sábado, 9 de diciembre de 2023

Panamá: trascender lo imaginado

 El país ha ingresado de lleno a esa situación –tan de nuestra América en estos tiempos– en la que las cosas ya no son lo que eran, pero aún no cabe decir con precisión lo que llegarán a ser.

Guillermo Castro H./ Especial para Con Nuestra América
Desde Alto Boquete, Panamá


“A las ideas se las ve venir, como a las desdichas. Cuando un problema impone una solución, viene ésta de todas partes más o menos confusa, y ocurre vagamente a todos. Los cuerdos no deben desdeñar el instinto público.  Así las fieras cuando husmean el peligro, cambian de asilo, y buscan el más seguro y apartado. Así se ve en el aire, que cuando quiere aquietarse la tormenta, los átomos se agrupan lentamente, recógense en remolinos densos y estrechos, 

y bajan y se posan.”

José Martí, 1887[1]

 

“Mene, mene, tekel, uparsin.”

Daniel, 5. 17-30[2]

 

A primera vista, el deterioro del régimen político establecido en Panamá tras la intervención militar norteamericana de 1989 ha llegado a un punto de deterioro que nos lleva de vuelta a las formas más básicas de enfrentamiento entre el pueblo - trabajadores manuales e intelectuales del campo y de la ciudad - y una oligarquía aferrada a un modelo de desarrollo agotado. Apenas empiezan a manifestarse las diferencias de sectores y fracciones dentro de cada uno de esos grandes bloques, de por sí heterogéneos y aún en proceso de adecuación a las realidades de los tiempos que corren para esta sociedad, como para todas las del planeta.
 
 
Con todo, cabe prever que en lo fundamental aquí se ha iniciado la transición hacia un régimen político que ofrezca las garantías necesarias para el control social de la gestión pública, o hacia alguna modalidad de bukelismo que garantice que ese control no se haga presente en la vida política. Esto resulta aún más complejo si se considera que, tanto o más que la movilización juvenil de capas medias, se hace evidente la obsolescencia de lo que reste del liderazgo que el país ha heredado de lo que va de la muerte de Omar Torrijos a nuestros días, en lo que hace a sus seguidores como a sus opositores, que aún no logran ejercerse más acá de la década de 1970. De aquí que en la coyuntura se expresen las más disímiles utopías, desde las de una reacción conservadora moldeada desde y para una inextinguible Guerra Fría, hasta ambientalismos cuya riqueza de consignas aún no encuentra traducción en propuestas bien fundamentadas de política.
 
En medio de todo esto, el gobierno del Estado, víctima de la crisis de legitimidad generada por su conducta respecto a un leonino contrato con una minera canadiense que logró hacer aprobar por la Asamblea Legislativa, para ser declarado después inconstitucional por la Corte Suprema de Justicia, no consigue aún hacer creíble su manejo de las consecuencias de su fracaso político. Así, mientras se incrementa la campaña de los grandes medios de comunicación y de algunos dirigentes políticos y empresariales en favor de negociar un nuevo contrato con la empresa, la gestión del proceso de cancelación del inconstitucional sigue estando, en lo esencial, a cargo de ministros que en su momento lo aprobaron, alimentando día con día nuevas denuncias de quienes promovieron su rechazo.
 
De hecho, el país ha ingresado de lleno a esa situación –tan de nuestra América en estos tiempos– en la que las cosas ya no son lo que eran, pero aún no cabe decir con precisión lo que llegarán a ser. En lo inmediato, se persiste en un ejercicio de descalificación entre voluntades encontradas, en el cual la honestidad pragmática de la propia contrasta con la malignidad interesada de las otras. Pero si de estar a lo real se trata, y no a lo aparente, convendrá al país que se atienda a la advertencia que hiciera Martí al señalar que cuando existen “para un suceso causas históricas, constantes, crecientes y mayores, no hay que buscar en una pasajera causa ínfima la explicación del suceso.”[3]
 
En efecto, lo que resulte de esta transición dependerá en una importante medida de la capacidad de cada sector para pasar de la causa ínfima que hoy invoca – la ignorancia del pueblo, la deshonestidad de los políticos, la ingenuidad o la malevolencia de sus adversarios – a la causa mayor de la crisis que encaramos: el agotamiento de toda una modalidad de desarrollo de la economía, la sociedad y la política nacionales. Ir hasta esa causa no será sencillo, pues demandará desmontar la tarea cumplida por los sectores dominantes en el país para hacer ver esa modelidad de desarrollo como un hecho natural y no como el resultado de un proceso histórico. 
 
Ese modelo ya demuestra día con día su incapacidad no solo para garantizar una prosperidad equitativa y sostenible, sino y sobre todo la de la convivencia democrática de todos los sectores que integran nuestra sociedad. En su seno no hay salida a nuestros males. Eso demanda trascenderlo, si se aspira a resolverlos, o imponerlo por la fuerza o la corrupción, si se aspira a seguir retardando su desintegración. 
 
A esa disyuntiva nos encaminamos – como todas las sociedades del planeta -, a través de la neblina generada por aquellos átomos que “se agrupan lentamente, recógense en remolinos densos y estrechos,  y bajan y se posan”, de que nos habla Martí. De hacer eso bien se trata, para no empantanar al país en arreglos de recámara y de esquina que prolonguen la crisis, y hagan cada vez más difícil facilitar el flujo de sus factores que nos lleve a la solución que el bien del país demanda.
 
Alto Boquete, Panamá, 6 de diciembre de 2023


[1] “Cartas de Martí”. La Nación, Buenos Aires, 4 de mayo de 1887. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. XI, 175.

[2] “Entonces Daniel respondió y dijo delante del rey: […] Esta es la interpretación del asunto: MENE: Contó Dios tu reino, y le ha puesto fin. TEKEL: Pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto. PERES: Tu reino ha sido roto, y dado a los medos y a los persas. Entonces mandó Belsasar vestir a Daniel de púrpura, y poner en su cuello un collar de oro, y proclamar que él era el tercer señor del reino. La misma noche fue muerto Belsasar rey de los caldeos.”

 

[3] Ibid., “El tratado comercial entre los Estados Unidos y México”. La América, Nueva York, marzo de 1883. VII, 22.

 

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