sábado, 16 de diciembre de 2023

Guatemala y Argentina: ¿dónde quedó el nunca más?

 La oscura etapa que sin duda comenzó en Guatemala en 1954, parecía concluir en Argentina décadas después. Hoy, los procesos que viven ambos países anuncian que la estela de ese periodo no se ha ido.

Héctor Alejandro Quintanar / LA JORNADA

Guatemala y Argentina son países claves para entender la época más dolorosa de América Latina en el siglo XX: el ascenso de las dictaduras militares anticomunistas y de la “seguridad nacional”, que de 1947 a 1989, en un mundo bipolar, dominaron la región y perpetraron crímenes que no fueron producto de “excesos”, sino una deliberada parte de su identidad: el terrorismo de Estado.
 
Esa oscura época comenzó en Guatemala, con el primer golpe militar de la guerra fría latinoamericana en 1954, con la defenestración antidemocrática de Jacobo Árbenz.
 
El guatemalazo, como expuso Gregorio Selser, no fue hecho aislado sino plan piloto, donde las dictaduras se enquistaron (Paraguay, 1954; Honduras, 1956, y Brasil, 1964) hasta llegar a la última que ejecutó un golpe de esa naturaleza, en 1976: Argentina, con la junta militar liderada por Videla, país que, con 30 mil desaparecidos, ocupó el primer lugar en número de víctimas de este tipo de regímenes criminales en la región.
 
Quizá por la profundidad de esa herida fue que Argentina luchó por una marca decorosa: en 1985 (y luego con Kirchner tras 2003) se tornó en el primer país de AL que, bajo la consigna de “nunca más”, trató de enjuiciar a sus dictadores; proceso necesario que no secundaron otros países. Que Videla muriera en 2013 preso, pagando por sus actos (desparramado en un excusado), fue un acto tanto de justicia histórica como poética.
 
Al observar el derrotero que tomaron otros dictadores (Pinochet nombrado senador vitalicio en Chile), resaltó que el caso argentino fue, desafortunadamente, excepción. Excepción que pareció abrir un escenario donde los países de AL, pese a sus diferencias ideológicas internas, pondrían sobre la mesa un consenso democrático: nunca más a la reivindicación de esas dictaduras ni a la reproducción de sus iniquidades principales: el golpismo y la violación de derechos humanos.
 
En suma: la oscura etapa que sin duda comenzó en Guatemala en 1954, parecía concluir en Argentina décadas después. Hoy, los procesos que viven ambos países anuncian que la estela de ese periodo no se ha ido.
 
En Guatemala, pese a ganar contundentemente la elección presidencial en agosto pasado con 60 por ciento de los votos, el presidente electo, Bernardo Arévalo, enfrenta una trampa legal: el Ministerio Público –mediante un burócrata, Rafael Curruchiche, sumiso al actual presidente Alejandro Giammattei–, pretende anular su triunfo con acusaciones inicuas: imputarle participación “ilegal” en una protesta universitaria el año pasado o presuntas irregularidades en la afiliación de su partido, Semilla.
 
El trasfondo es otro y parece enmarcarse no sólo en evitar la promesa de Arévalo de combatir la corrupción, sino que asemeja a lo que ocurrió con Manuel Zelaya en Honduras (2009), Fernando Lugo (2012), Dilma Rousseff y Lula en Brasil (2016 y 2018): personajes que enfrentaron causas judiciales ilegítimas que no buscan resarcir un delito, sino defenestrar a políticos cuyo pecado real es correrse a la izquierda o insinuar hacerlo.
 
Si bien en el siglo XX las élites locales de AL actuaron en connivencia con el abierto golpismo militar, en el XXI tornan su estrategia a una fachada legalista: hacer que los jueces hagan política y se busque anular un proceso democrático.
 
Las formas cambian, pero las pulsiones autoritarias de esas élites no. ¿Adónde llevan estas pulsiones? Este domingo asumió Javier Milei como presidente de Argentina, quien blande como un eje de su proyecto negar los crímenes de la dictadura en su país (1976-83); acusar que la lucha por la memoria y los derechos humanos es una farsa; el aupar a una vicepresidenta, Villarruel, persistente defensora de los militares genocidas y, en un agravio indecible, el negar que hubiera 30 mil desaparecidos y exigir “la lista” de ellos.
 
Fiel a la nueva “rebeldía de derechas” (como la llama Pablo Stefanoni), debajo de una melena roquera en Milei se esconde la boca de Díaz Ordaz, y detrás de su verborragia “libertaria” anidan colaboradores suscritos al plano ideológico de la última dictadura militar. Al reivindicar ese periodo oscuro, Milei no sólo rompió el legítimo e irrenunciable consenso del “nunca más”, sino que lleva de compañeros de ruta a sus rescoldos, quienes amenazan, como hizo Bussi, con el empleo de la fuerza militar para “controlar las calles”.
 
Milei triunfó en democracia, pero enarbola como compañeros a quienes la cercenaron, como si quisiera sacar del excusado de la historia a Videla. Milei es hoy el ejemplo de adónde lleva el restar gravedad a las taras de la guerra fría latinoamericana. Hoy el peligro golpista –aunque troque botas militares por toga–, ronda de nuevo en Guatemala.
 
No respetar la asunción de Arévalo en enero puede salir caro, porque supondrá que, si bien los monstruos militares de 1954 y 1976 murieron, sus espectros –disfrazados de juez o de payaso– siguen causando estragos. 
 
*Académico de la Universidad de Hradec Králové, República Checa. Autor del libro Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional

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