones a la empresa privada que asume el rol de mecenas allí donde los Estados neoliberales renunciaron a la política educativa de alcance universal; y el otro modelo es aquel que está “por la ampliación de la matrícula, gratuidad, eliminación de exámenes de selección, la democracia interna, la flexibilidad académica, y, sobre todo, la verdadera autonomía”, porque entiende que “las universidades no deben ser botín, son espacios públicos”[4].

Cabe preguntarnos, entonces, en esta disyuntiva de modelos, ¿a cuáles intereses  están sirviendo las casas de estudios de educación superior, en medio de las transformaciones que globalización de corte neoliberal impulsa en nuestra región: a los intereses de los bancos y los grandes grupos financieros transnacionales, responsables de buena parte de las crisis económicas sufridas por nuestros países en las últimas décadas; o por el contrario, a los intereses de las grandes mayorías, a aquello que constituye el bien común de la convivencia social?

En nuestra opinión, abordar el tema de la universidad latinoamericana y sus complejos desafíos implica pensar la institución educativa en la línea de pensamiento crítico abierta por el intelectual brasileño Darcy Ribeiro, con su propuesta latinoamericanista de la Universidad Nueva -como contrapartida de los tradicionales modelos napoleónicos-, formulada en los años 1970, en medio de las tensiones y fracasos desarrollistas, y de las experiencias revolucionarias que recorrían buena parte de la geografía política de nuestro continente, y en cuyo seno se instaló la crítica a la dependencia de nuestros países periféricos respecto de los países metropolitanos o centrales, y el imperativo de construir caminos propios para superar el subdesarrollo.

Esa Universidad Nueva o Necesaria, que “antes de existir como un hecho en el mundo de las cosas, debe existir como un proyecto, una utopía, en el mundo de las ideas” [5],  es un proyecto todavía por construir en  nuestra América –más allá de algunos avances puntuales en varios países-, y que en la coyuntura que vivimos en los últimos años,  nos interpela para recuperar las universidades y hacer de ellas centros de educación que, además de heredar y cultivar el saber humano, formen a los sujetos “para aplicar este saber al conocimiento de la sociedad nacional y a la superación de sus problemas; formar sus propios cuadros docentes y de investigación y preparar una fuerza de trabajo nacional con la magnitud y el grado de calificación indispensables al progreso autónomo del país; operar como motor de transformación que le permita a la sociedad nacional integrarse autónomamente en la civilización emergente” [6].

Como dijera Martí, lo que se requiere son universidades que preparen al hombre y a la mujer para su vida y para su época; y que lo hagan más por la primacía de su condición humana que por la acción de la mano invisible del mercado. En este sentido, el filósofo y pedagogo argentino Arturo Roig nos dejó una imagen apropiada de lo que esa universidad y esa docencia otras tendrían que aportar al proyecto político de transformación social. Roig sostenía que: “La universidad no es una isla dentro del país, como el país no es una isla dentro del mundo. El saber ha de ser universal, pero al servicio de lo nacional. La ‘ciencia pura’ es un mito, como lo es también el ‘saber objetivo’, cuando estos términos encubren un desentenderse de los problemas sociales concretos. (…) Recuperar la universidad para ponerla al servicio del hombre del país, en el sentido pleno, supone recuperar el país y recuperar ese hombre”[7].

La universidad nueva y necesaria del siglo XXI está llamada a responder, una vez más, a proyectos políticos fundamentalmente nacionales y populares. Y a un contexto histórico, social y cultural irrenunciable: el de América Latina, marcado por el peso de la herencias coloniales, los imperialismos, el racismo, y las viejas y nuevas formas de desigualdad, exclusión y explotación. La universidad necesaria está - debería estarlo- al servicio del hombre y de la mujer del país: y la docencia que adscribe a ese proyecto no puede perder de vista que los destinatarios de su acción pedagógica, investigativa y de extensión,  son precisamente los sujetos más violentados por todas estas formas de opresión.

En este marco, parece difícil no advertir el eco de las ideas martianas sobre la universidad y su función social y cultural, como espacios de convergencia privilegiado para que nuestros jóvenes se conozcan a sí mismos y a los “elementos peculiares” de nuestros pueblos. Un saber sin el cual sería imposible realizar el destino de emancipación al que estamos llamados desde el siglo XIX: el de nuestra segunda y definitiva independencia. No está demás recordar aquí las palabras del apóstol cubano, en su ensayo Nuestra América de 1891:

“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”[8].

Como se ve, el futuro de la educación superior latinoamericana no es un tema menor y, por el contrario, está íntimamente ligado a la continuidad y profundización de los procesos de democratización que, desde diversos frentes, se abrieron en las sociedades de nuestra América  a partir del giro posneoliberal de principios del siglo XXI. Y allí, en ese campo, también es urgente emprender una intensa batalla de ideas.




NOTAS: 
[1] Martí, José. “Escuela de Electricidad”, en Obras completas. Vol. 8. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. Pág. 281
[2] Olivares, E. (29 de julio de 2014). “Se inicia en Río de Janeiro el tercer Encuentro Internacional de Rectores Universia”, La Jornada, México D.F. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2014/07/29/sociedad/032n1soc, consultado el 2 de agosto de 2014.
[3] Aboites, H. (2 de agosto de 2014). “Universidades: dos modelos”, La Jornada, México D.F. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/2014/08/02/opinion/018a2pol , consultado el 2 de agosto de 2014.
[4] Idem.
[5] Ribeiro, D. (2006). La Universidad Nueva: un proyecto. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho. Pp. 99-100.
[6] Idem.
[7] Roig, A. (1998). La universidad hacia la democracia. Bases doctrinarias e históricas para la constitución de una pedagogía participativa. Mendoza: EDIUNC.
[8] Hart Dávalos, A. (2000). José Martí y el equilibrio del mundo. México D.F.: Fondo de Cultura Económica. Pág. 206.

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